Greg Boyle: Sobre la adoración del héroe

Compartimos el testimonio del Joe Simmons, S.J., sobre su experiencia al conocer al jesuita Greg Boyle autor del libro “Tatuajes en el Corazón”.

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Los apuntes de Krista Tippett para la entrevista con Boyle

La pared de nuestra capilla está a sólo dos pasos del barrio “interesante” que afuera nos rodea, y las palabras ásperas de las conversaciones ásperas a menudo flotan en los momentos justos. Un “oh infiernos no (¡ni por el putas!)” durante largas homilías envía mis ojos super abiertos en busca de simpatizantes cómicos; el más raro “¡pa la m*a esa ja!” en medio de la solemne oración de los fieles amerita que algunos participantes se rían, incluso aquellos sacerdotes ya en sus 60 años de edad. Nos reímos, protegidos por las ventanas y las cortinas que conceden -- aunque sea sólo por 30 minutos -- un respiro del ajetreo del mundo exterior.

Hace unas semanas entré en esa capilla familiar a la hora acostumbrada sólo para encontrar algo extraño en el aire. Era un sábado por la mañana, pero casi todos los asientos ya estaban llenos. Un rostro nuevo, pero reconocible, se sentaba con los ojos cerrados, claramente saboreando la tenue calma de la mañana. Cuando me senté en la silla frente a él, sus ojos se abrieron. Se volteó, y me ofreció una cálida sonrisa y me dio la mano.

“Greg Boyle. Me alegra conocerte”.

¡Dios mio!

Yo sabía que él iba a venir a visitarnos, y por lo tanto no fue una sorpresa. Pero aún así. Greg Boyle.

(Y sí, yo sé que es impropio adular o hablar efusivamente sobre los héroes de uno... ¡no me importa! Pero primero, un poco de fondo para los no iniciados).

Más allá de los confines del mundo católico, el P. Greg Boyle, SJ. es un reconocido autor y orador, famoso por haberse cruzado con la fundación de Homeboy Industries en 1992 porque él en verdad escuchó (en este caso escuchó, le prestó atención o le hizo caso a las esperanzas y temores de sus feligreses en la Misión Dolores). Esta parroquia, la más pobre de la arquidiócesis de Los Ángeles, había notado que a muchos de sus jóvenes los habían reclutado para la violencia de las pandillas en los años ochenta, y el “P. G” reaccionó haciendo un esfuerzo por conseguirles empleo significativo o con sentido.

“Nada detiene una bala como un trabajo”, le gusta decir, y su oficio de cuidar de las almas lo ha transformado de pastor parroquial a director general de una corporación diversificada. En los últimos 20 años, Homeboy Industries ha empleado a miles de pandilleros. Cuates (‘homeboys’) anteriormente rivales trabajan juntos los unos a los otros en la serigrafía de ‘t-shirts’ o camisetas. Otra rama de la obra, Home Girls Café, contrata a mujeres de alto riesgo, muchas de las cuales se encontraban en pandillas rivales, para trabajar junto a otras sirviendo comensales. Muchos empleados de Homeboy Industries dan un vuelco radical o total a sus vidas -- y otros no. Hasta la fecha, el P. G ha presidido cerca de 200 funerales de aquellos y aquellas cuyas vidas fueron acortadas “antes de tiempo”.

A medida que su horario lo permite, viaja por el país hablándole a grupos de todo tipo y de todas las tendencias sobre la importancia de crear un parentesco humano tanto tan poderoso que Dios lo reconozca como propiedad de Dios. A menudo viaja con ex miembros de pandillas, pidiéndoles que cuenten sus propias historias de rehabilitación. Su exitoso libro (‘bestseller’) del 2011, “Tatuajes en el Corazón”, está lleno de esa clase de testimonios. Me conmovió como pocos libros. Al leer un cuento, yo me reventaba de la risa. Leyendo el siguiente, mis ojos se aguaban de lágrimas involuntariamente. Es ese tipo de libro.

Él es, en una sola palabra, un hombre admirable.

“Joe Simmons. Me alegra conocerte”, le dije yo con una falsa frialdad o frescura. Lo había conocido antes, realmente lo había oído hablar antes y había leído su libro -- pero me las arreglé para no compartir demasiado como un admirador con la lengua atada. Hoy era el día de graduación en la Escuela Superior (‘High School’) Jesuita Cristo Rey en Minneapolis, que proporciona educación a niños maravillosos que se enfrentan a cosas difíciles. Nuestros alumnos habían leído su libro y no podían creerlo al conocer que él sería el orador principal en el acto de graduación. Pero antes de todas las actividades de graduación allá en la escuela, nosotros los jesuitas -- parroquianos y famosos huéspedes por igual -- tuvimos nuestra habitual misa comunitaria del sábado por la mañana.

¡No es gran cosa!

Aunque, ¡más o menos!

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Portada de “Tatuajes en el Corazón”

Me sentí un poco atolondrado sentado cerca de una leyenda viviente. Una parte de mí quería bombardearlo con preguntas, pero una parte más sabia me recordó que eso no es lo que se hace a los demás antes de que hayan tomado café. Me conformé con estudiarlo a lo largo de la misa.

Igual que la de mi propio padre irlandés-inglés-americano, la piel enrojecida de Greg estaba marmórea con pequeños puntos marrones de melanina, delatando días pasados bajo el sol. (Nosotros los celtas pálidos pasamos de cero a color langosta en 20 minutos de sol). Sin duda alguna, un resultado directo de las tardes de domingo saludando a los feligreses en los escalones de la iglesia, lo cual se remonta a su año misionero de trabajo como pastor asociado en Bolivia. O por lo menos eso me imaginé yo.

Los dedos de Greg se extendían y se contraían, circundando los espirales o remolinos de vello en la piel de sus antebrazos. Estos eran los mismos dedos que daban palmaditas en la espalda, consolaban a las madres afligidas, mantenían unido al Cuerpo de Cristo en demasiados funerales. O por lo menos eso me imaginé yo.

En el calendario católico, este sábado era también la fiesta del Corazón Inmaculado de María, la madre de Jesús, quien ponderó todo tipo de cosas dolorosas en su corazón. Un día entero dedicado a la preocupación dolorosa de una madre. Me preguntaba qué, o quién, estaba pasando por la mente de Greg mientras sus dedos se paseaban por sus brazos cruzados.

Estaba vestido de una manera formal, pero no demasiado. Sus experiencias de vida habían nivelado toda pretensión de vanidad. Aquí estaba un hombre que podía tender un puente entre los mundos de los ricos y los pobres, los educados y los no educados; los mundos que los mejores jesuitas navegan sin ninguna artimaña ni incomodidad.

En la quietud de la capilla, los párpados y los hombros de Greg se cayeron o relajaron. Estos eran los hombros que sostenían a tanta gente que necesitaba apoyo. Este era un hombre que se entregaba por completo físicamente, espiritualmente y emocionalmente. Allí se sentaba, justo frente a mí, respirando profundamente, saboreando el silencio y el espacio de la mañana. Un alguien en proceso de convertirse en santo recargando sus baterías espirituales. O por lo menos eso me imaginé yo.

Cálmate, Simmons, me dije. Te estás poniendo un poco dramático.

Es fácil para mí imaginar que aquellos a quienes yo admiro tienen fortaleza o fuerza sobrehumana. Es fácil imaginar que no se dejan trastornar por la monotonía, por los desafíos diarios de la fatiga, por el miedo al fracaso. Pero todo aquel que se haya familiarizado con el estilo discreto de Boyle, por escrito o en persona, puede decirte que incluso los admirables se enfadan y los valientes se cansan. Que incluso el corazón más compasivo se muere de ganas de perdonar a aquellos que hacen elecciones o escogen opciones malas, a veces trágicas.

Cuando llega la Comunión, Greg me pasa la patena primero; el cáliz sigue. De un jesuita, sus pies en el suelo, a otro. El pedestal de la celebridad y el vértigo en mi vientre no significa absolutamente nada aquí. Aquí ambos somos iguales. Aquí somos Greg y Joe, separados sólo por la edad, la experiencia, algunas manchas marrones en los brazos.

“Cosas santísimas para los santos de Dios”, dice nuestro moderador mientras compartimos de la comunión. Las palabras me penetran de forma rápida y profunda. De repente, brotan lágrimas de mis ojos.

Tan pronto como Greg me entregó el cáliz, salió de la capilla, sin duda se dirigia a la primera de sus muchas obligaciones. En su repentina ausencia, me sentí vacío e incierto. ¿No había nadie más trastornado por su súbita partida? ¿Era esto lo que fue para los Apóstoles vivir en la compañía de Jesús -- estar con él durante un largo momento... y luego verlo irse, regresando rápidamente de nuevo al puro centro de la humanidad? ¿Intimidad seguida de partidas súbitas y repentinas? ¿El sentido de incertidumbre que sigue?

¿Ahora qué? Me pregunté.

“Ve y haz lo mismo”, susurró una voz. No, no una voz. Una ola de calma emocionada. Una claridad de propósito del tipo ‘de dedo a labio’, ‘de hormigueo en la piel’, de ‘a-ha’. Un recordatorio de quién soy y de por qué amo a los estudiantes de la Escuela Superior Jesuita Cristo Rey.

Me ha tomado tiempo darme cuenta, pero no admiro a Greg Boyle porque quiera ser él; lo admiro porque me hace querer ser un mejor individuo -- maestro, jesuita, amante de los santos de Dios. Él restaura, refresca, reanima mi deseo de amar profundamente; y me recuerda la necesidad de sumergirme en silencio y de recargarme siempre que pueda. Esto, creo, es de lo que se trata ser un individuo contemplativo en acción. O como escribe Greg:

Cierra ambos ojos y mira con el otro. Entonces ya no continuamos agobiados por la carga de nuestros persistentes juicios, nuestra incesante retención, nuestra constante exclusión. Nuestra esfera se ha ampliado y nos encontramos muy inesperadamente en un nuevo lugar expansivo, en un lugar de aceptación sin fin y amor infinito.

Escudriñando nuestros días en gratitud, llevando a un límite y aprovechando al máximo los modelos y momentos de ‘a-ha’ que mueven nuestros corazones para convertirse en cosas santas para los santos de Dios. Santos y amantes en fabricación, todos nosotros.

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