¿Necesitamos desarrollo?

La historia no se repite, ni como una farsa. Sin embargo, algunos dilemas parecen permanentes. La cuestión de cómo garantizar el desarrollo económico constante y ascendente es uno de ellos, especialmente para los bloques de poder que se suceden al frente del Estado brasileño.

En la década de 1910, la economía del caucho en el Amazonas sufrió una profunda crisis por cuenta de la plantación a gran escala promovida por los ingleses en Asia. El comercio y la incipiente industria local entraron en colapso. El caucho amazónico pasó a ser secundario y esto repercutió profundamente en las finanzas nacionales. En el transcurso de aquella década se instauró un interesante debate sobre el futuro de la economía y las alternativas para el desarrollo económico de la región. Las élites se dividieron respecto a lo que se debería promover. Algunos defendían que la crisis era temporal y que el precio del producto volvería a subir. Otros apostaban por la ganadería, el café, la agricultura familiar, la minería, etc. Sin embargo, el gobierno de Pará poco podía hacer para revertir esta situación, pues ni siquiera lograba movilizar fuerzas policiales para combatir a los indios Urubu que desde el Maranhão avanzaban sobre el territorio paranaense, lo cual había sido un gran reclamo de las élites políticas para aquella época. El desarrollo parecía amenazado.

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Pasaron los años y a pesar del poco peso político en las estructuras de poder que realmente deciden el presente y el futuro de esta región, la Amazonía sigue siendo relevante para la balanza comercial y la entrada de dólares, así como para efectuar la tan soñada integración económica de América del Sur; a pesar de continuar entre los peores Indicadores de Desarrollo Humano del país, ser escenario de conflictos territoriales que llevan anualmente al asesinato de indígenas, campesinos, agentes pastorales y otros activistas sociales, ser escenario de la expropiación a gran escala estimulada por el Estado brasilero a favor de las trasnacionales – incluidos bancos, agronegocio, contratistas, etc- y de segmentos empresariales brasileros asociados con ellas.

La historia no se repite, ni siquiera como farsa. Sin embargo, algunos dilemas parecen permanentes. La cuestión de cómo garantizar el desarrollo económico constante y creciente es uno de ellos, especialmente para los bloques de poder que se suceden a la cabeza del Estado brasilero. No obstante, buena parte de la izquierda y de los gobiernos considerados progresistas también comulga con una visión de la economía basada en el crecimiento y fundamentada en la explotación intensiva de la naturaleza, tal como en el Brasil de Lula y Dilma, en la Venezuela de Chávez y Maduro, en la Bolivia de Evo Morales o en el Ecuador de Correa.

Según nuestro gran maestro Celso Furtado, “progreso” y “desarrollo” se constituyeron en poderosos instrumentos de justificación política e ideológica de todas las atrocidades cometidas por los europeos desde su llegada a América [i]. Aún hoy en día, ambos términos son ampliamente empleados por las fuerzas conservadoras para combatir cualquier iniciativa que se oponga al modelo hegemónico, así como es parte constitutiva del discurso dominante que defiende el desmonte de la legislación ambiental, la instalación de complejos logísticos de infraestructura para incrementar la exportación de commodities, la reducción del tamaño de áreas de preservación y el surgimiento de obstáculos para la demarcación de nuevas áreas indígenas o étnicas (Brasil); la extracción del petróleo existente en tierras indígenas (Ecuador); la expansión del monocultivo de soya (Bolivia), la cesión de vastos territorios para las industrias petrolera y maderera (Perú), la construcción de hidroeléctricas y la expansión de redes de distribución de energía (Venezuela), etc. En ese contexto ser señalado de oponerse al “progreso” y al “desarrollo” es cargar una mancha difícil de ser arrancada, es sufrir intentos de desmoralización pública, es ser compulsivamente enfrentado con deseos estimulados cotidianamente en la sociedad: consumo, crecimiento económico, riqueza, control sobre la naturaleza, etc.

Lo cierto es que el “desarrollo” se volvió, particularmente después de la II Guerra Mundial, una poderosa herramienta político-ideológica hábilmente utilizada por el imperialismo estadounidense para hacer valer sus intereses alrededor del mundo. Desde entonces, el discurso del desarrollo viene siendo empleado para evidenciar diferencias (reales y supuestas) entre los países y en el interior de los mismos: avanzados vs atrasados, desarrollados vs subdesarrollados, modernos vs arcaicos o tradicionales, entre otras. Sin embargo, la propia guerra demostró que no caminamos necesariamente hacia un futuro prometedor, ya que adquirimos inclusive la capacidad de exterminarnos como especie, ahora profundizada por los desequilibrios climáticos promovidos por la acción humana.

Diferente a lo que fue pregonado por W.W. Rostow [ii] no hay etapas a cumplir que llevarán a todos los países rumbo al desarrollo y a la felicidad, básicamente por dos motivos: a) el planeta no soportará los niveles exorbitantes de consumo, de producción de desechos y de degradación ambiental; y b) las condiciones históricas que permitieron a Estados Unidos, Francia, Alemania y las demás naciones del G-7 llegar adonde llegaron, no están generalizadas para los demás, pues como bien dijo Ha-Joon Chang la “escalera fue pateada” [iii]. Algún otro, como en el caso de China, podrá acercarse, pero esto jamás abarcará los restantes. En estos últimos, la tendencia es que apenas una pequeña fracción de sus poblaciones acumule riqueza suficiente para disfrutar de los altos patrones europeos o estadounidenses, evidenciando las profundas desigualdades existentes en estos países.

Y como telón de fondo de todo esto, está el hecho de que nos encontramos en un momento denominado por el historiador camerunés Achille Mbembe como “el fin de la era del humanismo” [iv]. Una era en la que, según podemos aprender de sus reflexiones, la amenaza que se asienta sobre la humanidad es el enfrentamiento entre la democracia y el capital cada vez más financierizado:

(…) En cualquier caso, es un síntoma de cambios estructurales, cambios que se harán cada vez más evidentes a medida que el nuevo siglo se vaya desarrollando. El mundo como tal lo conocemos desde el final de la Segunda Guerra Mundial, con los largos años de la descolonización, la Guerra Fría y la derrota del comunismo, ese mundo se acabó.

Otro largo y mortal juego empezó. El principal choque de la primera mitad del siglo XXI no será entre las religiones o civilizaciones. Será entre la democracia liberal y el capitalismo neoliberal, entre el gobierno de las finanzas y el gobierno del pueblo, entre el humanismo y el nihilismo.

El capitalismo y la democracia liberal triunfaron sobre el fascismo en 1945 y sobre el comunismo a comienzos de los años 1990, con la caída de la Unión Soviética. Con la disolución de la Unión Soviética y el advenimiento de la globalización, sus destinos han sido desenredados. La creciente bifurcación entre la democracia y el capital es la nueva amenaza para la civilización.

Apoyado por el poder tecnológico y militar, el capital financiero logró su hegemonía sobre el mundo mediante la anexión del núcleo de los deseos humanos y, en el proceso, transformándose sobre él mismo en la primera teología secular global. Combinando los atributos de una tecnología y una religión, se basaba en dogmas incuestionables que las formas modernas de capitalismo compartieron reluctantemente con la democracia desde el periodo de la postguerra – la libertad individual, la competencia en el mercado, la regla de la mercancía y la propiedad, el culto a la ciencia, la tecnología y la razón.

Es posible identificar “puntos de encuentro” entre el pensamiento de Mbembe y las formulaciones de Dardot e Laval. Para ellos el “neoliberalismo” no es solo una ideología, un tipo de política económica. Es un sistema normativo que amplió su influencia al mundo entero, extendiendo la lógica del capital a todas las relaciones sociales y a todas las esferas de la vida” [v]. Al hablar de neoliberalismo, normalmente resaltamos las privatizaciones, las propuestas de reducción del tamaño del Estado o la focalización de las políticas gubernamentales. No obstante, tal vez más importante que todo lo anterior es comprender que la característica fundamental del neoliberalismo es que se mostró capaz de moldear nuestras subjetividades – o como afirma Mbembe, de anexar el núcleo de nuestros deseos, de hacernos parte del juego con el objetivo de garantizar la reproducción del sistema, incluso cuando nos disponemos a destruirlo [vi]. Lo que está en juego con el neoliberalismo es “nada más y nada menos que la forma de nuestra existencia, es decir, la forma en que somos llevados a comportarnos, a relacionarnos con los demás y con nosotros mismos. El neoliberalismo define cierta norma de vida en las sociedades occidentales y más allá de ella, en todas las sociedades que las siguen en el camino hacia la ‘modernidad’” [vii]. Por otro lado, el neoliberalismo busca librarse de todas las ataduras, por ello la democracia y cualquier forma de control social son percibidas como un estorbo, algo a ser superado. Es el gobierno de las corporaciones que se materializa de diferentes formas, sea como la troika en Europa o a través de la completa rendición del Congreso Nacional brasilero a los dictámenes de grandes grupos privados –Globo, Odebrecht, JBS, Vale, agronegocio, etc -, aliados al segmento Judicial y a otros.

Las reformas al seguro social y del trabajo, la aprobación del Código Forestal, la revisión de las áreas de preservación y la completa destrucción de los derechos garantizados en la Constitución de 1988, entre otros, evidencian la creciente pérdida de cualquier noción de solidaridad y la conformación de un proceso a gran escala de eliminación selectiva, y nos colocan ante la cuestión de si el humanismo, de hecho, terminó. Y en ese contexto, el Estado se constituyó en un instrumento clave para la afirmación neoliberal. Por lo tanto, creer que la elección de Lula en 2018 o directamente todavía en 2017 será capaz de revertir ese cuadro sin romper decididamente con esta estructura estatal, es más que simple ingenuidad. No obstante, es necesario buscar romper también con el sistema normativo que nos fue impuesto, que nos relega a los estrechos límites del debate sobre desarrollo y crecimiento económico. De ahí afirmamos que estos no nos sirven como parámetros de análisis de las nuevas dinámicas surgidas con la globalización y tampoco como estrategias políticas ante la superación del capitalismo.

Una cuestión llama la atención en Brasil cuando observamos las diversas iniciativas de resistencia al avasallante proceso de expropiación territorial en curso: los pueblos originarios, campesinos, palenqueros, ribereños, las comunidades de fundo de pasto , pescadoras y otros más, no restringen sus críticas al modelo hegemónico de desarrollo. Sus luchas, sus pautas, sus formulaciones y sus propios modos de vida expresan una contundente crítica civilizatoria. Esta es, a mi manera de ver, una de las diferencias cualitativas en relación a buena parte del movimiento sindical obrero, por ejemplo; pues éste se encuentra en su mayoría, preso en las trampas del debate sobre desarrollo y/o crecimiento económico. Y es cierto que en los segmentos citados anteriormente hay diferencias nada despreciables, como en el caso de las contiendas sobre la Reducción de las Emisiones por Deforestación y Degradación (REDD) o el mercado del carbono; sin embargo, esto no descalifica sus críticas al sistema-mundo capitalista, moderno, colonial, antropocéntrico, machista y racista, en la feliz expresión del profesor Carlos Walter Porto-Gonçalves.

Es necesario observar detenidamente hacia esos segmentos, pues tienen mucho para decirnos. ¿Las manifestaciones de junio de 2013 fueron importantes? Claro que sí! Pero ¿por qué la mayoría de los análisis sobre la reanudación de las movilizaciones sociales en el país descuida el hecho de que en abril de ese mismo año, los pueblos indígenas se enfrentaron decisivamente por sus derechos contra los poderes constituidos? Las confrontaciones abiertas ocurridas en aquel periodo fueron tan incisivas como las de junio. ¿Cual es el motivo para no ser reconocidas? La obstinada resistencia de los Munduruku de la cuenca del Tapajós forzó al gobierno federal a abandonar la idea –al menos por ahora- de la construcción de hidroeléctricas en sus territorios. Ellos lograron hacer una acción en red, conformando una red de apoyo y solidaridad desde el nivel local hasta el internacional, a partir la implementación de varias estrategias de acción, luchando en el marco de la institucionalidad, como la exigencia de que sean consultados a partir de los dispositivos de la Convención 169 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), pero sin rendirse exclusivamente a ella. Ejemplo de ello fueron las iniciativas de autodemarcación de sus tierras o la expulsión de sus territorios de investigadores involucrados con el levantamiento de información para los Estudios de Impacto Ambiental (EIA).

Los modos de vida de esos segmentos y el control que ejercen sobre muchos territorios, hicieron que fueran considerados enemigos a ser derrotados por el bloque de poder que dirige al aparato de Estado brasilero. La nueva etapa de acumulación ampliada de capital basada en la financierización y en el control sobre las propias bases de reproducción de la vida, sea a través de las patentes del conocimiento o del mercado del carbono, los vuelven actores sociales relevantes en las luchas por cambios estructurales en la sociedad. Por lo tanto, los debates sobre desindustrialización o reprimarización de la economía tienden a aportar muy poco cuando están vinculadas a la cuestión del desarrollo y del crecimiento económico. Y peor aún, cuando desconsideran actores sociales que actualmente ejecutan la crítica más contundente a nuestro modelo civilizatorio.

Notas:

  1. FURTADO, Celso. Introdução ao desenvolvimento: enfoque histórico-estrutural. 3.ed. São Paulo: Paz e Terra. 2000.
  2. ROSTOW, W. W. As etapas do desenvolvimento econômico. Ed. Zahar, 1974.
  3. CHANG, Ha-Joon. Chutando a escada: desenvolvimento em perspectiva histórica. Ed. UNESP, 2004.
  4. MBEMBE, Achille. A era do humanismo está terminando. Ver: http://www.ihu.unisinos.br/564255-achille-mbembe-a-era-do-humanismo-esta-terminando
  5. DARDOT, Pierre, LAVAL, Christian. A nova razão do mundo: ensaio sobre a sociedade neoliberal ; tradução Mariana Echalar. - 1. ed. - São Paulo: Boitempo, 2016, p.7.
  6. Difícilmente alguno de nosotros pondría a los hijos a estudiar inglés pensando en las lecturas de Shakespeare.
  7. Idem. p. 16.

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