Incidencia de los accionistas o cooptación?

Leonard Chiti, S.J.: "Participar en actividades empresariales, ¿contraría los principios de la Doctrina Social de la Iglesia?"

En 2016 fui elegido jefe de una delegación que debía realizar dos viajes de negocios al extranjero en representación de una gran empresa gubernamental con intereses en varios sectores comerciales. Esto ocurrió a raíz de mi nombramiento como miembro del consejo de administración de esa misma empresa.

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Leonard Chiti, S.J. (ZAM)

Encabezar una delegación de negocios encargada de realizar las diligencias necesarias para invertir en una iniciativa empresarial puede parecer contradictorio con mi preparación y formación como activista anticapitalista. Después de todo, que una persona que ha estudiado y se ha formado para asumir la posición de los pobres participe en las prácticas empresariales podría ser considerado una traición a la gente con y para la que uno tiene intención de trabajar. La opción por los pobres es parte importante de la Doctrina Social de la Iglesia católica y exige a todo aquel interesado en promover la justicia social que adopte una posición en defensa de los pobres. Es posible que participar en la exploración de oportunidades de inversión para una empresa no parezca a primera vista una forma de optar por los pobres.

Así pues, ¿qué opinión merece el hecho de que un sacerdote católico encabece una delegación comercial de una empresa privada con el cometido de realizar las diligencias necesarias para abrir oportunidades de inversión? Participar en actividades empresariales, ¿contraría los principios de la Doctrina Social de la Iglesia? ¿Podría entenderse esto como una forma de alinearse con los poderes y las fuerzas que perpetúan la injusticia y la pobreza? ¿Podría ser que el sistema haya cooptado a este sacerdote para silenciarlo? Antes de abordar estas preguntas, permítaseme ofrecer un breve trasfondo del trabajo que he estado realizando hasta ahora.

Preparación y formación hacia el anti-neoliberalismo

Ya durante el noviciado, manifesté al provincial de entonces mi interés por implicarme en la obra de promoción de la justicia social. El provincial dio su aprobación y me recomendó que empezara a prepararme ya para esta clase de trabajo. En las primeras fases, esto comportó elegir en los estudios de filosofía y teología asignaturas y seminarios que pudieran ayudarme en la preparación para esta misión. En el magisterio, fui asignado a un centro social como parte del proceso de formación para ese mismo objetivo: prepararme para el trabajo en el área de la justicia social. Poco después de mi ordenación, cursé estudios de posgrado en ciencias del desarrollo en una universidad famosa por su “oposición” al neoliberalismo.

A lo largo de todo estos estadios de capacitación profesional y formación jesuita adopté una posición anti-neoliberal como punto de partida con el fin de insertarme en el mundo de la promoción de la justicia social. Las políticas económicas neoliberales apuestan por la mínima implicación gubernamental en las actividades económicas con objeto de propiciar que las fuerzas de mercado rijan la economía. Esto suele implicar desregulación de los mercados, reducción del control de precios, privatización de empresas de propiedad estatal y otras políticas similares que crean un ambiente propicio para que prosperen los negocios y empresas.

En aquella época estaba de moda entre los jesuitas de numerosas partes del mundo manifestarse en contra de la globalización y participar en encuentros y seminarios cuyo objetivo era denunciarla. Parte de la motivación para ello procedía del adverso impacto de las políticas económicas neoliberales apoyadas por el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y el Departamento del Tesoro de los Estados Unidos (el llamado Consenso de Washington). En muchas partes del mundo en las que se implementaban estos paquetes de políticas, los ciudadanos comunes sufrían pérdidas de puestos de trabajo y tenían dificultades para acceder a bienes y servicios básicos que les habrían permitido llevar una vida decente.

Participé un par de veces en encuentros como el Foro Social Mundial para identificarme con -y sumar mi voz a- las fuerzas anticapitalistas. Así, por preparación y por trabajo, soy un activista anti-neoliberal. Desde que regresé a mi país, Zambia, he estado trabajando en nuestro centro social, el Jesuit Centre for Theological Reflection, JCTR, cuyo mandato consiste en trabajar para mejorar las condiciones de vida de las gentes de Zambia apoyando políticas gubernamentales que sacan a las personas de la pobreza y oponiéndose a las políticas que las condenan a ella. Sobre este trasfondo, se asume que las políticas económicas neoliberales perpetúan el sufrimiento humano y mantienen a las personas en la pobreza, ya que su motivación no es sino la maximización de las ganancias. Entonces, ¿cómo fue posible que haya terminado dedicándome a “promover” el mismo programa económico que me había preparado para denunciar y combatir? La respuesta no es tan directa. A continuación expongo algunas de las razones que están detrás de mi compromiso con lo que podría parecer un programa neoliberal.

Seminario de Doctrina Social de la Iglesia

En un reciente seminario sobre la Doctrina Social de la Iglesia celebrado en Nairobi, Kenia, uno de los ponentes nos recordó que el mercado -el gran símbolo del neoliberalismo- es un buen siervo, pero un mal amo. Esto implica que el neoliberalismo no es enteramente maligno o malo y que en el sistema hay elementos buenos que pueden ser rescatados y empleados en sentido positivo para crear riqueza y redistribuirla equitativamente. Además, se nos recordó que Adam Smith, cuando propuso su visión del capitalismo, asumió que el individualismo metodológico operaría en el marco de un sistema moral que se ocuparía de frenar los excesos asociados a la búsqueda de beneficio de un sistema económico liberal. Tal sistema ético o moral implicaba tener en cuenta el bien común, así como lo que hoy denominaríamos una opción preferencial por los pobres.

Sin embargo, con el paso del tiempo las consideraciones normativas y morales fueron excluidas de las actividades económicas y relegadas al ámbito religioso. Por tanto, es importante imponer algunas pautas normativas a la conducta de actores económicos inclinados a la maximización de ganancias, con el fin de asegurar que la riqueza creada por sus esfuerzos se redistribuya equitativamente, en último término, en beneficio de un sector más amplio de la sociedad. Por otra parte, como a menudo se nos ha recordado, el Estado tiene que desempeñar un papel clave en la promoción del bien común y, además de crear un ambiente propicio para los negocios, debe asegurar que los beneficios de los agentes económicos racionales que actúan por interés propio lleguen a todos. Esto me lleva ahora al punto en el que voy a intentar responder a las preguntas planteadas al comienzo de este artículo.

Incidencia de los accionistas

Hace varios años, a poco de comenzar a trabajar en el JCTR, asistí a un taller sobre incidencia. La incidencia constituye una función importante en una misión que consiste en “el servicio a la fe, del cual la promoción de la justicia es una exigencia absoluta” (CG 32, decreto 4). En el núcleo de la incidencia alienta el deseo de transformar las “condiciones inhumanas... en condiciones más humanas”. Con frecuencia la comprensión de la incidencia se ha limitado a las campañas públicas, la presentación de peticiones, el uso de materiales de información, educación y comunicación (IEC), tales como folletos, panfletos, etc. Otras formas de incidencia frecuentemente utilizadas por grupos de incidencia son el diálogo, el cabildeo (lobbying) y, en algunos casos extremos, el litigio.

El responsable del taller identificó una serie de formas en las que puede llevarse a cabo la incidencia. Muchos de nosotros estamos familiarizados con los métodos de incidencia recién mencionados, que son empleados comúnmente por numerosos grupos de incidencia en el mundo entero.

El JCTR y muchas otras organizaciones de la sociedad civil en Zambia llevan años utilizando los métodos puestos de relieve más arriba con diversos grados de éxito. Yo he participado en muchas de estas campañas de incidencia.

Otras formas de incidencia implican diálogo con partidos que tienen poder para introducir cambios. En el taller sobre incidencia, en el que participaron numerosos jesuitas de África, Asia Meridional y Asia Pacífico, todos estuvimos de acuerdo en que deberíamos explorar posibilidades de implicar a empresas con objeto de influir en las decisiones comerciales en beneficio de los grupos vulnerables y marginados. Todos nos comprometimos a mantener contactos con grupos de interés poderosos en nombre del pueblo.

Esta forma de incidencia no es tan común, pero sí bastante legítima y además puede resultar eficaz. En ocasiones adopta la forma de comprar acciones en una empresa privada con el fin de asistir a la asamblea general de accionistas que se celebra anualmente. He oído decir que esto ya se había practicado antes por jesuitas en algunas partes del mundo. Puede comportar incluso incorporarse al consejo de administración de una de tales empresas. Su finalidad consiste en influir en las decisiones de esa empresa en beneficio de la justicia y equidad social.

Con esto en mente, acepté ser miembro del consejo de dirección de uno de los vehículos potencialmente más poderosos para la reducción de la pobreza en Zambia. Creo que estoy en condiciones de influir en decisiones empresariales para que se tengan en cuenta cuestiones normativas y morales. En mis relaciones con hombres de negocios exitosos que pertenecen al mismo consejo de administración que yo, he descubierto que puedo ayudarles a incluir en las negociaciones empresariales cuestiones de justicia y equidad. De hecho, uno de los miembros del consejo es un buen católico y con frecuencia hablamos sobre nuestra fe y sobre cómo podríamos utilizarla para influir en el trabajo de este organismo. Espero ser capaz de ayudarle a tomar conciencia del papel de la Doctrina Social de la Iglesia en la configuración de la posición y perspectiva que uno adopta en las prácticas empresariales.

Sin duda, es demasiado pronto para saber si mis esfuerzos darán los resultados deseados. Como mínimo, en Zambia tenemos ahora una oportunidad de sentarnos al lado de los dirigentes de nuestras industrias y ayudarles a demostrar sensibilidad a las necesidades de sus hermanos y hermanas menos afortunados. Espero que podamos de hecho moldear nuestro “mercado” para que sea un instrumento de “promoción de la justicia” en Zambia, de suerte que todos podamos disfrutar de la riqueza que le ha sido donada a nuestro país por el Dios creador, quien dispuso los bienes de la Tierra tuvieran un destino universal.

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