Adiós a la ideología: Nicaragua, de la teocracia al anticlericalismo

Esta nota de José Luis Rocha para Plaza Pública analiza el papel de la Iglesia Católica en la crisis en Nicaragua y el apoyo y animadversión que despierta en sectores del pueblo nicaragüense.

El lunes 9 de julio una comitiva de obispos y sacerdotes católicos visitó Diriamba –cuna del Güegüense, a 42 kilómetros de Managua– para consolar a los familiares de las víctimas y contener la posible continuación de la masacre que el día anterior había cobrado entre 14 y 20 muertos y varias decenas de heridos en esa ciudad y la vecina Jinotepe. A la basílica de San Sebastián llegaron el arzobispo de Managua Leopoldo Brenes, su obispo auxiliar Silvio Báez, el recién estrenado Nuncio apostólico Waldemar Stanilaw Sommertag y el ya legendario sacerdote de Masaya, Edwin Román, acompañados de otros sacerdotes.

No los esperaba una multitud amiga, sino unas turbas enfurecidas que arremetieron contra ellos apenas bajaron del microbús. Un grupo de robustas señoras, tan enfebrecidas que parecían actuar bajo los efectos de un trance, les gritaban mentirosos y asesinos. Identificado como el más definido opositor al gobierno, Monseñor Báez se llevó la peor parte. Fue rudamente golpeado. También se ensañaron con Román. El Nuncio recibió su bautismo de fuego: días antes entregó sus credenciales al Presidente, ahí le entregó el pellejo a sus turbas. No se libraron los de menos poder: las doñas mondongudas les arrojaban libros despernancados y añicos de papeles a los sacerdotes, y encapuchados con armas tomaron por el cuello y arrastraron a catequistas y monaguillos.

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Personas cargan un féretro frente a una barricada, el 5 de julio, en el barrio Monimbó, Masaya. / EFE/Bienvenido Velasco

¿Qué significa este repentino brote de anticlericalismo entre las bases de un Estado-partido que ha explotado la iconografía y retórica católica y que ha cultivado la cercanía con los jerarcas de la iglesia? Esta acción puede ser un parteaguas en la relación con el catolicismo de un gobierno que había hecho de la manipulación religiosa uno de sus puntales ideológicos.

Toda revolución que se precie de tal ha combatido el poder eclesiástico. Con furor desenfrenado lo hizo la revolución francesa. Así lo reseñó Alexis de Tocqueville: “Uno de los primeros actos de la revolución francesa consistió en combatir a la Iglesia, y entre las pasiones que han nacido de esta revolución, la primera en aparecer y la última en extinguirse fue la pasión antirreligiosa. La rebelión contra la autoridad religiosa proseguía aún después de haberse desvanecido ya el entusiasmo por la libertad.” Esa pasión también estuvo presente en las revoluciones soviética y china, y produjo monumentales estragos durante la guerra de los cristeros en la revolución mexicana. La revolución cubana tomó distancia de la religión cuando se convirtió en satélite de la soviética y adoptó la vulgata del marxismo-leninismo como ideología.

La revolución nicaragüense se desmarcó de esa constante. La América Latina de los años 70, con la teología de la liberación nutriendo las ideas del cambio, era un terreno muy distinto del México de Porfirio Díaz y no digamos de la Francia del siglo XVIII. Numerosos militantes del FSLN, incluyendo su fundador Carlos Fonseca Amador, encontraron en la formación religiosa las primeras incitaciones a luchar por un cambio social. Su relación con el catolicismo institucional fue siempre muy estrecha. Al tomar al poder del Estado, el FSLN incorporó a tres sacerdotes en puestos prominentes dentro de su gabinete: los ministros de Dios fueron ministros de cultura, educación y del exterior.

Tras una breve y tibia luna de miel con los comandantes, varios obispos de la jerarquía católica se enfrentaron al régimen. En esas lides destacaron Miguel Obando y Bravo, Bosco Vivas, Abelardo Mata y Pablo Antonio Vega. La expulsión de Vega en julio de 1986 marcó un punto de inflexión en la tirante relación del FSLN con la jerarquía católica. Otro momento candente fue la prohibición de decir misa impuesta en 1981 por Juan Pablo II a los tres sacerdotes-ministros. Candente en otro sentido fue la exhibición de monseñor Bismarck Carballo en agosto de 1982, corriendo desnudo por las calles de Las Colinas. Había sido seducido por una falsa feligresa y luego agredido por un supuesto marido furibundo que a punta de pistola lo sacó a la calle. Creyendo recalar en un lecho de lujuria, cayó en una trampa tendida por la Seguridad del Estado e ideada por Lenin Cerna.

Más enconoso aún había sido el episodio de las multitudes de las madres de caídos en la guerra ahogando la prédica de Juan Pablo II en marzo de 1983. La concesión del capelo cardenalicio a Miguel Obando y Bravo, el arzobispo más infradotado de toda una región que tenía arzobispos tan destacados como Próspero Penados en Guatemala, Arturo Rivera y Damas en El Salvador y Marcos G. MacGrath? en Panamá, fue la desafortunada reacción del pontífice polaco. Cerró con broche de oro con la suspensión a divinis de Ernesto Cardenal y Miguel D’Escoto, y la expulsión de Fernando Cardenal de la Compañía de Jesús. Cardenalato y suspensiones: todo vino junto en el paquete de 1985.

Fuera de las frecuentes burlas en los medios de comunicación del Estado y pro-sandinistas hubo relativamente pocos episodios de enfrentamientos agresivos y nunca llegaron a niveles alarmantes. La irreverencia no fue la tónica predominante. Con el tiempo, las asperezas aparentemente fueron limadas e incluso sustituidas por inusitadas alianzas. Por arte de birlibirloque y misteriosa conversión perversa, el cardenal Miguel Obando y Bravo se pasó a las filas de Ortega en su época más pútrida –de ambos– y fue ungido el 2 de abril de 2016 como “Prócer de la paz y la reconciliación” por la Asamblea Nacional con 65 votos a favor y uno solo en contra. Sus ovejas siguieron al pastor: Roberto Rivas y Cía. alcanzaron la cima de su poder y prosperidad. Bismark Carballo y Lenin Cerna se dieron un afectuoso abrazo con inmensas sonrisas que desbordaron el marco de la foto y cualquier marco lógico que quisiera interpretar ese gesto. Apenas un mes antes de que iniciara la rebelión de abril, Esther Margarita Carballo, hermana del presbítero nudista, presentó sus credenciales ante Francisco I como representante de Nicaragua ante el Vaticano, un nombramiento que Monseñor Leopoldo Brenes en su momento calificó como positivo.

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El presidente de Nicaragua Daniel Ortega, junto a la vicepresidenta Rosario Murillo, el 7 de julio, durante una concentración que reunió a miles de simpatizantes del Sandinismo. en Managua. / EFE/Bienvenido Velasco

Por más de una década el FSLN tuvo dos cardenales a su disposición. Uno en cada bolsillo. Los dos igualmente incondicionales e incapaces de proferir una palabra condenando la ley del canal y las sangrientas represiones a quienes se manifestaron para oponérsele, las inminentes expropiaciones, el latrocinio de Albanisa, los destrozos de la minería, la masacre en la finca El Encanto (La Cruz de Río Grande) en mayo de 2008, las detenciones ilegales y torturas a los supuestos implicados en la masacre del 19 de julio de 2015, la masacre de las Jagüitas también en 2015, las torturas en el Chipote que datan de años atrás y las ejecuciones de personas bajo custodia policial, entre otros abusos y violaciones a los derechos humanos que antecedieron –y alimentaron el malestar de- las protestas de abril. Súbitamente el FSLN perdió a sus dos cardenales. En medio de la crisis uno se le murió y otro se le volteó.

Los lazos con un sector de la jerarquía católica sólo formaban parte de un amplio espectro estratégico-ideológico que expresaba el carácter teocrático del Estado-partido sandinista, cuyo lema “Nicaragua cristiana, socialista y solidaria” tuvo la función de gancho confesional para conquistar, cobijar y embobar a diversos sectores. Fue una atarraya lanzada con obsesiva compulsión para capturar incautos y fanáticos. La machacona mención de Dios en discursos y declaraciones oficiales, las alusiones como letanías a su infinito amor y eterna misericordia, el financiamiento a las festividades religiosas católicas más importantes y las celebraciones de los 19 de julio mimetizando los pasos de un ritual religioso, donde el cardenal Obando y Bravo era un convidado de piedra pero no por eso menos imprescindible, han sido algunas de las expresiones más notorias del cruce de Estado-partido-catolicismo.

Súbitamente despechado el régimen decide romper: sustituir la parafernalia teocrática por incitaciones al anticlericalismo.

En su discurso del sábado 7 de julio, Ortega azuzó a sus huestes contra aquellos que “nos maldicen en nombre de instituciones religiosas”. La respuesta, perfectamente orquestada y nada espontánea, vino dos días después. La golpiza a los obispos es, como todo acto humano, un fenómeno muy polisémico. Entre otros cometidos, transmite la alarmante mala nueva de que cualquier nicaragüense –con independencia de su rango secular o sacro– está expuesto a los ataques de los paramilitares y las turbas, y al mismo tiempo busca escenificar una supuesta pérdida de legitimidad de la jerarquía, como si Ortega dijera: “Dicen que a mí me repudian, a ustedes los odian más: miren lo que el pueblo le hace a sus iglesias y a sus pastores.”

Cuando en su alocución diaria se refirió al hecho de manera no explícita, Rosario Murillo mencionó el derecho que “todos tenemos de pronunciarnos y a dar testimonio cristiano de nuestro sufrimiento”.

Pero ese acto de agresión también tiene efectos no buscados o anticipados por sus planificadores. Ortega y Murillo democratizaron y secularizaron la represión. Ese giro significa una ruptura con una estrategia ideológica cultivada con minuciosidad, mimos y dólares.

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La histórica regañada de Juan Pablo II a Ernesto Cardenal, en 1983. luego de que un pequeño grupo de curas rompieron el voto de la obediencia. / La Estrella de Nicaragua

Sabemos que esa estrategia era netamente instrumental, como lo ha sido para otros líderes políticos a lo largo de la historia. Cuando estaba acantonado en Marruecos, Franco era para sus subordinados el hombre sin las tres “m”: sin mujer, sin miedo, sin misa. Tras la victoria, bien instalado en El Pardo, se vio en la necesidad de buscar ideologías que le dieran un poco de vistosidad y pegamento al régimen. Echó mano del fascismo y de la religión católica. La muerte del líder de la falange José Antonio Primo de Rivera –su rival dentro del frente antirrepublicano– le allanó el camino hacia la primera meta. Su esposa doña Carmen Polo –católica por los cuatro costados– le facilitó el camino hacia la segunda. Tan pronto como las potencias del Eje perdieron la Segunda Guerra Mundial y el de España iba a quedar aislado como el único régimen fascista en Europa, Franco se deshizo de los elementos filo-nazis de su gabinete. Las ideologías han sido para los tiranos unos artefactos muy descartables. Valen tanto cuanto sirven en una coyuntura determinada.

El ataque a los obispos, tanto como los otros ataques, construyen al enemigo. Sin intento de reforma a la seguridad social y la subsiguiente represión, no tendríamos Movimiento 19 de abril. Sin muertos, no habría Movimiento de las madres de abril. Sin ataques sostenidos, no habría tranques. Los actos del orteguismo edifican al enemigo, lo incitan a organizarse y les infunden coraje. Es posible que después de los ataques a los obispos, se solidifique la bina catolicismo-antisandinismo y la ruptura de facto del orteguismo con una de sus bases ideológicas. Esta tendencia es perceptible en los medios de comunicación tradicionales y las redes sociales donde ahora se habla masivamente de sacrilegio, blasfemia, profanación e incluso de excomunión. Seguramente Ortega y Murillo no abandonarán el lenguaje religioso, pero su retórica se mostrará ahora huérfana de asideros institucionales. ¿Qué hará ahora el FSLN aparentar que mantiene vínculos con el catolicismo institucional? ¿Invitar a Bismarck Carballo al repliegue y el podio del 19 de julio? Allá ellos. Pero que esta vez lo exhiban vestido, por favor.

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