Junto a San Romero de América: el gran comunicador

En el marco de la celebración del centenario de nacimiento de San Romero de América, el periodista y comunicador social salvadoreño, Oscar Antonio Pérez, expresa como para el beato la comunicación siempre tuvo poder.

... la radio fue una de sus pasiones. La radio se convirtió en el instrumento que lo acercaba a la gente sufrida, fue una de las formas de ayudar a las víctimas, de dar consuelo a las personas afligidas, desesperadas y perseguidas.

Lo conocí por medio de la magia de la radio, escuchando sus homilías dominicales. Desde ese momento entendí que la comunicación tiene poder. Cuando Monseñor Romero hablaba apoyado por la también martirizada Radio YSAX “La Voz Panamericana”, lo escuchaban los buenos y los malos, las víctimas y los victimarios. Su palabra diaria y sobre todo la dominical que la generaba desde Catedral Metropolitana, era fácil seguirla, pues el país entero la escuchaba como en cadena nacional ¡todo mundo sintonizaba la radio de Monseñor Romero!

Yo nací en Guazapa, un pueblo cercano a la capital salvadoreña. Recuerdo que ahí también Monseñor Romero era escuchado por todo el pueblo. Claro, no todo el pueblo estaba de acuerdo con él y con sus denuncias, sobre todo porque Guazapa fue un refugio de muchos “orejas”, que eran los informantes de los cuerpos de seguridad y la Fuerza Armada. Muchas de estas personas formaban parte de ORDEN, que era una organización paramilitar que tenía bajo su responsabilidad señalar, denunciar y hasta capturar y desaparecer a los catequistas y celebradores/as de la palabra. Muchos de ellos también tenían como misión investigar e informar sobre todo lo que hacían las religiosas del pueblo y los catequistas de la ciudad y el campo. Ahora también se recuerda que algunos de estos “orejas” son los que guiaron a uno de los escuadrones de la muerte –el Maximiliano Hernández Martínez- que fueron a incendiar el convento o casa cural de Guazapa. Por suerte, las religiosas Carmelitas de San José no habían dormido esa noche dentro del convento. Solamente hubo daños materiales.

Cuando ya tenía mi decisión de entrar al Seminario, pues quería ser sacerdote, Monseñor Romero llegó a Guazapa en una de sus visitas pastorales. Todo fue alegría y nadie se quedó en casa. Guazapa estuvo de fiesta durante su visita. Ahí lo conocí en persona por primera vez. Los jóvenes catequistas nos reunimos con él y nos contestó todas las preguntas inocentes y curiosas que le lanzamos. Recuerdo que cuando Monseñor Romero permanecía callado o escuchando a la gente, parecía más bien hombre tímido, pero cuando tomaba la palabra se transformaba. Sobre todo cuando su palabra era denuncia, anuncio y consuelo para un pueblo afligido, atropellado y martirizado. Eran ya tiempos difíciles en El Salvador, la guerra civil se anunciaba por la cantidad de personas asesinadas, desaparecidas, refugiadas, exiliadas y torturadas.

Durante mis días y años de seminarista menor en el San José de la Montaña confirmé lo que había observado meses atrás en mi pueblo Guazapa: Monseñor Romero parecía siempre un hombre tímido y de pocas palabras. Pero también confirmé que era ¡un gran comunicador! Por ello se le reconoció como “La voz de los sin voz”. Ciertamente, antes de ser Arzobispo, era también ya un hombre de radio, pues desde su tiempo de obispo en el oriente del país era ya un gran comunicador radiofónico. Con certeza puedo decir que la radio fue una de sus pasiones. La radio se convirtió en el instrumento que lo acercaba a la gente sufrida, fue una de las formas de ayudar a las víctimas, de dar consuelo a las personas afligidas, desesperadas y perseguidas.

En el Seminario San José de la Montaña nos reuníamos periódicamente con Monseñor Romero. Ahí estábamos los seminaristas mayores y los menores que pertenecíamos a la Arquidiócesis. Recuerdo que siempre buscó dos cosas en estos convivios: la primera, protegernos como el “papá a sus pollitos”, pues eran tiempos difíciles para la iglesia salvadoreña; y segundo, sentirse en familia, acompañado y apoyado, sobre todo porque sus hermanos de báculo y de mesa lo martirizaban permanentemente, ya que las acusaciones de comunista, izquierdista y subversivo estaban a la orden del día. Ahora la historia y la vida se ha encargado de otorgar un lugar a cada obispo, mientras Monseñor Romero es reconocido como un hombre bueno y santo, a otros de sus hermanos de báculo la memoria histórica los recuerda bendiciendo los helicópteros que donaba el gobierno de los Estados Unidos para que la Fuerza Armada fuera a bombardear y ametrallar al pueblo salvadoreño organizado. Así es la vida, ella se encarga de acercarnos o ubicarnos en el cielo o en el infierno, y eso lo vivimos aquí en la tierra.

A 100 años del nacimiento de nuestro San Romero de América puedo decir que la palabra se hizo carne en El Salvador y se llamó Oscar Arnulfo Romero, una palabra que siempre tuvo fuego para aquellos que torturaron a su pueblo y que también fue bálsamo para todo un pueblo sufrido que hoy lo recuerda como un hombre bueno y santo. Con seguridad puedo sostener que nuestro San Romero de América nos sigue acompañando en esta permanente búsqueda de esa tierra que da leche y miel.

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Fotografía: Oscar Antonio Pérez

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