FAVELA AMAZONIA - La migración reduce la población de varios municipios del Amazonas

Considerada por el gobierno como un “muro” de conservación, la Zona Franca de Manaos despuebla la selva. Las ciudades de la Amazonía crecen desordenadamente y sin planeación. En las capitales, hay barrios que surgen de la noche a la mañana en terrenos que tradicionalmente se inundan por la acción de ríos y lagos en determinadas épocas del año. Es entonces que se ven afectadas las calles y las casas de estas familias. La figura del damnificado en centros urbanos superpoblados es una novedad en una región donde hombres y mujeres siempre lograron adaptarse al volumen del agua en sus comunidades tradicionales en la selva. Esta es la tercera entrega de Favela Amazonia.

El activista indígena Jair Miranha de 39 años es cacique de una de las comunidades más grandes del estado de Amazonas. Hace diez años que dejó la Aldea Miratu ubicada en Uarani, en la región del “Medio Solimões”, para probar suerte en Manaos. Fue en la periferia de la capital del estado de Amazonas que comenzó a participar del movimiento social por la vivienda y formó una aldea de características urbanas pero que abriga indígenas de por lo menos 14 etnias, así como ribereños de incontables comunidades del interior del Estado. La invasión fue bautizada como “Nações Indígenas” y tiene cerca de tres mil habitantes.

Si siguiera en la selva, el cacique jamás tendría bajo su poder una aldea con tanta gente. Miranha repite especialmente la siguiente frase en las entrevistas que concede: “No fue el indio quién llegó a la ciudad, fue la ciudad la que llegó al indio”, dice en un tono solemne. La invasión liderada por él surgió en un terreno de la periferia de Manaos que es reclamado por empresarios y por la alcaldía.

El déficit habitacional indígena en Manaos, estimado en 11 mil viviendas, también representó ganancias particulares para el gobernador José Melo de Oliveira (PROS) y el alcalde de Manaos, Arthur Virgílio Neto (PSDB), pues contaron con el apoyo de Miranha en sus victoriosas campañas electorales. De la invasión Nações Indígenas, nombre del área controlada por el cacique, pudieron haber salido votos que Oliveira y Neto habrían tenido que conseguir con mucho esfuerzo y dinero invertido en el desplazamiento a las lejanas comunidades miranhas, ticunas, saterés, cocamas, piratapuias, muras cambebas, tucanas, apurinãs, mundurucus, caixanas y araras; etnias a las que pertenecen los migrantes que viven en Nações Indígenas.

En 2011 la policía entró a la comunidad y derribó viviendas hechas de aglomerado y carpas hechas de lona de camión, para desespero de mujeres y niños que tuvieron que salir corriendo de sus casas. La justicia había dado el derecho de reintegración de propiedad a un empresario local. Tiempo después, las familias volvieron a ocupar el área. Al comienzo de este año, la misma Justicia falló a favor de la alcaldía, que alega ser la verdadera dueña del terreno. Es un clásico caso de apropiación fraudulenta de terrenos, estafa, astucia y desorden del espacio urbano.

“Yo como cacique tengo un sueño. El estado de Amazonas podría crear un barrio indígena en Manaos, con características propias, escuelas y puestos de salud enfocados en nuestra cultura”, afirma Jair Miranha. “Dicen que somos indios urbanos. No, somos solamente indios.”

Miranha lidera la resistencia contra una nueva acción de desalojo de las familias de la invasión. “En las elecciones les abrimos las puertas a Arthur y Melo. Sería una vergüenza que ahora ellos nos saquen de aquí”, afirma. La comunidad tiene un grupo de “guerreros” que hace vigilancia de las callejuelas y que sería accionado en caso de un nuevo desalojo.

Jair Miranha aprendió el arte de la comunicación en una trayectoria forjada en la militancia social de Manaos. El cacique, el gobernador y el alcalde son personajes que emergen de una Amazonía marcada por el éxodo y por la pobreza vivida por quien quiere tener un lote de tierra en la capital. Es un hecho que el sistema económico del Amazonas no recibe frenos del poder público.

La Zona Franca de Manaos es el mayor factor que atrae a migrantes de la Región Norte. Al anunciar la propuesta de prorrogar los incentivos concedidos a la industria en la ciudad, la presidente Dilma Rouseff argumentó en 2011, que la Zona Franca era la garantía de conservación del Amazonas. “Lo que realmente estamos haciendo es levantar un muro de protección para la selva y para nuestra biodiversidad”, afirmó. La construcción de un muro, sin embargo, despuebla la selva, abriendo espacio para la deforestación y el tráfico de drogas.

En los últimos diez años, 48 de los 62 municipios del estado de Amazonas registraron declive poblacional. Los problemas de aislamiento de las aldeas y de los poblados ribereños en un mundo tecnológico cada vez más atractivo no fueron compensados con políticas de educación y salud eficientes y otros beneficios garantizados en las ciudades. Tampoco se hizo inversión en investigación y tecnología en la selva de mayor biodiversidad del planeta.

Al discutir sobre la Amazonia la opinión pública de Rio, Sao Paulo y Brasilia siempre priorizó debates apasionados y prejuiciosos sobre el tamaño de los territorios indígenas, ignorando el hecho de que el 12% del total de las tierras brasileras en manos de esas comunidades tradicionales (un total de 106,7 millones de hectáreas) representaron, a partir de la constitución de 1988, selvas y manantiales de agua generalmente preservados y bajo el control del Gobierno Federal, así como presencia poblacional en la selva.

Números. Manaos lidera el ranking de las 16 regiones metropolitanas brasileras con peor IDH, seguida de Belén. La mancha urbana de Manaos y de los municipios vecinos, área en donde viven 2,3 millones de personas presenta un IDH de 0.720. La región de Belén, con 2,5 millones de habitantes tiene un índice de 0.729. Este porcentaje muestra una mejoría en los indicadores entre el año 2000 y el 2010, lo cual puede haber ocurrido, según autoridades del área social, gracias a la prioridad dada por los gobiernos a las regiones metropolitanas en detrimento del interior de los Estados.

En el estado de Amazonas, que tiene un territorio mayor al del Nordeste, la capital abriga un 78,4% de los habitantes. La densidad demográfica de Manaos es de 177,2 personas por kilómetro cuadrado, índice bastante mayor al del resto del estado, que apenas llega a 2,4. Por su parte, el estado de Pará tiene una distribución mayor de habitantes entre sus ciudades. En Belén vive el 17,5% de la población del Estado, una densidad de 6,47 habitantes por kilómetro cuadrado. De las 20 ciudades más grandes del norte, 11 son de Pará. De cara a la posible llegada de nuevas oleadas de empresas, de personas procedentes de los grandes centros y de un Sudeste sin agua, la Amazonía no tiene hoy la infraestructura para atender siquiera a los que llegan del interior de los estados de la región.

Es por el Solimões, primer nombre del Río Amazonas en territorio brasilero, que sigue el flujo del éxodo del interior del estado hacia Manaos. Los migrantes dejan ciudades sin ofertas de trabajo y municipios que abrigan grandes proyectos. Es el caso de Coari, sede del complejo de gas de Petrobrás, que también conduce migrantes hacia la capital. Un paréntesis: el gaseoducto terminado en 2009, que transporta la producción del Polo Arara, en Urutu hasta Manaos, en un recorrido de 663,2 kilómetros, tuvo denuncias de irregularidades. La operación Lava Jato investiga el pago de sobornos de la empresa Camargo Corrêa a partidos políticos y directores de Petrobrás por cerca de 6,6 millones de reales.

Habitante de la invasión Nações Indígenas, Rosielma da Silva Lemos, de 27 años, indígena de la etnia miranha quién trabaja en limpieza, dejó la Aldea Cajueri en Coari, para probar suerte en Manaos con su marido y tres hijos. También vinieron sus padres y una hermana. “Nosotros queríamos cambiar de vida. La situación no estaba para quedarnos en la selva. Para llevar el niño al médico gastaba un día entero en canoa a motor hasta el primer puesto de salud”, recuerda.

La familia dejó precisamente la ciudad que tiene la segunda mejor recaudación del Amazonas. La producción de gas en Coari no evitó la huida de indígenas y ribereños del municipio, el cual colecciona bajos índices de calidad de vida. “Aquí en Manaos la vida es mejor porque es posible llegar a un ingreso diario. Allá sólo se consigue dinero cuando el tiempo está bueno para sembrar.” Ella gana 50 reales diariamente, dinero que es sumado con los 152 reales mensuales del Bolsa Familia. Los recuerdos del desalojo de 2011 todavía están frescos en su memoria. Rosielma recuerda que ya había levantado un ranchito de teja y madera. La policía lo destruyó y lo prendió fuego. “Construimos todo de nuevo. Cuando aparecían personas que botaban láminas de aglomerado, era toda una corredera. Así logré hacer las paredes. Tenia que ser astuta”.

Depawe Ecu, de 36 años, un ticuna de Santo Antônio do Içá, ciudad cercana de Tabatinga, en el Alto Solimões, se mudó con Zila, su mujer y tres hijos para facilitar su tratamiento de epilepsia. Después vino un hermano y dos primos. “Lo que necesitamos, allá no hay. Tomo medicinas cada tres horas. Si siguiera en la aldea en donde vivía, en la Vila de Betanha, tendría que gastar 500 reales en pasajes de ida y vuelta en barco hacia Manaos cada tres meses”.

Con la ayuda de una familia en Manaos, Bianca de 18 años, hija de Depawe consiguió una beca en una facultad de comunicación de la ciudad. Deidson, de 14 años, y Fred, de 9, estudian en un colegio algo retirado del barrio y hablan sobre seguir una carrera de policía ambiental o federal, profesiones conocidas en las aldeas del Alto Solimões, ruta de traficantes y madereros.

Depawe participa en trabajos comunitarios de pintura para las casas del barrio. Se hizo costumbre entre los habitantes colgar dibujos de animales y árboles en las puertas de las viviendas para identificarlas. Esta costumbre está asociada a la tradición de los ticunas, conocidos en el pasado por sus dibujos de jaguares, monos, serpientes, chigüiros, dantas y caimanes hechos en cortezas de árboles.

Uno de los artistas del barrio es José Carlos Caixana, de 17 años. Fue enviado por sus padres a Manaos para que continúe con sus estudios. El joven cursa el primer año de secundaria y luego va a anotarse en concurso para ser policía Federal. “Pienso que el trabajo que ellos hacen es muy bueno”, dice.

Continuar con los estudios no es fácil. Maria Rosilda Batista Rodrigues, de 28 años, indígena satereté de Maués, llegó a terminar la secundaria en la capital. Realizó dos veces el examen nacional para estudiar Enfermería, pero no pasó. Trabaja de empleada doméstica. Su marido, Edimir Batista, pintor de paredes, no consigue trabajo hace ya algunos meses.

Datos Como el último censo es del año 2010, las familias de la invasión Nações Indígenas todavía son oficialmente consideradas como habitantes de área rural. Hace cinco años, la población indígena brasilera era de 896,9 mil personas (63% de ellas vivían en contexto rural y 36,2% en área urbana. En este tiempo los porcentajes pueden haber cambiado radicalmente, pues hay estimaciones de que el número de habitantes del interior del Amazonas, por ejemplo, cayó cerca del 5%. La Región Norte abrigaba 342.000 indígenas de los cuales 251.000 todavía vivían en aldeas.

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En Acre, un adolescente quati se convierte en Mono.

Los caciques de la etnia se quejan de los nuevos hábitos de los jóvenes indígenas en las ciudades.

Los indígenas más viejos dicen que el chico decidió volverse “capelão”, un mono de pelos amarillos que emite un sonido estruendoso. El adolescente Zaulo, de 16 años pintó su pelo de amarillo intenso, se hizo un corte a la altura de la nuca con el dibujo de un rayo y se perforó las orejas. El cambio de look ocurrió justo después de que él, sus padres, sus hermanos y otras 15 familias jaminauas del río Iaco migraron de la selva hacia el Beco do Adriano, una callejuela de la Favela da Pista, en la periferia del municipio de Sena Madureira, a 141 kilómetros de carretera de Rio Branco, en Acre.

A pesar de que en el registro civil figure como Paulo Francisco Jaminaua, su apellido no es una referencia correcta de su etnia. Desde la entrada de los caucheros por los ríos Ucayali, Purus y Juruá, a principios del siglo pasado, se volvió común nombrar genéricamente a todos los grupos y clanes del tronco lingüístico Pano de la región que abarca tierras y aguas de Brasil, Bolivia y Perú, como los xixinaias, curunauas, xaranauas, iauanavas, mastanauas, baxonauas y xapanauas. La etnia “genérica” fue descrita por Euclides da Cunha en el relato de una expedición en 1904 que resultó en el artículo Ríos en Abandono y en el libro inacabado Un Paraíso Perdido.

El abuelo paterno y la abuela materna de Zaulo son iaunauas. Por su parte, el abuelo materno y la abuela paterna son xixinauas. Como es común en las aldeas, el chico recibió dos nombres en casa. Evanilde, su madre, lo bautizó Pacadê, su padre Bernardo le dio el nombre de Dixu. Un hermano a quien se le complicaba pronunciar Paulo lo llamó Zaulo. Y es el nombre que se tatuó en el brazo izquierdo, término más cercano a los superhéroes de dibujos animados de la televisión.

Zaulo cursa sexto grado en la escuela estatal Instituto Santa Júlia, en el centro de Sena Madureira. Bernardo, su padre, era profesor en la aldea Guajará en el río Caeté, a un día y medio de lancha “voadeira”. Sufriendo de cirrosis, se mudó con la familia a la ciudad, más precisamente para la favela donde ya vivía parte de la aldea. Hoy quedan pocas personas en la aldea Guajará. En el Beco do Adriano, Bernardo montó una pequeña venta de gaseosas y dulces.

El muchacho habla poco. Solamente cuenta que le gusta jugar futbol como defensa central y a veces tiene dificultad en las clases. No imagina volver a la aldea. “¿Qué hay allá en la selva?”, pregunta. Es hermético y mis preguntas no son claras para este adolescente. Imposible no decepcionarse con el resultado de la entrevista. Al final, Zaulo tiene mucho para decir.

José Correia, indígena jaminaua que trabaja en la Funai, dice que la etnia vive una “masacre lenta”. “Aquí en la ciudad los indios no tienen condiciones de disputar un empleo con un blanco. A veces el comercio ofrece una puesto de vendedor”, dice. “Sin condiciones, los indios permanecen en estas periferias donde no hay nada bueno. Es difícil encontrar la civilización por aquí”

El arte del chamán. Al frente del centro de Sena Madureira, en la otra orilla del río Iaco, surgió en los últimos años la ocupación Segundo Distrito. Hay una intensa aglomeración de palafitos, lo cual significa que no es una comunidad ribereña tradicional y sí una favela. Los jaminauas son mayoría allá y en el muelle, son mayoría de este lado.

A la orilla del río tambalean jóvenes indígenas visiblemente drogados. La situación de los adolescentes llama la atención del cacique Sebastião Jaminaua, que está en la ciudad para resolver problemas de su aldea. La comunidad Buenos Aires, en el río Caeté, afluente del Iaco, tiene 45 habitantes que viven de la plantación de banano y yuca. El cacique teme que en el próximo mes el número se reduzca. Pocos quieren permanecer allí, los indígenas han dejado las márgenes del río Caeté. Uno de los problemas es la situación de los niños, falta profesor en las escuelas. El cacique se queja de los jóvenes: “Estos muchachos no obedecen. Pedimos que dejen de beber pero igual beben”.

Dice que está en Sena Madureira para intentar resolver problemas de demarcación en la oficina de la Funai y “hacer dinero”. Acaba de vender cuatro troncos de madera por 4.000 reales, incluyendo dos de caoba, uno de cumbarú y otro de toari, maderas nobles. “Era reserva de la comunidad. Vendí solamente porque necesitaba arreglar el motor del barco”, relata.

Sebastião dice que el gran problema ocurre cuando los jóvenes llegan a la ciudad. “En Manoel Urbano, aquí cerquita, mataron un pariente. Era un caxinaua. Hay indio que viene y no quiere volver a la aldea, se acostumbra con el blanco. Nosotros que somos mayores, venimos porque necesitamos comprar azúcar, aceite y sal. Antiguamente nuestra cultura no comía sal ni tomaba jugos. Hoy en día que nos volvimos blancos no hay de otra.”

El grupo de Sebastião, formado por diez personas, entre parientes y amigos, está hace dos días en Sena Madureira para resolver los “problemas”. Su suegro, Alfredo Raimundo de 70 años, no sale del barco, está enfermo.

Un adolescente indígena pasa con un cigarrillo de marihuana entre los dedos. “Antes nuestra cultura no usaba ese bicho”, dice Sebastião, en voz baja. “Hoy los jóvenes solo quieren usar drogas. Es igual al capelão. Vive un día en un palo, se cansa y va para otro lado, no tiene paradero. ¡Mira no más ese pelo!”

Recuerda que los adultos de la aldea tomaban ayahuasca en rituales y cantaban toda la noche. Desde que su padre también llamado Sebastião y chamán de la comunidad murió, el ritual no se volvió a repetir. “Era el viejo el que plantaba las yerbas de la ayahuasca. Él era un chamán veterano. Una vez dijo que se iba a convertir en serpiente: ‘un día yo me voy a convertir en serpiente, no me maten’. Él sería un espíritu.” Ahora los jóvenes ya no quieren estar en la tierra donde está enterrado el chamán, una tierra cercada por la codicia de los hacenderos que sueltan el ganado en las áreas vecinas.

Antonio Barbosa Jaminaua, de 65 años y chamán de la aldea Extrema, también a orillas del río Caetés, dice estar “sufriendo” con la relación que tienen los jóvenes indígenas con las drogas y la bebida. “Me quedo pensando: Dios mío, de dónde vino eso?” Recuerda que la policía mató recientemente a Jordão, un jaminaua hijo de doña Mariquinha, de 29 años. “Yo quería prohibir la bebida en la aldea, pero no puedo solo. La única solución es evitar traer puiskui (joven) a la ciudad”. Cuenta que hasta el momento no hubo interesados en aprender la tradición chamánica para sustituirlo. “Nadie me busca, no me puedo ofrecer. Aprendí con mi abuelo Manoel Francisco y con mi padre. Los busqué, como es la tradición” señala. “Somos xixinaua, pueblo del coatí. La droga transformó los jóvenes en monos, saltan de rama en rama, no están nunca en la aldea”.

Los gobiernos de los hermanos Tião e Jorge Viana, hijos y sobrinos de gobernadores pertenecientes a Arena durante el tiempo de la dictadura, priorizan la ganadería y el agronegocio. La recolección es un hecho de pasado. De manera contradictoria, los Vianas, que hicieron carrera en el PT, celebran la memoria de Chico Mendes en calles, monumentos y en los ideales de la llamada “florestania” una política enfocada a la realidad local, pero que existe sólo en los discursos. Sólo en Xapuri hay tres museos dedicados al líder cauchero asesinado en 1989.

La figura del damnificado es una novedad

Las ciudades de la Amazonía crecen desordenadamente y sin planeación. En las capitales, hay barrios que surgen de la noche a la mañana en terrenos que tradicionalmente se inundan por la acción de ríos y lagos en determinadas épocas del año. Es entonces que se ven afectadas las calles y las casas de estas familias. La figura del damnificado en centros urbanos superpoblados es una novedad en una región donde hombres y mujeres siempre lograron adaptarse al volumen del agua en sus comunidades tradicionales en la selva.

Francisco Rodrigues, de 68 años, aprovecha la temporada de inundación para transportar a los habitantes de la periferia de Rio Branco afectados por el aumento del volumen del arroyo Taquari. Llegó a la ciudad en 1972. La vida en las caucherías de Boca do Acre, municipio ubicado en la desembocadura del río Purus, en el estado de Amazonas, sufrió el golpe de la desvalorización del caucho. En la capital llegó a vivir en una carpa hecha de cartón y lona de camión. “Aquí el tipo que es honesto termina siendo ladrón”, relata. Él mismo fue acusado de robar cerraduras en un negocio de venta de material de construcción. “Para suerte mía, vivía en un ranchito sin puertas”.

Después de sobrevivir por un año de pequeños trabajos en Rio Branco, se fue a las márgenes del río Iaco para una vez más probar suerte con el caucho. En 1989 volvió a la capital. Compró un carrito de palomitas de maíz para trabajar en el malecón a orillas del río Acre, en el centro de la ciudad. Hace cuatro años empezó a vender churros. Complementa los ingresos mensuales con podas y limpieza de terrenos baldíos y fincas. Logra reunir cerca de mil reales por mes y así fue cómo crió seis hijos.

En los últimos años las inundaciones llegaron hasta las casas y pequeños comercios de las invasiones en las márgenes del arroyo Taquari, entonces resolvió ahorrar y comprar a crédito una canoa a motor de siete caballos de fuerza, de baja potencia. Pagó 2.200 reales. El trabajo de barquero podría garantizar un ingreso en tiempos de pocas ventas de churros. Ahora en el último mes de marzo, la inundación del río Acre y del arroyo Taquari transformó las calles y callejones de la periferia de Rio Branco en pequeños riachuelos y canales. Por dos reales Francisco Rodriges lleva grupos de hasta cuatro personas a través de los ríos formados por las lluvias.

El único hijo que vive con él es Elisberto Rodrigues Barreto, de 27 años. El joven abandonó la escuela en quinto de primaria. A los 18 años comenzó a trabajar en un taller de automóviles. Un día, Elisberto decidió ir al Taquari para ver a su padre trabajar y encontró que la tarea era muy pesada para un hombre de 68 años. Entonces, el mecánico arregló con su patrón entrar y salir más temprano del trabajo para ir al Itaquari a ayudar a su padre.

En la popa de la canoa y con un remo en la mano, Elisberto hace de guía en el laberinto de aguas y casas fantasmas, muchas de ellas cubiertas por las embarradas aguas del arroyo; ríos que fueron abandonados por sus habitantes. “Por aquí papá, por allá papá.” Y así, padre e hijo van transportando a quien solamente tuvo condiciones para levantar una vivienda precaria en áreas tradicionalmente ocupadas por el igarapé cada invierno amazónico. Es él quien intenta alejar con el remo pedazos de cercas, alambres, cables y ramas de arbustos para facilitar que la canoa pase y los pasajeros no se lastimen. También avisa al padre sobre troncos, animales y muebles que surgen flotando en las aguas.

Es también Elisberto quien ayuda a embarcar a los ancianos en la canoa, carga bultos de suministros de los pasajeros sin mojarlos y arregla los precios para el transporte de grupos. Francisco reconoce el esfuerzo de su hijo en ayudarlo, sin embargo, no deja de bromear acerca de la falta de habilidad del hijo menor en una actividad nueva, que no tiene nada que ver con la vida de los jóvenes de la capital. “Elisberto enfrenta cualquier carro en el asfalto”, dice riéndose. “No es bueno en la proa de la canoa. Pero si es bueno en el manejo del motor de un automóvil.”

Fuente: Estadao 2

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