Hacia una ecología integral como camino de renovación de nuestra espiritualidad.

El XVI Simposio Sobre Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola realizado por el Centro Ignaciano de Reflexión y Ejercicios en la ciudad de Bogotá, Colombia contó con la participacion del jesuita Alfredo Ferro.

Agradeciendo la invitación que me han hecho a este Simposio, supongo que lo hicieron no tanto porque sea un especialista en espiritualidad ignaciana - y en ese sentido, espero que puedan ser comprensivos conmigo-  sino, más bien, por mi trayectoria en proyectos o reflexiones ecológico-ambientales, particularmente ligadas a la realidad campesina y seguramente, por mi misión actual en la Amazonia, concretamente en Leticia, en la triple frontera (Perú, Brasil y Colombia), donde participo y coordino la iniciativa de la Compañía de Jesús en América Latina, en su apuesta por la Amazonia, en lo que hemos denominado el Proyecto Panamazonico de la Conferencia de Provinciales de América Latina – CPAL.

Imagino, igualmente, que estoy y estamos aquí, por la importancia y el significado, que tiene la realidad medio ambiental y la reflexión por la sostenibilidad del planeta hoy amenazado, debido principalmente al embate de un modelo extractivista agresivo y depredador, que está poniendo en jaque al mundo y a la humanidad como un todo, realidad señalada con vehemencia por el papa Francisco en su encíclica “Laudato Si”, de la que nos ocuparemos.

Para comenzar diría, que frente a un cierto pesimismo, incredulidad o escepticismo existente hoy en la sociedad en general y al interior de la comunidad eclesial, debido a nuestro realidad actual y particularmente, al horizonte que nos espera, es justo, reconciliarnos con la Iglesia y con Francisco, - siendo el primer Papa en dedicar una atención prioritaria a la crisis ecológica o como él mismo la llama, al desafío urgente de proteger nuestra “casa común” (LS: 13) -, al habernos regalado ese magnífico texto de la “Laudato Si”, que con una concepción global de la ecología, transciende el cuidado del medio ambiente, para ir más allá, en todo lo que tiene que ver con el bienestar de los seres vivos, de la justicia y de los pobres.

Francisco con su encíclica, le da un gran giro al discurso ecológico, pasando de la ecología ambiental a la ecología integral, holística o sistémica, en la que se incluye: lo ambiental, lo económico, lo social, lo cultural, lo educacional, lo espiritual, lo ético, lo mental y la vida cotidiana. La encíclica, no pretende apenas una “conversión ecológica”, va aún más lejos, ya que pone los fundamentos de una espiritualidad ecológica, lo que será ciertamente el meollo de mi ponencia.

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Fotografía: Flickr - Galo Naranjo. Licencia Creative Commons.

Por el título de la ponencia, es claro que el núcleo de la misma es la ECOLOGIA INTEGRAL, que como concepción en el marco de una visión profética, no solo es una de las grandes novedades del pensamiento del Papa Francisco y de la encíclica, sino también, del magisterio de la Iglesia en su larga tradición y aún más, de la reflexión actual sobre la ecología en el mundo y en la sociedad moderna, convirtiéndose, en una contribución fundamental, para el debate actual en torno a estos temas tan vitales.

Aunque son muchos los temas que se pueden desarrollar en torno a la encíclica y a la ecología integral, quisiera señalar, que no pretendo hacer una disertación sobre la misma,  más bien, me esforzaré por apuntar o hacer algunas consideraciones, que tienen que ver más, con la relación estrecha que puede existir, entre la propuesta de ecología integral del Papa Francisco y la espiritualidad ignaciana y en concreto, con el texto y el espíritu de los EE, entendidos como un proceso. Haré un mayor énfasis, tanto en el texto que abre los EE, el “Principio y Fundamento”, como el que los cierra, la “Contemplación para alcanzar amor”, los cuales, a mi manera de ver, abrazan desde cosmovisiones diferentes el texto completo de los EE.

El modelo o sistema dominante

Iniciemos por dar una mirada rápida a la realidad como lo hace la encíclica. Asistimos a un gran deterioro socio-ambiental y las consecuencias ya las experimentamos: contaminación del aire, perdida de la biodiversidad, cambio climático, deforestación, disminución de las fuentes de agua, empobrecimiento de los suelos, extinción de las especies, disminución de la capa de ozono, y otros males que afectan fundamentalmente a los más pobres (LS: 48).

Para el Papa, no hay dos crisis separadas, una ambiental y otra social, sino una única y compleja crisis socio-ambiental. La voracidad del sistema productivista y consumista, produce dos injusticias, una ecológica, degradando los ecosistemas y la otra social, llevando a la miseria a millones de personas. El actual modelo de desarrollo, que ha producido una cultura del consumo basado en la explotación ilimitada de los bienes naturales, sin ningún cuidado, no es sostenible, ni viable y aún más, nos ha llevado a perder tanto la conexión con el todo y su origen, como con la comunidad de vida.

Desafortunadamente, el sueño de la modernidad ha sido el del “progreso” indefinido, traducido en crecimiento económico (LS:141). Un desarrollo tecnológico y económico, cuyo resultado haya sido maximizar los lucros de unos pocos, degradar la naturaleza, no haber mejorado la calidad de vida de manera integral y no haber cimentado un mundo más justo y más humano, no se puede considerar progreso (LS: 195). A decir verdad, somos presas de un sistema, que mira el planeta únicamente como una fuente de recursos capaz de multiplicar las ganancias.

En este sentido, el Papa, sin enunciar la palabra “capitalismo”, rompe con los pilares del mismo, en su descripción de la realidad a la que nos enfrentamos. La encíclica, por un lado, es una denuncia contra el modelo de desarrollo dominante, que nos ha llevado a un alto grado de deterioro ambiental, poniendo en riesgo la sobrevivencia de la humanidad y es al mismo tiempo, un llamado a un cambio radical. Si queremos salvar la tierra y la humanidad, es necesario tener otro paradigma como referente.

Cosmovisiones presentes en los EE.

Podríamos decir, que las meditaciones del “Principio y Fundamento” y la de la “Contemplación para alcanzar amor” de los EE. a las que me he referido en mi introducción, están marcados por dos cosmovisiones, las cuales reflejan el pensamiento actual sobre la ecología y a las cuales el Papa se refiere en su encíclica, aunque él en la misma, no haga directamente una alusión al texto de los EE.

La primera cosmovisión, la vemos reflejada en el “Principio y Fundamento”, más de tipo antropocéntrica, ya que el acento es colocado en el hombre, creado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios y con eso salvar su alma y las demás cosas, son creadas en función del hombre para lo cual fue creado. Esta mirada, que de alguna manera, ha impregnado fuertemente nuestra cultura occidental dominante, mal comprendida y que ha terminado por distorsionar lo que realmente debe ser nuestra relación con en el entorno y sus criaturas, parte del principio, de que todas las cosas se ordenan al uso humano, olvidándonos, de que cada ser, siendo único en el mundo, posee un valor intrínseco en su alabanza al Dios creador. Es una concepción, que imagina que el ser humano es todo, el comienzo, el medio y el fin de todas las cosas. Lo separa de la naturaleza, lo disocia, lo divide y lo atomiza, no sintiéndose parte de ella y se sobrepone a ella, como forma de dominación, rompiendo así con la fraternidad universal.

En este sentido, podríamos decir que este enfoque concebido de una manera más radical, no coincide con la mirada de San Ignacio, en la que la creación a la que se refiere en el “Principio y Fundamento” - y no solo en este texto -, es el lugar donde la redención se da y donde se tiene la experiencia de Dios (EE. 110-117). La creación, es un acto salvífico y fundacional y  no un mero telón de fondo o  escenario de esta.

En una sana comprensión del “Principio y Fundamento”, se nos pediría, que discernamos nuestra relación con la creación y seamos “indiferentes” en términos ignacianos, es decir, que desarrollemos una libertad interior, para ver las cosas creadas en su relación con nosotros como creaturas y en su relación con Dios, en función del bien común de la humanidad.

La segunda cosmovisión, es más de tipo cosmocéntrica y es la que vemos reflejada en la ”Contemplación para alcanzar amor” (EE. 230-237), la cual, corresponde más a la visión bíblica y que se expresa claramente en la encíclica, en la cual, el ser humano se comprende más como parte de la tierra y de la creación, en estrecha relación con las criaturas que integran el universo planetario. La interpretación de Gen 2,15 en relación a la tarea de Adán, el hijo de la tierra, es la de labrar y cuidar, es decir, trabajarla y custodiarla, que podría entenderse también como: proteger, servir, preservar, vigilar y guardar, acción sagrada del culto o del cultivo de Dios.

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Fotografía: Flickr - Galo Naranjo. Licencia Creative Commons.

Al hacer los EE, tomando conciencia del pecado y haciendo la experiencia del misterio pascual de Jesucristo, podemos sentirnos profundamente “amorizados”. En este sentido, San Ignacio, nos propone el ser capaces de contemplar la creación con otros ojos: “Mirando como Dios habita en las creaturas, en los elementos dándoles ser, en las plantas vegetando, en los animales sintiendo y en los hombres entendiendo” (EE. 235) o viendo como…, “todos los bienes y dones descienden de lo alto… como del sol descienden los rayos, de las fuentes las aguas… “ (EE. 237). De ahí, que nuestra tarea sea la de colaborar con el creador y por lo mismo, dignificar toda creatura, en lo que el Papa Francisco denomina, el orden del amor, siendo que cada creatura es objeto de la ternura del Padre.

El concepto teológico principal en la encíclica es el de creación y no tanto de naturaleza: “Para la tradición judío-cristina, decir “creación” es más que decir naturaleza, porque tiene que ver con un proyecto del amor de Dios donde cada criatura tiene un valor y un significado. La naturaleza suele entenderse como un sistema que se analiza, comprende y gestiona, pero la creación solo puede ser entendida, como un don que surge de la mano abierta del Padre de todos, como una realidad iluminada por el amor, que nos convoca a una comunión universal”(LS:76). Creación es expresión de un acto de amor: “Dios es el soberano amante de la vida”, como nos dice el Salmo 11. Dios no solo crea, sino ama lo que crea y cuida de la creación, encargando al ser humano de hacerse cargo (Ellacuria) del cuidado del mundo.

“Laudato Si”, es una invitación a toda la humanidad para que tomemos conciencia de que la relación del ser humano con la naturaleza, es un elemento constitutivo de su identidad. La encíclica, reconoce la dimensión agónica en que vive la creación y apunta a nuestra responsabilidad en relación a la tierra y a los seres creados. Esa creación atravesada por el pecado, nos pide una actitud de cuidado y desvelo, para que pueda continuar siendo la “casa común” que Dios desea.

Intentando explicitar esta visión más cosmocéntrica de la “Contemplación para alcanzar amor”, que es la que Francisco recalca, desde una mirada que integra, podemos señalar dos características de la misma: la primera, es la visión integradora de la espiritualidad ignaciana, al  concebir lo creado como don (EE.234) y la segunda, es la presencia amorosa del creador, que habita y opera en lo creado, es decir, en todo y en todos (EE.236), lo que de otra manera, solo es posible apreciar y reconocer, desde la mística y la contemplación, pero sobretodo, desde la experiencia única y profunda del amor de Dios en nosotros y en todas sus creaturas.

San Ignacio nos invita a buscar el “conocimiento interno” con el fin de afectarnos apasionadamente, viendo la creación como la obra amorosa del creador, como Dios la mira con toda su diversidad y sus contradicciones (EE 102-106), para ser redimida desde la encarnación recreándola (EE 107). Por ello, la meditación o contemplación de la encarnación en los EE, a mi manera de ver, nos ofrece una clave muy importante en la manera como nos deberíamos acercar a la vida de Jesús, ya que no es un Dios pasivo, por el contrario, es un Dios activo, que mira y contempla la realidad desde abajo, se compadece con los últimos y actúa en solidaridad con ellos.

Como nos lo expresaba José Alejandro Aguilar sj, en un SIMPOSIO anterior del CIRE, en su ponencia sobre la “Contemplación para alcanzar amor”, San Ignacio, entiende esa acción inmediata de Dios, como una acción de Dios en la creatura, y también, como una acción de la creatura en Dios. No es solamente Dios quien me afecta, yo también afecto a Dios. El Creador actúa en la creatura y la creatura en el Creador. Dios es afectado por nuestro amor o por nuestra falta de amor a los otros, a los últimos y a la creación.

En la “Contemplación para alcanzar amor”, San Ignacio pide al ejercitante que considere de qué modo Dios habita y opera en la creación, haciendo de nuestra existencia una actitud generosa de cuidado y sanación de la creación. La presencia divina concede a cada realidad lo más propio de su identidad, las cosas nos remiten a Dios. La realidad está cubierta del misterio sagrado de Dios y de su encanto en su maravillosa obra.

No hay duda, que San Ignacio en la iluminación del Cardoner, percibe una nueva profundidad en la realidad, al ver las cosas de siempre con un significado diferente, pues todas ellas le hablaban de la presencia y de la actividad de Dios, atravesadas por un amor creativo y activo. En palabras de Patxi Alvarez sj: “Ese amor produce belleza y armonía, genera vida y bondad, estimula la generosidad, contribuye a preservar y resistir, despierta la indignación, mueve a la compasión, crea amistad y familia. Todo eso es fruto de ese amor fecundo que viene de Dios”.

Encontrar a Dios en todas las cosas en esa experiencia del Cardoner, es para San Ignacio, descubrir la bondad de la creación. Recordando los escritos del P. Ribadeneira, San Ignacio cuando observaba las estrellas, maravillado, se le salían las lágrimas o cuando al ver una pequeña planta, hierba o pequeño animal contemplaba y levantaba los ojos al cielo, penetrando en lo más íntimo y remoto de los sentidos. Francisco, de otro modo y de otra manera, nos dice al inicio de su encíclica, que el mundo más que un problema a resolver, es un misterio gozoso que contemplamos con jubilosa alabanza (LS: 12).

Sin embargo, tenemos el peligro frente a la creación como nos alertaba también José Alejandro Aguilar sj., de quedarnos en el disfrute estético o en la lamentación de la problemática ambiental. Asumir una actitud equilibrada y propositiva, es captar la presencia del Dios que habita y trabaja en el mundo, desde los esfuerzos y horizontes que nos trazamos, pues una de las tentaciones que tenemos, cuando nos enfrentamos a desafíos enormes, es convertir la espiritualidad en un refugio, o en una fuga del mundo y al querer huir de la  problemática y las contradicciones de nuestra realidad, apartamos del Dios que labora en las cosas y a quien le duele el mundo.

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EL “Amar a Dios en todas las cosas y todas las cosas en Dios” o el “En todo amar y servir”, lo podemos entender en San Ignacio, como un movimiento, como lo que me saca de mí mismo, pues no hay amor de Dios, que no sea también amor a todas las cosas. Es un acto no solo de contemplación, en sentido estricto, sino fundamentalmente de comunicación recíproca, de acción de gracias, de entrega y de reconciliación. En palabras del Papa Francisco: “Si bien esa contemplación de la realidad en sí misma, ya nos indica la necesidad de un cambio de rumbo y nos sugiere algunas acciones, intentemos ahora delinear grandes caminos de dialogo que nos ayuden a salir de la espiral de autodestrucción en la que nos estamos sumergiendo” (LS: 163)

“Conversión ecológica” y ruptura con el paradigma tecnocrático y antropocéntrico, que apunta hacia una visión de ecología integral centrada en el cuidado.

En consonancia con el proceso de los EE, después de contemplar lo que da fundamento a lo que somos, en una relación estrecha con el Creador, nuestro propósito, al conocer el mal que hemos producido o infligido a la creación, debe ser el de una “conversión ecológica” y por lo mismo, en términos de la encíclica, en un cambio de paradigma (LS: 216, 217, 219). Dicho cambio o transformación, no se agota en una conversión individual, sino que va allá, al considerar una conversión comunitaria, social y política (LS: 219).

Para Francisco, la crisis ecológica, reside fundamentalmente en lo que se ha denominado la tecnocracia, una especie de dictadura de la técnica, que ha pretendido resolver todos los problemas ecológicos y no solo  ellos. Vinculado a ello, la encíclica, aborda el antropocentrismo, como siendo el paradigma dominante hasta ahora, al cual nos hemos referido y el cual, se rige por la razón técnica.

Dicho antropocentrismo, ha tenido como resultado: el subyugar y dominar a los pueblos, agredir la naturaleza (LS 108-109) y acumular riqueza y poder, en función del llamado progreso,  medido por criterios puramente materiales. Ha sido un antropocentrismo, que de otro modo, reservó el sentir y el afectarse a un lugar secundario, arguyendo y endiosando la razón y la pretendida objetividad del conocimiento científico y por lo mismo, perdiendo su compasión frente al sufrimiento humano y al de la creación.

Contra la globalización del paradigma tecnocrático y antropocéntrico, Francisco, plantea un nuevo paradigma: EL CUIDADO DE LA “CASA COMUN”. No es únicamente un cambio de foco hacia lo ecológico, y en eso, no nos podemos equivocar, es fundamentalmente, un cambio de paradigma, referido a la concepción global y a la constelación de creencias y valores.

Descubrir que nuestra casa, es la casa de todos o la “casa común”, nos plantea el desafío de comprender que las relaciones deben ser de responsabilidad y de solidaridad. El Papa al invitar al cuidado de la “casa común”, no recurre a la noción individualista o incluso social de los derechos, sino a la tradición viva de la Iglesia, en quien por excelencia, fue ejemplo de cuidado de quien es débil o de una ecología vivida con alegría y autenticidad, como fue la de Francisco de Asis (LS: 10).

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Requerimos por lo tanto, de una conversión ecológica y una espiritualidad renovada de características personales y comunitarias, que se debe expresar en la cultura del CUIDADO (LS: 216, 217, 219). Si la sostenibilidad como tal, representa el lado objetivo de la gestión y distribución de los bienes, el cuidado, que para San Ignacio, podría ser perfectamente el afectarse, denota el lado subjetivo de valores éticos y espirituales que deben acompañar nuestras prácticas.

Dentro de todos los seres, solo el ser humano podrá ser el cuidador y responsable de la “casa común”, de la tierra y su misión. No será el señor, el rey, el dueño o el soberano, sino el  hermano, el huésped, el cuidador o el guardián.

Aquí, el cuidado, no puede ser simplemente un concepto, solo es efectivo y  concreto, si logra tener sus raíces profundas en la realidad. Hoy, el afecto, la compasión y la pasión por la tierra ganan terreno, siendo la única manera y condición de posibilidad de movernos para salvar la vida, curar las heridas producidas, e impedir todo tipo de catástrofes ecológicas y ambientales.
    
El cuidado de las personas, de las sociedades y de la naturaleza será la actitud más adecuada e imprescindible para la nueva fase de la historia de la humanidad y de la propia tierra. Necesitamos un cambio de rumbo y de mentalidad. Necesitamos, recapacitar, reconciliarnos y modificar nuestras actitudes y prácticas, en el espíritu de la primera semana de los EE.

Desafortunadamente como nos dice Leonardo Boff: “no acumulamos las energías espirituales para enfrentar con éxito la crisis ambiental, creamos por el contrario, una civilización materialista, individualista, mecanicista, dualista y hostil a la vida, el don más precios que nos ha proporcionado el creador”.

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Sin embargo, la actual crisis ecológica, no será resuelta por medios meramente científicos, técnicos o políticos nos dice el Papa, y aunque puedan ser indispensables, es preciso, una “conversión ecológica”, una “metanoia” y una nueva espiritualidad, que implica arrepentimiento, cambio mental y de corazón, nuevas actitudes y por lo mismo, un cambio de paradigma.

Volviendo a la contemplación de la encarnación, podemos decir, que la invitación a unirse a la Bandera de Cristo (EE.136) e intentando hacer una relación con la encíclica, dentro de esta perspectiva, es una llamada a una “conversión ecológica” profunda, a una pasión por el cuidado del mundo, a un nuevo estilo de vida, a la simplicidad, a la sobriedad, a nuevos modelos de producción y consumo, a la corresponsabilidad colectiva y por ultimo y menos importante, a descubrir a Dios en la creación.

Necesitamos apuntar no a desarrollos alternativos, sino a alternativas al “desarrollo”, en un horizonte de lo que se ha denominado el “buen vivir”  (sumak kawsay). Mamani, uno de los que más han descrito y trabajado el concepto del “buen vivir”, desde la sabiduría de los pueblos originarios y que nos conecta con el deseo de vivir una espiritualidad renovada, lo ha expresado de manera original en saberes: saber soñar, dar y saber recibir, alimentarse sanamente, beber, danzar, dormir, trabajar, meditar, pensar a partir del corazón, amar y dejarse amar, escuchar, hablar bien y caminar.

Esta aspiración al “buen vivir”, posee en su seno, una clara dimensión espiritual, desde una visión holística, armónica e integradora del ser humano, en profunda comunión y solidaridad con la Pacha Mama (tierra) y con los valores que la acompañan.

Se trata de apostarle a otro estilo de vida, que supere el mecanismo consumista impulsivo: “Cuando las personas se vuelven autorreferenciales y se aíslan en su propia conciencia, acrecientan su voracidad. Mientras más vacío está el corazón de las personas, más necesita objetos para comprar, poseer y consumir” (LS: 204).

Con todo, lo nuclear en la Encíclica, es afirmar que todo es relación y que todos los seres estamos entrelazados (LS: 92,115,120), es decir, que hacemos parte de un todo y que existen una serie de relaciones que son indispensables para existir, subsistir y continuar en este mundo, donde nada existe fuera de la relación, derivándose de un dato teológico en el Dios trino, como relación eterna y simultanea entre las tres personas divinas: “Todo está relacionado y todos los seres humanos estamos juntos como hermanos y hermanas en una maravillosa peregrinación, entrelazados por el amor, que Dios tiene a cada una de sus criaturas, y que nos une también con tierno cariño, al hermano sol, a la hermana luna, al hermano rio y a la madre tierra” (LS 92).

Todo ello, supone necesariamente, redefinir lo que entendemos comúnmente por crecimiento o progreso. Como nos decía Teilhard de Chardin : “el progreso de la humanidad se mide por el aumento de la sensibilidad hacia el otro” y no propiamente, por el crecimiento económico, como nos lo han querido hacer creer los grandes economistas.   

Hacia una “espiritualidad ecológica”.

Desde la encíclica, se propone un cambio de perspectiva, liberándonos del paradigma tecnocrático, que nos permita ver la realidad de otra forma, abordándola desde una mirada integral (LS:137), orientando la técnica, limitándola y colocándola al servicio de otro tipo progreso, más sano, más humano, más social y más integral (LS: 112).  

Como humanos, somos los únicos seres de la creación capaces de plantearnos la capacidad de poder vivir una espiritualidad, que de sentido a nuestras vidas, que se responsabilice por el destino de los demás seres vivos, estableciendo una relación de “biofilia”, es decir de amor y sensibilización. Podemos ser hostiles a la vida, oprimir y devastar, pero también, podemos guardar y proteger la vida, allí donde ella esté amenazada.

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Leonardo Boff en su libro del “Cuidado necesario”, - que para mí ha sido de gran inspiración y que entra de lleno en dialogo con la encíclica, aun habiendo sido publicado algunos años antes de la misma -, nos habla de las características de aquel o de aquella, que cuida del espíritu, entendiendo, que nos interesa referir, no solo las características de la espiritualidad renovada, sino también las de nosotros, como sujetos. Boff lo describe, como alguien, en permanente actitud de apertura, capaz de abrirse al misterio del mundo y a la trascendencia, en comunión y relación con el todo y con Dios, con quien dialoga y lo siente en su corazón,  libre, con capacidad de amar, compadecerse y perdonar.

Desde la encíclica y en consonancia con la espiritualidad ignaciana, esa espiritualidad que se nos plantea como desafío, no tiene que ver con “doctrinas”, ni tampoco consiste apenas en cuidar de nuestra vida interior, se trata más bien, de “una mística que nos anima”, con unos “móviles interiores que impulsan, motivan, alientan y dan sentido a la acción personal y comunitaria” (LS 216). Espiritualidad no es pensar a Dios y si sentirlo presente y actuante como nos lo describe tanto el “Principio y fundamento”, como la “Contemplación para alcanzar amor”, que producen en nosotros, un deseo grande de vivir y de recrear continuamente el sentido de existir.

En palabras también de Leonardo Boff: “Ser espiritual, es despertar a la dimensión más profunda que está en nosotros, que nos hace sensibles a la solidaridad, a la cooperación, a la compasión, a la fraternidad universal, a la justicia para con todos, a la veneración y al amor incondicional”.

Que podemos decir de lo que sería propiamente una “espiritualidad ecológica” desde la encíclica, es decir, cuál debería ser el ESPIRITU que nos debe guiar en esta búsqueda. Para Francisco, esa espiritualidad supone: una pasión por el cuidado del mundo (LS: 216), la formación de redes comunitarias (LS:219), una profunda conversión interior y ecológica, que brote del encuentro con Jesucristo, siendo El, quien renueva la relación herida entre Dios y las criaturas (2 Cor, 5,17 - LS: 217). Todo lo anterior, implica: gratuidad, reconocimiento del mundo como don recibido del amor del Padre y una amorosa conciencia, de no estar desconectado de las demás criaturas (LS:220), lo que a su vez, se debe reflejar en un crecimiento con sobriedad y simplicidad (LS:222), en paz y armonía, en capacidad de convivencia y en comunión con la creación (LS:228).

Desde otra perspectiva, las características principales de la “espiritualidad ecológica” en la encíclica son de: reconciliación con la creación, contraria al consumismo, capaz de cuidar de la naturaleza y del bien común, contemplativa, de profundo sentido comunitario, ciudadana y política, eucarística, trinitaria y mariana.

“Espiritualidad ecológica”, seria toda actitud y actividad que favorece la expansión de la vida, la relación consciente y la comunión abierta a la subjetividad profunda y a la trascendencia, entendida también, como la contemplación y aproximación mística del mundo, con la energía de quien se inclina responsablemente en el cuidado de las demás criaturas, que era aquello que Teilhard de Chardin llamaba: MEDIO DIVINO, en el cual existimos, respiramos y somos lo que somos.

No podemos quedarnos únicamente en una contemplación mística de la bondad de la creación, ni perder la actitud de estupor y compasión, ella nos debe doler. Se nos pide, solidarizarnos no solo con la pasión y la muerte de nuestros hermanos y hermanas, rostros vivos del Señor, sino también con la pasión y muerte de tantos y tantos seres vivos. De manera profética, el Papa incluye a los pobres desde sus gemidos o  clamores, unidos a los de la tierra. Por ello, el concepto de “ecología integral” y de la “espiritualidad ecológica# es tan rico, pues logra unir el grito de los pobre con el grito de la tierra, a sus agresiones o amenazas y nos ayuda a vivir el momento presente, ante las urgencias que nos acosan.

Una espiritualidad ecológica, es también la toma de conciencia de que somos una familia y una comunidad universal, unidos por lazos invisibles, habiendo sido creados en un gesto de gracia infinita por un Dios, que nos mueve a un respeto sagrado, amoroso y humilde. Y es ahí, donde está el gran acierto o novedad de la visión ecológica de la encíclica, donde naturaleza y sociedad y todas las cosas, están integradas en un gran todo, en el cual nos movemos y somos (LS: 139).

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Fotografía: Flickr - Galo Naranjo. Licencia Creative Commons.

Cuidar el planeta o la tierra, base de una espiritualidad renovada, a la que nos llama Francisco en el último capítulo de su Encíclica, significa, según Leonardo Boff entre otras cosas: mantener las condiciones mínimas vitales preexistentes desde hace millones de años para la continuidad de la tierra, preservar los ecosistemas y entender su singularidad y su relación sistémica, asegurar los bienes y servicios que ella nos suministra y provee: aire, agua, ríos, lagos, océanos, nutrientes, semillas, paisajes, etc,- que no pueden ser privatizados -, es también, cuidar de la diversidad, de los paisajes, del esplendor y belleza de la naturaleza, cuidar de sus culturas, lenguas, arte, ciencias, religiones, bienes culturales, cuidar también de los sueños que ella suscita en nosotros y por último, no perder de vista, que cuidar es asumir el hecho de que somos tierra, que siente, piensa, ama, cuida y venera y se reconoce como portadora de la divinidad y del misterio del universo y por último, y en definitiva, es cuidar del templo en el cual el Dios comunión: Padre Hijo y Espíritu Santo, estableció su tienda entre nosotros y la eternizará haciéndola parte de su inefable realidad.

Desde una perspectiva ecuménica en la búsqueda de esa misma espiritualidad ecológica, quisiera referirme a una tesis doctoral de un brasileño, Paulo Agostinho Baptista, que analiza la articulación existente entre ecología y liberación en la obra de Leonardo Boff y que apunta a una visión integradora, que la califica como una teología “teoantropocosmica”, que a mi manera de ver, nos da una clave muy interesante, de respuesta a lo que sería una nueva teología espiritual y por lo mismo, a una espiritualidad ecológica, cuando nos dice: “Puede afirmarse, que el paradigma ecológico, siendo un paradigma teológicamente interactivo, amplia el significado de liberación, abriendo  el dialogo de la transformación histórico-social y del cambio económico-político con la ecología, interactuando así mismo, con la Teología del pluralismo religioso, pues su fundamento es dialogal, integrador, “teoantropocosmico”, buscando “re-ligar” todo y todos, en una fraternidad cósmica, superando todo irrespeto a la creación y a la vida”

La esperanza en el resucitado

Como la canción bien conocida de Fito Páez: Quien dijo que todo está perdido? Yo vengo a ofrecer mi corazón, cantada bellamente por Mercedes Sosa: “No todo está perdido”, el Papa no pierde la esperanza: “Sin embargo, no todo está perdido, porque los seres humanos, capaces de degradarse hasta el extremo, también pueden sobreponerse, volver a optar por el bien y regenerarse más allá de todos los condicionamientos mentales y sociales que les impongan”(LS 204)

Según la encíclica nuestra tarea inicial es saber escuchar los gemidos de los pobres y de la tierra (LS 49). Desde los EE, en la  segunda y tercera semana, nos  encontramos con las contradicciones del mundo y los dolores de la pasión, que solo se redimen desde la encarnación profunda y encuentran su respuesta y esperanza en el resucitado.  Solamente el paso por el tamiz mesiánico de la nueva creación, inaugurada con la encarnación, vida, pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, nos permite dar testimonio del resucitado afirmando que el mundo es gracia, don y amor.

La experiencia del resucitado es la experiencia del amor de Dios que impregna todas las cosas y las demás personas. Con Patxi Alvarez sj, podemos afirmar que: “La esperanza es la consecuencia de confiar en la efectividad del dinamismo del amor que lo habita todo. Estamos invitados a colaborar con ese Dios creador de novedad, para generar escenarios inéditos de justicia y dignidad para todos y de respeto y cariño por la creación… Somos verdaderos cocreadores necesarios en la acción de Dios por la vida”.

La CG XXXV

Una palabra sobre la última Congregación General. La CG XXXV (D3 nn 12 y 18), introduce para nosotros jesuitas la idea de reconciliación en su triple dimensión de: reconciliación con Dios, con los demás y con la creación en el díptico Fe-Justicia. De esta manera, se incorpora la dimensión ecológica en el corazón de la misión de la Compañía de Jesús en el servicio a la fe y la promoción de la justicia. No es posible establecer una relación justa y reconciliada con Dios y con los demás seres humanos, sin una justa relación con la creación. La relación con la creación debe ser entendida, como consecuencia de nuestro compromiso con la fe y la justicia y por ello, necesitamos de una “conversión ecológica”, un cambio de corazón, entendido como cambio interior, de actitud, de rutina, de lenguaje, de hábitos, de comportamientos, de prácticas y  de costumbres, entregando, como nos lo dice Ignacio, toda nuestra libertad, nuestra memoria, nuestro entendimiento y toda nuestra voluntad al Dios creador de todo y de todos.

Para terminar, quiero hacer un especial reconocimiento a nuestros hermanos campesinos y particularmente a los indígenas, de quienes me siento más cercano ahora desde la Amazonia y que  el Papa nos los propone como los principales interlocutores (LS: 146), quienes siempre, han tenido una relación de respecto y de cuidado con la madre tierra. La encíclica, exalta las concepciones de los pueblos indígenas en su relación con la naturaleza y denuncia la expropiación de sus tierras, en función de proyectos de explotación y extracción con miras al lucro. Ellos han sido los verdaderos cuidadores de la tierra. Son ellos quienes nos dan hoy las grandes lecciones y nos llaman a la “conversión ecológica” y a renovar nuestra espiritualidad.

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