Días de cólera en Bangassou

Monseñor Aguirre, en lucha por una paz tan frágil como necesaria en la República Centroafricana.

Puñetazos, porras, tablones...como una lluvia caen los golpes sobre un adolescente enloquecido, a pocos metros de la catedral de Bangassou (en el sudeste de la República Centroafricana), durante la misa. En el interior de la elegante iglesia de ladrillos rojos, la asamblea acaba de recitar al unísono el Padre Nuestro. Hay tormenta a un lado y recogimiento al otro.

Poco a poco, una cierta inquietud se apodera de la asamblea. Algunos fieles han entendido lo que está pasando fuera. Entre ellos, sor Julieta, una franciscana de Montpellier. Sale corriendo al exterior. Ante ella, jóvenes musulmanes rivalizan por participar en el linchamiento. Han reconocido que la víctima es uno de los milicianos que les hacía la vida imposible, día y noche.

Los parroquianos, entre ellos el chófer del obispado, se meten a parar la pelea con mucha valentía. Los golpes se multiplican. Algunos intentan interponerse, como por ejemplo una joven musulmana, que arranca el cuchillo de manos de su hermano. Sor Julieta levanta las manos al cielo, se acerca al torbellino intentando encontrar una solución. Grita con una voz débil que el horror tendría que acabarse.

De repente, el adolescente es arrastrado por dos hombres que consiguen introducirle en la catedral llevándolo por los brazos, aunque antes, un niño tiene tiempo de machacarle, con una enorme piedra, la cabeza. Una vez dentro de la iglesia, está a salvo. Sacan al chico por una puerta de atrás. “Todo esto es de locos” susurra Sor Julieta que se coloca en la fila para la comunión.

Al final de la celebración, la mayoría de los fieles desaparecen rápido. Una minoría lanza insultos en dirección al campamento de los musulmanes, a trescientos metros debajo de la catedral. “Después de todo lo que se os ha hecho, es así cómo nos lo agradecéis” se queja una religiosa que no soporta más vivir en este clima de tensión y violencia permanentes. Un señor grita: “No hay nada que hacer con vosotros”. Tres soldados marroquíes de la MINUSCA se acercan para calmar los ánimos. Pero el pueblo ya no quiere a esta gente. Les acusa de incompetencia y de complicidad con los musulmanes.

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Todo el mundo espera una reacción de los antibalaka. Son ellos los dueños de la ciudad desde el 13 de mayo cuando conquistaron Bangassou echando a los musulmanes. Estos últimos, refugiados en la mezquita central, después de la intervención del Obispo durante tres días, fueron evacuados por las fuerzas especiales portuguesas, el 16 de mayo y les llevaron al seminario menor San Luis, en el obispado.

Allí viven rodeados por los milicianos antibalaka que prefieren llamarse autodefensas. Dentro hay de todo: los scout, los antiguos seminaristas, los delincuentes, los jóvenes desempleados, los campesinos... Existe la sospecha que estos jóvenes están manipulados, financiados y armados por el entorno del expresidente François Bozize.

Son siete pandillas que se reparten la ciudad, las tres más feroces están bajo el mando de un antiguo militar FACA, ejército de la época de Bozizé. Los musulmanes están expuestos, día y noche a los ataques de estos hombres sanguinarios. Si se atreven a salir del recinto del seminario, los antibalaka los masacran sin piedad. Sin ir más lejos, esta semana, algunos desplazados han intentado ir a Bangui en camiones que se introdujeron en la caravana de los camiones de PAM escoltados por los cascos azules de Mauritania. Uno de los vehículos se averió nada más salir de la ciudad. Los cascos azules siguieron su camino.

Inmediatamente después, los antibalaka llegaron y reconociendo a uno de ellos, le mataron, le cortaron en trozos y pasearon con sus miembros por toda la ciudad Los otros dos consiguieron esconderse en la hierba y llegar al convento de las religiosas de Montpellier. Sor Julieta les condujo luego, sanos, al obispado.

Todas las noches, los que rondan abren fuego y enseguida se oyen disparos por todos los barrios. Los desplazados esperan, con cierto fatalismo, bajo las tiendas de ACNUR, el fin de la pesadilla, contando los disparos.

Enfermos y heridos habrían preferido no tener que ser hospitalizados. Los antibalaka se oponen a ello. Es prácticamente imposible cruzar la ciudad sin llamar su atención. Hasta los humanitarios tienen miedo de conducirles desde que dos musulmanes sobrevivientes de la mezquita fueron ejecutados en el hospital central. Hoy en día, los únicos que se hacen curar en el dispensario son los antibalaka y los no musulmanes.

Se acabó el tiempo en el que cristianos, musulmanes y animistas vivían en buena armonía aquí en Bangassou. Sin embargo, desde que la crisis estalló en 2013, habían resistido bien a la pasión identitaria. Todo se acabó. La última vidriera de la vida en armonía en Centroáfrica se ha roto en Bangassou. “Ya se veía venir hace meses” explica mons. Aguirre, obispo de Bangassou que está protegiendo a los musulmanes. Tiene 65 años y ha sufrido tres infartos.

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“La llegada de los peulhs de Ali Darass en febrero de 2016 a Nzacko, a 190 km de aquí acabó desestabilizando toda la provincia de Mbomou. Se pusieron a saquear a los habitantes locales. El contingente marroquí de la MINUSCA no pudo defenderles, ni el gobierno centroafricano tampoco. Los jóvenes se sublevaron y poco a poco las cosas se caldearon” persigue el obispo.

Otro grupo de rebeldes compuestos de musulmanes chadianos se aprovechó de la situación para instalarse también en esta región rica en minerales como oro y diamantes, el FPRC (Frente Popular para el Renacimiento de Centroáfrica) del chado-centroafricano Nourredine Adam. ”Cada día esperamos que irrumpa sobre Bangassou para socorrer a sus correligionarios del obispado. Al principio de la semana, asolaron Nzacko y Bakouma; saquearon los barrios de los cristianos; incendiaron decenas de casas; mataron a los jóvenes y pusieron patas arriba la iglesia incluido el quirófano recién construido. Ya lo habían hecho previamente en 2013” añade el obispo español. Como respuesta, los antibalaka destruyeron la mezquita de Bangassou. Los rumores anuncian una inminente ofensiva de FPRC. Los SMS alarmistas circulan masivamente cada día y causan, a veces, un verdadero pánico y reacciones catastróficas en cadena.

El director diocesano de Caritas, el padre Guy-Florentin N’zingazo acaba justamente de recibir uno que advierte que los antibalaka de Pino Pino (apodo de Pépin Wakanam), antiguo empleado de Areva, un gbaya de Boali, uno de los crueles de la ciudad, estaría a punto de atacar el seminario en represalia por el incidente de la mañana. Sus hombres estarían a 200 metros. El padre Alain Bissialo, párroco de Cristo Rey de Tokoyo, justo en frente de la mezquita destruida, se acerca para calmar los ánimos. Todo el mundo reconoce sus talentos mediadores. Él también ha acogido varias familias musulmanas en su parroquia.

El campamento del seminario menor no está bien asegurado. Están allí los cascos azules marroquíes pero no parecen dispuestos a pelearse de una manera eficaz. Ya abandonaron a los musulmanes en la mezquita central el 13 de mayo. Aquel día murieron 40 personas entre los cuales el imán, mujeres y niños. Por otro lado, se dice que los marroquíes abren fuego sin identificar sus objetivos. Aquí en Bangassou, son innumerables los heridos por sus balas. Hay un miedo añadido: se cree que si los antibalaka atacan, los extremistas musulmanes del campamento pueden volverse contra los sacerdotes que viven en el obispado.

Al final, el padre Bissialo consigue convencer a Pino Pino de no mover sus tropas. Es ya la tercera vez que esto ocurre en esta semana.

Por la tarde, el obispo recibe un mensaje de una religiosa, refugiada en RDC (República Democrática del Congo), al otro lado del río Mbomou, frontera natural entre los dos países. Anuncia que vuelve. La cita está fijada a las 16:00 al puerto. Antes de ir allí, el obispo pasa por el seminario menor para dar ánimos a los desplazados. Allí se cruza con Kaltouma, una mujer de 27 años, sentada sola sobre una estera.

El domingo 28 de mayo, la mujer pidió al padre Guy-Florentin que le ayudase a cruzar el río hacia el otro lado con sus cuatro hijos (12, 10, 8 y 2 años) y su hermana pequeña de 14 años. El cura tenía previsto ir con coche a decir misa por allá. Llegados al puerto, se toparon con los antibalaka de Ngade (uno, originario de Zabe, en el Mbomou).Los milicianos se apoderaron de Kaltouma, de sus hijos y de su hermana. Los llevaron aparte y los mataron. Creyendo que ella también estaba muerta, la tiraron al río de dónde la rescató una catequista, que la recogió, la curó y la acompañó hasta el campamento.

“Hay que decir que hay también personas justas en medio de todo esto. Incluso son mayoritarios” dice el cura mediador. Lo peor de la humanidad cohabita con su mejor lado. Los cristianos de Bangassou no escapan a esta regla general. Caritas es la responsable del campamento y es ella que coordina el trabajo de los agencias humanitarias de la ONU. Los desplazados huyen de algunos cristianos y están acogidos por otros cristianos.

Una hora más tarde, mons. Aguirre coge su coche y activa su música de guitarra española. Se dirige al puerto. Los antibalaka de Ngade le paran. Son los mismos del 28 de mayo. Su coche está inmediatamente rodeado de esos criminales armados de AK 47, fusiles de caza, lanzas y machetes. Su jefe le insulta, le acusa de ser un mal cristiano, un cómplice de los musulmanes. Le amenaza con su arma, el dedo puesto al gatillo. “Después de todo lo que nos hicieron, hay que matarles a todos incluidos los que les ayudan. Yo soy católico, un verdadero católico” grita. El obispo con tranquilidad; le escucha y le responde con voz suave, mientras la melodía española se oye desde fuera del coche. Le dice: “El día en que estés herido o amenazado, te vendré también a buscar para protegerte”. Las palabras consiguen producir el efecto deseado. El miliciano le pide un billete de 10.000FCFA (6,5 euros). Como la religiosa no está todavía, el obispo no puede esperar.

48 horas más tarde, Pino Pino ataca el campamento del obispado. Los marroquíes abren fuego y consiguen rechazar a los asaltantes. Pero hay una noticia esperanzadora: un niño ha nacido en la misma noche, en el comedor del seminario menor.

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