Los regalos de un Papa pobre, equipaje ligero para tiempos difíciles

Ante las patologías del actual periodo eclesial, la salida que sugiere el “sensus fidei” es simple y está al alcance de todos: seguir el magisterio «elemental» del Sucesor de Pedro, que con su «función democrática» (Ratzinger) libera a los bautizados de los pesos de las disquisiciones pseudo doctrinales con las que se entretienen tantos círculos mediático-clericales. Reportaje de Gianni Valente para Vatican Insider.

Una paradoja acompaña de manera cada vez más acentuada los años del Pontificado del Papa Francisco: la enorme cobertura mediática alrededor del actual Sucesor de Pedro acaba ocultando (y a menudo ese es su propósito) el núcleo de lo que él sugiere todos los días a todos. 

Reflectores que oscurecen 

Los radares manipulados de los denigradores antipapales y de los profesionistas del entusiasmo “bergoglista” no atrapan las expresiones cotidianas de sus palabras ni de sus gestos de pastor. Sus sensores sintonizados día y noche con las gestas del “personaje” Bergoglio, salvo raras excepciones, no narran, atestan o citan lo que él dice, escribe o hace. Prefieren interpretarlo según las propias pre-comprensiones. Buscan frenéticamente los gestos y las palabras del Papa solamente para confirmar las caricaturas de Bergoglio creadas y propagadas por ellos mismos (la del presunto tardo-modernista trasnochado y la del “gran revolucionario”) que se dividen el espacio mediático. Coleccionan y divulgan solamente los detalles sacándolos del contexto para darse razón, confirmar las propias claves de lectura oxidadas. 

Salidas y mochilas ligeras 

  
Mientras tanto, los que quieren caminar simplemente en la fe de los Apóstoles encuentran (y ya han encontrado) otros caminos para pasar por este particular periodo eclesial. Mientras los círculos clérico-mediáticos se atribuyen papeles en las campañas construidas alrededor del personaje papal, muchos bautizados no llenan sus mochilas con los pesos de las disquisiciones pseudo doctrinales con las que se entretienen tantos grupúsculos mediático-clericales. 

La salida que han econtrado el “sensus fidei” del pueblo de Dios es simple, eficaz y está al alcance de todos: seguir el magisterio ordinario del Sucesor de Pedro. Precisamente lo que oscurecen y ocultan los “clerical bloggers”, es decir lo que no conquista mediante los títulos de periódicos, lo que no necesita adquirir “visibilidad”, destacar entre los “highlights” de Google, lo que no pretende influir u orientar los “flujos” de la comunicación global. El magisterio “elemental” del Papa, ese que sigue expresando generosamente en las homilías de Santa Marta, en las catequesis de los miércoles, en los Ángelus de los domingos, en las Encíclicas y en las Exhortaciones apostólicas, en las visitas a las parroquias, en los encuentros casi cotidianos con el pueblo de Dios. Precisamente todo ello en donde el Papa Francisco se muestra como es: un pobre pecador abrazado por Jesús. Tan agradecido por este abrazo que no oculta ni se escandaliza de los propios límites ni de los propios errores. 

La Iglesia de cada día 

  
Si se elige casualmente un día de estos últimos meses, entre enero y abril, se puede advertir con facilidad la trama del magisterio ordinario que el Obispo de Roma propone en cada circunstancia que se le presenta. Es fácil. En los primeros días del año, a los chicos rumanos alojados en una casa para huérfanos de la AVSI, el Papa dijo que ir a la iglesia «sirve, si al principio, cuando yo entro, puedo decir: “Heme aquí, Señor. Tú me amas y yo soy pecador Ten piedad de nosotros. Jesús nos dice que si hacemos esto, volvemos a casa perdonados”. Así, poco a poco, Dios transforma nuestro corazón con su misericordia, y también transforma nuestra vida» (4 de enero). A los padres de los recién nacidos que estaba por bautizar en la Capilla Sixtina dijo que «nosotros tenemos necesidad del Espíritu Santo para transmitir la fe, solos no podemos. Poder transmitir la fe es una gracia del Espíritu Santo, la posibilidad de transmitirla; y es por esto que ustedes traen aquí a sus hijos, para que reciban al Espíritu Santo» (7 de enero). 

Cuando participó en la fiesta por el traslado del ícono restaurado de la Salus Populi Romani, en la Basílica de Santa María Mayor, el Papa recordó que «en donde la Virgen es de casa no entra el diablo. En donde está la Madre la turbación no prevalece, el miedo no vence. ¿Quién de nosotros no necesita esto, quién de nosotros a veces no está turbado o inquieto? […] Y nosotros la necesitamos como un caminante del descanso, como un niño que necesita que lo carguen. Es un gran peligro para la fe vivir sin la Madre, sin la protección, dejándonos transportar por la vida como las hojas por el viento» (28 de enero). 

A los consagrados y a las consagradas, durante la Jornada Mundial dedicada a ellos, recordó que «Tener al Señor entre las manos es el antídoto contra el misticismo aislado y contra el activismo desenfrenado, porque el encuentro real con Jesús endereza tanto los sentimentalismos devotos como a los ocupados frenéticos» (2 de febrero). 

A los niños de Ponte Mammolo, en su visita a la parroquia romana de San Gelasio I, dijo que incluso cuando se viven «tiempos feos» debemos «tomar la mano de Jesús, para que Jesús nos saque adelante de la mano» (25 de febrero). Y después, durante la misa, al comentar el pasaje evangélico de la Transfiguración, recordó que «Jesús nos prepara siempre a la prueba. De una manera u otra, siempre nos prepara. Nos da la fuerza para seguir adelante en los momentos de prueba y vencerlos con su fuerza. Jesús no nos deja solos en las pruebas de la vida: siempre nos prepara, nos ayuda, como ha preparado a estos discípulos, con la visión de Su gloria» (25 de febrero). 

En Cuaresma, durante la Celebración de la penitencia que se llevó a cabo en la Basílica de San Pedro, antes de dirigirse al confesionario, el Papa recordó que «la condición de debilidad y de confusión en la que nos pone en los pecados es un motivo más para que Dios se quede cerca de nosotros» (9 de marzo). 

En San Juan Rotondo, hablando sobre el Padre Pío, recordó que el Santo de Pietrelcina «ofreció su vida e innumerables sufrimientos para que los hermanos encontraran al Señor», y que «el medio decisivo para encontrarlo en la Confesión, el sacramento de la Reconciliación. Allí comienza y vuelve a comenzar una vida sabia, amada y perdonada; allí comienza la curación del corazón» (17 de marzo). 

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En la fiesta de San José, cuando celebró algunas ordenaciones episcopales, recordó que «mediante la ininterrumpida sucesión de los obispos en la tradición viva de la Iglesia la obra del Salvador continúa y se desarrolla hasta nuestros tiempos», porque «es Cristo quien en el ministerio del obispo sigue predicando el Evangelio de salvación y santificando a los creyentes, mediante los sacramentos de la fe» (19 de marzo). 

En la homilía del domingo de la Misericordia agradeció al apóstol Tomás, «porque no se conformó con escuchar que los demás decían que Jesús estaba vivo, y tampoco verlo en carne y hueso, sino que quiso ver dentro, tocar con la mano sus heridas, los signos de su amor… Tampoco a nosotros nos basta saber que Dios está: no nos llena la vida un Dios resucitado pero lejano; no nos atrae un Dios distante, por justo y santo que sea. También nosotros necesitamos “ver a Dios”, tocar con la mano que resucitó, y que resucitó por nosotros. Como los discípulos: mediante sus heridas». Después, refiriéndose al sacramento de la confesión, recordó que, a pesar de las caídas en el pecado, «no es cierto que todo sigue como antes», porque cada vez que somos perdonados nos sentimos animados, «porque nos sentimos cada vez más amados, más abrazados por el Padre. Y cuando, amados, volvemos a caer, sentimos más dolor con respecto al pasado. Es un dolor benéfico, que lentamente nos aleja del pecado. Descubrimos entonces que la fuerza de la vida es recibir el perdón de Dios, y seguir adelante, de perdón en perdón. Así va la vida: de vergüenza en vergüenza, de perdón en perdón. Esta es la vida cristiana» (8 de abril). 

Hace algunos días, en la homilía de la misa celebrada en Santa Marta, recordó que «nosotros caminamos hacia un encuentro: el encuentro definitivo con Jesús». Y añadió que «el cielo es el encuentro con Jesús, y nosotros preparamos este encuentro con los encuentros que nosotros tenemos en el camino de la vida con el Señor». Y, mientras nosotros vamos caminando, «Jesús» no está «sentado allí esperándonos, esperándome… Jesús nos prepara un sitio, Jesús trabaja, en este momento, por nosotros», y «el trabajo de Jesús» es «la intercesión, la oración de intercesión». Jesús «reza por mí, por cada uno de nosotros». Él «es fiel y reza por mí, en este momento» (27 de abril). 

Pocos días antes, durante la audiencia general de los miércoles, hablando sobre el Bautismo, dijo que quien pone en duda la práctica de bautizar a los niños recién nacidos demuestran que no tienen «confianza en el Espíritu Santo, porque cuando nosotros bautizamos a un niño, en ese niño entra el Espíritu Santo, y el Espíritu Santo hace que crezca en ese niño, desde niño, virtudes cristianas que después florecerán» (11 de abril). Una semana después, también durante la audiencia de los miércoles, pidió que los adultos le enseñaran «a los niños a persignarse. Si lo aprenden desde niños, lo harán bien después, de grandes» (18 de abril). 

Mientra tanto, con la Exhortación apostólica “Gaudete et Exsultate”, difundida el pasado 9 de abril, recordó a todos los bautizados que: «Todos estamos llamados a ser santos, viviendo con amor y ofreciendo cada uno el propio testimonio en las ocupaciones de cada día, allí en donde se encuentre». Y confesó que su corazón de sacerdote goza al ver «la santidad en el pueblo de Dios paciente: en los padres que crecen con tanto amor a sus hijos, en los hombres y en las mujeres que trabajan para llevar a casa el pan, en los enfermos, en las religiosas ancianas que no pierden la sonrisa. En esta circunstancia, para seguir adelante día a día, veo la santidad de la Iglesia militante». 

El dedo y la luna  

El impulso apostólico “ferial” del Papa Francisco demuestra cada día que el dinamismo proprio del evento cristiano tiene una única fuente en la gracia de Cristo, en el misterio de su obrar. Al describir la eficacia de los sacramentos, los gestos del Señor, el actual Sucesor de Pedro muestra en todo momento la naturaleza sacramental de la Iglesia, su dependencia de la obra del Espíritu Santo. El Papa Bergoglio pone en guardia constantemente frente a cualquier tipo de pretensión de «autosuficiencia» humana, incluida la que alimenta los triunfalismos y las ansias de «relevancia» en el cuerpo eclesial. En su predicación ordinaria, no habla sobre sí mismo. Como un dedo que indica la luna, sugiere con insistencia que solamente Cristo cura, redime y salva. Y tal dato no es reducido por el Papa a una afirmación descontada, o como un postulado a priori, sino que es propuesto como reconocimiento y “certificado” de una experiencia. 

El Papa Francisco recuerda a cada instante que Cristo se encuentra en la oración, en los sacramentos y en sus predilectos, que son los pobres. No inventó él la misericordia, ni el perdón o la caridad. Sino que repite a cada paso los rasgos distintivos de la novedad que llegó al mundo con Cristo. Son cosas que siempre ha dicho la Iglesia. Pero este dato, indiscutible, no puede ser un pretexto para ocultar o hacer que se olviden otras evidencias. Por ejemplo, la saña con la que muchos aparatos eclesiales parecen ocupados en la construcción de la propia “relevancia” y en crear el propio protagonismo en la historia. O la diligencia con la que en época reciente se purgaban los pronunciamientos papales de todas las expresiones sobre la predilección por los pobres, porque eran consideradas sospechosas e inoportunas. 

Venenos y anticuerpos 

  
Las raciones cotidianas de magisterio “elemental” del actual Obispo de Roma refuerzan también los únicos anticuerpos eficaces para soportar las patologías y las infecciones de diferentes naturalezas que pesan en el actual momento eclesial: las actitudes que alimentan el mito del «Papa justiciero», héroe solitario que liberará a la Iglesia de todos los malos y de todos sus retrasos; y las que fomentan los censores de los grupitos mediático-clericales que lo someten cada día a procesos pseudo doctrinales. 

En la actualidad, precisamente la sañuda y coordinada denigración mediático-clerical del Papa pretende sembrar divisiones y “dubia” en lo que queda del pueblo de Dios, para decir luego que el pueblo de Dios está dividido. Tal fenómeno, inédito por sus dimensiones y ferocidad, se ha convertido en un factor objetivo de descristianización. 

Y más devastador de los que se relacionan con condicionamientos culturales de matriz mundana (incluyendo el relativismo y el nihilismo). Bajo la ostentación de un rigorismo doctrinal, la red de los fustigadores profesionales del Papa agrede lo que queda de la memoria cristiana, siempre caracterizada por un afecto íntimo e instintivo por el Sucesor de Pedro y su ministerio. Ante las campañas creadas por algunos llamados «ortodoxos de la verdadera doctrina», los obispos, junto con el Papa, están llamados a ejercer paradójicamente la que el cardenal teólogo Joseph Ratzinger definió como «la función verdaderamente democrática» del magisterio eclesial: la preocupación por custodiar a todos los hermanos y al pueblo de Dios entero de las facciones y de los «perros» (San Pablo) que los desorientan y que no tienen escrúpulos al llenarse la boca con el nombre de Cristo por «envidia». Con la confianza de que el Pueblo de Dios, guiado por su “sensus fidei”, precede a los pastores por el camino correcto: «Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los doctos, y las has revelado a los pequeños» (Mt. 11, 25).  

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