La Guayana Francesa, paraíso de la explotación sexual y el trabajo esclavo

Instituciones públicas y privadas en la Guayana Francesa, no identifican los casos que pueden ser caracterizados como explotación sexual y trata de personas.

En una sociedad donde cada vez hay más gente descartable, de usar y tirar, que haya personas dispuestas a recoger los pedazos e intentar reconstruir esas vidas nos lleva a reflexionar e intentar descubrir a ese Dios misericordioso que se hace presente en la vida de la humanidad sufrida a través de rostros concretos.

La frontera puede ser entendida como lugar de encuentro entre culturas y personas diferentes que intercambian sus bienes y conocimientos. Sin embargo, la línea que separa Brasil y la Guayana Francesa es uno de esos lugares donde la mayor de las miserias se encuentra con la sociedad del bienestar que deslumbra a quienes miran desde el otro lado y sueñan con ese mundo de cuento de hadas en el que todo parece fácil de conseguir. En ese ambiente aparecen realidades sangrantes que muestran que la esclavitud no es cosa del pasado.

1

Una de las grandes lacras con las que se depara quien llega allí es la trata de personas y la explotación sexual de mujeres, adolescentes e inclusive niñas, muchas veces por parte de ciudadanos franceses que campan a sus anchas entre quien vende su cuerpo para muchas veces conseguir poco más que algo que llevarse a la boca.

A esto se une el trabajo esclavo al que muchos brasileños, hombres y mujeres, se ven sometidos en las minas a cielo abierto clandestinas existentes en la Guayana Francesa. La mayoría son deslumbrados por el dinero rápido que piensan van a conseguir buscando oro, lo que les lleva, en un flujo intenso, a entrar ilegalmente en territorio francés. Quienes son descubiertos son deportados inmediatamente, sin un céntimo en el bolsillo, situación que se repite en quienes enferman gravemente como consecuencia de la malaria o el trabajo extenuante. Quien consigue quedarse lo hace en unas condiciones inhumanas.

La Red Un Grito por la Vida, entidad dependiente de la Conferencia Nacional de los Religiosos y Religiosas de Brasil y que este año cumple diez años de misión, se ha hecho presente recientemente en la frontera del Río Oiapoque, que separa Brasil de la Guayana Francesa, donde han ido descubriendo situaciones dramáticas que ponen de manifiesto la miseria y explotación en la que muchos viven y la impunidad de la que otros se aprovechan para cometer sus fechorías.

Como relata la hermana Rose Bertoldo, Articuladora de la Red Un Grito por la Vida en la Región Amazónica de Brasil, que junto con algunas representantes de la Red en la Región Norte de Brasil ha visitado esta frontera, “cuando uno llega, lo primero que se percibe es la gran desigualdad y la falta de atención de los entes públicos para con una población con muy pocas posibilidades de encontrar el sustento cotidiano”, lo que, en su opinión, favorece la explotación en todos los ámbitos.

La ciudad se ha convertido en patio de recreo de ciudadanos franceses que, amparados por su potencial económico, compran en territorio brasileño desde productos básicos hasta cuerpos femeninos de los que disponen a su antojo. Esta situación es mantenida por las autoridades y comerciantes locales que encuentran en quien llega de la Guayana una fuente de recursos para la maltrecha economía local.

Del lado contrario de la frontera, los brasileños se ven privados de poner sus pies en territorio francés. El altísimo impuesto de entrada que es cobrado a los brasileños, inalcanzable para la mayoría, contrasta con el hecho de que para entrar en territorio brasileño nadie tiene que pagar nada. Se han dado situaciones chocantes, como el hecho de una misionera ser deportada por el simple hecho de atravesar el río para participar de una misa.

Las religiosas de la Red Un Grito por la Vida han podido comprobar en su visita que a simple vista se percibe la alta presencia de hombres llegados de la Guayana, lo que provoca que un alto número de mujeres jóvenes y adolescentes les busquen para tener relaciones sexuales, que pagadas en euros, reportan altos dividendos.

Además de eso, algunos hoteles de la ciudad promueven encuentros entre clientes y mujeres, en los que muchos dueños y funcionarios reciben su parte. Es frecuente ver la continúa llegada de taxis a esos alojamientos, que llevan y buscan a las mujeres para esos encuentros sexuales.

Otra situación sangrante, que llama la atención, es la que se produce en las discotecas y su entorno. Dentro de los establecimientos están las mujeres adultas, en cuanto las adolescentes rondan en el entorno exterior a la espera de clientes que no quieren exponerse en demasía.

2

La fuente principal del problema, en opinión de Rose Bertoldo, está en el hecho de que las instituciones públicas y la propia policía no identifican los casos que pueden ser caracterizados como explotación sexual y trata de personas. Esto hace que estos crímenes se conviertan en algo natural y que las propias víctimas sean criminalizadas por una sociedad que legitima esas situaciones.
Son estas mujeres, que son víctimas de la explotación sexual en la ciudad brasileña de Oiapoque, quienes posteriormente entran a formar parte de las redes internacionales de la trata en un camino que pasa por las minas ilegales de la Guayana Francesa y Surinam para después, desde Cayenne, capital de la Guayana, ser llevadas a Europa.

La presencia de la Red Un Grito por la Vida en éste y otros lugares es una prueba de que el compromiso profético todavía está vivo y presente en la vida religiosa brasileña. Su actitud pone de manifiesto que estar al lado de los descartables, de aquellos que son tratados como mercancía, es actualizar la vida, misión y mensaje de Jesús de Nazaret, quien siempre dejó claro de que lado de la historia estaba.

Fuente

  • Religión Digital
  • Fotografía principal: Saint Laurent, la Charbonnière. Flickr Toto. Licencia Creative Commons

Comentarios