La dimensión profética de la Laudato si’

La denuncia de la injusticia social que generan los procesos de degradación de la naturaleza ha sido la puerta de entrada al debate ecológico contemporáneo para las tradiciones religiosas.

Corintios XIII «Un verdadero planteo ecológico se convierte siempre en un planteo social, que debe integrar la justicia en las discusiones sobre el ambiente, para escuchar tanto el clamor de la tierra como el clamor de los pobres» (LS 49).

La denuncia de la injusticia social que generan los procesos de degradación de la naturaleza ha sido la puerta de entrada al debate ecológico contemporáneo para las tradiciones religiosas. En el caso de las religiones bíblicas, a esta puerta conduce de forma natural la tradición profética.

Si los profetas denunciaron la mentira y la iniquidad de las dinámicas que subyacen a las relaciones sociales, económicas, políticas y religiosas de su época, hoy día esta denuncia se extiende también a nuestra relación con la naturaleza y —de forma indirecta y diferida en el tiempo— a nuestras relaciones con las futuras generaciones y con el prójimo lejano que está sufriendo ya (o sufrirá en el futuro) las consecuencias de nuestro uso indiscriminado de los recursos naturales. En palabras de Francisco, necesitamos «la honestidad para poner en duda modelos de desarrollo, producción y consumo» (LS 138).
Tras la revolución industrial y la globalización económica y cultural de los cincuenta años, el círculo de consideración moral no puede restringirse a nuestra pequeña comunidad local ni al tiempo presente.

El limitado marco temporal e intra-específico de los planteamientos morales tradicionales ha quedado desbordado de forma irreversible. La proliferación de armas de destrucción masiva y el peligro de un holocausto nuclear en la segunda mitad del siglo XX puso sobre la mesa con toda su crudeza —como señaló lúcidamente Hans Jonas— la radical novedad que la era tecnológica introducía en la ética y la política convencional. A la necesaria revisión y expansión de conceptos como el de justicia, deber o responsabilidad —que hoy deben tomar en consideración los efectos agregados de las acciones que generan amenazas difusas y globales como la contaminación, el cambio climático o la pérdida de biodiversidad— remite Francisco al articular su crítica del paradigma tecnocrático.

La denuncia de cuño profético resulta oportuna y es, como se explicita de forma programática en el prólogo, el primer eje que atraviesa la encíclica y la razón que conduce a subrayar la dimensión humana de la degradación ambiental: «la íntima relación entre los pobres y la fragilidad del planeta» (LS 16). A
diferencia de quienes esquivan cuestiones como la «deuda ecológica» (LS 51) de los países industrializados o rebajan la importancia del sobreconsumo como raíz última de la degradación ambiental, el primer Papa venido del Sur Global insiste: no podemos hablar de ecología sin hablar de justicia social (y viceversa).

Esta convicción —que no brota de un interés académico sino, del acompañamiento pastoral de las comunidades marginales que sufren las peores consecuencias de la degradación ambiental— es nuclear también para la ecología política y se explicita en el párrafo que encabeza esta sección, donde resuena sin duda la experiencia latinoamericana del papa Francisco (cf. LS 49).

Según esta propuesta de «doble escucha» —de la tierra y de los pobres, del momento presente y de la historia, del contexto local y la dinámica global— los análisis meramente técnicos —económicos o científicos— se quedan cortos para explicar la complejidad de una problemática que exige un abordaje interdisciplinar —que incluya elementos históricos, sociológicos, culturales y religiosos— para poder ser descrita con precisión. Así lo desarrolla Francisco más adelante en otro párrafo clave de la encíclica: «Es fundamental buscar soluciones integrales que consideren las interacciones de los sistemas naturales entre sí y con los sistemas sociales. No hay dos crisis separadas, una ambiental y otra social, sino una
sola y compleja crisis socio-ambiental» (LS 139).

Si la tradición profética ha sido siempre un revulsivo imprescindible para la comunidad creyente y un incómodo aguijón para los poderes establecidos, en nuestro actual contexto cultural —marcado por la desigualdad económica, la injusticia social y la acelerada degradación de los sistemas de soporte de la biosfera— resulta más necesaria que nunca.

Un buen indicador de la actualidad de la denuncia religiosa de cuño profético y de su capacidad para remover conciencias y poner el dedo en la llaga ha sido la sorpresa, la expectación (y, en algunos casos, la incomodidad) generada antes y después de la promulgación de LS, tanto en ámbitos eclesiales como extraeclesiales. Sorprendentemente, el catalizador de la primera encíclica ecológica no ha sido un Papa proveniente de las más concienciadas «iglesias del norte», cuyas excelentes cartas episcopales son citadas con frecuencia, sino un Papa latinoamericano que ha introducido el ecologismo de los pobres en la agenda católica del siglo XXI.

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