Parir y nacer en la Venezuela del hambre. Palabra de Mujer. Historias - Capítulo 4

En esta cuarta entrega del reportaje especial de Efecto Cocuyo, Parir y nacer con hambre, sumamos voces de este drama humano.

La prematuridad superada

A Miranda, con apenas tres meses de nacida, el médico ya le recomendó tomar en clases de natación cuando esté en edad escolar. La sugerencia es a propósito de que la pequeña llegó al mundo con 29 semanas, 1.100 gramos de peso y una deficiencia respiratoria al igual que su hermanita gemela, quien no resistió los embates de la prematuridad y a los ocho días de haber nacido murió de un derrame pulmonar.

Esta recomendación médica es una nimiedad en comparación con las muchas que se le hacen a la mayoría de los prematuros. Miranda ha corrido con suerte, pues ha tenido el apoyo de su familia y su mamá encontró un cupo en una de las maternidades más importantes de la capital, lo cual ya es bastante decir en un país donde el número de camas hospitalarias se ha reducido en un 50% desde 1995.

Wensy García es una manicurista de 33 años de edad y esperaba con ansias a sus primeras hijas. Sus consultas prenatales las llevó a cabo en una clínica privada hasta que un rompimiento imprevisto de fuente (derrame de líquido amniótico), le puso a “rodar” por Caracas para conseguir un cupo que garantizara la terapia neonatal para sus dos bebés que estaban en una situación de alto riesgo.

Luego de visitar dos clínicas privadas, una donde no la aceptaron por el poco tiempo de gestación y otra cuyo costo la convertía en inaccesible, llegó a la Maternidad Santa Ana. “Fue en la única donde me garantizaron incubadora para la bebé”, dice Wensy.

Wensy tuvo un embarazo controlado y a pesar de que ella y su esposo tuvieron que recorrer varias farmacias para encontrar los micronutrientes, nunca dejó de tomarlos.

Wensy, vive en Petare, un conglomerado de barrios pobres en Caracas, considerado el más grande de América Latina. Tener un seguro privado le permitió controlar su embarazo en una clínica privada. A pesar del alto costo de la vida mantenía una dieta balanceada. Contó que su familia hacía lo imposible para que ella siempre tuviera proteínas en el almuerzo y la cena.

Sin embargo, ella inició su embarazo con 70 kilos, luego bajó a 65 y terminó con 71 kilos, pérdida de peso que ella adjudicó a los vómitos durante la primera etapa de la gestación.

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En la Maternidad Ana Teresa Ponce, en Vargas, aún cuentan con fórmulas lácteas para los neonatos.

“Horrible, horrible, horrible”, así describe Wensy su estancia en la Maternidad Santa Ana. Lo más complicado para ella y su esposo fue recorrer los laboratorios, hacerse los exámenes una y otra vez y conseguir que pudieran entregarle los resultados. “Por cada gota de sangre que les sacaban a los bebés se descompensaban, retrocedían; era horrible”, comentó Wensy.

Esa experiencia también la sufrió Argelis Miranda, de 40 años y mamá de Anabella, una bebé prematura que nació con 28 semanas y 920 gramos de peso.

Durante los dos meses que Miranda y Anabella estuvieron hospitalizadas en la Maternidad Santa Ana se contaminaron, la primera con una bacteria y la segunda con un hongo. Allí comenzó una nueva preocupación para las familias de las bebés, en un país donde la escasez de medicamentos está por encima del 90%.

“Cuando tenía un mes ya estaba para darle de alta, ella pesaba 1,250 se me contaminó en la maternidad Santa Ana con un hongo, le dio un shock séptico. Hubo que reanimarla, allí me retrocedió por completo, se me complicó todo”, cuenta Argelis visiblemente emocionada al revivir los momentos en que Anabella se debatía entre la vida y la muerte.

-¿Y los medicamentos para enfrentar esa situación?
-“La mayoría afortunadamente la Maternidad Santa Ana me los dio, un solo antibiótico que no lo tenían para ese momento, tuvimos que buscarlo”, ese antibiótico salvador se lo donaron desde la Maternidad Concepción Palacios, comentó Argelis.

“Con la bendición de Dios, el hongo no se alojó ni en el corazón ni en ninguna otra parte de su cuerpo, pero el oxígeno afectó a la bebé. Ahorita ella está presentando una retinopatía de prematuros, los vasos sanguíneos no llegan hasta la retina y la retina se va desprendiendo. Hay que hacerle varias intervenciones”, cuenta ya más esperanzada, Argelis.

Anabella, ya fue intervenida por primera vez, gracias a un grupo de oftalmólogas que trabajan ad honorem en la Maternidad Santa Ana. Miranda y Anabella han logrado sortear los días primeros 28 días más críticos de los bebés con bajo peso. Hoy ambas están en casa, en la lucha de ganar gramos en un país donde muchos están perdiendo kilos.

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En la calle, a la vista de todos

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Ocupa el décimo cuarto puesto de la cola, la cola de las mujeres que esperan sentadas en una acera. Se distingue por la gorra fucsia que lleva puesta y los arcos de sus cejas engrosados con creyón negro y extendidos casi hasta los pómulos.

Viste un short y unas sandalias que dejan ver sus piernas delgadas y sus pies sucios. Cuenta que tres horas antes salió del rancho donde vive en Caucaguita (a casi 22 kilómetros de distancia) para tomar el número que le aseguraría un plato de pasta, un pedazo de pan y medio vaso de té. Es una de las aproximadamente 200 personas que todos los domingos se agolpan en el bulevar de Sabana Grande para recibir la comida que brinda la Fundación Jesús Camino, Verdad y Vida.

Yoanna Flores tiene 24 años de edad y ocho meses de embarazo. “Estoy aquí porque me estoy muriendo de hambre”, resume la mujer.

Es primeriza y ya tiene nombre para su hija: Ana Lucía. En la Maternidad Concepción Palacios donde, asegura, ha ido seis veces a control prenatal, le habrían dicho que la bebé pesa 1,3 kilogramos. “Sí, mi barriga es pequeñita, pero todo está bien. Yo espero que pese al menos dos kilos y medio”, confía.

No se queja de la atención que le han brindado en la principal maternidad del país, a pesar de que allí no le han suministrado los suplementos alimenticios y los medicamentos que necesita: “Los médicos que me atienden siempre me hacen un récipe; me mandan hierro, calcio y ácido fólico. Pero uno baja a la farmacia de la maternidad y nunca hay. Igual pasa con los exámenes, no hay reactivos. Ahora tengo una infección en la orina. Me mandaron un antibiótico, amoxicilina, pero eso no se consigue. Y si lo consiguiera tampoco tengo dinero para comprarlo”.

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“Ahora comemos dos veces al día y muy poquito”, cuenta Dayana Torres, embarazada de su tercer hijo.

-¿Conoces un plan denominado Ruta Materna?
-No, qué es eso.

Yoanna cuenta que sobrevive del sueldo mínimo que gana su esposo, Richard Acosta, de 40 años de edad, como vigilante de una empresa. “Él está allí en la cola de los hombres, venimos juntos para acá porque lo que él gana no nos alcanza ni para comer”, dice la mujer mientras sostiene el plato y el vaso que le acaban de dar.

La otra embarazada que ese domingo (3 de diciembre de 2017) fue a pedir comida a Sabana Grande provenía del barrio La Dolorita de Petare. Dayana Torres tiene 28 años de edad y pronto parirá su tercer hijo en el Hospital Materno Infantil de Petare, donde tiene control prenatal. Tampoco sabe de planes o instancias gubernamentales de atención a las embarazadas. Asegura que sus dos embarazos anteriores fueron más llevaderos: “Antes se conseguía más. Ahora comemos dos veces al día y muy poquito”. Dice no recordar la última vez que comió carne de res.

“El papá se fue para Colombia y me encuentro en una situación muy fea. Como lo que la gente me regala porque no tengo trabajo. Tengo que salir a la calle y pedir, porque por allá, por donde yo vivo, no consigo ayuda. Yo, más que vitaminas, ácido fólico, calcio y esas cosas, que por cierto no he conseguido en el Materno Infantil de Petare, lo que más

necesito es comida para mis dos hijos. Aquí conmigo está el de 7 años; el de 10 lo dejé con mi hermana”, relata la mujer.

Y Dayana sonríe mientras come: “Es que desde hace tiempo quería comer pasta”.

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