Liderazgo y gobierno: tipología y retos con vistas a una sociedad viable, estable y próspera

Este texto del filósofo jesuita Paulin Manwelo para la revista Promotio Iustitiae presenta una interesante y exhaustiva genealogía de las nociones de liderazgo y gobierno.

La noción de liderazgo implica dos aspectos concomitantes: la capacidad de tener una visión buena y justa de la sociedad y, correlativemente, la capacidad de persuadir a otros para que trabajen a fin de hacer realidad tal visión. Por su parte, la noción de gobierno pertenece más bien al orden práctico: tiene que ver con las disposiciones y mecanismos institucionales, jurídicos y morales que propician la realización de una visión buena y justa de la sociedad.

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Liderazgo y gobierno son, en consecuencia, dos nociones gemelas. Ninguna de ellas puede darse sin la otra. Pues sin un buen liderazgo, es decir, sin una visión justa y buena, el gobierno está ciego. A la inversa, sin un gobierno eficaz, es decir, sin disposiciones y mecanismos adecuados, el liderazgo se convierte en un engaño.

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En las líneas que siguen queremos examinar algunas concepciones clásicas de liderazgo y gobierno y señalar, por una parte, las virtudes de cada concepción y, por otra, sus debilidades, antes de proponer un modelo susceptible de promover un liderazgo y un gobierno de calidad y excelencia.

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Repasando la literatura relativa al liderazgo y el gobierno, pueden distinguirse cinco concepciones de estos: la concepción 'monista', la 'liberal', la 'colectivista', la 'institucionalista' y la 'procedimentalista'.

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Por concepción 'monista' de liderazgo y gobierno debe entenderse aquella concepción según la cual tanto el liderazgo como el gobierno son esencialmente competencia exclusiva de un único individuo o grupo de individuos, capaz de asegurar, orientar y realizar el destino de una multitud. Este caracter «monista» no debe confudirse con la tendencia al individualismo en la acepción egoísta del término. Se trata más bien del compromiso excepcional o, mejor aún, heroico de un individuo que –gracias a sus talentos, su visión, su saber hacer y su saber estar– se presenta como guía de otros, quienes, a cambio, lo consideran entonces un modelo o una referencia en la sociedad. Esta concepción del gobierno y el liderazgo era la que estaba en el núcleo de las teorías socio-político-religiosas clásicas y su huella puede rastrearse desde Platón hasta Hegel, pasando por Nicolás Maquiavelo, Hobbes y Kant.

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En Platón, por ejemplo, se encuentra la concepción monista del gobierno y el liderazgo en la célebre teoría sociopolítica, La República, y más concertamente en uno de los célebres artículos de lo que Platón mismo denomina una “constitución idónea” (libro V, 449). En efecto, después de haber enumerado más de doce artículos concernientes a la buena gestión de la res publica, Platón enuncia, como último artículo de su constitución, esta disposición fundamental, que está formulada en términos casi solemnes y resume bastante bien la quintaesencia de su concepción monista del liderazgo. En ella se establece: “A menos que los filósofos reinen en los Estados o los que ahora son llamados reyes y gobernantes filosofen de modo genuino y adecuado; a menos que coincidan en una misma persona el poder político y la filosofía; a menos que se prohíba rigurosamente que marchen separadamente por cada uno de estos dos caminos las múltiples naturalezas que actualmente hacen así, no habrá, querido Glaucón, fin a los males de los Estados ni tampoco, creo, para el género humano. Tampoco antes de eso se producirá en la medida de lo posible, ni verá la luz del sol, la organización política que ahora acabamos de describir verbalmente. Esto es lo que desde hace rato titubeo en decir, porque veía que era un modo de hablar paradójico; y es difícil advertir que no hay otra manera de ser feliz, tanto en la vida privada como en la pública” (libro V, 473d-474a).

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Hay que afirmar asimismo que esta concepción monista del liderazgo hunde sus raíces en los relatos bíblicos con las figuras de Abrahán, Moisés y los profetas (Amos, Eliseo, Jeremías, Ezequiel, ...) y, sobre todo, con la figura del profeta por excelencia, Jesucristo, quien ejerció un liderazgo de calidad, excelencia y servicio inconmensurables en aras del advenimiento de una sociedad justa y digna para la humanidad.

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También en esta línea cabe mencionar, mutatis mutandis, a los santos y otras personalidades virtuosas que han imprimido a su época una impronta indeleble. San Ignacio de Loyola, santo Domingo, san Benito, santa Teresa de Jesú, etc. pertenencen a esta categoría de personas que pueden denominarse, con razón, líderes heroicos sui generis.

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La concepción monista del liderazgo debe distinguirse de la concepción 'liberal'. La diferencia es debida a sus respectivas finalidades. La concepción liberal se centra en las características idiosincrásicas del individuo, sus sueños, sus proyectos individuales, etc., mientras que la concepción monista busca el bien común a través del heroísmo personal o individual. La diferencia entre las dos concepciones es de orden teleológico, pero ambas se fundan en la dimensión individual del liderazgo.

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Así, por concepción 'liberal' del gobierno y el liderazgo ha de entenderse la concepción del gobierno y el liderazgo según la cual la gestión del poder –más aún, la gestión de la vida en general, ya sea en el orden, intelectual o moral– no es competencia de un único individuo que tiene que guiar a la multitud, sino más bien asunto de todos los individuos, considerados aisladamente, en la medida en que cada cual es, ante todo, dueño de su destino y debe, en razón de ello, determinarse según sus propios intereses, sus gustos y su visión personal de la vida.

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Totalmente opuesta a la concepción 'liberal' es la concepción 'colectivista' de liderazgo y gobierno, preconizada por pensadores como Karl Marx, entre otros. La concepción colectivista es una crítica de las concepciones 'monista' y 'liberal' de liderazgo y gobierno, o sea, de aquellas concepciones que se consideran burguesas y no benefician más que a una minoría, los burgueses, a expensas de la mayoría, los proletarios. La concepción 'colectivista' pone así el acento en el 'pueblo' como epicentro del liderazgo y el gobierno. Dicho de otro modo, el advenimiento de una sociedad buena no depende de un 'filósofo-rey' ni de un 'Leviatán', un 'príncipe', un 'amo', un 'césar' o un 'profeta', sino más bien del pueblo entero que debe actuar como un solo hombre. Tal es, por ejemplo, el credo marxista o comunista que se halla consignado en letras de oro en los diez mandamientos del Partido Comunista, en la forma en que quedaron enunciados en el famoso Manifiesto comunista.

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A semejanza de la concepción 'colectivista', la concepción institucionalista de liderazgo y buen gobierno se presenta igualmente como un antídoto contra el abuso de las concepciones 'monista' y 'liberal' de la gestión de la res publica. Pero aquí el enfoque es diferente: el acento no se pone en el 'pueblo', sino más bien en las 'instituciones'. La idea fundamental en este caso es que el surgimiento de una sociedad buena no depende de las capacidades de los individuos en cuanto tales, sino más bien de la justicia (validez y legitimidad) de las instituciones políticas, sociales, económicas, etc. Es en este contexto en el que se habla de la importancia del 'Estado de derecho', como única garantía de una sociedad buena. Dicho de otro modo, tan solo el gobierno de la ley puede conducir a los individuos a asegurar, cada cual, sus propios intereses a la vez que el bien común. El principio que rige aquí es: no se necesitan tanto 'individuos fuertes' cuanto 'instituciones fuertes' (Barack Obama).

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12.

Uno de los defensores de la concepción institucionalista de liderazgo y gobierno, el filósofo estadounidense, John Rawls, pone de relieve el mérito de tal enfoque como sigue: “Todo el mundo reconoce que la forma institucional de la sociedad afecta a sus miembros y determina en gran parte el tipo de personas que desean ser, así como el tipo de personas que son. La estructura social limita también de diversas maneras las ambiciones y esperanzas de la gente; pues los individuos se entenderán parcialmente a sí mismos –con razón– según la posición que ocupen en ella, y tomarán buena nota de los medios y oportunidades que realistamente les quepa esperar. Así, pues, un régimen económico, pongamos por caso, no es solo un esquema institucional destinado a satisfacer deseos y aspiraciones existentes, sino un modo de moldear deseos y aspiraciones venideros. Más en general, la estructura de base configura el modo en que el sistema social produce y reproduce, con el trascurso del tiempo, una cierta forma de cultura compartida por personas que albergan determinadas concepciones acerca de lo que constituye su propio bien”(1).

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La concepción 'procedimentalista' o 'comunicativa' de liderazgo y buen gobierno es un enfoque bastante reciente. La tesis esencial de este planteamiento obedece a una convicción principal, según la cual la realización del bien común no es posible más que a través de la promoción de una sociedad comunicativa, es decir, una sociedad que cultiva el arte de la discusión racional entre los sujetos importantes de la vida social. Un líder no es quien impone a los demás su manera de ver las cosas, sino quien somete sus opiniones a la discusión racional entre todos con el fin de llegar a un consenso sobre qué se debe hacer en concreto para fomentar el bien común. En efecto, en un mundo descentralizado, pluralista y poliárquico resulta inadecuado preconizar una concepción monista de liderazgo y gobierno. Solo puede reclamar para sí validez legítima un liderazgo que acepte lo que el principal defensor de esta aproximación, Jürgen Habermas, denomina 'el principio D', es decir, el principio de discusión racional, que estipula que “únicamente son válidas las normas de acción a las que todas las personas susceptibles de verse afectadas de una manera u otra por ellas pueden prestar su asentimiento como participantes en discusiones racionales”(2).

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Tales son, presentadas com brevedad, las cinco grandes concepciones de liderazgo y gobierno que nos pueden ayudar a identificar, ya sea mínimanente, los objetivos de las orientaciones que deben adoptarse con vistas a promover hoy sociedades viables, estables y prósperas. ¿Qué lecciones podemos extraer de todo ello de cara a un liderazgo y un gobierno de calidad y excelencia para nuestra época?

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Si es verdad que la concepción monista de liderazgo y gobierno alberga los gérmenes de un elitismo o de un individualismo burgués y, sobre todo, los gérmenes de un reprobable autoritarismo, es necesario reconocer que también puede conducir a desarrollar un agudo sentido de responsabilidad individual, así como a intensificar el sentido de emulación y el del heroísmo creador de un mundo nuevo. En efecto, en una sociedad en la que cada cual quiere ser un modelo de virtud, sabiduría, valentía, tenacidad, perseverancia, inteligencia, competencia, asiduidad, trabajo, etc., la vida social no puede sino un ascenso hacia el bienestar.

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La concepción liberal de liderazgo y gobierno –según la cual cada persona es su propio 'amo' y asume, por lo tanto, la responsabilidad sobre sí misma– tiene dos méritos: primero, respeta la situación de cada persona, con su derecho a autodeterminarse como mejor considere; segundo, fomenta las diferencias culturales, religiosas y políticas existsntes entre los individuos. Por el contrario, esta concepción de liderazgo y gobierno, que pone el acento en la necesidad que todo individuo tiene de desenvolverse a su manera, corre el riesgo de creer una sociedad fragmentada, relativista y, en último término, poco proclive a construir el bien común y la justicia para todos.

17.

La concepción colectivista de liderazgo y gobierno es un engaño ideológico en la medida en que induce a creer que los seres humanos pueden realizar todas las mismas cosas y del mismo modo, sin diferenciación alguna. Todo el mundo es igual al resto. Esta nivelación de las identidades y capacidades es utópica y lleva por regla general a la sociedad, sino al estancamiento, al menos a un totalitarismo esterilizador. El colapso de los regímenes colectivistas o comunistas después de 1989 ha dejado al descubierto las incoherencias de la concepción colectivista de liderazgo y gobierno.

18.

La concepción institucionalista de liderazgo y gobierno presenta varias ventajas. Entre ellas, pueden destacarse las siguientes: las instituciones justas ofrecen un marco en el que existe igualdad de oportunidades en la búsqueda del bien que se desea realizar. Cada cual es dueño de su destino, si bien dentro de un marco institucional que respeta y promueve la libertad y el destino de cada individuo, pero asimismo los de todos. El interés personal debe conjugarse con el bien común. Sin embargo, una de las debilidades de la concepción institucionalista de liderazgo y gobierno es el hecho de que a la larga el individuo se encuentra atrapado hasta tal punto en el engranaje institucional que su capacidad de crear realidades nuevas, de salirse de los caminos trillados, puede verse afectada, reducida o sometida en extremo a las constricciones institucionales, que no siempre son fáciles de cuestionar.

19.

La concepción procedimentalista de liderazgo y gobierno posee también indudables ventajas; por ejemplo, la capacidad de mover a los otros a aceptar un modo de vida o una visión de las cosas, no por imposición, sino más bien mediante la persuasión, en diálogo racional; y correlativamente, la capacidad de actuar juntos tras una discusión racional e inclusiva. Así y todo, la concepción procedimentalista es un ideal que difícilmente puede alcanzarse en un contexto en el que todavía reinan el analfabetismo y la ausencia de una cultura caracterizada por una 'ética de la discusión racional'.

20.

Sea como fuere, esta tipología del liderazgo y del gobierno demuestra en suficiente medida que no existen recetas fáciles. Sobre todo, nos pone en guardia contra los discursos, hoy tan en boga, que lamentablemente tienden a reducir la cuestión del liderazgo y el buen gobierno a una sola concepción, en este caso a la concepción «monista». En efecto, la concepción «monista» de liderazgo y gobierno, que pretende fomentar el bienestar de todos mediante el «heroísmo» de un único individuo o grupo de individuos, puede ser un mero engaño. Ya en el siglo IV a.C., el sabio Aristóteles afirmó, con toda razón, que el liderazgo y el gobierno de una sola persona son de orden divino, no privilegio de los hombres, seres finitos y falibles por esencia. Y luego, en el siglo XVIII, Montesquieu hizo esta implacable constatación: el liderazgo de uno solo corrompe. Y corrompe absolutamente... ¡tarde o temprano!

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La experiencia de la Congregación General 36 que hemos vivido recientemente nos da razones para pensar que el modelo de liderazgo y gobierno querido por san Ignacio se encuentra en la intersección de las concepciones aquí examinadas: es una combinación de talentos y capacidades individuales (concepción monista), discusiones racionales o 'discernimiento en común' con vistas a determinar el bien más universal de la Compañía (concepción comunicativa o procedimentalista), respeto a las diferencias culturales existentes entre nosotros (concepción liberal), adhesión a una misma visión, un mismo carisma y un mismo modo de proceder (concepción colectivista) y, sobre todo, respeto a nuestros textos fundacionales, o sea, a las Constituciones y otros textos (concepción institucionalista).

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Dicho sin ambages, toda aproximación fragmentaria y monolítica a la cuestión del liderazgo y el gobierno corre invariablemente el riesgo de caer en un reduccionismo esterilizador. Tan solo un enfoque «holístico» permite comprender las nociones de liderazgo y gobierno en toda su riqueza existencial.

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Notas

  1. John Rawls, Liberalismo político, Biblioteca de Bolsillo, Crítica, Barcelona 2006, p. 305. En este mismo sentido conviene entender también la célebre afirmación de Rawls de que “la justicia es la primera virtud de las instituciones sociales, como la verdad lo es de los sistemas de pensamiento” (cf. Íd., Teoría de la justicia, Fondo de Cultura Económica, México/Madrid 1979, p. 19). Dicho de otro modo, para Rawls, la justicia no es un asunto de los individuos, sino más bien de las estructuras, que deben llevar a aquellos a practicar la justicia.
  2. Jürgen Habermas, Droit et démocratie. Entre faits et normes, Gallimard, Paris 1992, p. 123 [trad. esp. del orig. alemán: Facticidad y validez, Trotta, Madrid 1998].

Fuente

  • Promotio Iustitiae No. 125. Enero de 2018.
  • Original en francés traducción al español de José Lozano.
  • Paulin Manwelo, S.J. es Profesor de Filosofía, Kinshasha, R. D. Congo
  • Fotografías: Flickr - [ Galo Naranjo]. Licencia Creative Commons.

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