Irrenunciables éticos sobre la justicia

La palabra justicia abarca la recta regulación del conjunto de los derechos y deberes de toda persona y de las sociedades. Esta visión personal, relacional y social es irrenunciable, así como los derechos humanos.

Bases fundamentales de la justicia

El fundamento de la justicia radica en la dignidad de toda persona humana sin discriminación de ninguna clase. La valoración de la dignidad humana es el resultado de un largo proceso histórico, no terminado, en el que esta dignidad se ha ido reconociendo tanto por el valor del ser humano en sí mismo, como por la necesidad de una convivencia que respete, promueva y realice su bienestar. Esta dignidad tiene su fundamente teológico en el reconocimiento de que todo ser humano es hijo/hija de Dios. La doctrina social de la Iglesia con mucha frecuencia fundamenta los derechos y deberes personales y sociales en esta dignidad humana querida y valorada por Dios en las diversas revelaciones (Compendio de la doctrina social de la Iglesia, capítulo cuarto).

Dimensiones de la justicia

La justicia tiene una primera dimensión que es la personal, que se ha señalado en el punto anterior. La segunda dimensión es la social, que abarca la familia, el mundo del trabajo y el económico. La tercera dimensión pertenece a las dimensiones de cultura, educación, sanidad y bienestar. Finalmente la justicia se extiende en la legalidad, la política y las relaciones internas y externas de las naciones que deben estar orientadas al bien común y a la preservación del “oikos” (casa común). La justicia ambiental se ha convertido en parte intrínseca e ineludible del debate amplio sobre la justicia en el siglo XXI.

La persona humana: sujeto pasivo y activo de justicia

Todo ser humano es sujeto pasivo, es decir tiene unos derechos que le amparan, promueven su desarrollo y el ejercicio de su libertad, como son: “tierra, techo y trabajo” en palabras del Papa Francisco; además de sanidad, educación, libertades sociales y políticas, práctica de la religión, etc.

A la vez es sujeto activo y responsable de unos deberes hacia los demás y la sociedad, especialmente de los más débiles, de forma que se espera su acción para el bien común. La persona está amparada por la justicia y debe promover la justicia y para la preservación de nuestro mundo para las siguientes generaciones.

Justicia conmutativa y distributiva

Llamamos justicia conmutativa a la que regula los intercambios de bienes, de servicios y todo género de prestaciones. Para el recto intercambio, la justicia conmutativa tiene presente el valor del trabajo, de los bienes, de las capacidades y prestaciones. Determinar estas valoraciones no es fácil, pero se logra mediante una estimación general en la que han de participar todos los actores. Llamamos justicia distributiva aquellas reglas de distribución y reparto equitativo de bienes y servicios por parte de diferentes instituciones sociales, y que tiene en cuenta la diversidad de situaciones y características especiales de los ciudadanos. Ambas justicias, conmutativa y distributiva, se expresan y realizan en las leyes que deberían tener siempre en cuenta el bien común.

Justicia legal y social

La ordenación concreta en orden al bien común en la sociedad se realiza en la llamada justicia legal, que es el conjunto de leyes, disposiciones y tratados que en una sociedad democrática deberían regir en orden al bien común, es decir al ejercicio de derechos y responsabilidades de todos los ciudadanos.

Esta suma de las tres dimensiones de la justicia, conmutativa, distributiva y legal se llama justicia social. Esta no es simplemente la suma de las tres sino que se abre a otras tantas situaciones, relaciones, culturas y modos que se dan en la sociedad, de forma que la dignidad humana sea respetada y la sociedad proteja y potencie el bien general.

La justicia y los últimos

Toda justicia tiene muy en cuenta los derechos de los pobres, los oprimidos, los excluidos… en una palabra, los últimos. Las legislaciones más antiguas de la Biblia son muy claras sobre el tema. No es que deba practicarse la caridad hacia ellos, que también es alabado en muchos escritos bíblicos, sino que es de justicia que los pobres encuentren legalmente una salida digna a sus necesidades más elementales. Bajo el nombre de pobres entendemos los económicamente pobres y todas las formas de pobreza, exceptuando aquella voluntaria o por abandono de las propias responsabilidades. La justicia legal para los pobres se fundamenta en la dignidad humana.

Las estructuras sociales y la justicia

Hay que tener en cuenta que nuestras sociedades están formadas por estructuras, generalmente muy complejas e incluso globales que actúan al servicio de intereses personales o de grupo. Las últimas encíclicas sociales han tratado este tema con mucha claridad y contundencia, no pocas veces ya bajando a lo concreto se ha definido a algunas estructuras como “estructuras de pecado”. Otras son legales que determinan realidades económicas injustas mediante leyes o disposiciones de obligado cumplimiento. También pueden darse convenios, pactos y prácticas que son unas estructuras en contra de los derechos de amplios sectores de la sociedad, cuando de facto pueden favorecer a los sectores poderosos.

Generalmente estas estructuras opresivas, injustas y de pecado suelen ampararse en leyes y disposiciones de unas determinadas políticas que no están al servicio del bien común sino de las minorías dominantes. Estas políticas son injustas y atentan a los derechos fundamentales de la humanidad. Se debería trabajar por la erradicación de dichas “estructuras de pecado” y las consecuencias de las mismas.

Los procesos hacia un mundo más justo

El mundo actual es cada vez más una ciudad global. Por tanto la acción de la justicia debe actuarse globalmente y ha de disponer de poder legal y coercitivo para que se eviten los desmanes de un capitalismo salvaje que produce que los pobres sean más pobres y los ricos más ricos. Así mismo hay que fomentar y trabajar en un orden justo de la economía global, los intercambios, las legislaciones sociales y al servicio de una política que haga llegar el bienestar a todos los miembros de una misma humanidad. Repetidamente las encíclicas sociales han hablado de la necesidad de un poder democrático mundial que vaya gestionando un mundo mejor para todos. Toda esta tarea de gran trascendencia para la sociedad actual y para el futuro es una demanda exigente de personas comprometidas, profundamente motivadas, que trabajen en coordinación desde diversos ámbitos para ir realizando un progreso en la línea de la justicia, la solidaridad, la atención a los últimos y la humanización de relaciones justas y equitativas.

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