La polución plástica hace necesario otro Acuerdo de París

Las negociaciones con miras a un tratado de este tipo podrían iniciarse en diciembre.

En algunos millones de años, a los geólogos les será muy fácil determinar el comienzo del Antropoceno, la edad geológica en la cual los seres humanos nos convertimos en el mayor determinante del entorno planetario. Dondequiera que miren hallarán residuos plásticos, el indicador más contundente de este periodo.

El plástico es un material clave para la economía mundial: se usa para fabricar automóviles, teléfonos celulares, juguetes, ropa, embalajes, dispositivos médicos y mucho más. En el 2015, la producción mundial de plástico ascendió a 322 millones de toneladas. Y la cifra sigue creciendo: se cree que en el 2050 se puede cuadruplicar.

Debido a sus bajos precios, el plástico se usa principalmente para crear productos desechables que contaminan de manera dramática el planeta y generan graves problemas ambientales, económicos y sociales.

Los desechos taponan los alcantarillados urbanos, lo que aumenta el riesgo de inundaciones. Además, los objetos plásticos más grandes pueden llenarse de agua lluvia y convertirse en criaderos de mosquitos transmisores de enfermedades.

Cada año, 13 millones de toneladas de desechos plásticos van a dar a los océanos. Se estima que en el 2050 habrá más plástico que peces en los mares. Es tal el nivel de contaminación que el plástico depositado por el mar en las playas le cuesta a la industria turística cientos de millones de dólares al año.

Además, este material es una amenaza grave para la vida silvestre. Miles de gaviotas, pingüinos, ballenas y tortugas han muerto tras enredarse o ingerir residuos de este.

Y puede que tampoco sea tan inocuo para los humanos. Si bien los plásticos que se usan, por ejemplo, para empacar alimentos generalmente no son tóxicos, la mayoría sí contiene sustancias químicas como los plastificantes –que pueden afectar el sistema endocrino– o los aditivos antillama –que pueden ser carcinógenos o tóxicos en concentraciones altas–. Estas sustancias pueden llegar al océano y, mediante las cadenas alimenticias, a nuestros platos.

Enfrentar el problema no será fácil: ningún país o empresa, por decididos que estén, podrá hacerlo solo. Será necesaria una firme colaboración entre diferentes actores, incluidos los grandes productores de plástico, las empresas que más contaminación plástica generan, las organizaciones promotoras del reciclaje y el cuidado del medioambiente, los laboratorios de investigación y las cooperativas de recolectores de residuos.

El primer paso es crear un foro de alto nivel que facilite la discusión entre las partes interesadas y permita desarrollar una estrategia solidaria para la reducción de la contaminación plástica. Este mecanismo debe trascender la acción voluntaria y concentrarse, en cambio, en la construcción de un acuerdo internacional legalmente vinculante que aliente a los gobiernos a eliminar ese tipo de polución.

Las negociaciones para ese tratado podrían comenzar este mismo año, en la Asamblea de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente que se celebrará en Nairobi (Kenia) en diciembre.

Ya hay propuestas científicas concretas para la redacción de un tratado sobre la contaminación plástica. Uno de los autores de este artículo propuso una convención similar al acuerdo climático de París, el cual combina un objetivo general vinculante con planes de acción voluntarios por cada nación y medidas flexibles para su implementación.

Inspirados por el Protocolo de Montreal –que protege la capa de ozono–, un equipo de investigadores de la Universidad de Wollongong, en Australia, sugirió que se establezcan topes y prohibiciones a los nuevos proyectos de producción de plástico.

Algunos se preguntarán por qué iniciar una vez más el largo, tortuoso y tedioso camino de la negociación de un tratado internacional. ¿No habrá alguna solución técnica al problema del plástico?

Probablemente no la hay. El plástico biodegradable, por ejemplo, no es beneficioso en sí mismo y solo tiene sentido si se descompone lo suficientemente rápido para evitar daños a la vida silvestre. Descubrimientos promisorios (como los de bacterias o larvas capaces de disolver o digerir plástico) solo servirían como medida complementaria de los planes de acción seriamente estructurados e implementados. La única manera efectiva de resolver el problema es con una reducción radical de los desechos plásticos.

La tecnología podría ofrecer más opciones para la sustitución y el reciclaje del plástico, pero, tal como lo han demostrado muchas comunidades y ciudades ecológicas en todo el mundo, puede ser prescindible.

Varias experiencias pueden servir de modelo a los planes de acción nacionales que formarán parte del tratado internacional sobre plásticos. Por ejemplo, Capannori, una ciudad de 46.700 habitantes cerca de Lucca, en la Toscana, (Italia) aprobó en el 2007 una estrategia de reciclaje que en una década logró reducir los desechos en un 40 por ciento. Hoy, en Capannori se clasifica y separa el 82 por ciento de los residuos municipales, de tal suerte que solo el 18 por ciento termina en los rellenos sanitarios.

El “paquete de medidas para una economía circular” de la Comisión Europea también es un buen referente. Aunque todavía no se ha implementado, sus planes en materia de residuos pueden ahorrarle a la Unión Europea 190 millones de toneladas de emisiones de CO2 al año (el equivalente a la emisión anual de los Países Bajos).

La transición a un mundo sin desechos demandará inversiones, así que cualquier tratado internacional sobre el plástico debe incluir un mecanismo de financiación. El punto de partida más adecuado en este sentido podría ser el principio según el cual el que contamina paga.

De otro lado, la industria mundial del plástico, que factura unos 750.000 millones de dólares al año, seguramente puede apartar unos pocos cientos de millones para ayudar a arreglar el lío que creó.

Lograr un tratado internacional sobre el plástico, integral, vinculante y con visión de futuro, no será fácil. Llevará tiempo y costará dinero, y, sin duda, tendrá muchas falencias. No bastará por sí solo para resolver el problema, pero es una condición necesaria para resolver el problema de la contaminación plástica, un flagelo global de cuya creación somos enteramente responsables, y cuya solución también está enteramente en nuestras manos.

2/3 del plástico salen de 20 ríos

La fundación The Ocean Cleanup calcula que los ríos transportan cada año entre 1,15 millones y 2,41 millones de toneladas métricas de residuos plásticos hacia los océanos. De los 40.760 ríos estudiados, apenas 20 aportan dos tercios de la contaminación plástica de los mares. La mayoría de las corrientes más contaminadas están en Asia. La lista la encabeza el Yangtsé (China), seguido por el Ganges (India) y la cuenca de los ríos chinos Xi, Dong y Zhujiang.

El modelo usado por la organización neerlandesa permitió determinar que los vertimientos varían según las estaciones y que tres cuartas partes del plástico desechado entran a los océanos entre mayo y octubre.

Impuesto a bolsas del súper recaudaría hasta $ 72.500 millones

El país amaneció ayer con un nuevo impuesto: 20 pesos por cada bolsa plástica que requieran los clientes de los supermercados para cargar sus compras. El año próximo serán 30 pesos y la tarifa seguirá aumentando 10 pesos por año hasta llegar a los 50 en el año 2020. Las tiendas de barrio están exentas del recaudo de este tributo. “El impuesto, que se aplica en más de 120 países, apunta a una sostenibilidad ambiental que depende de la conciencia de cada colombiano”, argumentó el Ministro de Ambiente, Luis Gilberto Murillo.

La medida está contemplada en la Resolución 668 del 2016, que busca promover el uso racional de estas bolsas. La norma solamente permite la circulación de bolsas con medidas superiores a 30 por 30 centímetros, de un calibre mínimo de 0,9 milésimas de pulgada –o suficiente para atender la capacidad de carga indicada en la bolsa– y con un mensaje que haga alusión al reciclaje. Además, las cadenas deberán ofrecer alternativas, como cajas y bolsas de tela.

En lo corrido de este año, según la industria del plástico, el país redujo su consumo de bolsas en 27 por ciento. Se estima que el recaudo del nuevo impuesto ascenderá a 72.500 millones de pesos en el segundo semestre si la demanda de bolsas se reduce 25 por ciento (el país consume unos 8.500 millones de unidades por año) y a 47.000 millones de pesos si cae 75 por ciento, el escenario más optimista. La reforma tributaria no estipula una destinación específica para este dinero, que llegará a las arcas de la Nación por intermedio de la Dian. Aunque el objetivo del tributo es desincentivar el uso de bolsas plásticas, es probable que aumente la demanda de las que se venden para la basura de las casas –exentas del gravamen– porque muchos hogares usan para ese fin las del supermercado.

Notas

Nils Simin es especialista en gobernanza sostenible. Lidera el Centro de Pensamiento Adelphi sobre medio ambiente.Lili Fuhr lidera el Departamento de Ecología y Desarrollo Sostenible en la Fundación Heinrich Böll.

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