La ruina de Venezuela no se debe al «socialismo» ni a la «revolución»

Este informe de Manuel Sutherland para Nueva Sociedad presenta un análisis económico de cómo llegó Venezuela a su profunda crisis, económica, social y política.

Más que una transformación socialista (o desarrollista), la economía venezolana vivió una masiva transferencia de renta hacia el capital importador y hacia una casta burocrático-militar que vive a costa de las arcas públicas mediante la sobrevaluación del bolívar y las importaciones fraudulentas para captar divisas a precios preferenciales. El proceso bolivariano ha sido más bien una variante del rentismo petrolero que ya se había registrado durante el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez (1974-1979). Antes que a las revoluciones socialistas clásicas, el proyecto bolivariano se parece a un nacional-populismo militarista.

Para pocas personas es un secreto que Venezuela sufre la crisis más profunda de su historia. Por cuarto año consecutivo, el país presentará la inflación más alta del mundo (estimada en cerca de 2.616% para 20171). En enero de 2018, la inflación alcanzó el 95% y la inflación anualizada fue de 4.520% (5.605% en alimentos, según la firma Econométrica)2. De este modo, el país ha entrado de lleno en la hiperinflación y ve con estupor cómo los precios suben a diario.

Venezuela posee además un déficit fiscal de dos dígitos (al menos por sexto año consecutivo), el riesgo país más alto del mundo, las reservas internacionales más bajas de los últimos 20 años (menos de 9.300 millones de dólares) y una tremebunda escasez de bienes y servicios esenciales (alimentos y medicinas). El valor del dólar paralelo (que sirve para fijar casi todos los precios de la economía) se ha incrementado en más de 2.500% en 2017, lo cual ha desintegrado por completo el poder adquisitivo de la población3. En ese infausto panorama, Venezuela constituye el mejor «argumento» para las derechas más retrógradas. En cualquier ámbito mediático, aprovechan la situación para asustar a sus compatriotas con preguntas como: «¿Quieren socialismo? ¡Vayan a Venezuela y miren la miseria!». «¿Anhelan un cambio? ¡Miren cómo otra revolución destruye un país próspero!». Sesudos analistas aseveran que las políticas socialistas arruinaron el país y que la solución es una reversión ultraliberal de la revolución.

En estas líneas, quisiéramos mostrar que la política económica bolivariana dista mucho de ser «socialista», e incluso «desarrollista». Lo que a las claras se observa es un proceso de desindustrialización severo en favor de una casta importadora-financiera que, con un discurso enardecido y un clientelismo popular vigoroso, ha acelerado de manera drástica la fase depresiva del ciclo económico capitalista de un proceso nacional de acumulación de capital basado en la apropiación de la renta hidrocarburífera.

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El ciclo económico y el auge de las materias primas

El ciclo económico en Venezuela se puede observar en su manifestación más inmediata: las variaciones interanuales del pib. En el gráfico 1 se observan fuertes alteraciones en el ritmo de crecimiento de la economía, con enérgicos ciclos de auge y caída que determinan la volatilidad extrema de la producción, que a su vez refleja la fuerte variabilidad de los precios del petróleo. El «oro negro» constituye alrededor de 95% de las exportaciones en los años de auge de los precios (2012) y cerca de 65% en los años en que el precio del petróleo es «bajo» (1998)4, es decir, cuando la renta es exigua y los hidrocarburos ofrecen una ganancia similar a la de una producción industrial «normal».

En el gráfico 1 también puede verse que los ciclos recesivos en la economía empiezan a sucederse a partir de la década de 1980. Los primeros años de ese periodo mostraron la vigorosa influencia de la llamada «crisis de la deuda», que ahogó a muchos países y se manifestó con una intensa caída en los índices de precios de los commodities. En el primer año del periodo bolivariano, el pib exhibió una fuerte caída atribuida al bajo precio del petróleo (alrededor de 9 dólares por barril) y, quizás, la incertidumbre explicada por el advenimiento de un gobierno nuevo que prometía grandes cambios. Posteriormente, los moderados precios del petróleo se entretejen con un golpe de Estado que derroca por casi dos días al entonces presidente Hugo Chávez el 11 de abril de 2002. El coup d’État fue acompañado por un macizo paro patronal al que adhirió casi todo el empresariado local. Lo excepcionalmente bajo del pib del año 2003 obedece más a factores extraeconómicos (diríase políticos) que a razones de índole económica. Lo anterior condujo a un enorme salto en el crecimiento del año 2004 (18%), que pareció más bien un rebote de la economía.

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El gráfico 1 revela también que la economía en 2005-2008 creció a tasas elevadísimas (alrededor de 8% interanual), impulsada por un fabuloso auge de la renta petrolera que multiplicó el ingreso por exportaciones más de tres veces. La «edad de oro» económica coincide con los momentos en que el movimiento político bolivariano se muestra más agresivo, empieza a hablar del «socialismo del siglo xxi» (2005), lanza planes de integración comercial (la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América, alba) y emprende un proceso de estatizaciones de algunas grandes empresas industriales y de servicios, en rubros como cemento, acero, telecomunicaciones, banca y minería. Pero la abrupta caída de los precios del petróleo a finales de 2008 y a lo largo de 2009, que reflejó los embates de la crisis mundial de 2007-2008, frenó en seco ambiciones políticas más elevadas. En 2011 se observa una recuperación de la senda de crecimiento económico derivada de un nuevo incremento en los precios del petróleo, que pasan de 35 dólares por barril (2009) a 120 dólares entre 2011-2013. Pero en 2014-2015 el precio del petróleo empieza a caer. Solo el ritmo anualmente incrementado de gastos del gobierno y la hipertrofia en las importaciones hace que precios del petróleo cinco o seis veces más altos que los observados a inicios de la década de 2000 luzcan ahora como «bajos». En esos últimos años empieza la contracción de las importaciones y la caída en la oferta de bienes y servicios, y se hacen visibles los resultados de un proceso de desindustrialización que, en favor de un fervor importador, llegó a subsidiar (con la sobrevaluación del tipo de cambio) 99,9% de las importaciones de productos como leche líquida, cemento o gasolina, además de obreros (chinos) para construir viviendas.

La expansión rentística duró un tiempo excepcionalmente largo y en ella se profundizaron los males que traen aparejados los estallidos repentinos en el ingreso petrolero. La industria y el agro se redujeron con la hoz de un tipo de cambio groseramente sobrevaluado5. Lo importado resultó extremadamente barato y se desincentivó cualquier esfuerzo productivo industrial o agrícola. Esta política nada tiene que ver con el «socialismo real» ni tampoco con el desarrollo de fuerzas productivas pregonado por Karl Marx. Estado y empresarios se volcaron a la faena de exportar la renta petrolera sobre la base de importaciones recrecidas y fuertemente subsidiadas, la fuga de capitales se disparó y se expandió un endeudamiento externo a onerosas tasas de interés (para exportar la renta futura).

Cómo se licuó la renta petrolera en importaciones

La carestía de bienes básicos también fue consecuencia de una vigorosa exportación de capitales que restó capacidad de inversión productiva, gracias a una enorme sobrevaluación de la moneda. Esta política monetaria no es más que una inconcebible transferencia de renta petrolera desde el Estado «socialista» hacia los importadores, quienes reciben muchos más dólares de los que deberían absorber por los bolívares que desembolsan. Eso significa que cada vez que el gobierno vendía 10 dólares les estaba regalando (al menos) 9,5 dólares. Esta lucrativa transferencia de renta al sector privado es el negocio más oneroso y lesivo a la nación que se pueda imaginar. Pero peor aún ha sido que las supuestas mercancías compradas con ese dólar de «regalo» han sido en gran parte fraudes masivos, ya que la mayoría de ellas nunca entró en el país.

En el gráfico 2, se ve con más detalle que el enorme auge exportador de Venezuela, facilitado por la multiplicación del precio del petróleo por más de diez, se ha visto acompañado por un voraz auge importador. Las importaciones, que en 2003 apenas rozaban los 14.000 millones de dólares (valor cif), alcanzaron en 2012 los 80.000 millones6, y aunque 70% de estas importaciones está supuestamente orientado a la inversión productiva, esto no se vio reflejado en un aumento correlativo de la producción. El aumento de 457% en las importaciones (valor cif) para el periodo 2003-2012 refleja que el ritmo en la importación fue a todas luces exagerado y sin ninguna perspectiva de ahorro ante una posible declinación del ciclo económico derivado de una esperada caída en los precios del petróleo. De hecho, el aumento de las exportaciones para ese mismo periodo fue de 257%, mucho menor al aumento de las importaciones.

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Si se observan los términos de intercambio aplicados a las exportaciones no petroleras venezolanas, se puede apreciar que el precio pagado por cada kilogramo exportado de mercancías ha subido en apenas 11% (1998-2014), lo cual no justifica un aumento tan fuerte en los precios de las importaciones7. Lejos de favorecer a la industria nacional –estatal o privada–, el gobierno se ha volcado a resolver necesidades diversas a fuerza de importaciones masivas. Por ejemplo, el sector público ha aumentado en 1.033% las importaciones entre 2003 y 2013, con incrementos interanuales que llegaron a alcanzar el 51% (2007), en lugar de invertir en la creación de empresas propias.

El fraude en la importación

Las importaciones fraudulentas son una parte importante de la exportación de la renta petrolera. En otro trabajo hemos explicado ese mecanismo8, aquí solo haremos una sinopsis enfocada en un rubro esencial: la carne. El aumento de la importación (valor fob) de carnes para el periodo que va entre 2003 (inicio del control de cambio) y 2013 fue de 17.810%. Sí, más de 17.000%. Lo «asombroso» es que el consumo nacional promedio de carne disminuyó 22% para ese mismo periodo, como ya lo explicamos en un trabajo que dedicamos exclusivamente a la importación de productos cárnicos9. De solo importar 10 millones de dólares anuales, se pasó a importar más de 1.700 millones de dólares. Ni hablar de que hace meses que no se halla carne de manera regular en los supermercados10. Como complemento de ello, se puede ver que entre 1998 y 2013 el incremento en la importación (valor fob) de animales vivos fue de 2.280%. Para ese mismo año, el valor fob de la exportación de animales vivos descendió 99,78% (solo 4.300 dólares)11.Son famosas las denuncias de importaciones de «fabulosas» máquinas de cortar césped de 12.000 dólares y de armatostes para procesar pollos de 2 millones de dólares: cuando la gendarmería aduanal revisó el contenedor, solo encontró herramientas oxidadas12. La reconocida empresa de consultoría Ecoanalítica calculó que de 2003 a 2012 se robaron 69.500 millones de dólares mediante importaciones fraudulentas. Exportadores de la zona de libre comercio de Panamá «facturaron» 1.400 millones de dólares en envíos a Venezuela; sin embargo, funcionarios panameños aseguran que, de esa cantidad, 937 millones fueron fraudulentos: las compañías facturaban productos inexistentes. En otro de los casos documentados, una compañía que importaba equipos agrícolas declaró el costo de una máquina para desgranar mazorcas en 477.750 dólares, cuando su verdadero precio es 2.900 dólares13.

Para sintetizar (aún más) las políticas económicas lejanas al socialismo

De forma muy breve, se podría aseverar que:

  1. Las estatizaciones han sido, por lo general, provechosos negocios para la burguesía local. En la gran mayoría de ellas se ha pagado mucho por empresas técnicamente obsoletas. Un ejemplo significativo es la nacionalización del Banco de Venezuela: por el 51% de las acciones que compró, el Estado pagó 1.050 millones de dólares, a pesar de que el banco había sido adquirido por el Grupo Santander (93% del paquete accionario) en menos de 300 millones de dólares.
  2. La muy necesaria «reforma tributaria» sigue pendiente. Según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), los países que mostraron los mayores incrementos desde 1990 en sus promedios de ingresos fiscales sobre el pib fueron Bolivia (20,6 puntos porcentuales) y Argentina (18,8), mientras que Venezuela registró un descenso de 4,5 puntos porcentuales14.
  3. Menos «socialista» ha sido la fragmentación del capital en decenas de instituciones financieras de escaso capital y notable ineficiencia. El fraccionamiento de la banca estatal ha sido acompañado por una política de créditos baratos, que choca con la delirante idea de la «guerra económica». Decimos esto porque si el gobierno asevera que los empresarios sabotean la economía produciendo menos, vendiendo caro y escondiendo sus productos, es absurdo y contradictorio que el gobierno financie a esos empresarios con millonarios créditos a tasa de interés negativa. ¿Cómo justificar la dádiva munificente a quienes supuestamente llevan adelante la «guerra económica»? Ejemplos de esos «obsequios» (además del tipo de cambio preferencial) hay muchos. Recientemente, el vicepresidente Tareck El Aissami detalló: «La meta es inyectarle en el primer semestre de 2018 al sector privado 10 billones de bolívares en créditos, lo que representará casi un tercio del presupuesto nacional»15. También le prestan dólares a la burguesía: por ejemplo, la empresa Nestlé recibió un crédito de 9 millones de dólares y Ron Santa Teresa, 4 millones de dólares16. Hace poco, Maduro aprobó en el cierre de la Expo Venezuela Potencia otro crédito por 25 millones de dólares a distintas empresas venezolanas.
  4. El pib industrial registró un notable incremento (2004-2008), para luego decrecer a niveles por debajo del de 1997, situación preocupante y que se podría considerar paradójica a simple vista, ya que en los años de crecimiento elevado (2004-2008) la importación de maquinaria y equipos industriales (formación bruta de capital fijo) se quintuplicó. Un proceso de industrialización estatal masivo y a gran escala es la base de todo gobierno que se precie como desarrollista o socialista, pero en Venezuela se hizo lo contrario.

Muchas de las series de datos oficiales de producción industrial física disponibles (a febrero de 2018) terminan en 2011. Si se analiza con cifras recientes la producción de automóviles, se ve que el retroceso ha sido extraordinario. Entre 2007 y 2015, esta producción se ha desplomado en un impresionante 89%; el guarismo de 2015 es casi tan bajo como el registro de 1962, cuando nació formalmente la industria automotriz y se ensamblaron 10.000 vehículos. Desde 2007, año en que se ensamblaron 172.418 unidades, la industria automotriz ha caído en picada: en 2015 se contrajo a su peor nivel en 53 años y ensambló apenas 18.300 unidades17. Según datos de la Cámara Automotriz de Venezuela y de la Federación Venezolana de Autopartes, el ensamblaje de vehículos cayó hasta 2.694 unidades, 83% menos que en los mismos 11 meses de 201518.

Salarios, depauperación y perspectivas

En apretado sumario, se ha visto que no se trata del fracaso de medidas económicas que emanan de los textos de Marx o de la Revolución Rusa. En algunos elementos puntuales, se ha observado que la política económica bolivariana no tiene nada que ver con un cambio revolucionario anticapitalista ni con una metamorfosis de las relaciones sociales de producción. El proceso bolivariano ha sido más bien una variante de las políticas económicas que derivan del llamado «rentismo petrolero», que ya se habían experimentado en el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez (1974-1979). El componente ideológico y algunos discursos de talante antiimperialista y antiempresarial confunden a la mayoría de los analistas que estudian las alocuciones de los presidentes y no sus políticas concretas.

Aunque el gobierno bolivariano expandió el gasto social, estatizó empresas, desarrolló políticas de transferencias directas a los más pobres y otorgó subsidios enormes en los servicios públicos, la centralidad de su política económica no fue más que la continuación de la apropiación radicícola de la renta petrolera y de su derroche, con el agravamiento de la consolidación de políticas de «control» que solo aceleraron los procesos de destrucción del agro, la industria y el comercio en favor del enriquecimiento del capital importador-financiero y el engorde de una casta militar-burocrática hipercorrupta que saquea a manos llenas a la nación, hasta empobrecerla a niveles nunca antes vistos en estas latitudes.

El último gráfico que se presenta revela el resultado directo de la política de expolio de la renta a través de la sobrevaluación de la moneda, la emisión de dinero inorgánico (el gobierno incrementó la base monetaria en más de 2.500.000% entre 1999 y 2018) como política útil para sostener un gasto público utilizado de manera clientelar y anarquizada. El gráfico 3 refleja la caída en 83%, entre 2006-2017, de la remuneración mínima mensual (salario más bono de alimentación) que recibe la clase trabajadora.La izquierda mundial no tiene por qué acallar sus críticas ni forzar defensas estrafalarias y atávicas en aras de «no mimetizarse con la derecha» en un análisis riguroso del proceso nacional de acumulación de capital en Venezuela. La izquierda debe criticar a los «progresismos» con la misma sagacidad y agudeza que aplica a regímenes abiertamente antiobreros y derechistas. No tiene por qué ignorar la centralidad de los problemas que acaecen en esos países, sino que debe colaborar con ágiles propuestas sin hesitar, y ello pasa por analizarlos objetivamente y criticarlos con conocimiento dialéctico, no con catilinarias. Si se hundió el Titanic, no hay que negar el hecho concreto del naufragio en aras de ser solidarios y antiimperialistas.

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Notas

  1. «AN: Inflación acumulada de 2017 cerró en 2.616%» en El Nacional, 8/1/2018.
  2. Andreína Vargas: «Econométrica: la inflación de enero alcanzó el 95,3%» en El Tiempo, 1/2/2018.
  3. M. Sutherland: «El desastre monetario en Venezuela, billetes de Bs. 100, inflación y una alternativa» en Alemcifo, 22/2/2017.
  4. Información estadística, Banco Central de Venezuela (bcv), disponible en www.bcv.org.ve/c2/indicadores.asp.
  5. Juan Kornblihtt: «El creciente peso del Estado en el comercio exterior venezolano como expresión de la contracción de la renta petrolera y la agudización de la disputa por la misma», ceics, 2015, inédito; M. Sutherland: «Venezuela sin fondo… y sin alternativas» en Nueva Sociedad edición digital, 2/2017, disponible en www.nuso.org.Comercio exterior, Instituto Nacional de Estadísticas (INE), 2014.
  6. Ibíd.
  7. M. Sutherland: «La enorme escasez de medicinas y la gran estafa en su importación: Farmafraude» en Aporrea, 11/3/2015.
  8. M. Sutherland: «Aumento del 21.693,21% en la importación de carne, caída del consumo y escasez de la misma» en Aporrea, 28/8/2014.
  9. Martha Mejías: «Advierten escasez de carne consecuencia de los bajos precios que fijó la Sundde» en El Venezolano News, 22/2/2015.
  10. M. Sutherland: «Aumento del 21.693,21% en la importación de carne, caída del consumo y escasez de la misma», CIT.
  11. William Newman y Patricia Torres: «Importadores malversan millones en Venezuela y hunden la economía» en The New York Times, 6/5/2015.
  12. Ibíd.
  13. Rocío Montes: «La presión fiscal en América Latina sigue lejos de la media de la ocde» en El País, 10/3/2015.
  14. «(Video) Empresarios reciben hoy de manos del gobierno 3,7 billones de bolívares en crédito» en Punto de Corte, http://puntodecorte.com/empresarios-reciben-37-billones-en-credito/.
  15. «Estas son las nuevas empresas que recibieron millonarios créditos del Gobierno» en Notitotal, 23/3/2017.
  16. Kon Zapata y Roberto Deniz: «La industria automotriz de Venezuela retrocede a cotas de 1962» en América Económica//, 26/1/2016.
  17. Favenpa: «Boletín Estadístico No 57/2016. Resumen de ventas de vehículos. Octubre 2016», 8/11/2016.

Fuente

  • Nueva Sociedad
  • El modelo económico boliviano es celebrado por distintos sectores políticos y por los más diversos actores internacionales. Para muchos, se trata de la prueba de que la izquierda también puede desarrollar una gestión eficiente de la economía, sin dejar de atender las necesidades sociales de la población. Pero el modelo, para muchos «milagroso», también tiene sus problemas.

Se suele atribuir parte del éxito económico de Bolivia en el último tiempo a las «Arcenomic», término que alude a Luis Arce, el economista que diseñó el modelo de desarrollo del país y que lo dirigió personalmente de 2006 a 2017, año este último en el que enfermó y renunció a su posición como ministro de Economía de Evo Morales. Arce es un economista fuertemente contrario al neoliberalismo, partidario del Estado, pero moderado en política económica y prudente en la macroeconomía. Su línea continúa guiando las decisiones del gobierno boliviano y sigue cosechando éxitos. Entre ellos puede destacarse el crecimiento en un 4,7% del PIB durante este año. Sin embargo, esta política no está exenta de críticas. Hay quienes la consideran como posible generadora de la llamada «enfermedad holandesa», es decir, de la tendencia crónica de una economía extractiva a gastar mal.

El modelo boliviano considera la existencia de dos sectores. Uno de ellos es el «generador de excedentes», compuesto por las industrias petrolera, minera y eléctrica. El otro sector, en cambio, es el «generador de ingresos y empleos» y lo conforman las industrias manufactureras, agropecuarias, la construcción y el turismo, entre otras. El modelo se basa en la toma del primer sector por parte del Estado (que se convierte así en el principal actor de la economía) y en la transferencia de los excedentes de este al segundo sector por la vía del gasto público y la redistribución económica -es decir, de la ampliación de la demanda-.

Hace unos días, el ministro de la Presidencia, Alfredo Rada, espetó a los empresarios que estaban ante «un gobierno de los trabajadores». Esta afirmación debe examinarse a la luz de lo siguiente: mientras que la presencia del Estado en el sector «generador de excedentes» es casi total, el sector «generador de ingresos y empleo» sigue siendo mayoritariamente privado y sigue orientado al lucro. Esto diferencia al modelo boliviano del «socialismo del siglo XXI». Las limitaciones que ha puesto el gobierno al sector privado solo han sido cuantitativas. Todas ellas las ha tomado del arsenal nacional-popular y no del socialista. La lista es la siguiente: una política salarial dictada desde arriba y fuertemente «pro trabajador», ciertos «topes» a las exportaciones de alimentos -a fin de asegurar el abastecimiento interno-, y la imposición a los bancos de «cuotas mínimas» para los distintos tipos de crédito. Los empresarios dicen que estas medidas han impedido que la inversión privada sea más vigorosa, pero nadie piensa que la hayan detenido como ocurrió en Venezuela. Las principales amenazas a la industria nacional no son las nacionalizaciones sino la importación muy abundante (y a menudo ilegal) de algunos productos, así como un tipo de cambio inmóvil y sobrevalorado.

El modelo de transmisión de excedentes «hacia dentro» ha sido exitoso en el corto plazo. Gracias al shock de ingresos que sacudió al país entre 2006 y 2014 -todos canalizados hacia el mercado interno-, se incrementaron el consumo y las actividades destinadas a satisfacerlo. Además, se favoreció el bienestar social. La extrema pobreza monetaria (ingresos de menos de 2 dólares al día) cayó de 38% a 18%, y hoy es de solo de un 10% en las ciudades. Al mismo tiempo, Bolivia se convirtió en un país de ingresos medios: «solo» el 30% de su población gana menos de 4 dólares por día. Ocurrió así el «milagro».

Sin embargo, y tal como afirma la teoría de la «maldición de los recursos naturales», puede haber complicaciones con este tipo de modelo. Cuando los excedentes se originan en la extracción de recursos no renovables se tiende a distorsionar la economía a largo plazo, así como a cambiar la mentalidad de la sociedad convirtiéndola en «adicta» a la recepción de estos excedentes «fáciles». La «enfermedad holandesa» es un crecimiento contrahecho a causa de la «fuerza gravitacional». Evidentemente, promueve la actividad extractiva sobre todos los demás sectores. Se trata de un fenómeno que valoriza la moneda nacional, aumenta la capacidad de compra de los salarios y, en consecuencia, dispara las importaciones, mientras que disminuye la competitividad exportadora del país. Todos estos síntomas se han presentado en Bolivia, aunque los puntos de vista sobre sus implicaciones son disímiles. El gobierno cree que la transferencia de excedentes no tiene por qué causar «rentismo» o dependencia de los sectores productivos de las rentas del gas. Esto, siempre y cuando se los destine a la inversión pública en infraestructura, a la creación de empresas estatales saneadas y a una política social muy activa en un contexto de equilibrio macroeconómico.

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Sin embargo, con los años los problemas causados por esta «transferencia hacia dentro» se han ido sumando. Algunos casos de inversión pública se han comenzado a revelar como «despilfarro»: escuelas sin alumnos, carreteras poco usadas y aeropuertos innecesarios. Al mismo tiempo, solo algunas empresas estatales -las que operan en nichos tradicionalmente rentables- han logrado generar altas utilidades. Pero las demás trabajan de forma muy ajustada o pierden dinero. Finalmente, el equilibrio macroeconómico se ha visto comprometido por la caída del precio del gas que el país exporta y que es responsable de la mayor parte del shock de ingresos o, para seguir con la nomenclatura que estamos usando, del shock de «excedentes» experimentado. Desde 2015, Bolivia presenta una sistemática caída de sus ingresos internacionales, que sumó un 40% entre 2014 y 2017. El país tiene, en consecuencia, problemas para financiar los gastos de un Estado ampliado, por lo que registra ya por tres años un déficit fiscal de alrededor del 7% del PIB. En el mismo periodo las importaciones solo han caído un 20% (lo que parece confirmar el diagnóstico de «enfermedad holandesa»), por lo que se ha producido una merma en las reservas internacionales de 15.000 a 10.000 millones de dólares. Esta situación sigue siendo controlable, pero constituye el talón de Aquiles del modelo (en realidad, de todos los modelos latinoamericanos, toda vez que la región comercia en una moneda que no es la suya). En este momento, las reservas disminuyen a razón de 200 millones de dólares mensuales y se calcula que, si el gobierno las dejara caer a 6.000 millones o menos, Bolivia estaría en un serio problema.

Ventajas y problemas de la «bolivianización»

Evo Morales dijo más de una vez que la estabilidad, es decir, el equilibrio macroeconómico, es «un patrimonio del pueblo boliviano» y debe conservarse. No es una tarea del Fondo Monetario Internacional -como ocurría en el pasado-, sino de un programa monetario y fiscal que, aprobado por el Ministerio de Economía y el Banco Central, define la cantidad de dinero que se pone en la economía a fin de alentar la actividad económica sin crear presiones inflacionarias (desde hace ocho años que la inflación se ha mantenido en niveles bajos). Este programa ha sido facilitado por la abundancia de las reservas internacionales a consecuencia del boom de ingresos del exterior que vivió el país entre 2006 y 2014, pero también del que probablemente es el mayor logro financiero de la gestión de Morales: la «bolivianización» de la economía. Gracias a ambos factores, la política monetaria y fiscal han podido ser constantemente expansivas y han alentado un crecimiento continuo del PIB anual que ha sido el mayor de la historia del país.

Bajo el neoliberalismo, las autoridades monetarias no podían impulsar el crédito interno, pues este estaba casi completamente dolarizado. El nivel de las reservas internacionales se había convertido en una rienda cuyo largo marcaba la amplitud máxima a la que podía crecer la economía. Ahora el gobierno tiene más juego de cintura. Si a fines de la década de 1990 solo el 3% de los depósitos del sistema financiero estaba nominado en bolivianos y el resto en dólares, hoy esto es casi al revés: 94% de los depósitos está en bolivianos y solo el 6% en dólares.

¿Qué pasó? Gracias a la entrada de una gran cantidad de dólares (100.000 millones) por el boom de las exportaciones, el boliviano se valorizó (o cada dólar comenzó a cambiarse por menos bolivianos). Hasta 2011, el tipo de cambio fluctuaba libremente, así que la valorización dio al público la señal de que tener dólares significaba perder dinero. Luego el gobierno estabilizó el tipo de cambio en 6,96 bolivianos, que es el precio fijo del dólar desde 2011. Si se toma en cuenta la inflación, esto implica que con el transcurso del tiempo cada dólar puede comprar cada vez menos cosas dentro del mercado interno. Estos estímulos cambiarios se complementaron con un mayor encaje bancario en dólares y la transformación del Impuesto a las Transacciones Financieras, a fin de que solo gravara a las operaciones en moneda extranjera. Estas medidas, en un contexto de gran confianza en la economía nacional y con una gran cantidad de reservas internacionales de respaldo, obraron otro «milagro». La bolivianización ha permitido que las autoridades monetarias mantengan un volumen expansivo de crédito a los actores productivos, incluso desde que las reservas internacionales comenzaron a caer en 2015.

Ahora bien, el problema está en que la bolivianización necesita que el tipo de cambio sea fijo, porque si no fuera así y ocurrieran devaluaciones, estas podrían llevar a las personas, deseosas de no perder su capacidad de compra, a usar nuevamente el dólar. Se ha dicho que ese es el segundo talón de Aquiles (o, mejor dicho, otro aspecto de la misma debilidad) de la política monetaria actual, ya que le quita a las autoridades la herramienta de la devaluación como medio para abaratar el costo de las exportaciones y enfrentar escenarios como el actual, en el que los países vecinos han realizado esta maniobra cambiaria y, por tanto, ponen productos más baratos en los mercados clientes de Bolivia y en el propio mercado nacional. El gobierno no cree que la devaluación funcione en Bolivia. Piensa que la industria local no se beneficia claramente con un boliviano más barato, porque es muy dependiente de maquinarias e insumos importados, y un boliviano barato reduce la capacidad para importar. Por esto en los últimos años el oficialismo ha resistido cualquier «tentación» de devaluar el boliviano. Sin embargo, tal tentación solo puede ser resistida cuando se tiene un alto nivel de reservas, lo que nos conduce nuevamente al mismo punto. Es decir, al punto de las divisas y del precio y el volumen de las exportaciones que pueden generar divisas. La estabilidad del modelo boliviano actual se disputa en la arena de la producción de suficientes divisas para sostener la transferencia de excedentes y, con ello, la demanda interna incrementada.

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