Reconciliación en el orden político actual

La reconciliación es un de los retos más exigentes pasa las sociedades contemporáneas actuales, pues requiere una conciencia reflexiva y de dialogo entre todas las personas.

Si mientras llevas tu ofrenda al altar te acuerdas de que tu hermano tiene queja de ti, deja la ofrenda delante del altar, ve primero a reconciliarte con tu hermano y después vuelve a llevar tu ofrenda (Mateo 5,23-24).

La reconciliación se cuenta entre los retos más exigentes que Jesús plantea a sus discípulos. Se dice que el culto auténtico no solo ha de satisfacer el formidable prerrequisito de nuestra disposición a reparar las injusticias cometidas; también precisa de la disposición de los otros a reconciliarse con nosotros, un factor que no podemos controlar.

Jesús imagina este proceso como algo que acontece entre “hermanos y hermanas”, en el plano de las relaciones personales más estrechas. Un proceso de reconciliación política plantea problemas espirituales y éticos aún más inextricables. ¿Es justo que quienes desempeñan responsabilidades políticas comprometan a su pueblo en un proceso que exige conversión radical?

Sin embargo, los jesuitas proclamamos que esta misión de reconciliación se extiende de algún modo a la política internacional y a las más cruentas situaciones humanas. Creemos que la misión no es absurda ni arrogante, puesto que participamos en la misión primordial de Cristo, que no es otra que llevar a cabo la obra del Padre. Creemos que los dones del Espíritu Santo pueden ser concedidos comunitariamente, tanto dentro de la Iglesia como más allá de sus límites, de suerte que la Iglesia sea capaz de atestar –desde su propio realismo espiritual– las verdaderas necesidades, incluso las no reconocidas, de los demás.

Según la Escritura, el “mundo” que debe ser reconciliado incluye cualquier aspecto de la vida natural y social opuesto a la acción del Espíritu de Dios. Es coherente que la CG 35 entienda la llamada a la reconciliación en un sentido muy abarcador, incluso cósmico: “reconciliación con Dios, con los demás y con la creación”:

En un mundo rasgado por la violencia, las luchas y la división, también nosotros somos llamados, junto con otros, para llegar a ser instrumentos de Dios, “que estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirle cuentas de sus pecados”. Esta reconciliación nos llama a construir un nuevo mundo de relaciones justas, un nuevo Jubileo en el que, superando todas las divisiones, Dios restaura su justicia para todos (CG 35, d. 3, n. 16).

Por lo que respecta al “orden político actual”, allí dondequiera que las injusticias se enconan en los corazones de las víctimas hasta que la venganza deviene por fin posible, los conflictos pueden ser en todo caso temporalmente contenidos, si bien solo para estallar más tarde. Lo único capaz de “reparar” o “sanar” tales injusticias es la reconciliación.

Reconciliación y justicia política

Sin embargo, aunque la reconciliación sea una misión espiritual esencial, es probable que los políticos pragmáticos la consideren expresión de ingenuidad, ilusión o escapismo. Tienen razón al menos en su percepción de que, cuanto más elevado sea el lenguaje espiritual, tanto más fácil resulta falsificarlo. En el relato de la pasión en Lucas, Jesús es llevado de Pilato a Herodes y de Herodes de vuelta a Pilato, siempre a merced de uno de ellos. “Aquel día Herodes y Pilato se reconciliaron, pues antes estaban enemistados” (Lc 23, 12). Lucas escoge las palabras con cuidado, y esta “reconciliación” (o su parodia) significa la muerte para su víctima. En la última entrevista televisiva que concedió, el distinguido dramaturgo Dennis Potter afirmó lo siguiente de un lenguaje tan elevado y sobre-espiritualizado: “El problema con las palabras es que uno nunca sabe en boca de quién han estado”. Del activista estadounidense Saul Alinski (en cuyo movimiento de organización comunitaria el joven Barack Obama pulió sus habilidades negociadoras y quien inspiró el movimiento ‘Citizens’, que ahora ejerce una sana influencia en círculos eclesiales) se decía que odiaba la palabra “reconciliación”. A su juicio, significaba que “los ricos se quedan con el dinero y los pobres se reconcilian con ello”. Así pues, ¿qué requiere políticamente tal compromiso?

En primer lugar, la búsqueda de reconciliación siempre requiere discernimiento, a fin de que no encubra ideológicamente la negación de justicia. Hace algunos años oí a un jesuita del Chad, Antoine Berilengar, describir su experiencia de diálogo tanto con el gobierno como con empresas petrolíferas en una situación de gran pobreza. Los industriales aseguraban – típica, pero sospechosamente– fomentar el bienestar de la población local. Aunque en ocasiones desarrollaran prácticas explotadoras, su retirada pondría en peligro ingresos de exportación cruciales. En esta situación, Berilengar describió una alternancia necesaria entre cooperación (un compromiso de diálogo) y confrontación, buscando siempre la clarificación, incluso allí donde oscurecer las cosas pueda favorecer determinados intereses. Los abogados intentarán “no volar nunca los puentes de entendimiento”, a fin de salvaguardar al menos la posibilidad de reconciliación. Berilengar era agudamente consciente de que todo acuerdo entre las poderosas fuerzas del gobierno y las empresas internacionales que perjudicara a los excluidos del diálogo sería una parodia de –y una traición a la– reconciliación.

En segundo lugar, trabajar en pro de la reconciliación requiere negarse a proyectar toda la culpa de la injusticia en la clase política o empresarial; y tal comedimiento exige a su vez una forma de conversión comunitaria para alejarse de los pecados de ceguera y dureza de corazón, que tanta importancia tienen en la Biblia.

Considérese, por ejemplo, la antigua y endémica creencia de que las características que diferencian a unos seres humanos de otros derivan de la raza. Sin embargo, en una sociedad como la británica, con un pasado imperial que sigue suscitando una nostalgia casi pasional (como ha demostrado la debacle del Brexit), esta creencia se transforma con facilidad en la suposición de la superioridad de la propia raza sobre las demás. Cuestionar las expresiones individuales e institucionales de este prejuicio nos exige, a nosotros tanto como a nuestros políticos, intensificar la dolorosa conciencia de tales patrones de pensamiento y acción, tanto individuales como culturales, profundamente arraigados.

Reconciliación y pacificación

Anteriormente me he referido al problema especial y doloroso de los conflictos cruentos. Confrontados con la brutal violencia militar y política, nadie puede atreverse a abogar por la reconciliación inmediata. Ese paso viene, como si dijéramos, después del tratado de paz. De hecho, los gobiernos siempre proclaman la necesidad de reconciliación en conflictos 28 Secretariado para la Justicia Social y la Ecología distantes; casi nunca, sin embargo, en conflictos en los que ellos están directamente involucrados.

Así, en la actual guerra en Siria muchos se dedican abnegadamente al rescate de víctimas y al mantenimiento de unos servicios sociales y sanitarios mínimos. El hecho de que la actividad del JRS en Siria sea desarrollada por musulmanes conjuntamente con cristianos es un ejemplo conmovedor del poder de la fe. Nosotros, por nuestra parte, necesitamos tener fe en que tal heroísmo dará fruto en una eventual reconciliación.

O uno podría practicar la no violencia, bien individualmente, bien comunitariamente en el seno de un movimiento específico, como el Catholic Worker Movement o la Society of Friends (los cuáqueros). La propia Iglesia podría insistir en derechos reconocidos, como la objeción de conciencia. Pero un llamamiento directo a la paz será inevitablemente reinterpretado por un gobierno belicoso como la “paz” que sigue a lo esencial, a saber, la victoria. Mientras tanto, continúa siendo cierto que las tareas urgentes de mitigar la brutalidad del conflicto (negarse a aceptar la tortura de prisioneros o los ataques deliberados contra civiles) suponen ya un serio cuestionamiento del ethos bélico dominante.

La búsqueda de la reconciliación es, sin embargo, un empeño que impide que otras formas de conflicto se intensifiquen hasta llegar a la guerra. En su libro Non-Violent Communication, Marshall Rosenberg muestra cómo ciertos estilos de lenguaje y comunicación, más que reconciliar, exacerban la tensión, generando antes o después un rechazo que puede desembocar en violencia física. Rosenberg menciona un supuesto que con demasiada facilidad se asume en las relaciones personales; a saber, que quienes difieren de nosotros constituyen el problema:

Si mi pareja reclama más afecto del que le doy, es una persona “necesitada de cariño y dependiente”. Si soy yo quien quiere más afecto del que ella me da, entonces la considero “distante e insensible”. Si a mi compañero de trabajo le preocupan más los detalles que a mí, es “quisquilloso y compulsivo”. En cambio, si a mí me preocupan los detalles más que a él, entonces me parece “descuidado y desorganizado”.

Expresar nuestros valores y necesidades de esta forma, arguye Rosenberg, acentúa la actitud defensiva y la resistencia ante justamente las personas cuya conducta nos ofende.

Un segundo peligro es el de objetificación, tanto en el plano cultural como en el individual. El P. Adolfo Nicolás explicó en una entrevista su experiencia con los estilos de lenguaje en Asia en comparación con Europa occidental:

Las lenguas europeas se centran fundamentalmente en el tema de lo que se habla: se enuncia, explica o descarta una idea, una opinión, una convicción. Las lenguas asiáticas en cambio, dejan un amplio espacio a las personas que dialogan. Las intervenciones no van dirigidas primariamente al tema en cuestión sino a la persona que ha preguntado o intervenido, acompañadas de abundantes matices adicionales, con esquinas pulidas como si se tratara de un asunto abierto todavía a discusión y a otras opiniones… Este modo de proceder claramente ayuda a que todos los participantes se consideren aceptados por el grupo, sin sentirse ignorados o excluidos de la conversación.

Estos mecanismos –la definición del otro como problema y la despersonalización– también funcionan políticamente.

Considérese el debate vivido en 2016 en el Reino Unido con ocasión del referéndum sobre el Brexit. Las campañas electorales y los referéndum son conocidos por la crudeza con la que Promotio Iustitiae n. 124, 2017/2 29 en ellos se argumenta. Eso no disminuye su importancia, puesto que corporeizan el corazón simbólico del proceso democrático y definen en gran medida el éxito y el fracaso políticos.

La campaña a favor del “Vote Leave”, el voto por la salida de la Unión Europea, argumentó de forma coherente que Gran Bretaña estaba siendo sistemáticamente explotada por la UE, como si la pertenencia a esta hubiera sido un continuo desastre durante cuatro décadas. Las “estadísticas” aducidas proclamaban que “entregamos a la UE casi veinte mil millones de libras al año”. En otras palabras, la UE le “cuesta” al Reino Unido más de 350 millones de libras a la semana. La campaña nunca mencionó el dinero ni otro tipo de beneficios recibidos de la UE.

El panfleto oficial del gobierno a favor de que el Reino Unido continuara como miembro de la UE comenzaba con las siguientes palabras: “El Reino Unido se ha asegurado un estatus especial en una Unión Europea reformada” (cursiva en el original), y resumía sus aspiraciones negociadoras en cinco puntos:

  • “No nos incorporaremos al euro; - mantendremos el control de nuestras fronteras;
  • el Reino Unido no participará en una mayor integración europea;
  • se impondrán severas restricciones adicionales al acceso de nuevos migrantes de la UE a nuestro sistema de bienestar;
  • nos hemos comprometido a reducir los trámites burocráticos de la UE”.

Ni uno solo de estos puntos transmite siquiera un asomo de entusiasmo por la UE ni de estima por sus miembros. La pertenencia del Reino Unido a la Unión Europa (con amplias salvaguardas, claro) se presenta meramente como preferible a la exclusión. El lenguaje es con frecuencia desdeñoso: la degradante expresión “trámites burocráticos”, por ejemplo, puede referirse a regulaciones de vital importancia relativas a la protección del medio ambiente, la seguridad o los derechos laborales.

Puesto que el tono del debate en los medios de comunicaciones fue aún más vitriólico, no es sorprendente que las subsecuentes negociaciones sobre los términos del Brexit hayan estado teñidas de acritud por ambas partes, enviando una ominosa señal para el futuro.

Estas observaciones suponen también un reto para la Iglesia. No podemos reclamar públicamente que en el debate político reinen la cortesía y el respeto cuando, en asuntos como la ética sexual y el género, las posiciones eclesiásticas (o los movimientos que las encarnan) tienden a presentar a los oponentes como inmorales o malévolos. Tal estilo de comunicación, aunque se afirme que está “basado en principios”, se desvía de las decisivas ideas de Rosenberg o del P. Nicolás. En ocasiones, los órganos eclesiales, al igual que los gobiernos, pueden llamar a la paz en todos los conflictos, salvo en el propio.

Conclusión

Buena parte de mi argumentación se ha centrado en la comunicación como medio de reconciliación. En otras palabras, la reconciliación debe estar enraizada en la verdad y la búsqueda de la verdad.

Los perennes movimientos políticos del conservadurismo, el liberalismo y el socialismo corporeizan una compleja mezcla de verdad y falsedad, en la que valores iluminadores y necesarios son falsificados por pretensiones absolutas y exclusivistas. Los partidos políticos no alcanzan el éxito en virtud de la “verdad”, sino a través de un ritmo de acción y reacción frente a sus oponentes y predecesores, quienes análogamente expresan algunas verdades – distintas de las suyas– a la vez que oscurecen otras. En este espíritu, el filósofo Thomas 30 Secretariado para la Justicia Social y la Ecología Nagel comienza su libro The View from Nowhere con una sorprendente frase que, me atrevo a sugerir, refleja una conciencia crucial para la reconciliación:

Este libro trata de un único problema: como conjugar la perspectiva de una persona dentro del mundo con una visión objetiva de ese mismo mundo, incluidos la persona en cuestión y su punto de vista1.

Respetar a los oponentes es también respetar (¡con discernimiento!) sus percepciones y opiniones.

También aquí la reconciliación proclamada requiere una conciencia reflexiva. El Evangelio de Juan cita la promesa de Jesús de que el Espíritu Santo “os enseñará todas las cosas” (Jn 14, 26). En el actual Misal Romano, una invocación del rito de la penitencia interpreta este dicho equívoca y peligrosamente de la siguiente manera: “Tú has guiado a tu pueblo a la verdad plena”. La verdad no es posesión de nadie. Es trascendente, y nunca deja de serlo, ni siquiera en relación con la proclamación eclesiástica. Buscamos tanto la verdad como la reconciliación; pero en último término son un don divino que, como esperamos y suplicamos, coronará nuestros esfuerzos.

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