Curas guatemaltecos: “Queremos seguir siendo hombres del pueblo”

Religiosos en Guatemala se comprometen a dejar despejado el espacio que corresponda a laicos y laicas.

Queridos hermanos y hermanas laicos:

Desde nuestro encuentro anual de formación permanente

1. Gran parte de los presbíteros de la Iglesia en Guatemala nos hemos reunido en nuestro Encuentro anual de Formación Permanente y, por haber estado ustedes tan presentes en nuestro pensamiento y en nuestro corazón, dado el tema que hemos tratado en estos días, sentimos la necesidad interior de compartirles nuestros sinceros sentimientos a través de esta carta fraterna y familiar. El tema ha sido: “Los presbíteros en la transformación misionera de la Iglesia, concretada en el cambio misionero de la parroquia”. Somos conscientes de que sin ustedes no habría parroquia. Por algo tan sencillo y verdadero, que ustedes laicos, son la inmensa mayoría del Pueblo de Dios a cuyo servicio generoso y alegre debemos estar los presbíteros (cfr. EG, 102). Les agradecemos de corazón la entrega generosa que muchos de ustedes tienen en el servicio del Evangelio a las comunidades cristianas, a lo largo y ancho de toda la Iglesia en Guatemala.

2. Como ustedes saben, estamos llevando adelante, especialmente con los Consejos Pastorales Parroquiales, un Proyecto de renovación parroquial, llamado: “Parroquia misionera, comunidad de comunidades al servicio del Reino”, que, puesto en marcha por nuestros Obispos, (CEG, Mensaje, 22 de octubre, 2015), concluiremos el año próximo, cuando la Iglesia Latinoamericana conmemorará los 50 años de la II Conferencia del Episcopado celebrada en Medellín, aquella recepción creativa y esperanzada del Vaticano II; y la Iglesia en Guatemala nos reuniremos en Huehuetenango para celebrar el V Congreso Misionero (COMGUA-5); estamos, además a 10 años de la V Conferencia de los obispos celebrada en Aparecida, Brasil, en el año 2007.

3. Aparecida se ha convertido en una “profecía” de lo que actualmente estamos viviendo con el pontificado del Papa Francisco, quien está llevando a toda la Iglesia a ”recomenzar desde Cristo” (DA 12). Por eso, a la luz de su enseñanza, decisiones y ejemplos concretos, reconocemos que a nosotros, los presbíteros, nos ha faltado creatividad y audacia para encarnar - codo a codo con todos ustedes, laicos de nuestras parroquias - los caminos pastorales de Aparecida.

4. Aparecida es, en efecto, un inmenso caudal del que nosotros, los presbíteros, debemos beber con suficientes ganas, y debemos conducirlos a beber de esa fuente de inspiración discipular, pastoral y misionera. Urge que todos escuchemos con entusiasmo su llamado a la conversión personal y pastoral. No debemos seguir con esquemas teológicos pastorales ya superados en el Vaticano II; quedarnos, como en algunos casos, en una mundanidad propia de la cultura de la apariencia de la sociedad contemporánea. Debemos ahondar en nuestra condición de discípulos misioneros de Jesús Buen Pastor, y renovar con plena sinceridad nuestro compromiso por impulsar la transformación misionera de la parroquia. Ante la nueva situación cultural y ante la invitación de Aparecida, no vale ya el criterio “siempre se hecho así”.

5. Es importante que como presbíteros en nuestras parroquias desarrollemos la ministerialidad de toda la comunidad, evitando así el clericalismo que tanto daño le ha hecho a la iglesia convirtiendo a muchos de ustedes, laicos, en unos simples “mandaderos”, (cfr. Papa Francisco, Carta al presidente de a la CAL, 19-3-16), hasta el punto de llegar ustedes mismos a pensar, renunciando a su propia dignidad, que su participación en la vida de la Iglesia es una especie de privilegio que nosotros les regalamos, de suerte que, por una mal entendida fidelidad hacia nosotros, ustedes también se han clericalizado, y con ello no han crecido ni madurado en un discipulado misionero al servicio de la vida.

6. Estamos llamados a ser presbíteros animadores de comunidades de discípulos misioneros, constructores de vida plena y digna para todos, preferencialmente de los más empobrecidos de Guatemala, porque creemos que la opción por los pobres inspirada en la experiencia del Dios Padre misericordioso, al estilo de Jesús, es la única y la mejor forma de anunciar la buena noticia del Evangelio a todos; solo así el santo Pueblo de Dios encomendado a nuestro ministerio nos percibirá cercanos y comprometidos con sus legítimas demandas, preocupados por sus sufrimientos y dolores, solidarios en su lucha por la justicia, en su esfuerzo por un desarrollo humano y social para todos; y empeñados en ganar la batalla contra la corrupción y la impunidad.

7. Con firme convicción, les compartimos de nuevo que la opción preferencial por los pobres brota de la experiencia de Dios como misericordia, responde a la conducta de Jesús, y ha sido clave permanente en los documentos de las Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano; es la clave también para evangelizar a todos; si faltara esa opción, el cristianismo acabaría siendo una “religión burguesa” o aburguesada. Por eso, la comunidad cristiana, animada por obispos y presbíteros, debe estar del lado de los pobres.

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Inquietudes desde el “examen de conciencia parroquial”

8. El ”examen de conciencia parroquial” que estamos realizando, desde 100 puntos de Aparecida, pone de manifiesto que no habíamos entrado del todo en la dinámica de la metanoia proclamada por Jesús en el inicio de su tarea misionera (cfr. Mc 1, 15), y de aquel cambio que el Papa Francisco nos propone ahora con urgencia, comenzando por la apremiante invitación a ”reformar lo deformado” en la Iglesia y en sus pastores. Somos, y queremos continuar siéndolo, hombres de pueblo, sin caer en la tentación de considerarnos príncipes que miran despectivamente. (cfr. EG, 271), conscientes de que la Iglesia a la que servimos “no es una elite de los sacerdotes, de los consagrados, de los obispos, sino que todos formamos el Santo Pueblo fiel de Dios” (cfr. Papa Francisco, Carta al presidente de a la CAL, 19-3-16). La tentación del poder fácilmente nos contamina, también a los que hemos recibido un ministerio ordenado, incluso cuando provenimos de familias y estratos sociales pobres.

9. En nosotros, pastores, poco a poco se ha ido apagando el fuego profético que nuestra Iglesia está llamada a testimoniar en el corazón de nuestro pueblo, (cfr. Papa Francisco, Carta al presidente de a la CAL, 19-3-16) quizá por no asumir con más radicalidad el estilo misionero de Jesús y por el miedo a incomodar aquellos sectores a nivel local o nacional que se han beneficiado del sistema injusto, impune y corrupto vigente en el país. No debemos instalarnos en una autocomplacencia pastoral pecaminosa por narcisista, como la de aquellos profetas que intentaban adormecer al pueblo, diciéndole: “todo marcha bien, todo marcha bien”. El papa Francisco viene ratificando la invitación de Aparecida: salir de una pastoral acomodada y adormecedora, encerrada en el templo y temerosa de participar y cooperar en procesos históricos para la salvación integral de nuestro pueblo (Cfr EG, 120) . Necesitamos una Iglesia profética que con la audacia de Jeremías nos diga, cuantas veces sea necesario:”...y aquello no marchaba bien” (Jr 4,9).

10. El Papa Francisco ha lanzado esa voz profética para dar la alarma en toda la Iglesia. Él nos hace caer en la cuenta de que una pastoral acomodada y tibia, al margen de los pobres y sin insertarnos en las periferias geográficas y existenciales de nuestra sociedad guatemalteca, nos lleva a no ser “pastores según el corazón de Dios” (Jr 3.15). Si no reaccionamos positivamente con el pontificado del papa Francisco y ante el creciente despertar de los ciudadanos guatemaltecos desde abril de 2015, seremos “guardianes ciegos que no se dan cuenta de nada: perros mudos, incapaces de ladrar; vigías perezosos con ganas de dormir; perros voraces que no se sacian; pastores que no se comprometen a nada: cada cual, por su camino, cada uno, a su ganancia” (Is 56, 10-11). ¡No queremos caer nunca en este camino de indiferencia, ni ser cómplices de los responsables del empobrecimiento de nuestro pueblo!

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Los testigos fieles

11. Nos anima la vida y testimonio de tantos presbíteros de ayer y de hoy que, en medio de tantas y tan graves dificultades, abrieron y abren caminos de esperanza y de promoción humana, con el fin de ayudar al desarrollo integral de nuestros pueblos; de pastores que en el silencio de su entrega sirvieron y sirven por opción evangélica a los más pobres; y, sobre todo, nos estimulan aquellos testigos fieles hasta el martirio y tantos sacerdotes laicos y laicas, religiosos y religiosas que han hecho de nuestra iglesia en Guatemala, una iglesia martirial. Su testimonio nos invita a ser hombres de Dios, sensibles a las necesidades de nuestros hermanos que más sufren, conscientes del gran pecado de exclusión y humillación que sufre la mayoría de las personas de nuestras comunidades. Estamos llamados a salir de nuestras seguridades y de nuestras opciones cómodas, que nos impiden comprometernos en la construcción de la paz, la reconciliación y la búsqueda de caminos para aliviar los sufrimientos y angustias de nuestra gente.
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Llamados a mirar la realidad con los ojos de Jesús

12. Hemos caído en la cuenta de que mirar la realidad con los ojos de Jesús, y hacerlo con todos ustedes, es una tarea principal para nosotros, que queremos realizarla en el campo o en la ciudad, entre pueblos indígenas, regiones campesinas y urbanas, en el centro o en las periferias. Sentimos que nuestras parroquias, y nosotros en ellas, estamos en medio de todos ustedes, llegando, incluso, a rincones donde nadie jamás llega. Encontrarlos en sus propias casas, en sus poblados y aldeas, en su trabajo de cada día, nos llena de verdadera alegría; por eso, queremos evitar que las parroquias se conviertan en una especie de centro comercial o en una agencia de servicios, por muy religiosos que sean, haciendo de nosotros funcionarios o agentes comerciales, y de ustedes, los compradores.

13. Con ustedes, queremos hacer de nuestros templos, de nuestras casas parroquiales y de nuestros centros de pastoral, lugares sencillos y cálidos, acogedores y fraternos; queremos hacer de nuestras parroquias un acontecimiento de cercanía y de encuentro que afecte nuestra vida y nos llene el corazón, incluso para no desarraigarnos de los lugares de donde fuimos sacados, con pretensión de ser “una casta diferente” (cfr. A sacerdotes- Bolivia, 9-13-15), sin poner barreras a nuestra identidad con el pueblo hasta llegar a tener el “gusto espiritual de serlo” (cfr. EG, 268). Conviviendo con ustedes, queremos manifestarles que un día fuimos llamados, pero no fuimos segregados; que al ser, por fin, ordenados, no nos pusieron aparte; al contrario, nuestro llamado y ordenación nos “hacen parte” de ustedes, porque sirviéndolos es como nosotros nos realizamos. Tenemos la sensación de no haber sacado del todo las consecuencias de nuestra pertenencia al pueblo, y tenemos la tentación de creernos superiores (cfr. A los sacerdotes-Bolivia, 9-13-15). Ustedes con su cercanía nos ayudan a vencerla.

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Como Jesús, mirar y vivir la realidad desde los empobrecidos

14. Como seguidores de Jesús, nos sentimos llamados a vivir y a ayudar a que también nuestras parroquias vivan esta realidad del pueblo desde los últimos, desde los más pobres, desde los que más sufren, desde tantos y tantas que son hombres y mujeres como nosotros, con la misma dignidad humana de hijos e hijas de Dios, pero que son materialmente botados a las periferias de la sociedad, como si fueran desechos inservibles y material de descarte. Es un llamado de Jesús que nos cuesta, por lo que, a veces, no hemos sido capaces de compartir con ustedes- para vivirla todos desde nuestras concretas responsabilidades- una clara advertencia que el Papa Francisco nos hace a todos; nos dice con un sincero realismo que “no siempre podemos (...) manifestar adecuadamente la belleza del Evangelio”. Pero añade ”que hay un signo que no debe faltar jamás: la opción por los últimos, por aquellos que la sociedad descarta y desecha” (EG, 195). Ante el empobrecimiento del pueblo guatemalteco que nunca se anteponga la riqueza de sus pastores.

15. Por eso, queremos que ustedes también nos ayuden, para que, juntos, como comunidades seguidoras de Jesús, centremos nuestro seguimiento en este signo de credibilidad: la “opción por los últimos”. Como ustedes, también nosotros, los presbíteros, estamos preocupados por vivir nuestra vida como un “encuentro” con Jesús; y estamos convencidos de que pastoralmente “nada podemos hacer sin Él” (Jn 15, 5). Y ese es el objetivo de las comunidades parroquiales que animamos: facilitar a todos, el encuentro con Jesús y hacer camino con Él. Pero, en esa tarea, no queremos olvidar también nosotros que “el camino para encontrar a Jesús son sus llagas, que no hay otro” (Papa Francisco, Homilía en Santa Marta, Ciudad del Vaticano, 3-7-13).

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En el contexto de una parroquia misionera

16. Queremos acoger con más entusiasmo la convicción misionera del Papa, que, por ser tan pastoralmente “invasiva” -llegar a todos y a todo -, no la atendemos del todo, por miedo a tener que dar un urgente y profundo repaso a un tipo de parroquia que hemos promovido más desde la conservación que desde la misión; porque, no se trata simplemente de hacer “Misiones”, sino de hacer de toda la vida parroquial una misión permanente y de cada uno de nosotros y de ustedes, laicos y laicas, un discípulo misionero de Jesús, luz del mundo. Pero no es infrecuente que también nosotros, los presbíteros, tengamos el peligro de confundir la misión con un indiscriminado “salir”, sin distinguir un salir “proselitista” que no engendra “seguidores” de Jesús, de un estilo misionero de “salir” que se nutre de una intimidad con Jesús tan grande que llega a “tener los mismos sentimientos” del Señor, hasta poder decir: “vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí”. (Gal, 2, 20).

17. Queremos entregarnos como Jesús, siendo siempre “para los demás”, para poder decir con verdad que “nuestra vida es misión”. ¡Cómo nos gustaría que todos, ustedes, laicos y laicas, y nosotros, presbíteros, pudiéramos llegar a decir: “no hacemos misión”, nosotros mismos “somos misión”, porque “la vida es misión”! Y que a nosotros, los presbíteros esto nos urgiera a no querer nunca serlo como “de laboratorio”, sino por haber echado nuestra suerte con la suerte de los pobres de nuestro pueblo de Guatemala.

18. En la Iglesia, queridos laicos y laicas, no tenemos una misión, sino que la misión nos tiene como Iglesia, nos sostiene, nos funda y nos impulsa. No somos nosotros, laicos, presbíteros y obispos, quienes definimos la misión, sino que la misión nos define a nosotros. Por eso, soñamos con que nuestras parroquias sean servidoras de un Dios misionero que va desplegando, con creatividad y fidelidad a Jesús, su capacidad de anuncio y denuncia. Ante una sociedad herida por las injusticias y la violencia, el anuncio de la misericordia y la reconciliación es fundamental, desde la experiencia de sabernos amados por el Padre Bueno que nos convoca a vivir en Jesús y con la fuerza de su Espíritu el compromiso de la comunión y la fraternidad, sabedores de que “hacer oídos sordos al clamor de los pobres, cuando nosotros somos los instrumentos de Dios para escucharlos, nos sitúa fuera de la voluntad del Padre y de su proyecto” (Cfr. EG 186).

19. En la construcción de una parroquia misionera confesamos que, a nosotros, presbíteros, muchas veces, no nos resulta fácil despegarnos de los hábitos y costumbres que hemos ido adquiriendo ya en la formación y, ahora, a lo largo del ejercicio del ministerio. No lo decimos para que sirva de consuelo a nadie sino para que ustedes, laicos y laicas, que, en el mundo, están habitualmente en “lugares de misión”, nos “obliguen” a dejar nuestra mentalidad “eclesiástica y clerical” que nos encierra en el ámbito del templo y nos recuerden que, como discípulos misioneros, también nuestro lugar está en el mundo del que, con ustedes, somos luz; y en la tierra, de la que somos sal (cfr. Mt 5,13-16), promoviendo y acompañando comunidades cristianas que no vivan “al lado”, sino “dentro”, como levadura que fermenta la masa (cfr. Mt 13, 33).

20. Pero, por favor, no nos lo recuerden en la “sacristía”; háganlo desde la intemperie: su familia, su trabajo, su enfermedad, su dolor, su pobreza, sus anhelos, sus esperanzas, sus tropiezos, sus luchas por un mundo distinto; sus compromisos por hacer más digna y plena la vida de todos los guatemaltecos. Metan “mundo” en nuestra Iglesia y sáquennos a nosotros para que metamos “mundo” en nuestro corazón. El mundo a quien Dios ama tanto que envió a su Hijo y nos envía a nosotros para que con él compartamos su salvación (cfr. Jn 3, 16). ¡Ayúdennos! No nos dejen morir en el encierro, “en una soledad poblada de aullidos” (Dt 32,10), en “una maraña de obsesiones y procedimientos” (EG, 49), “replegados en una rigidez autodefensiva” (EG, 45); miedosos de “mancharnos con el barro del camino” (EG, 45). Que mutuamente nos ayudemos a no tener miedo a “salir”, sino a la enfermedad mortal del encierro, que frena la fuerza imparable que tiene la Palabra del Maestro (cfr. EG, 22).

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Hacer de nuestras parroquias “comunidad de comunidades”

21. Tenemos todavía por delante una tarea apasionante: que nuestras parroquias sean “comunidad de comunidades”, para superar la situación de dispersión que vive nuestra Iglesia en Guatemala. Promover desde la fidelidad a Jesús, a su Evangelio y a su proyecto del Reino, un camino compartido de Iglesia, que sea expresión de que todos acogemos “la misericordia como la viga maestra de la vida de la Iglesia” (MV, 10), apostando por parroquias que sean ”madres, de corazón y de puertas abiertas”, es decir, las puertas del templo, las de la participación, las de los sacramentos; “hospitales de campaña” en los que podamos curar a tantos heridos y heridas de nuestro pueblo; parroquias facilitadoras de la gracia y no sus controladoras; hogares de mesa y vida compartidas, que abrazan a todos aquellos y aquellas que, con todo y su vida acuestas, llegan a tocar en sus puertas; espacios abiertos donde poder dialogar sin rigideces ni miedos; donde poder ofrecer experiencias de caminos compartidos que nos entrenan en hacer comunidad; donde se escucha y se aprende el estilo de Jesús, para llevarlo de la oración a la vida; donde más que con palabras, se convence por la experiencia de fe; parroquias que, con su vida, aprenden a conjugar los cinco verbos misioneros: porque son vivas, ”toman la iniciativa” y no están siempre con la repetición aburrida de lo mismo y a los mismos; ”se involucran” y se meten en la vida de la gente; ”acompañan” con paciencia los procesos; ”fructifican” con las aguas del Espíritu y ”festejan” la alegría del Evangelio haciendo del culto vida y de la vida una ofrenda (cfr. EG, 24); parroquias que saben de gratuidad, porque la salvación que ofrecen a todos “ni se compra ni se vende”; donde se disfruta el gozo de estar los hermanos unidos y de poner en común los diferentes carismas y los dones recibidos; parroquias apasionadas por la unidad, a las que asusta la uniformidad; acogedoras y abiertas a la diversidad que el Espíritu promueve, para quitar a todos -personas y grupo - las razones para vivir en la dispersión como “nómadas sin raíces” (cfr. EG, 29).

22. Para nosotros, presbíteros, caminar hacia este tipo de parroquia es un verdadero desafío, que asumimos con esperanza, en las circunstancias actuales de la Iglesia y del mundo. En la dinámica de la comunión y participación, nos comprometemos a dejar despejado el espacio que, en la Iglesia, les corresponde a ustedes, laicos y laicas, por su bautismo y confirmación, para que juntos superemos aquella imagen de parroquia cerrada, volcada sobre sí misma, asustada del mundo que le rodea, sin espíritu misionero, sin lenguaje actualizado. Con ilusión, reconozcamos a Jesús y su Evangelio como el centro de su vida, y asumiendo de veras su proyecto, que es el Reino de la vida digna y plena para todos.

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Lanzándonos a lo que está delante, desde la mística de estar juntos

23. Con todos ustedes queremos descubrir la alegría y la mística de compartir la vida juntos, de encontrarnos, de abrazarnos, de entrelazar nuestras manos y apoyarnos (cfr. EG,87). Sabemos que nuestra condición de vida presbiteral podría llevarnos a “escapar de los demás hacia una cómoda privacidad o hacia el reducido círculo de los más íntimos, y renunciar, así, al realismo de la dimensión social del Evangelio” (EG, 88).

24. Nos preguntamos si nuestro estilo pastoral no habrá derivado en un sacramentalismo sin evangelización (cfr. EG, 63) y así, volcados fuertemente en el culto y en expresiones convencionales de religiosidad, hayamos podido colaborar a marcar en ustedes la impronta de “un Cristo puramente espiritual, sin carne y sin cruz...; un Jesucristo sin carne y sin compromiso con el otro” (EG, 89), provocándolos a ustedes, incluso, a buscar y “encontrar en lo religioso una forma de consumismo espiritual a la medida de un individualismo enfermizo” (EG, 89).

25. Cuando estudios sociológicos serios constatan que “a mayor religiosidad, menor sensibilidad social”, no tenemos más remedio que pensar si nosotros mismos “estaremos respondiendo adecuadamente a la sed de Dios de mucha gente, a la vista de que cada vez son más los que buscan apagarla en propuestas alienantes” (cfr EG, 89). Para compartirla con ustedes, nosotros mismos queremos tener “una vida espiritual que sane y libere, que llene de vida y de paz, pero que, al mismo tiempo, “convoque a la comunión solidaria y a la fecundidad misionera” (cfr. EG 89). No dejamos de preguntarnos con preocupación si, con nuestros estilos pastorales, nosotros mismos estaremos colaborando a que se dé “el creciente aprecio por diversas formas de «espiritualidad del bienestar» sin comunidad, por una «teología de la prosperidad» sin compromisos fraternos o por experiencias subjetivas, sin rostros, que se reducen a una búsqueda interior e intimista” (cfr. EG, 90). Porque quisiéramos que, en nuestras parroquias, ni nosotros ni ustedes “termináramos engañados por propuestas que ni humanizan ni dan gloria a Dios” (EG, 89).

26. Queremos compartirles con sencillez y humildad que, con ustedes, queremos avanzar en una relación personal y entregada a Dios que, al mismo tiempo, nos comprometa con los otros, y nos ayude a reconocer que el único camino consiste en aprender a encontrarse con los demás, sin pretender escondernos o quitarnos de encima a los otros (cfr. EG, 91). No queremos nunca olvidar, y les pedimos que nos ayuden a lograrlo, que los discípulos del Señor estamos llamados a vivir un estilo de comunidad que nos haga ser fermento en la masa (cfr. Mt. 13, 33) y a dar un permanente y renovado testimonio de pertenencia evangelizadora (cfr. EG, 92). Pensando en nuestras parroquias, les invitamos a que, juntos, nos comprometamos a “no dejarnos robar la comunidad” (EG, 92).

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Saludo de despedida

27. Muchas más cosas nos gustaría compartir aún con ustedes, queridos hermanos laicos de nuestras parroquias, pero no queremos que esta carta sea aún más larga. Lo que les hemos dicho nos ha salido del alma y queremos que nos sirva a todos, en comunión, para que nuestras parroquias crezcan en fidelidad a lo que Jesús quiere de ellas y a lo que el Espíritu Santo nos dice a todos en este momento de gracia que Él mismo nos ha abierto con el pontificado del Papa Francisco. Nos viene bien el consejo de Pablo a Timoteo: “no eches en saco roto estas cosas y en nombre de Dios ordena que nadie se enzarce en disputas que no sirven para nada, sino únicamente para ruina de quienes participan en ellas” (2Tm 2,14). Somos deudores a un tiempo de gracia en la Iglesia, nos toca animarnos mutuamente, ustedes y nosotros, “mientras dure este hoy, para que ninguno se endurezca, engañado por el pecado” (Hb 3.13).

Reciban un fraterno abrazo de sus hermanos presbíteros, reunidos en formación permanente, en torno al santo Cura de Ars, amigo e intercesor de los presbíteros.

- Guatemala, 2 de agosto de 2017

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