El humorismo de Dios

Compartimos la reflexión que hace Gian Paolo Salvini en La Civiltà Católica sobre el humor en la vida cristiana y su importancia el interés de recuperar la armonía, el equilibrio y la serenidad en la agitada vida de las sociedades occidentales.

El tema del humor en la literatura religiosa no es nuevo, tam­poco en nuestra revista. Pero creemos que una breve nota puede ayudar a los lectores a mantener viva una dimensión fundamental de la existencia humana que, entre otras cosas, nos parece en pe­ligro, en particular en nuestra sociedad occidental, en la que los conflictos y las tensiones cotidianas amenazan siempre con radica­lizarse y exasperarse, perdiendo de vista la moderación que ofrece el humor o, como podría decirse con un término casi equivalente, la ironía.
Esperamos que el tema sea del agrado de los lectores, teniendo presente que todos necesitamos humorismo, también los cultores de las ciencias laicas, como los economistas. La prestigiosa revista inglesa The Economist, por ejemplo, escribió que la tarea de la economía es dedicarse a estudiar cómo no se cumplen sus previ­siones.

En el título se hace referencia al humorismo de Dios. En reali­dad, para hablar de Dios partimos siempre de nuestra experiencia humana, en la que se refleja también la acción de Dios. Es induda­ble que el humorismo es un medio regio para establecernos en la serenidad. Forma parte de la sabiduría, que es un don del Espíritu Santo; más aún: es la sal de la vida —y de la vida de los creyentes en particular—, que la preserva de todo daño.

La historia de muchas herejías es en buena medida la historia de la pérdida del sentido del humor. Se podría agregar que también la pérdida de muchas vocaciones relata una historia de extravío del sentido del humor. Quien carece de ese sentido se toma todo en se­rio y, por eso mismo, hace que cada cosa se vuelva muy dramática, o bien, sin desembocar en el drama, por lo menos se complica la vida.
Saliendo del ámbito de las experiencias religiosas, un psicólogo re­lata que dos colegas suyos que carecían de humor se encuentran por la calle y, tras un embarazoso silencio, finalmente se saludan; pero después, ambos se preguntan angustiados durante el resto del día: «¿Qué habrá querido decirme?».

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