Reconciliación y migraciones: Un proceso que nos pone en camino

La vivencia de la reconciliación nos invita a ponernos en camino y a compartir la vida con otras personas que viven en tránsito por lo tanto ¿se puede hablar de una “reconciliación a la ignaciana”?.

Las migraciones son un elemento esencial de la vida de los pueblos y un principio constitutivo de la historia de la humanidad. Nuestra tradición cristiana así lo atestigua. Encontramos historias de movilidad humana desde los inicios. Desde la llamada recibida por Abraham al Éxodo en Egipto, desde el pueblo de Israel vagando por el desierto a la experiencia de Exilio, desde el viaje de la Sagrada Familia a Egipto a la actividad misionera de la Iglesia, la identidad del Pueblo de Dios está intrínsecamente entrelazada con historias de personas y comunidades desplazadas, de peregrinación y de hospitalidad, y sin duda, de procesos de reconciliación. Dentro de nuestra tradición ignaciana, la reconciliación se encuentra entre uno de nuestros ejes fundacionales.

¿Se puede hablar de una “reconciliación a la ignaciana”?

Ignacio de Loyola: reconciliado y reconciliador

Ignacio de Loyola representa un icono de reconciliador, un hombre que imprimió un estilo de “unir lo que está desunido”, que sirvió de referencia a sus primeros compañeros y que dejó una profunda huella en los documentos fundacionales de la Compañía de Jesús y en su misión posterior. La experiencia de la reconciliación parte de una experiencia profunda de reconciliación consigo mismo y su pasado, con Dios y con toda la creación. La ilustración del Cardoner1 simboliza un hito en el proceso de reconciliación de Ignacio, que marcará su vida en una nueva dimensión, de un modo de ver y de relacionarse con lo creado, con las criaturas, a partir de Dios. Una reconciliación que es don de Dios, pero que necesita de mediaciones y mediadores. La experiencia de “mediador” marcó la vida de Ignacio.

Fórmula del Instituto y la Primera Compañía

El término reconciliación tiene un hondo arraigo en la fundación de la Compañía de Jesús. En la Fórmula del Instituto, “reconciliar a los desavenidos”2 aparece como uno de los elementos indispensables de la razón de ser de la Compañía de Jesús.

En las Epistolae Mixtae que recogen de forma fresca y directa el tenor de vida de la primera Compañía, se encuentran diversos materiales sobre reconciliar desavenidos. El privilegiado que utilizan los jesuitas es la predicación y la confesión, en la que, ante situaciones de conflicto o enemistades, los jesuitas se convierten en mediadores3. Asimismo, otro aspecto interesante es ver a los jesuitas reconciliando y haciendo paces en diversos ámbitos geográficos, mientras recorrían todo el mundo. Esta integralidad se manifiesta también en variados contextos vitales y estratos sociales, entre nobles y campesinos, en ciudades y pueblos, y en monasterios entre monjes, entre otros4.

Congregaciones Generales

La CG 32 en su decreto 4 trató este proceso de reconciliación, de compenetración entre fe y justicia, poniendo el acento en el nivel estructural. “Todo proceso de reconciliación tenía que pasar por la transformación de las estructuras socio-económicas. Sin un cambio institucional no se produce una auténtica reconciliación. La verdadera reconciliación no es la suma de actos concretos de reconciliación entre víctimas y verdugos, sino que requiere de un cambio más profundo que apunta a las propias raíces de la sociedad”5.

Por su parte, la CG 34 tomó conciencia de que esa transformación de las estructuras socioeconómicas no tendrá lugar si no está acompañada de una transformación cultural y religiosa. A su vez, hablaba de la necesidad de nuestra propia conversión interior, de un proceso de reconciliación a nivel personal.

La CG 35 introduce un elemento clave del proceso de reconciliación: el nivel relacional. Como animales sociales que somos, cualquier iniciativa personal tiene implicaciones sociales o públicas. Un nivel relacional que se despliega hacia tres objetos: Dios, los otros y la creación.

Por último, la CG 36 ha profundizado en la intuición de la Congregación precedente, dotándola de mayor carta de ciudadanía y presentándola dentro de una comprensión integral de nuestra misión y no solo de un esquema funcional. La CG 36 profundiza el esquema tripartito de la CG 35 y nos recuerda que la reconciliación es obra de Dios. “A nosotros se nos invita a ser cooperadores de esa iniciativa divina; y nuestro modo de vincularnos es a través del discernimiento orante. La reconciliación que Dios trae es una realidad nueva de justicia, paz e integridad de la creación”6. Se hace un especial hincapié en la cercanía a los pobres como uno de los elementos esenciales para que la reconciliación llegue a los preferidos del Señor, y se reconoce la hospitalidad7 a los migrantes, refugiados y desplazados internos como uno de los ejes que dinamizan nuestros procesos de reconciliación en la actualidad (CG 36, d. 1, n. 26).

Reconciliación migratoria: ¿Meta o Proceso?

La migración como espacio de reconciliación es al mismo tiempo un signo de esperanza y condición de posibilidad, para una reconciliación que no es una fantasía sino una realidad. Una realidad que pasa por nuestro compromiso por la justicia, pero que reside en el amor de Dios. Porque la reconciliación en el mundo de las migraciones es a la vez una meta, pero también un proceso que se va gestando en el día a día.

¿Qué entendemos por reconciliación desde nuestra tradición?

“La reconciliación significaba un intento de vivir una vez más, con las propias heridas y fragilidad; la reconciliación significaba un intento de enfrentarse al propio miedo, pedir y aceptar la ayuda de los demás, incluso los que habían destruido nuestro hogar y habían asesinado a nuestros seres queridos. La reconciliación significaba un proceso y un camino de apertura. La reconciliación significaba aprender a querer a los demás de nuevo. La reconciliación significaba volver a nuestra parroquia donde miles de personas fueron masacradas, entrar en la misma Iglesia, y ponerse en presencia de un Dios para el cual nada es imposible”8.

Reconciliación es un concepto teológico que expresa el modo de ser de Dios, que “nos reconcilió con él en Cristo y que nos confió el ministerio de la reconciliación. Pues por medio de Cristo Dios estaba reconciliando al mundo” (2 Cor 5, 18-19). Se trata pues de una misión que intenta restablecer relaciones justas con Dios, con los demás y con la creación (CG 35, d.3, n. 12). La reconciliación “se realiza en el Reino de justicia, paz e integridad de la creación” (CG 36, d. 1, n. 3), en cuyo centro “se encuentra la cruz de Cristo y también nuestra participación en ella” (CG 36, d. 1, n. 21). La reconciliación es pasión por tender puentes y mediar en las tensiones que desbaratan nuestras sociedades. Dentro de este marco, cobran especial importancia las fronteras, en las se han fracturado las condiciones de una sociedad justa y se pone en juego la dignidad de las personas. En la actualidad, las migraciones son un espacio privilegiado de frontera dentro de nuestro ministerio de reconciliación. Dentro de estas fracturas de un mundo roto, las fronteras son una invitación a ser conscientes de nuestra vulnerabilidad y fragilidad tanto personal como comunitaria. Mirando a estas fronteras y a todo el ámbito migratorio, la CG 36 “reconoce la necesidad de promover una articulación internacional de nuestro servicio a los migrantes y refugiados” (CG 36, d. 1, n. 26).

Pasos del proceso: Abandonar el hogar, el tránsito y la integración

Existen diversas razones por las cuales una persona abandona su hogar. En un porcentaje elevado los migrantes se ven forzados a dejar sus hogares debido a alguna situación de presión, violencia o conflicto, de carácter tanto personal, como social, económico o ecológico. En algunos casos las causas que generan estos desplazamientos tienen que ver con guerras o violencia generalizada. Por estas razones, la persona migrante vive situaciones traumáticas. Un trauma que puede producir desde una experiencia leve de “choque cultural”, hasta un trastorno por estrés postraumático (TEPT).

El tránsito, tanto para las personas que emigran voluntaria como involuntariamente, suele ser un auténtico calvario por la complejidad y la burocracia en los procesos legales. Para aquellas que se ven forzadas a dejar sus hogares por situaciones de conflicto y peligro para su vida, la situación se complica aún más9. Sin hablar de las redes de trata de personas que controlan en muchas zonas las rutas migratorias, y que dejan a colectivos más vulnerables en manos de redes de explotación sexual, tráfico de órganos, etc

Es por eso, que en esta fase, además de producirse serias dificultades físicas, también se ocasionan graves traumas psicológicos, que permanecen con la persona una vez completado todo el proceso migratorio; en ocasiones, a través de pesadillas o recuerdos recurrentes y que pueden producir TEPT.

“Llegamos agotados al desierto, pero todo parecía ir bien. El «coyote» tomaba una ruta que nos daba confianza. Pero de repente vino la Migra (policía migratoria) y tuvimos que correr. Con suerte pude escapar con el coyote. Estuvimos perdidos en el desierto varios días. Allí fue horrible. Me violó muchas veces y me amenazaba con matarme o dejarme abandonada en el desierto si no le dejaba hacer lo suyo. Al final llegamos a Houston. No hay semana que no me despierte llorando, con malos sueños desde aquello. No se lo había contado a nadie hasta ahora. Solo a mi hermana. Nunca quise que mi madre sufriera con ello”10.

La llegada al país de recepción no suele ser fácil para las personas migrantes. En general, no suele existir un proceso de acogida o de hospitalidad que tome en consideración el proceso migratorio y las necesidades específicas de cada persona o familia. De hecho, en algunas situaciones se producen serias vulneraciones de derechos humanos, discriminación, racismo y xenofobia.

Asimismo, suele ser común la falta de reconocimiento de la “maleta” que traen consigo los propios migrantes: títulos académicos, experiencia laboral, etc., relegándolos a ser considerados simple mano de obra física. Este es otro de los elementos que produce un duro desgaste y erosión en la propia autoestima a la que tienen que enfrentarse los migrantes en el país de acogida.

Elementos del proceso de reconciliación desde una perspectiva cristiana

Schreiter11 distingue cinco elementos que tienen que ser tomados en consideración en todo proceso de reconciliación con migrantes desde una perspectiva cristiana.

En primer lugar, Dios es la fuente de reconciliación. La reconciliación es obra de Dios y nosotros somos invitados a ser ministros y mediadores de reconciliación (2 Cor 5, 18-19). Este elemento suele estar muy presente en la experiencia de fe de las comunidades migrantes.

Segundo, la sanación comienza con la víctima. En los procesos de reconciliación migratoria, en ocasiones la persona que causa el daño no siempre está presente en el proceso. La acción divina permite cierta sanación a las víctimas incluso cuando el perpetrador no cambia o no está presente, aunque no se podrá dar una sanación con hondura si el perpetrador no forma parte del proceso de forma activa.

Tercero, el proceso de reconciliación convierte a la víctima y al perpetrador en nuevas personas. En ocasiones, se puede imaginar que el resultado del proceso de reconciliación llevaría a la víctima y al victimario al estado inicial, pero esta situación “idílica” podríamos decir que no existe. Víctimas y perpetradores sufren cambios en nuevos espacios de relación, por lo que el proceso de reconciliación lleva a ambos a un nuevo estado o lugar. Dios lleva a ambos a un nuevo estado donde no se niega, ni se olvida el pasado, pero se pone en un nuevo marco que convierte a víctima y victimario en “nueva creación” (2 Cor 5, 17).

Cuarto, la historia migratoria necesita ser reformulada. La experiencia sufriente del proceso migratorio en cualquiera de las tres etapas, necesita ponerse en un marco de interpretación o comprensión. Esta reformulación no significa olvido, sino un contexto donde la justicia y el perdón ayuden a recobrar la dignidad de las víctimas y enmarque el perdón a los victimarios.

Finalmente, el proceso sanador de la reconciliación nunca acaba. Existen ciertos traumas que se escapan a los procesos de reconciliación, que afloran en momentos inesperados, que se escapan a las labores de mediación o a los procesos de perdón y de restablecimiento de relaciones justas. En cierta manera, volvemos al principio, a Dios. Lo que parece imposible para el ser humano, es posible para Dios, como fuente de reconciliación (Lc 18, 27).

Agentes de Reconciliación

Cuando se piensa en el proceso de reconciliación desde una perspectiva cristiana es importante caer en la cuenta de los diferentes agentes involucrados en el proceso. Existen al menos siete agentes que pueden ser identificados en el proceso de reconciliación: Dios, la persona migrante, su familia, la comunidad migrante, la comunidad de recepción o acogida, los mediadores o agentes de reconciliación y las comunidades eclesiales locales.

Como ha quedado claro anteriormente, Dios es el principal agente y fuente de la reconciliación. Dicho esto, parece obvio que uno de los focos principales de este ministerio de reconciliación tiene que tomar en cuenta a las personas migrantes, dentro de su experiencia de integración. Unida muy de cerca a la experiencia de la persona migrante está su familia y en especial sus hijos. El proceso de integración tiene una dosis de adaptación y en ocasiones de trauma, que en muchos casos se traspasa o es vivido de forma intensa por sus descendientes, hayan vivido el proceso migratorio de pequeños o hayan nacido en el país de recepción.

Ni el migrante, ni su familia viven de forma aislada. Por esa razón, es importante tomar en cuenta a toda la comunidad migrante, sobre todo en los casos en los cuales los lazos culturales y étnicos son muy fuertes. Asimismo, es fundamental en todo proceso de reconciliación tener presente a la comunidad de recepción, la cual es bueno que reconozca las circunstancias y contexto de los procesos de migración, y la bondad de construir un futuro social común e inclusivo. Todo proceso de reconciliación se vive dentro de otro proceso más amplio de integración con una dimensión bidireccional e intercultural, alejada del mero asimilacionismo o del multiculturalismo más radical.

Un elemento clave son los agentes o mediadores de reconciliación. En muchos casos, estas personas se encuentran entre dos mundos. Por una parte están los sentimientos de discriminación y prejuicios de la comunidad de recepción hacia los migrantes. Y por otra la incomprensión de lo que viven los migrantes y la falta de herramientas para comprender la transferencia y contra-transferencia que se genera en la propia experiencia de relaciones con las personas migrantes. En este sentido, es esencial la formación de los agentes de reconciliación, porque al acompañar los traumas de otros, normalmente acaban enfrentando los propios traumas personales.

Las comunidades eclesiales en el ámbito local son también importantes referentes en el proceso de reconciliación. En muchos casos, el proceso de reconciliación es vivido dentro de la propia comunidad eclesial, que hace las veces de mediadora y de espacio seguro de encuentro. 42 Secretariado para la Justicia Social y la Ecología

¿Cuáles son las tres dimensiones clave en el proceso de reconciliación migratoria?

“Promover relaciones justas, reconciliar a los que están alejados, supone arrepentimiento, conversión y reparación por parte de quienes han causado el daño; y sanación de memorias de violencia y opresión para las víctimas”.

Después de lo descrito anteriormente, se pueden encontrar tres dimensiones a través de las cuales dar cuenta del proceso de reconciliación desde la perspectiva migratoria. Por una parte, el esclarecimiento de la verdad, que se inicia con el reconocimiento del trauma y el acceso a los recuerdos. En el fondo sería contestar a la pregunta: ¿Qué ocurrió? En este esclarecimiento de la verdad hay dos elementos esenciales: el perdón y la justicia. Perdón que no significa olvido o impunidad. El perdón tiene que ver con recordar, pero de otra manera, de una forma diferente. Un recuerdo que puede hacernos salir del círculo vicioso del resentimiento y que nos puede ayudar a ser verdaderos agentes de cambio.

Otro elemento fundamental en el proceso de reconciliación es la justicia. Justicia y perdón tienen una relación complementaria siempre que el perdón no sea confundido con olvido y la justicia no sea reducida estrictamente al ámbito legal. Es el esclarecimiento de la verdad el auténtico enlace entre justicia y verdadero perdón. No solo porque el sacar a la luz la verdad sea una importante expresión de justicia, sino porque éste contribuye al propio proceso de sanación de las víctimas. Un verdadero proceso de reconciliación se alcanza cuando los ofensores reciben el perdón y las víctimas lo ofrecen. Si este doble movimiento se rompe, se perpetúa el dolor, la mentira y la injusticia. Pero si el arrepentimiento nos abre a la conversión, a esclarecer la verdad y a reparar el daño causado, recorreremos el camino que ayudará a sanar el daño originado en las víctimas y a sellar un auténtico perdón.

En segundo lugar, estaría la reelaboración o el encuentro de una nueva narración de los recuerdos, en muchos casos dolorosos. A veces el propio acceso a los recuerdos es difícil debido al trauma que los propios recuerdos han causado en los migrantes. Este hecho es especialmente sensible en los procesos traumáticos que han vivido los niños. Un elemento que complejiza este proceso es que los recuerdos tienen en ocasiones “vida propia”, controlando a las víctimas, en lugar de que las víctimas controlen sus propios recuerdos12.

Por esa razón es muy importante generar espacios y caminos seguros para las víctimas, en los cuales sean capaces de reformular y reelaborar dichos recuerdos. Nuestra identidad está constituida por historias de vida, y para que esa identidad se vaya construyendo desde el proceso de reconciliación, los recuerdos necesitan ser “desintoxicados” hasta que la narración y el entramado de relaciones puedan ser puestos en correlación con la gran historia vital de la víctima, y a ser posible también del victimario.

Finalmente, se recupera la agencia del propio migrante. Una vez que se esclarece la verdad, acompañada con el proceso de perdón y justicia, y se produce una sanación de los recuerdos junto a una nueva narrativa, es entonces cuando se ven algunos frutos. Uno de los más importantes, es que la persona migrante recobra su capacidad para tomar las riendas de su vida13. Como decíamos anteriormente, el proceso de reconciliación convierte a la víctima y al perpetrador en nuevas personas. Dios lleva a ambos a un nuevo estado donde no se niega, ni se olvida el pasado, pero se pone en un nuevo marco que convierte a víctima y victimario en “nueva creación” (2 Cor 5, 17), donde se redescubre la dignidad de ser hijos e hijas de Dios.

Como cristianos nos reconocemos miembros de una misma comunidad universal, creados a imagen y semejanza de Dios. Una filiación que nos abre a la fraternidad y nos dota de una misma dignidad. Así, nuestra identidad se asienta en el seguimiento de Jesús, en su vida de peregrino, de caminante. Un seguimiento que nos mueve al encuentro y al diálogo, al deseo de desinstalarnos, a salir de nuestra propia casa para descubrir en el mundo nuestro hogar.

La vivencia de la reconciliación nos invita a ponernos en camino y a compartir la vida con otras personas que viven en tránsito. Estar con ellas nos abre a la posibilidad de sentirnos más cerca de un Dios que también se convierte en migrante, a conocerlo más y en mayor profundidad. La reconciliación nos descubre como hijos e hijas de un peregrino cuyo hogar es el mundo.

Notas:

  1. “Cuando alguna vez se le preguntaba por cuestiones importantes o por el modo del instituto de la Compañía, o cuando debía decidir sobre algo, solía remitirse a aquella gracia y aquella luz”. Nadal, Dialogi pro Societate, FN II, 240.
  2. Fórmula del año 1550, Aprobada y confirmada por el Papa Julio III, Letras Apostólicas Exposcit debitum, de 21 de Julio de 1550.
  3. Coupeau, C. (2007). “Reconciliación”, en Diccionario de espiritualidad ignaciana (DEI), Mensajero – Sal Terrae, Bilbao – Santander.
  4. MHSJ, I, 268. 5 Ares, A. (2009). “Relaciones justas y Reconciliación”, Promotio Iustitiae, 2009/3.
  5. García, J.I. (2017). “Reconciliación y justicia en la Congregación General 36”. Manresa. Vol 89: 41-51.
  6. La hospitalidad ha sido uno de los ejes que ha dinamizado en los últimos años nuestro trabajo con migrantes, refugiados y desplazados internos, tanto a nivel institucional como comunitario. Las comunidades de hospitalidad como espacios seguros donde acompañar procesos de reconciliación son un claro ejemplo. Otra campaña interesante es Hospitalidad.es
  7. Testimonio personal de Benjamin Nsengiyumva, sj que vivió en primera persona el genocidio en Ruanda y un largo proceso de reconciliación.
  8. El calvario de tantas personas que cruzan desiertos, que mueren ahogadas en el Mediterráneo, que se ven forzadas a llegar a Ceuta y Melilla saltando la valla, que recorren México encima de “la bestia” (tren que atraviesa México hacia Estados Unidos), o en embarcaciones vietnamitas asaltadas por piratas en el Mar del Sur de China, entre otros.
  9. La experiencia de una joven salvadoreña en su tránsito a EE.UU. En Ares, A. (2017). La rueca migratoria: tejiendo historias y experiencias de integración, UPComillas, Madrid: 92.

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