Explosión de violencia. Marabá, asfalto y sangre. Asesinatos que comienzan por Facebook, Belém . Homofobia en Porto Velho.

En Matrabá, ciudad del sur del Estado de PARA, el narcotráfico mata mensualmente 25 personas. Esta ciudad tiene un IDH inferior al del complexo do Alemão y del complexo da Maré. Belén, Porto Velho e otras ciudades no son lugares menos violentos. Reportaje tomado del periódico Estadão, especiales: Favela Amazonia.

El mismo día que llegó al barrio Coca-Cola, una invasión en la periferia de Marabá, en marzo de este año, el migrante Ismael Pereira de 16 años, fue rodeado por cuatro hombres en la vivienda donde había acabado de desempacar su pequeña maleta con ropa. Amarraron al adolescente a una silla y lo ejecutaron con tiros en el tórax y en la cabeza. La policía dice que los traficantes, con temor a la competencia, lo consideraron un intruso.

Coca-Cola, Fanta, Infraero, Vila do Rato y São Miguel da Conquista son algunas de las invasiones que surgieron en los últimos años en Marabá. No cuentan con saneamiento básico ni seguridad, y se van creando según la presión del flujo de migrantes desde Maranhão y municipios vecinos, quienes vienen atraídos por los proyectos de minería y ganadería. Incluso contando los barrios ricos, más estructurados y antiguos, la ciudad tiene un índice de Desarrollo Humano (IDH) de 0.668, inferior a las tazas registradas en los complexos do Alemão (0.711) y da Maré (0.722), áreas violentas de Río de Janeiro.

Contrario a la situación de otras ciudades del Complexo de Carajás, este año Marabá no sufre con la caída de las exportaciones de materias primas. En el primer trimestre de 2015, el municipio exportó 102.000 toneladas de cobre del proyecto Salobo, de la minera Vale, y aumentó la venta de manganeso y de carne bovina. Este año el incremento total de las exportaciones del municipio en la balanza comercial llega a un promedio de casi 100 millones de dólares, 35% más que el porcentaje promedio del año pasado, lo que vuelve a Marabá una de las 15 ciudades que más contribuyen al superávit brasilero.

Marabá enfrenta el desafío de aumentar la oferta de empleo. En el primer trimestre de este año el mercado local de trabajo registró más de 2.000 empleados formales. Las renuncias, sin embargo, llegaron a 4.000. Salobo, que garantizó un buen desempeño en la balanza, emplea menos de 3.000 personas, la mayoría mano de obra calificada venida del sudeste. No hay una expansión de empleos directos.

Crímenes. Al medio día del 19 de enero de este año, Geová Peterson Martins Trinidade, de 25 años, quien trabajaba en Marabá en la instalación de vidrios polarizados para carros, se encontraba a orillas de la vía férrea de Carajás, en Nueva Marabá, cuando recibió tiros en espalda y cabeza. La policía todavía no encontró a los asesinos, pero las investigaciones apuntan a que Trinidade era usuario de drogas. Probablemente fue asesinado por incumplir en el pago. El caso contribuye numéricamente a la tasa de asesinatos sin autoría en Marabá, que asciende a 75%.

El jefe de la Policía Civil de Marabá, Álvaro Ikeda, trabaja con un equipo de dos investigadores para velar por todo el municipio. Un promedio de 25 personas son asesinadas cada mes en la ciudad. Según estimaciones de la policía 80% por el asuntos ligados al narcotráfico. “Este años tuvimos sólo una sospecha de robo”, afirma Ikeda. Tan solo en los tres primeros meses de 2015 las muertes por narcotráfico superaron el número de muertos de la legendaria Guerrilla del Araguaia en los años 1970. “Toda esta situación es consecuencia de la falta de estructura para atender la migración atraída por las inversiones de la empresa Vale y de las otras contratistas. La taza de escolaridad es baja y no hay empleo para quien llega a las invasiones urbanas. Si no existen servicios básicos incluso en los barrios del centro, que será en Coca-Cola o Fanta”.

Historia. Cuartel general del Ejército en la represión a la guerrilla del Araguaia. Marabá recibió en los años 70 del siglo XX un centro urbano con forma del árbol de nuez amazónica. El diseño de la Nueva Marabá incluía troncos (ejes viarios) ramas (vías de acceso) y hojas (barrios). Con este trazado, los militares planeaban una ciudad sin los impactos de las tradicionales inundaciones del inverno amazónico.

Sin embargo, la dictadura no evitó que antes de su inauguración política la ciudad sufriera ya de un problema de criminalidad y sicariato motivado por la mina de oro Serra Pelada y por disputas de tierras. La política de las grandes obras como la carretera Transamazónica y la presa hidroeléctrica Tucuruí era un incentivo temporal para la economía de Marabá. La explotación minera en Carajás y las haciendas industriales relacionadas con los bancos privados y las multinacionales, formaban un sistema de materias primas que no garantizó la reducción de las desigualdades sociales incluso en el tiempo de la explotación del árbol de nuez.

Desde el periodo militar, el Estado brasilero apuesta en la Amazonía a una economía poco diversificada. Incluso sin la caída del precio en sus principales materias primas –carne y cobre-, lo cual podría significar un impacto inmediato en la vida de los habitantes de la ciudad, Marabá no logra salir del atascamiento social. La minera Vale divulga que paga las regalías determinadas por la ley. Se estima que este año Marabá reciba 80 millones de reales.

Con 243.000 habitantes según el censo de 2010, y cerca de 300.000 hoy según estima la alcaldía, pandillas y traficantes se dividen Marabá. En los cementerios donde las familias de guerrilleros buscan pistas de las tumbas de sus hijos, las fechas en las rústicas cruces de las sepulturas indican que cada vez es mayor el número de jóvenes entre 14 y 21 años muertos en las periferias. “Se dio cuenta tantos jóvenes que están sepultados aquí?” me preguntó la psicoanalista Maria Rita Kehl, exintegrante de la Comisión Nacional de la Verdad, que en la mañana del 16 de septiembre buscaba información sobre los jóvenes de los años 1970 ejecutados por el ejercito en Araguaia. “Es impresionante”. Ella se refería a los muertos de la Amazonía actual.

Ejército. La presencia del ejército en la región, un vestigio del tiempo de la guerrilla, no inhibe a las facciones criminales. La Brigada de Infantería de Selva 23 con sede en Marabá, que alcanza a cinco municipios paraenses, cuenta con un efectivo de 4.200 hombres. Entrar en la carrera militar es una rara opción de trabajo para los jóvenes. El problema es que después de servir al Ejército el joven vuelve al mercado sin condiciones de competir para cargos y funciones en empresas mineras, que cada vez son más exigentes en los procesos de selección.

El ladrón de bancos y ex soldado del ejército Luis Aguinaldo Farías “Ferrugem”, de 48 años, se destacó por reclutar para sus acciones a jóvenes que sirvieron en los cuarteles de Marabá. En febrero, la banda de 11 personas lideradas por él robó cerca de 600.000 reales del Banco do Brasil de São Geraldo de Araguaia. En medio de los tiroteos con la policía, la estudiante Elith Gonçalves de 14 años murió. En marzo Ferrugem fue ejecutado por policías. Sus delitos se habían sofisticado. “Ellos no son suicidas, lo cierto sería decir que son osados”, dijo el jefe de policía Márcio Brasil, hace ocho meses en la segunda Seccional de Marabá, “Aquí ellos no le tienen miedo a la policía, al estado. Enfrentan al que sea.”

Jurunas, el puerto del narcotráfico en la Amazonía

Un barrio de Belén es ahora un área de distribución de drogas

El complejo de viviendas de la favela Estrada Nova Jurunas, la quinta más grande de Brasil, ubicada en la zona sur de Belén, avanza por las orillas y cauces de arroyos y ríos que desembocan en la Bahía de Guajará. El tráfico de drogas usa la posición estratégica del cinturón de viviendas precarias donde viven 53.000 personas para recibir y distribuir la cocaína, crack y marihuana que llegan y salen en embarcaciones de diferentes tipos y tamaños por los miles de muelles que están fuera del control de la Marina.

En uno de los brazos de la favela, un gran muro de viviendas improvisadas bordea un canal de desechos cloacales y entra casi un kilómetro en el río Guamá. Estas viviendas son erguidas como palafitos, sobre troncos de madera a tres metros del espejo de agua oscura. Las paredes son frecuentemente tablas, lona o también ladrillo. Una tubería clandestina de agua tratada pasa por debajo de las viviendas con aberturas controladas. El agua es sacada con baldes amarrados a cuerdas. Los cables de energía pasan rasantes a los tejados. Una casa se incendió hace dos meses. El incendio devoró otras tres viviendas hasta que fue controlado por los habitantes. No hubo muertos.

En una de esas viviendas construidas sobre el canal, vive la niñera Leonilde Monteiro de 36 años y sus dos hijos: Valeria de 16 años, estudiante de octavo grado de la secundaria y Lucas Daniel, de 11 quien está en sexto grado. Su marido, Luiz Rodrigues Pantoja de 36 años está desempleado. Para poder mantener a la familia, Leonilde cuida hijos de sus vecinos. “Estoy esperando que los niños crezcan más para mejorar un poco” dice.

Los datos del último censo arrojaron que el 66% de la población de la región metropolitana de Belén vive en favelas. Éste termino que está más difundido en otras regiones del país para definir las comunidades instaladas en viviendas en situación precaria, es menos conocido en Pará. Es en las “invasiones” y “baixadas”, términos más populares, que vive la mayor parte de los habitantes de la capital paraense. El narcotráfico controla buena parte del cinturón de favelas compuesto por “invasiones”y barrios de la Estrada Novas Jurunas, un conjunto de comunidades formadas sin planeación.

Nacidas en el silencio de la noche, las invasiones del Jurunas suelen ser bautizadas por los funcionarios de la Centrais Eletricas do Pará (Celpa), empresa de energía del estado de Pará que intenta contener las conexiones clandestinas y mantener un posible orden en los enmarañados de cables de electricidad. Fue así como la comunidad recibió el nombre de Vila da Paz. “No tenía nombre. Aquí siempre fue conocido por los cuerpos que otros vienen a dejar, por los grupos que entran a los matorrales llevando a alguien y salen solo con el arma en la mano”, cuenta Maria do Carmo da Silva, de 47 años, quién es madre de cuatro hijos. Relata que son pocos los que salen de noche. Los tiroteos son intensos y se volvieron un problema rutinario. La comunidad también vive con temor al desalojo. Hace poco, la alcaldía desalojó los habitantes de una invasión cercana. “Las personas se fueron a Almirante Barroso, un lugar lejos de todo”.

Muerte de policías. En la noche del viernes 17 de enero de 2014 los cabos de la policía militar de Pará, Max Marcos Miranda Almeida de 41 años y Wellington Robson Mendes Gonçalves de 36 años, entraron a Beco do Relógio, en el barrio de Jurunas, uno de los territorios controlados por el narcotráfico en Belén, para recuperar una bicicleta robada. Estuvieron en la casa de Alexandre Martins Ferreira dos Santos alias Peixe Frito, de 19 años y exigieron la devolución de la bicicleta del hijo de Robson. Cuando volvían, fueron emboscados, según la policía, por Peixe Frito y otros dos hombres. Max fue baleado con un tiro fatal arriba del ojo izquierdo y su compañero, en el hombro.

Un día después, la policía mató un muchacho conocido como Rato Branco, que estaba con una pistola .40 de Robson. En Jurunas, Rato Branco era conocido por robar. No se confirmó si el arma que cargaba en el momento en que fue asesinado era del policía ni tampoco su participación en las dos muertes. El lunes siguiente, la policía mató a Anderson dos Reis Amora, alias Bolinha, de 26 años quien habría participado en la matanza. Peixe Frito y Jeferson Silva Costa de 24 años se entregaron días después. Durante las “investigaciones” Breno Renan da Silva Santos de 22 años, habitante del barrio, se alarmó cuando vio su foto difundida en la prensa como él si fuera Bolinha. La difusión de la foto fue hecha por la policía. El joven registró una queja por el error.

La masacre que comenzó por Facebook en Belén

La noche del martes al miércoles 5 de noviembre de 2014, policías militares paraenses pedían ayuda a sus colegas a través de mensajes en el Facebook para vengar la muerte del cabo Antonio Marcos da Silva, el Cabo Pety. En pocas horas, hombres en motos recorrían armados las calles de Terra Firme, Jurunas, Guamá y Canudos, un cinturón de favelas en la periferia donde el militar trabajaba. Se volvió una cacería: 11 sentencias de muerte fueron cumplidas a jóvenes que estaban fuera de sus casas.

La masacre tuvo repercusión. Pero las noticias sobre la tragedia y la apertura de una comisión parlamentaria de investigación en la Asamblea Legislativa de Pará no contentaron al geógrafo José Francisco dos Santos Batista, de 37 años. Coordinador del Colectivo Terra Firme de Comunicación Popular, busca detalles de esa masacre para fines documentales. Una parte de sus investigaciones fue divulgada en el video Podrías haber sido tu. En diez minutos, él relata historias de quien pagó con su vida haber estado en una zona de guerra entre milicias y traficantes.

Francisco hace servicios temporales en organismos de estadística. Su único vinculo con alguna entidad de expresión es el trabajo social con jóvenes que desarrolla en la iglesia católica del barrio. De pocas palabras, estilo discreto y mirada siempre atenta a un lado y otro, Francisco recorre las callejuelas embarradas de Terra Firme para encontrarse con las familias de las víctimas de la masacre del Facebook. Con mucho dialogo, entra en las áreas dominadas por el narcotráfico, justamente donde viven madres y padres desorientados por la pérdida de los hijos. Pide que le demos la mochila del fotógrafo, Dida Sampaio de Estado, para cargarla él mismo. “Es mejor dividirnos estos equipos para no llamar la atención, explica. “Está todo bien”.

Por el camino va explicando que el termino “favela” no es común en Belén. “Aquí las llamamos baixadas”, dice. Es en las “baixadas” que ocurren más violaciones a los derechos humanos.

En la masacre del Facebook murieron Jean Oscar Ferro da Silva de 33 años, Bruno Barrosso Gemaque de 20, Alex dos Santos Viana, también de 20, Jefferson Cabral dos Reis de 27, Márcio Santos Rodriges de 21, Cesar Augusto dos Santos da Silva de 22, Marcos Murilo Ferreira Barbosa de 20, Nadson da Costa Araújo de 18, Eduardo Felipe Galúcio Chaves de 16 y Arlesonvaldo Carvalho Mendes de 37. Mendes era un deficiente mental.

La historia de Eduardo. En la Ligação, una vía que se volvió sinónimo de área cerrada por los criminales, se encuentra con Maira Auxiliadora Galício Neves, de 58 años. Auxiliadora es evangélica y vendía churros con su nieto Eduardo, una de las víctimas de la masacre de noviembre.

Es en el círculo de oración de la Assambleia de Deus que ella dice encontrar fuerzas para soportar la ausencia del nieto. Eduardo cursaba el primer año de la secundaria. En la iglesia tocaba la pandereta y la flauta. Una foto del joven de cabello descolorido, pulgares arriba, gorra con visera para atrás y un crucifijo dorado en el cuello se encuentra en la pequeña sala de la casa. Dos días antes, Eduardo usó un dinero que ganó con diseños de camisetas, para llevar a Auxiliadora y a su abuelo Raimundo Alfonso dos Santos Neves, quién es albañil, a una pizzería del barrio. Le gustaba demostrar independencia, cuenta la abuela.

Hace poco había terminado un entrenamiento de informática del Sesi. Además de ayudar a la abuela en el carrito de churros, hacía entregas en la Ceasa dos veces por semana, arreglaba celulares y también trabajaba con serigrafía. Fue criado por Auxiliadora desde el primer año de edad, cuando su madre Carla fue a buscar oportunidades en Óbidos.

Horas antes de la masacre, Eduardo había ido a comprar pescado en el mercado para cenar con su novia Leonice. Era el cumpleaños del marido de una prima. Cuando volvió se conmocionó al ver a la abuela mirando la foto del cabo muerto en el celular. “Abuela, usted tiene el coraje de ver eso?” Fue cuando ella le pidió que no saliera de la casa. “Usted no sale hoy porque va a haber lío en la calle”dice. Sin embargo, Eduardo salió en bicicleta a comprar un analgésico en la farmacia. En aquel momento, cuenta Auxiliadora, las personas caminaban con prisa por las calles, temiendo un tiroteo.

Al volver de la farmacia, Eduardo recibió el pedido de su novia de irla a buscar, estaba en una casa con el hijo de ella, de 6 meses, a dos esquinas de allí. Eran alrededor de las 9 de la noche. La abuela le pidió al nieto que no saliera más “voy, porque si viene sola, la pueden matar”. Minutos después, un grupo de estudiantes pidió abrigo en la casa de ella. Después de algunos minutos Auxiliadora vio hombres en moto pasar por al frente de su casa. “Cuando él doblaba la esquina vinieron las motos. Me desesperé, escuché tiros” cuenta Auxiliadora. “Él no logró su sueño, siempre quiso ser adulto.”

Encapuchados. En su “minidocudrama” Francisco también habla de otras tres masacres en la región metropolitana de la capital. Uno de los casos registrados en el documental ocurrió la madrugada del 27 de agosto de 2011. Cinco hombres encapuchados invadieron una casa por la puerta trasera en el barrio Novo Horizonte, en Santa Isabel do Pará. Rindieron a siete adultos que quedaron en un rincón de la sala, bajo la mira de sus revólveres.

Dos niños, uno de 10 años y otro de un año fueron llevados a un cuarto y recibieron ordenes de uno de los encapuchados de no salir. El niño de 10 contó a los investigadores que el hombre vestía una camiseta de la Rotam, la policía de la Ronda Ostensiva Táctica Metropolitana, y que escuchó gritos y tiros. Salió del cuarto sólo cuando hubo total silencio. Siete personas habían sido asesinadas.

El policía Wellington Albuquerque da Silva está preso por su supuesta participación en la masacre. Las investigaciones de la policía apuntan a que la masacre fue una venganza por la muerte del hermano de un policía. La sospecha recaía sobre integrantes de esa familia.

Otra historia aconteció en la noche del 19 de noviembre del año 2011. Dos hombres en una moto se acercaron a seis adolescentes que conversaban al frente del Instituto de Assistência y Providência del municipio de Belén (Ipamb) y, arma en mano, ordenaron a los muchachos de 12, 14, 15 y 17 años que se arrodillaran y colocaran las manos en la cabeza. De inmediato mataron a cinco. Uno fue llevado al hospital. En un primer momento, la policía divulgó que los adolescentes habían sido asesinados en un ajuste de cuentas entre pandillas y traficantes. Sin antecedentes penales y con los nombres de sus hijos en la policía, los padres refutaron las acusaciones.

Los antecedentes de violencia ejercida por policías en la región también tuvieron peso. El expolicía Rosivan Moraes de Almeida, involucrado con grupos de exterminio en la periferia de Belén fue condenado el año pasado a 120 años de prisión. Ya respondía por trafico de drogas, armas y participación en milicias. Un segundo acusado, Antonio da Luz Bernardino da Costa fue absuelto por falta de pruebas. El juez consideró que los testimonios no fueron enfáticos en apuntar a Costa como piloto de la moto.

Francisco recuerda que en los años 1990, con el surgimiento del grupo Manos da Baixada do Grosso Calibre MBGC, el hip hop vivió un auge en Belén. “Había un dialogo entre el hip hop, el movimiento negro y la Pastoral de la Juventud, de la Iglesia. Había una intersección política. Tanto es así que la principal canción del MBGC era Eldorado do Carajás, una referencia a las muertes de los sin tierra” relata. “Ahora el escenario es otro. El hip hop se masificó. Surgieron colectivos más artísticos, sin una articulación con los movimientos sociales. Pero de aquella época quedó la percepción de la violencia, del racismo.”

Piensa que la masacre de noviembre ha forzado una “rearticulación”. Madres de jóvenes muertos, representantes de iglesias evangélicas y grafiteros programaron protestas conjuntas, incluyendo pintada de muros y difusión de afiches.

Francisco nos presenta a su amigo Renato Novaes dos Santos, de 23 años. Bailarín e integrante del movimiento negro, Renato dice que también ve un cambio en el contexto de los movimientos de la calle en Belén. “El hip hop estaba en baja, pero volvió después de la masacre”, afirma. Criado en Guamá, Renato tiene una historia común de joven del barrio. Logró escapar de la violencia y de la criminalidad gracias a la danza. Comenzó en un grupo de break. Hoy, hace un curso de interpretación en la Escola de Artes da Universidade Federal do Pará y participa en una compañía de danza contemporánea. Se sustenta económicamente gracias a su trabajo como bailarín de la popular “tremendinha”. Renato recibe mil seiscientos reales mensuales por su trabajo en las fiestas populares, que reúnen a multitudes alrededor de camiones equipados con sonido de gran potencia en la periferia de la ciudad.

“Transformaron al indígena en traficante” dice jefe de policía

Hace 18 años en la Amazonia, Mauro Spósito de 65 años, el jefe de la Policía Federal más antiguo, observaba que indígenas del lado brasilero eran usados para el transporte de drogas. Del otro lado, especialmente en Perú, las aldeas fueron integradas al sistema de producción de cocaína. “Transformaron al indígena en traficante”, señala. “No hay una política para la Amazonía. Si existiera un plan, así sea con errores, podría ser perfeccionado poco a poco”. Se jubiló el 3 de mayo, pero decidió continuar en la jefatura de las operaciones antidrogas como comisionado.

A pesar de ese contexto hay pocos indígenas encarcelados. En la cárcel de Tabatinga, de los 270 detenidos, cinco son de aldeas. Es un numero bajo en un área en donde el porcentaje de indígenas es elevado. “Aquí el prisionero indígena siempre está triste, de cabeza baja”, afirma el director de la cárcel, Valdir Albuquerque. Agente jubilado de la Policía Federal, cuenta que se necesita dar una atención diferenciada a las familias de los indígenas presos. “Llegan en horas que no son de visita, vienen de lejos, no entienden la pena”.

Tucunduba, un laboratorio de problemas de familia

El artista Fabio Luis Modesto Cardoso, más conocido como Graf, de 28 años, fue uno de los idealistas del Cospe-Tinta, un festival de grafitis que coloreó viviendas precarias y palafíticas de las comunidades pobres de Santa Helena, Bode y Tucunduba. Es él quien nos acompaña por las pasarelas de madera que van por las orillas y lecho del arroyo Tucunduba, una invasión al lado del barrio Terra Firme.

El índice de calidad de vida en las calles centrales de Terra Firme es de 0.691, un IDH cómodo en la realidad de las sociedades brasileras. Aquí las calles están asfaltadas, tienen andenes y las casas y comercios están hechos con material de construcción. Cuando se continúa por Ligação, una calle movida que también suele servir de referencia en la distribución territorial del narcotráfico, el índice muy probablemente cae. Surge entonces un laberinto de viviendas muy precarias, instaladas sobre canales y arroyos de esos dos ríos. La ocupación se intensificó después del último censo. La policía no entra en situaciones de rutina o con pocos efectivos. La entrada de extraños está controlada por los hombres que comandan el comercio de armas y de drogas ilegales.

En el cinturón de Terra Firme, Guamá y Canudos, barrios e invasiones bañados por los ríos Guamá y Tucunduba de la Bahia de Guajará, la policía intensificó en los últimos meses el combate al crimen. La secretaría departamental de seguridad pública instaló una Unidade integrada Pro-paz (UIPP), versión paraense de la Unidad de Policía Pacificadora (UPP) de Rio de Janeiro.

Graf muestra grafitis de la última minga en la cual participó. También apunta hacia viviendas que tienen dibujada una cruz roja. Hace algún tiempo un equipo de la alcaldía bien escoltado, estuvo en el lugar para señalar que casas tenían que ser retiradas. Las familias van ocupando el lecho del Tucunduba o dividiendo habitaciones que ya son estrechas para acomodar nuevos miembros. La niñera Maria de Nazaré Costa Santana “la Tará”, de 51 años y su marido Lourival Alves de Assunção, albañil de 52 años dividieron su casa para acoger a la familia de uno de sus tres hijos: Leandro, ayudante de albañil. Leandro es padre de Deividson Leandro Prata da Silva, de 10 años, y Daiane Prata da Silva, de 9. Tará y Lourival son de una oleada más antigua de migrantes del interior que vinieron a probar suerte en la capital. Salieron de Bragança, al nordeste paraense hace 30 años. Vivieron en arriendo por dos décadas en barrios de la periferia, hasta que construyeron una pequeña casa de material de construcción en el comienzo del Tucunduba.

La vida intima y la violencia doméstica en el Tucunduba llevaron al estudiante Emanoel do Nascimento Branches de 16 años, quien está en segundo grado de secundaria, a presentar la prueba estatal para estudiar Derecho. Con su pelo teñido y su ropa de colores fuertes, el adolescente pretende ser abogado de familia. “Me gusta lidiar con los problemas de la gente. Observo esos maridos que le pegan a las mujeres, esas discusiones entre padres e hijos, el consumo de drogas” cuenta. Hijo biológico de una habitante que ejercía la prostitución en el barrio y un hombre que vivía de la venta de estupefacientes, Emanoel fue criado por Irene Ferreira do Nascimento, camarera de hotel y por Márcio Costa Brances, pintor automotriz. Nunca conversó con Diana, su madre biológica. “En la época en que me entregó, ella era prostituta. Se desesperó y se marchó. No tengo motivos para un encuentro”, afirma. Emanoel quiere salir de Belén. “Faltan oportunidades en esta ciudad. No me gusta aquí. Aspiro a Rio o a São Paulo. Allá va a haber empleo para quien quiera resolver discordias familiares.”

Daniele Teixeira de 30 años vino de Outeiro, una isla del municipio de Belén. Trabaja como manicurista y pedicurista en Tucunduba. Separada de Jonatan, quien es albañil, vive con sus hijos Richardson de 10 años, estudiante de tercer grado de primaria y Rian de 14 años, que cursa séptimo grado; en una vivienda de cuatro ambientes. Factura 100 reales por semana, aparte de los 134 reales que recibe mensualmente por el Bolsa Familia. Por falta de recursos, dice, su ex marido no ha ayudado a la familia. De los rendimientos de Daniele, 300 reales van para pagar el alquiler. Sin embargo, ella se queja más de las filas en el puesto de salud de Terra Firme, donde lleva a los niños frecuentemente, y de la calidad de la enseñanza. “Los niños están mal en educación. Falta merienda y profesor”.

Inclusive el Fundo de Manutenção e Desenvolvimento da Educação Básica e de Valorização dos Profesores –Fundeb- (Fondo de Manutención y Desarrollo de la Educación Básica y de Valorización de los Profesores), que mantiene una distribución de recursos considerada justa, basada en una serie de indicadores de tributos y matriculas, trata de forma diferente a los estados del norte y de otras regiones. El año pasado el gobierno federal complementó con 721 millones de reales el presupuesto del fondo destinado a las escuelas de Pará. La generosidad fue más grande con Ceará, que recibió 1,2 billones. Las escuelas de Ceará están en mejor situación de recursos, pues ese estado recibió la misma cantidad que Pará (5 billones) pero con un numero menor de estudiantes matriculados en ese nivel de enseñanza. Las matriculas en las escuelas paraenses llegan a 2,1 millones de alumnos mientras que en la red cearense el total de estudiantes es de 1,8 millones.

Los homosexuales son blanco de asesinato e intolerancia en Porto Velho

Solo en este año nueve homosexuales fueron ejecutados a quema ropa en Porto Velho, estado de Rondonia. La ciudad que abriga las canteras dejadas por las obras de las represas hidroeléctricas de Jirau y Santo Antonio es una región con un alto índice de asesinatos por motivo de género. La matanza de homosexuales sigue el rito de los crímenes por encargo o la vieja práctica de linchamientos con piedras y palos.

En febrero, al peluquero Lorisvaldo Pereira da Rocha de 44 años, dos hombres desconocidos le destruyeron la cabeza con pedazos de palos y con un ladrillo grande. Meses después, en abril, el travesti Job Rodrigues da Silva, de 46 años, estaba en un punto de prostitución cercano a la BR-364 cuando dos hombres en una moto pasaron y se detuvieron en el lugar. El pasajero de la moto acertó dos tiros en la nuca de Silva y otro en la espalda. La muerte fue instantánea.

Muchos asesinatos de homosexuales ni siquiera entran en las estadísticas de la policía o de grupos de derechos humanos. En noviembre, un travesti conocido como Maicon fue asesinado a tiros por un hombre en un Fiat Pálio, cuando buscaba clientes en una calle del barrio Lagoa, en la periferia de Porto Velho.

Niédina Maria da Silva Gontijo, mujer de 39 años y presidente del Grupo Gay de Rondonia, explica que los homosexuales en Rondonia no reciben atención del poder público para enfrentar un clima de prejuicio e intolerancia. Ella se queja especialmente de los sectores evangélicos, que estarían diseminando odio en cultos y también en programas locales de radio. “Hoy a la hora del almuerzo escuchaba una radio cuando los locutores comenzaron a opinar sobre una declaración del Papa Francisco contra la discriminación”, relató. “Los locutores se burlaban de los homosexuales”, agregó. “Aquí en Porto Velho cerca del 40% de la población es evangélica. El estado termina haciendo caso omiso de estas cuestiones. La policía no considera los crímenes contra homosexuales como homofobia.

En abril de 2013 el estudiante Saulo de Assis Lima de 23 años, portador de VIH protagonizó una de las escenas más trágicas de la historia reciente de Porto Velho. Expulsado de su casa por sus padres evangélicos, subió a una antena de TV en el centro de la ciudad y por nueve horas amenazó con tirarse. En el momento en que un equipo de bomberos se acercó, Lima se arrojó al vacío.

El proyecto del Centro de Referência de Direitos Humanos (Centro de Referencia de Derechos Humanos) que sería construido en el municipio con recursos federales está parado hace dos años. Cerca de 400 millones de reales fueron transferidos, pero el municipio todavía no ejecutó el presupuesto.

Narcotráfico y muerte en Ananindeua

El 13 de marzo un estudiante de 15 años acertó un tiro en el abdomen del inspector escolar Antonio Carlos Coelho, de 55 años, en el patio de la escuela departamental Principe da Paz, en Ananindeua, en la grande Belén. Ya en el piso, el inspector le imploró al adolescente que no lo matara. Un tiro más, esta vez en la cabeza de Coelho.

El crimen fue premeditado. En la mañana de aquel día, el inspector había encontrado al estudiante. La clase había acabado pero el alumno quiso permanecer en el aula. Hubo una discusión y Coelho lo expulsó del colegio. Por la tarde el alumno volvió para matarlo. Compañeros del inspector dicen que el tráfico de drogas domina el patio de la escuela, el barrio y la ciudad.

El estudiante estaba en la escuela hace pocos meses. A principio de año había sido expulsado de otro colegio por estar supuestamente involucrado con carteles. El Sindicato dos Trabalhadores em Educação Pública do Pará (Sindicato de los Trabajadores de Educación Pública de Pará) destaca que este fue el tercer homicidio en escuelas del estado.

Ananindeua es el tercer municipio más poblado de la Amazonia, con una población actual de 499.000 habitantes. La ciudad surgió como satélite de Belén, que está a menos de 20 kilómetros de distancia. Fue a orillas de la carretera BR-316 que en los años 1970 y 1980 surgieron las invasiones Pará, Amapá, Amazonas y Roraima. En la década siguiente, el gobierno departamental inició un proceso de urbanización llamado PAAR, una sigla con las iniciales de cada una de las áreas ocupadas. En el transcurso de los últimos años el PAAR se transformó en un laberinto de nuevos barrios e invasiones. Uno de ellos es Curuçambá, donde está la escuela Príncipe da Paz.

El poder del narcotráfico está fragmentado en la región. Los grupos de traficantes se dividen cada espacio. El PAAR es el área de redistribución hacia Belén y al mismo tiempo, de consumo. Una vuelta por los rincones y las calles paralelas o perpendiculares a la BR-010 revela lugares donde jóvenes y adultos fuman crack y aspiran cocaína a la luz del día, a la vista de los transeúntes.

El poder público está prácticamente ausente del trabajo de prevención y tratamiento de usuarios de drogas en Ananindeua. Sin embargo, en la ciudad hay esfuerzos aislados para reaccionar ante el problema. El agente inmobiliario Armando Silva de 42 años, pastor de la iglesia Quadrangular, alquiló una finca en Curuçambá para cuidar a jóvenes relacionados con las drogas. Dice que la “gota” , el viejo LSD en estado líquido con alto nivel de concentración, el crack y la cocaína avanzan por el PAAR. “Ninguno de esos barrios tiene polideportivos o buenas escuelas. El narcotráfico tiene el camino libre”.

El pastor se lamenta por no haber evitado la muerte de su hermano Nazareno Silva en un accidente de tránsito provocado por el consumo de cocaína y crack hace cuatro años. “Fue una cosa que me involucró. Yo no sabía como ayudar, no pude ayudar a mi hermano”.

Después de la muerte de Nazareno, Armando decidió abrir la clínica de recuperación para consumidores de drogas. Calcula que hasta hoy ya pasaron 200 personas por el lugar. “Saqué de las drogas a de más de cien personas. Pero recuperé de verdad unas 40, que logré congregar en la iglesia y devolver a las familias. Una persona recuperada es cuando está en la iglesia y en la familia” , afirma. “Si ya es difícil sacar de las drogas a quien frecuenta la iglesia, mucho más a quien no la frecuenta”.

El Centro Nova Criatura funciona en una pequeña finca en Curuçambá. La clínica no tiene Registro Nacional de Persona Jurídica, lo cual le impide recibir ayuda de entidades públicas o privadas. “La clínica es invisible hasta que no se legalice”dice el pastor. El local abriga 18 internos. Hay dos tipos de pacientes: los que no tienen dinero para pagar la internación y aquellos financiados por su familia. Quien es ayudado por su familia no necesita ir al semáforo de la carretera que pasa cerca, a las 6:30 de la mañana para extender una pancarta y pedir una contribución a quienes se movilizan por ahí toda la mañana. Alrededor de las 10 de la mañana vuelven. El pastor paga mil reales mensuales de alquiler pero ahora debe dos meses. Los gastos, especialmente los de alimentación, han aumentado. “La dueña (del inmueble) es de Dios y entiende”, dice el interno Fábio Augusto Ribeiro da Silva, de 31 años. “Fui esclavo de las drogas por 19 años”, cuenta.

Ahora Fabio dedica su vida a la clínica, en donde está hace dos años y es ahora el brazo derecho del pastor. Es él quien coordina la limpieza del lugar y la alimentación. “Las cosas de Dios tienen que ser tratadas con decencia y orden”, dice sin esconder la emoción. “Todos los meses soy bendecido con 500, 600 reales. Eso me ayuda en mi recuperación, se lo doy todo a mi mamá”.

Algunos amigos de Fábio no soportaron la vida en la clínica y volvieron a las calles para morir. “Miller era del barrio Tapanã, en Belén. Conseguía droga para vender. Huyó del traficante y se refugió en la clínica. Salió después de una semana y lo mataron. Honório pasó más tiempo aquí, nueve meses, pero salió. Murió de sobredosis en la PAAR”.

Una empresa da una contribución de 400 reales por mes para que cada interno empaque cucharas plásticas. El pastor Armando dice que no va “renunciar”. “He pasado crisis del alquiler vencido, pero no renuncio. Muchos no se recuperaron. Yo no renuncié a Fábio, André, Murilo. Son chicos muy buenos. Solo les falta una oportunidad. Ellos vienen de hogares destruidos. Es muy triste que no tengo condiciones para acogerlos a todos.” El pastor ha llevado a los jóvenes a conocer dueños de parrillas, puestos de gasolina y comercios en un intento de emplearlos en los negocios de personas conocidas.

Reportaje tomado del periódico ESTADÃO. Original aquí http://infograficos.estadao.com.br/especiais/favela-amazonia/capitulo-5.php

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