Estuardo Porras Zadik: “Romper el status quo no quiere decir que debe desaparecer la gente del status quo”

En este texto de Plaza Pública se relata la experiencia en activismo e incidencia política del grupo La Cantina en Guatemala.

La Cantina, el grupo de guatemaltecos integrado por académicos, periodistas, empresarios, mujeres e indígenas, busca incidir en la solución de la crisis política que afronta el país, a partir de la lucha contra la corrupción iniciada en 2015 por el Ministerio Público y la Cicig. Estuardo Porras Zadik, uno de sus integrantes, explica en esta entrevista la visión de La Cantina sobre Guatemala y las rutas que, creen, deben transitarse para salir del atolladero.

Cuenta la historia que una funcionaria del Banco Mundial llegó a una apartada comunidad de Las Amazonas, en la segunda mitad del siglo pasado, con el propósito de promover un plan integral para desarrollar la economía de ese lugar. Junto a su equipo, la funcionaria preparó un plan de salud, educación, comunicaciones, infraestructura para el despegue de la comunidad. Llegado el momento de presentar su proyecto a las autoridades ancestrales, que eran las que tenían que autorizarlo, estas, agradecidas, le dijeron que antes de tomar cualquier decisión les gustaría tener una cantina. El Banco Mundial rechazó la propuesta, los acusó de borrachos, de que no sabían lo que querían, y optó por abandonar la iniciativa.

Ocho años después, la funcionaria regresó a la comunidad. Con sorpresa se encontró con que todo lo que había contemplado en su proyecto de desarrollo se había convertido en realidad: había escuelas, carreteras, telecomunicaciones, hidroeléctricas. Creyendo que le habían robado su proyecto, fue a preguntar las autoridades del pueblo por qué la habían dejado fuera si la idea había sido suya. Una semana después de que ustedes se fueron, les explican las autoridades, llegó un grupo de cooperantes europeos a ofrecer lo mismo, y a ellos también les pedimos una cantina, y ellos dijeron que sí. ¿Qué tiene que ver una cantina con esto?, preguntó la funcionaria del Banco Mundial. La cantina, explicaron las autoridades ancestrales, era el espacio que necesitábamos como punto de encuentro para reunirnos a discutir cuál era nuestra propia agenda y nuestro propio proyecto.

A partir de esa anécdota, explica Estuardo Porras Zadik, surge La Cantina. “Nos gustó el nombre, nos identificamos porque creemos que ese espacio es necesario, y porque creemos que tender puentes debería de ser nuestro rol”, dice el empresario cafetalero. La agrupación reúne a 14 personas influyentes (del empresariado, la academia y el mundo indígena) y desde septiembre de 2017 se empeña en un proceso de incidencia política en Guatemala y Estados Unidos, para buscar salidas a la crisis que afloró en 2015 a consecuencia de la lucha contra la corrupción y la impunidad iniciada por el Ministerio Público (MP) y la Comisión Internacional contra la Impunidad (Cicig).

El grupo, señala el empresario, es consciente de que no tiene las soluciones para resolver los problemas del país. Pero también, dice, creen “que Guatemala está sobrediagnosticada y que hay muchas soluciones viables que se pueden echar a andar”. Pero, lamenta, “la realidad es que nadie está dispuesto a sentarse con nadie”.

Porras Zadik, cuyo hermano Julio Carlos fue condenado el año pasado a tres años de prisión por un caso de financiamiento electoral ilícito, es uno de los iniciadores de La Cantina. Lo acompañan, entre otros, Salvador Biguria, José Corrales, Karla Menocal, Harris Whitbeck, Marcos Andrés Antil, Consuelo Beneitez de Paiz y Alejandra Colom. El apoyo de Estados Unidos a esta iniciativa y los sectores de los que provienen sus integrantes han convertido a La Cantina en una indiscutible fuente de influencia para analizar la situación que atraviesa Guatemala y las vías de solución de su crisis. 

¿Qué es La Cantina?

Somos un grupo de guatemaltecos dispuestos a incidir políticamente en los cambios importantes que necesita el país. Que estamos dispuestos a romper paradigmas y a cuestionar abiertamente el statu quo desde adentro, para incitar a la reflexión y al cambio. No somos un partido político ni pretendemos convertirnos en ello, pero eso no quiere decir que no podamos empujar una agenda política o que alguno de nosotros decida salirse y sumarse a un proyecto político.

¿Cómo surge La Cantina?

En septiembre del año pasado, a través de una periodista del The New York Times, una persona cuyo nombre me reservo porque no tengo permiso para decirlo, nos contacta a personas de diferentes medios que tuviéramos una visión diferente a la del sector privado tradicional sobre al futuro de este país. Así fuimos convocadas 14 personas: empresarios, comunicadores, abogados, indígenas, mujeres, unidos por el objetivo común de cambiar el modelo económico y político de Guatemala porque el actual ha fracasado.

Lo primero que hicimos fue ir a Washington a reunirnos con las personas que tienen influencia en el mundo de la política de los Estados Unidos y que tienen que ver con Guatemala. Fuimos con un mensaje unificado a decir lo que creemos: el sistema guatemalteco no está bien, estamos dispuestos a hacer las cosas diferente, y con humildad reconocimos que no tenemos las respuestas para resolverlo.

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Dentro del grupo hay gente extremadamente conservadora y extremadamente liberal. / Fotografía Simone Dalmasso

¿No es un grupo demasiado reducido como para pretender cambiar el sistema político y económico de un país?

No, porque no somos un club. No se trata de abrir una convocatoria para ver quién se une y quién no, porque queremos hacer de esto un club o un tanque de pensamiento. Lo que buscamos es que Cantina se pueda hacer en cualquier lugar; cuando empezamos a tender puentes con otros grupos o sectores y esos puentes son recíprocos, estamos haciendo Cantina.

Pero siendo, como son, un grupo homogéneo política e ideológicamente hablando, y mayoritariamente vinculado al sector empresarial, en un país tan polarizado como Guatemala, es lógico que esta iniciativa genere desconfianzas…

La Cantina nació como una rosca de confianza. Pero no es del todo cierto de que seamos un grupo homogéneo. Dentro de La Cantina hay una antropóloga, Alejandra Colom, que lejos de seguir nuestro mismo tren de pensamiento, todo el tiempo está llamándonos la atención y poniéndonos en orden. Hay otros empresarios, como Salvador Biguria, que tienen trayectorias completamente diferentes a la mía. Nos han dado palo, diciendo que somos un grupo de niños ricos que heredamos nuestros espacios. Y sí, pero eso no es pecado. Si bien es cierto que dentro del grupo hay gente que ha heredado sus empresas, también hay gente como Marcos Andrés Antil, un canjobal que aprendió el español trabajando entre la ruta de producción entre Guatemala y México, un empresario que rompe con el esquema de las cámaras (empresariales). Es empresario, sí, pero no es un empresario que forme parte de las roscas tradicionales.

En lo que sí hay homogeneidad, es en la idea y el objetivo de que Guatemala necesita un cambio, de que necesitamos poner la vista en otros lugares, en que los cambios tienen que producirse de afuera hacia adentro, de que quienes tienen el poder deben escuchar a los que no lo tienen, de que es necesario establecer puentes entre grupos y sectores. En eso tenemos similitud, pero no somos iguales; somos bastante diferentes. Dentro del grupo hay gente extremadamente conservadora y extremadamente liberal. Hay gente a la que aún le cuesta el diálogo, pero que poco a poco ha empezado a respetar los consensos, y a asumir las posiciones del grupo.

Hay quienes dentro del sector empresarial tradicional ven a La Cantina como un grupo disruptivo. ¿Les ha causado esto problemas con las cámaras empresariales a las que pertenecen?

Dentro del grupo hay dos mujeres que pertenecen a Fundesa y otra que es exFundesa, y una directiva de Cacif, que es directora de Agexpront. No somos tan “no tradicionales” como pensamos, simplemente estamos tratando de abordar los problemas de una manera en la que los tradicionales no están acostumbrados a hacerlo. Somos disruptivos, sí, pero en el diálogo. Si nos preguntas “¿Ustedes están a favor de la lucha contra la corrupción y la impunidad?”, la respuesta es sí. Un sí sin peros… sin condiciones. Nosotros apoyamos la gestión del comisionado de la Cicig, Iván Velásquez, y de la fiscal general Thelma Aldana, con un “sí” rotundo, no con un “sí, pero”.

Sin los “peros” que sí han manifestado las cámaras empresariales, Fundesa, el Cacif.

Las cámaras, Fundesa o Cacif funcionan con consensos diferentes al nuestro. No todos están de acuerdo con las posiciones que se asumen, pero tienen que respaldarlas porque la mayoría de sus integrantes así lo ha aprobado. Y muchas veces sus voceros o directivos, aunque no estén de acuerdo, tienen que decirlo y respaldarlo.

Nosotros podemos tender puentes para discutir esas diferencias. Lo primero que hicimos el año pasado al regresar de nuestra primera visita a Washington fue visitar la zona Ixil, en Quiché, donde nunca habíamos puesto un pie, con el objetivo de entender la jurisdicción indígena. Y lo impresionante es que cuando veníamos de regreso, muchos de los que hace unos meses se opusieron a incluir el derecho indígena en las reformas constitucionales venían encantados con ese sistema.

¿Cómo han tomado dentro de las cámaras y del Cacif la existencia y pretensiones de La Cantina?

De diversas maneras. Hay muchos cuestionamientos, pero vemos que empiezan a entender que una Cantina es necesaria. Lo primero que se empezaron a cuestionar es si (el sector empresarial) estaba fisurado, si estaba fragmentado.

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Si un Dionisio Gutiérrez cumple con su discurso, yo lo quiero de mi lado. / Fotografía Simone Dalmasso

Pero hay quienes exponen razones históricas de peso para desconfiar de alguien como Dionisio Gutiérrez, al que le atribuyen incongruencias entre su discurso y su práctica.

Yo no pretendo que la desconfianza termine de un día para otro. Pero vamos paso a paso. Hoy estamos buscando un mínimo común: gente que nunca nos hemos tolerado, juntarnos alrededor de un objetivo que es la lucha contra la corrupción y la impunidad. Puede ser que no compartamos más que eso, pero dimos el primer paso, y eso es lo importante. Critican que quienes fueron convocados a este al Frente Ciudadano fueron escogidos a dedo. Sí, pero ¿a quiénes convocar si no es la gente de confianza? Uno de los que empezaron con esta idea convocó a alguien de su confianza, y así fuimos sumando.

Puede ser que algunos de los critican lo hagan por ego, porque no fueron invitados, pero este es un espacio abierto al que se pueden sumar todos los que estén en contra de la corrupción. O también los que por convicción no están dispuestos a estar en el mismo espacio donde están otros a quienes consideran sus adversarios, pero si no nos sumamos, ¿cómo empezaremos a construir?

¿Cuál es la estrategia de La Cantina para alcanzar los objetivos que se han trazado?

Estamos tendiendo puentes en las comunidades, estamos escuchando, estamos comprendiendo. Nos sumamos a esfuerzos como el Frente Ciudadano contra la Corrupción, nos sentamos con la gente de Semilla, para entender por qué es necesario un movimiento político como ese; estamos con la gente de Alianza por las Reformas. Hablamos con la cooperación internacional para ver cómo nosotros podemos colaborar con lo que ellos hacen en el país. Lo que no hacemos es poner la agenda, y eso es la diferencia con otros sectores, que escuchamos antes de proponer o actuar. Llevamos muy poco tiempo en esto.

¿Se consideran como los interlocutores de los grupos de los que provienen con el resto de la sociedad?

Eso sería ingenuo. No somos interlocutores de nadie. Sería soberbio creer que nosotros somos los ungidos para intermediar o ser interlocutores. Somo un grupo más de personas que tiene un discurso diferente dentro de los grupos o sectores de los que provenimos.

¿Promoviendo la moderación ideológica?

A mí me han crucificado desde que planté que la solución está en los moderados. Lo que yo planteo sobre la moderación no significa que se renuncie a la ideología extremista de alguien puede tener. Lo que planteo es que renuncie a la postura extremista para poder trabajar, dialogar, con otros que tienen otras posiciones extremistas. No se trata de buscar una posición de centro, sino de aceptar y tolerar, ceder y negociar con las diversas posiciones. Eso es lo que estamos tratando de hacer.

Pero las posiciones moderadas solo pueden generar soluciones moderadas. ¿Creen que se puede modificar el statu quo de esa manera?

Todo depende cuál sea la actitud que asuma el statu quo. Si se cierran en no ceder en nada, el statu quo se tendrá que romper. El problema es que los guatemaltecos somos demasiado tolerantes, dejamos pasar todo y no tocamos los temas que tenemos que tocar hasta que la realidad nos revienta en la cara.

Pero romper el statu quo no quiere decir que debe desaparecer la gente del statu quo. Yo creo en segundas, terceras, cuartas, quintas… oportunidades. Si un Dionisio Gutiérrez cumple con su discurso, yo lo quiero de mi lado. Él tiene que probar que su discurso se sostiene en el tiempo. ¿Cómo? Con hechos. Si yo lo voy a evaluar a él con los hechos del pasado (no estoy diciendo que haya hecho algo, pero eso es lo que se dice), si yo no rompo con eso, y no trabajo con lo que nos toca hoy día, ¿cómo vamos a reconstruir Guatemala? Somos herederos de una historia de la que no nos vamos a poder separar jamás.

Por eso es tan importante el Frente Ciudadano contra la Corrupción. Creo que nadie se dio cuenta de que los que se sumaron a ese frente, al hacerlo, estaban asumiendo responsabilidades. Ahí hay gente que carga una historia, que dio un paso al frente y que al hacerlo se puso una soga al cuello para cuando venga una batalla por crímenes de lesa humanidad, para cuando venga una batalla por el tema fiscal, para cuando venga otra batalla por la cooptación del Estado. El hecho de que al final se hayan sumado un tanque de pensamiento (Fundesa) y el agremiado de todo el empresariado (Cacif), aunque haya sido tarde y a título personal, es importante.

Pero de la misma manera mañana podrán salirse de ese frente, cuando sus intereses y los de sus representados se vean afectados por la misma causa que ahora apoyaron.

Si se bajan, quedan expuestos, y eso es lo que está cambiando. Lo que el frente pretende es acordar agendas mínimas. En este caso, asegurar que el trabajo del comisionado Velásquez y la fiscal Aldana no sea interrumpido.

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Pareciera que hay relación entre los intereses geopolíticos de Estados Unidos en Guatemala y el origen de La Cantina. ¿Por qué ir a Washington a discutir la solución de los problemas de Guatemala y no hacerlo acá, con y entre guatemaltecos?

Porque como país fracasamos. Estamos apoyando a Iván Velásquez y a la Cicig porque por primera vez en la historia de este país pusieron en evidencia parte de lo corrupto del sistema, algo que no hicimos nosotros y que tampoco pagamos nosotros. Necesitamos de los amigos cooperantes para que ese instrumento se mantenga, y el mayor cooperante de esa agenda es Estados Unidos.

Además, y esto es una opinión personal, no de La Cantina, Guatemala es un país de interés geográfico y geopolítico para Estados Unidos. Nuestra economía depende de los US$8 mil millones (de remesas) que cada año son enviados desde ese país. Así como en 1954 Estados Unidos se interpuso en nuestro desarrollo, por preservar su agenda anticomunista, ahora el péndulo está a favor de la lucha contra la corrupción. ¿Cómo creer que Estados Unidos no tiene nada que ver con lo que pasa en Guatemala? Si no fuera por Estados Unidos ya no estarían Iván Velásquez ni la Cicig. La salida de Velásquez no se paró por los guatemaltecos; interferimos, sí, pero se detuvo por la diplomacia estadounidense.

¿Aunque ello implique ampliar la dependencia de Guatemala de los intereses estadounidenses?

Para Estados Unidos, hoy día, Guatemala es un problema, y la solución a ese problema pasa por terminar con la corrupción y la impunidad. Y eso hoy nos beneficia a todos. Para mí eso no es injerencia, sino que estamos solucionando un problema en conjunto. Quienes invocan la soberanía, lo hacen porque no les conviene que se termine la corrupción.

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No basta con decir: “Qué Codeca no bloque las carreteras”; antes debemos entender por qué bloquean las carreteras, y no porque quiera entender eso significa que esté de acuerdo con ello. / Fotografía Simone Dalmasso

¿Están dispuestos a dialogar con grupos como Codeca, por ejemplo, que han sido satanizados por el sector empresarial?

Acabamos de estar con el grupo de Alianzas por las Reformas, y fuimos convocados como La Cantina. Y fuimos a escuchar, a conocer esta convergencia de grupos como Codeca y el Comité de Unidad Campesina (CUC). No basta con decir: “Qué Codeca no bloque las carreteras”; antes debemos entender por qué bloquean las carreteras, y no porque quiera entender eso significa que esté de acuerdo con ello. La alianza no quiere decir que pensamos igual. Podemos ir creando alianzas porque estamos dispuestos a entender por qué hacen lo que hacen para poder transmitirles nosotros cómo eso que hacen nos afecta.

¿Se pueden unir posiciones políticas e ideológicas extremas?

El hambre nos va a llevar ahí. Por eso el combate contra la corrupción no es negociable. El empresariado va a depender de una ciudadanía con capacidad de compra. Si logramos ir encauzando los privilegios hacia la legalidad, (los empresarios) tendrá que ser más competitivos. La cooptación del Estado ha hecho que un sector se pueda enriquecer desmesuradamente y otro empobrecer desmesuradamente, sin que puedan tener relación el uno con el otro. Al enfocarnos en la lucha contra la corrupción, vamos librando un montón de batallas paralelas.

¿Y lo comprenden así los grupos extremos?

Por supuesto que no. No lo comprende ni la extrema izquierda ni la extrema derecha; no lo comprende nadie. Si no, no estaríamos en este embrollo en el que estamos. Somos intransigentes, poco tolerantes, poco educados, no estamos dispuestos a nada. Yo siempre he dicho que la gente que tuvo un fusil en la época de la guerra no es tan radical como la gente que leyó del fusil y la guerra en los libros; y del otro lado, la gente que ni siquiera conoció al tío que la guerrilla secuestró, es más radical que el que estuvo secuestrado. Se encuentra mucha más tolerancia en la gente que vivió esos problemas, porque no los quiere volver a vivir. También tenemos que darle la oportunidad a los diferentes sectores y personas que tuvieron participación en el pasado para que haga un mea culpa. Reconocer lo que pasó es importante. Yo no puedo responsabilizarme de lo que hizo mi abuelo, pero tampoco puedo hacer como que eso fue una película, una ficción.

¿Qué proponen para romper ese radicalismo?

El diálogo, pero con tiempo. Queremos romper 500 años de historia con una coyuntura que lleva tres años. Queremos ganar batallas demasiado rápido.


¿Y cómo enfrentar a quienes se han aliado en un frente a favor de la corrupción y la impunidad?

Lo primero es ver quiénes se suman a ese frente. Y ahí se han sumado las personas que tienen la cola machucada; toda aquella persona que corre el riesgo, en su realidad, de terminar en la cárcel está en contra de que el statu quo cambie. Pero también está la gente que se une porque ve atacado a su sector; no reconocen que algunos (de su sector) cometieron algún error y están dispuestos a defenderlos hasta la muerte. Y también está la gente que no tiene educación ni información. La gente opina y toma posiciones sin tener la más mínima idea de qué es qué. No saben nada. La mayoría de la gente de este país carece de conocimientos intelectuales sobre nuestra historia y nuestra coyuntura. Andan repitiendo eso de que “Guatemala se puede convertir en una Venezuela”; y sí, pero no se dan cuenta de que puede convertirse en una Venezuela pero por el lado contrario de donde lo están viendo venir.

Hace un mes, cuando representantes de La Cantina y de otros grupos de la sociedad civil fueron a Washington a manifestar su apoyo a la Cicig y al comisionado Iván Velásquez, el principal asesor del vicepresidente de los Estados Unidos, Mike Pence, dijo a los empresarios ahí presentes que como parte de la superación de la crisis, “varios empresarios tendrán que ir a prisión”. ¿Cómo asumieron ese mensaje?

No ocurrió exactamente así. Estábamos hablando de justicia transitoria y en ese contexto se indicó que la justicia transitoria no puede aplicar para todos, y que muchos tendrán que pagar. Eso se puede tomar de diferentes formas: no es lo mismo cuando se tiene un problema con la ley, que cuando no se tiene. Hay mucha gente que sabe que tiene que afrontar la ley porque formó parte del sistema. Poco a poco lo van asimilando, pero aún hay mucho miedo. Hay miedo al estigma social, al bochorno, al cuestionamiento sobre de dónde vino su riqueza, y miedo a la cárcel, por supuesto.

Por eso es tan importante el Frente Ciudadano contra la Corrupción. Porque, como dijimos, quizá más adelante se vayan a bajar de este, tal vez; pero lo harán después de haberse subido en un espacio en el que antes nunca estuvieron, y eso es muy importante.

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Quien vuelva a cometer un delito después de pasar por este debe ir a la cárcel. / Fotografía Simone Dalmasso

¿Cuál es la salida para la crisis? ¿La justicia transicional?

Creo que es una solución a parte del problema, y que la justicia transicional no se debe malinterpretar. Hay delitos de delitos: una persona involucrada en financiamiento electoral anónimo cometió un ilícito, pero no es el mismo que la persona que aportó financiamiento proveniente de fuentes de la corrupción. Son dos temas completamente diferentes. Hay gente que cometió financiamiento electoral ilícito, pero también cohecho, peculado, lavado de dinero y un montón de delitos más. Es imposible que esa gente no vaya a la cárcel. La justicia transicional no garantiza que no vaya ir a la cárcel quien haya cometido delitos, pero sí que se bajen la pena de 10 a cinco años, por ejemplo.

Pero si tenemos a un próximo fiscal general que obedezca a los intereses del statu quo, todo esto de la justicia transicional se cae. El fiscal que llegue debe estar comprometido con la lucha contra la corrupción. No hay otra opción.

¿Cómo garantizar que quienes sean beneficiados con la justicia transicional no vuelvan a incurrir en delitos similares en el futuro?

Con la cárcel. Quien vuelva a cometer un delito después de pasar por este debe ir a la cárcel. La justicia transicional debe establecer garantías y penas para quienes vuelvan a cometer delitos. Pero para eso hay que reformar la Constitución.

¿Para, por ejemplo, prohibir de por vida a quienes hayan sido condenados por actos de corrupción puedan ser funcionarios públicos o presentarse como candidatos a una elección popular, o que los empresarios puedan volver a ser proveedores del Estado?

Por supuesto. Tienen que ser cosas como esas: una persona que haya cometido un delito, de por vida tiene que ser sujeta a esos y otros tipos de prohibiciones para garantizar que no lo vuelva a hacer. Por ejemplo, el que sea condenado por cohecho, si vuelve a cometer ese delito debe ser sancionado con el doble de la pena.

Hay mucha gente, principalmente dentro del sector empresarial, que está interesada en promover leyes de justicia transicional, como la de aceptación de cargos, pero que se opone a que se incluyan las garantías de no repetición.

No están de acuerdo porque aún no saben cuál es su futuro. Si saben que en dos días podrían irse presos, todo esto es lírico, porque lo que quieren es no irse presos. Creo que lo más importante debería de ser para todos enfocarnos en que las leyes no sean blandas de acá para adelante a tratar de buscar dureza en juzgar el pasado. Todos nos enfocamos en esto último, porque queremos sangre. Yo como ciudadano quiero que, en el futuro, mis hijos vivan en un ambiente completamente diferente.

Lo que pasó, pasó. Castigarlo y exponerlo es parte del proceso. Pero lo más importante de la justicia transicional es cómo hacer para que esto no vuelva a ocurrir.

¿Cómo poner de moda a la ética?

Lo primero es aceptar que los principios y la ética no son intercambiables ni se pueden aplicar solo cuando nos favorece.

Somos una cultura de doble moral; los conservadores salen a decir “no al aborto” y “sí la pena de muerte”. Somos así de contradictorios. Tendemos escoger nuestras batallas de acuerdo a la posición en la que nos encontremos en ese momento. Como sociedad no contamos con referentes que nos inspiren a ser éticos.

Somos apáticos, estamos convencidos de que no se puede. En Guatemala no creemos que es posible vivir sin corrupción porque no conocemos eso. El único camino que conocemos es el camino de la corrupción. Hasta que no entendamos que sí existe la posibilidad de vivir en un mundo diferente, no lo vamos a lograr.

Es simpático, todo mundo dice: “Ay, qué lindo París, qué lindos sus parques”, y sí, son lindos y se llaman impuestos, así de sencillo. Pero eso no lo queremos ver. Todos vemos el orden de París, el museo, los parques, pero no hacemos nada para replicarlo en el país.

¿Por qué es importante el Frente Ciudadano contra la Corrupción? ¿Por qué es importante La Cantina o la Alianza por las Reformas? Porque estamos cambiando el discurso, estamos tendiendo puentes. En La Cantina nos estamos sentando con un Xavier Soria o un Samuel Pérez, nos sentamos con el Cacif y les decimos lo que pensamos o trabajamos en lo interno. Con eso estamos demostrado que hay otra forma de hacer las cosas. No estamos fragmentando, estamos fisurando, para que haya una válvula de escape y que la llanta no se estalle y que la gente pueda decir: “algo diferente”, “aquí hay alguien que me quiere escuchar”.

¿Y si se estalla la llanta?

Lo mejor sería que estallara por completo y que empecemos de cero. Pero eso tiene un costo muy grande. Y lo que no logramos entender es que la intolerancia nos está llevando a ese punto, a una nueva guerra. Pero no una guerra como la del pasado, a una guerra de ideologías pero sin propósito.

Llegamos al punto en que cuestionamos si la justicia es buena o es mala; si Iván Velásquez es bueno o es malo. Iván Velásquez es el peor bochorno para nosotros como guatemaltecos, porque lo hizo lo que nosotros no pudimos hacer. Y por eso mismo es que lo necesitamos; necesitamos a un tercero que venga a ordenar lo que no pudimos hacer nosotros.

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