Espiritualidad y resistencia. Reflexiones desde la selva.

El pasado 10 y 11 de febrero, 26 comunidades que pertenecen a la organización social Xinich’ se reunieron en la comunidad Arroyo Jerusalén, Mpio. de Palenque para finalizar los 13 domingos de oración que habían acordado hacer. Fuimos cerca de 200 personas. El motivo era pedirle a Dios por la Madre Tierra y evitar que los megaproyectos, concretamente la presa hidroeléctrica Boca del Cerro, destruyan la tierra del corazón maya: la selva lacandona. Estas 26 comunidades pertenecen a las culturas Ch’ol, Zoque y Tseltal; y son atendidas pastoralmente por la Misión Santísima Trinidad.

Actualmente la Comisión Federal de Electricidad (CFE) tiene finalizado el estudio que da paso a la construcción de una presa sobre el río Usumacinta, el más caudaloso de México. La superficie total del embalse está proyectada en 1,799 ha. de las cuales 707 ha. corresponden al municipio de Tenosique, Tabasco y 1,092 hectáreas al de Palenque, Chiapas. En el embalse y área circundante se encuentran 29 sitios arqueológicos mayas de diversa importancia; 18 de ellos se afectarían y 11 restantes se sitúan próximos al área de interés. Además, en esa área se encuentran comunidades indígenas y campesinas, a las cuales no se les ha consultado, ni informado nada. Por lo menos cinco empresas privadas europeas con sede en España, Alemania y Francia participan en el proyecto de construcción de la presa hidroeléctrica de Boca del Cerro.

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Al llegar, el 10 de febrero a medio día, cerca de 16 principales ch’oles y tseltales se organizaron para planear cómo harían los rezos, cuántas candelas se prenderían y en cuántas ocasiones, dónde sembrarían la cruz y a qué hora empezaríamos la oración.

Hicimos tres momentos de oración: el primero, dentro de la iglesia el 10 de febrero por la tarde, y en la noche bailamos baile tradicional como signo de que la resistencia va de la mano con la esperanza y la alegría; el segundo, fue el 11 de febrero muy temprano al pie de la cruz que se encuentra al salir de la iglesia; y el tercer momento al lado del río Usumacinta. Ahí los principales sembraron una cruz de dos metros de altura aprox., y le dieron su regalo al Espíritu Cuidador del río y de la montaña (Ch’ul ahau). El regalo consistió en depositar en tres hoyos: cacao, atole, aguardiente, piezas de pollo y tortilla. El regalo es un símbolo de agradecimiento; es retribuirle a la Madre Tierra de lo que ella misma nos proveé. Al terminar celebramos la eucaristía y comimos en comunidad.

En la cultura maya, el cosmos está integrado por tres niveles: el cielo, la tierra y el inframundo. El número 13 significa plenitud y totalidad. También significa el fin de una época y el inicio de otra. Es cuando algo termina y se abre un camino nuevo. Cuando se hace el rezo, todos y cada uno lo hace en voz alta. Es una vivencia sagrada donde la relación con Dios es totalmente personal, y se le habla como si presente se hallase Él delante de mí; pero a la vez, es una vivencia totalmente comunitaria. Lo personal y lo comunitario no se rompe, ni uno absorbe lo otro; sino que se complementan y se nutren mutuamente. En la oración se le pide a Dios que nos cuide porque sólo él lo puede hacer; también le pedimos que nos de fuerzas para luchar por la vida comunitaria; que haya paz, justicia y dignidad para los pueblos indígenas.

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Al terminar la eucaristía –el primer banquete–, participamos del segundo banquete: sobreabundancia de vida, de comida, risas, pláticas. Todos comimos pollo sentados en la tierra, a la sombra de los árboles, no hay más mesa que la Madre Tierra. Todos en la comunidad participan. Todos son comensales de una misma mesa común.

Desde una lectura de fe, esta celebración fue un “pedazo” del Reino de Dios. Parafraseando a R. E. Brown, es esa escatología realizada que experimentaron las comunidades joánicas. Fue una fiesta que nos anima a resistir y luchar por la libre autodeterminación. Fue una actividad totalmente autogestiva y reivindicativa; espiritual y política. Todo lo organizaron las comunidades.

Esto es un ejemplo de la intrínseca relación que se da en los pueblos indios entre espiritualidad y resistencia. Mientras celebraba la eucaristía, yo me preguntaba: ¿cuándo la espiritualidad, para éstos pueblos, deja de serlo y se convierte en política? Con qué razón el Papa Francisco dijo que la política es una de la formas más elevadas de amor, ¡y ha defendido el papel de la oración como acto político!

Al irme adentrando cada vez más en estos pueblos Ch’ol, Zoque y Tseltal, voy teniendo la certeza de que cuando escucho la palabra “Dios”, pienso en justicia, paz, dignidad humana; y cuando escucho justicia, paz, dignidad… pienso en Dios, ése de rostro curtido… Conviviendo y caminando con estos pueblos originarios me convenzo que nuestra fe lucha por la justicia; nuestra lucha tiene fe en que construiremos la paz y la dignidad en las comunidades; no al estilo occidental, que pretende instaurar “paz” y “justicia” mediante multas y cárcel a los “culpables” de algún delito.

El problema del agua es cada vez más latente en el país. Las comunidades saben que vienen tiempos difíciles. El capital en disputa, en general, son los recursos naturales. ¿Cómo compartir con los que no tienen el vital líquido sin avasallamientos, ni atropellos hacia los pueblos originarios? ¿Qué tanto resistirán las comunidades? Yo no lo sé, sólo espero que podamos acompañar sus luchas y sus esperanzas para un futuro –y presente– digno y en paz.

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Notas

  • 1 Los principales son algunos ancianos elegidos por la comunidad, encargados de encender las candelas y pedir por la comunidad en las fiestas y celebraciones a Dios; son quienes saben cómo hablarle al Espíritu Cuidador (Ch’ul Ahau/).
  • 2 Raymond E. Brown, La comunidad del discípulo amado. Sígueme, Salamanca 1987, p. 49

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