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  •   Enero 08 de 2018

Religiosas al servicio del refugiado en Irak: "No vamos a dejar a nuestra gente. Estamos para ayudarla"

Compartimos esta nota de Religión Digital en la que se hace un perfil de las religiosas dominicas de la Orden de Santa Catalina de Siena y su apostolado en los campos de refugiados en Irak.

"Bienaventurados los que lloran porque ellos serán consolados...". Esta Bienaventuranza bien podría considerarse un lema para las religiosas dominicas de la Orden de Santa Catalina de Siena, quienes sufrieron como tantos otros el terror del mal llamado Estado Islámico en Irak.

Entre los días 6 y 7 de agosto de 2014 más de 70.000 personas llegaron a la ciudad de Erbil, en el Kurdistán iraquí, buscando refugio. El éxodo ya fue un momento traumático para ellos, y solo significó el comienzo de un largo peregrinar: "La huida fue un infierno pero, cuando llegamos a Erbil, lo que encontramos fue todavía peor", recuerda la joven hermana Diana, religiosa de esta congregación.

El escenario que se encontraron al llegar a Erbil fue desolador: "La gente estaba diseminada por todas partes como ovejas sin pastor. En la calle, en los patios, en las iglesias, en los jardines... Muchas familias llamaron aterrorizadas a la puerta de nuestra casa central aquí en Ankawa. No pedían nada, solo un lugar donde quedarse y sentirse seguras".

Las religiosas no lo dudaron ni un momento, y sacudiéndose sus blancos hábitos, empolvados tras el duro peregrinaje, se pusieron a consolar a quienes, como ellas, habían dejado todo por salvar sus vidas: "Tan pronto llegamos aquí junto con los padres nos hicimos cargo de la situación. No podíamos ver a la gente sufriendo de esta manera", explica Diana.

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En busca de un refugio

La prioridad fue la de encontrar refugio, donde fuera, a todos los desplazados. Fue en este momento en el cual colegios, jardines, iglesias y catedrales se convirtieron en portales de protección para el necesitado.

El primero en acogerles fue el obispo de Erbil Monseñor Bashar Warda, en la catedral de San José, del distrito de Ankawa. Se llenaron hasta los jardines de la iglesia, llegando a albergar un total de 600 familias. La iglesia de San Elías fue la siguiente, con otras 150. En las 12 horas consercutivas la parroquia de Ankawa albergó a otras 700 familias más.

"Ninguno de nosotros estaba preparado: ni nosotras las hermanas, ni las iglesias de aquí, no había capacidad para tantas personas. Fueron momentos horribles, también por todo lo que habíamos dejado atrás. Había muchas personas que en sus ciudades vivían de manera muy acomodada, con casas lujosas y muchos vienes, y en unas pocas horas se convirtieron en unos sin techo, en vagabundos".

Entrega y sacrificio

La hermana Diana vino desde la ciudad de Qaraqosh, la perla de cristianismo en Irak. Nunca se ha separado de su comunidad en Erbil, formada por otras 19 religiosas. Las más jóvenes y activas vivían en casetas prefabricadas en el jardín de la casa madre de su congregación; en el interior las ancianas. Muchas de ellas fallecieron a causa de la tensión del desalojo y el sufrimiento de sus hermanos y hermanas: "Hubo meses que cada semana fallecía una por un ataque al corazón. Sufrieron mucho al ver a tantas familias desesperadas", relata la hermana Justina, superiora de la casa.

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Educación y sanidad, los pilares del servicio

Ya en 2004 tras la caída de Saddam Husein, las religiosas se preguntaron: "¿Cómo podemos servir al país?". A día de hoy, la respuesta es aún la misma: "construiremos Irak con una buena educación, con una buena formación".

La hermana Diana se reafirma en los ideales: "como cristiana debo decir que amamos la educación y lo que está haciendo el mal llamado Estado Islámico es matar a la siguiente generación. Nosotras estamos intentando por todos los medios encontrar guarderías, y escuelas para intentar que la siguiente generación, la de estos niños refugiados, tenga una educación".

De igual manera, la atención sanitaria ha sido otra de las misiones de las religiosas, quienes junto con médicos voluntarios atienden las necesidades primarias de las familias a través del Dispensario San José: el único de todo Erbil que suministra medicinas a unos 1.500 enfermos crónicos.

Este pequeño centro de salud ha sido el sustento sanitario de los desplazados de Irak. "Es nuestra manera de ayudar, no lo dudamos ni un momento", afirma Saveen Jawhar, facultativo caldeo. "Ya era voluntario en la diócesis y daba mi tiempo para ayudar en lo que fuese necesario. Pero con la crisis, pensé que yo podía servir más y mejor en mi profesión. Yo di el primer paso y después empecé a involucrar a otros amigos míos médicos".

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"No vamos a dejar a nuestra gente; estamos para ayudarla y acompañarla en su vida diaria: en los colegios, en los talleres de los campos de refugiados, en la misa de los domingos, en las catequesis...", explican las religiosas.

Desde entonces, la Iglesia no se ha apartado de su lado. La Fundación Pontificia Ayuda a la Iglesia Necesitada ha puesto en marcha la campaña “Ayúdales a volver” para que tantos desplazados por el terror del Daesh puedan volver a sus hogares con un futuro garantizado. Las religiosas dominicas han recibido y reciben ayuda directa de esta fundación, por ejemplo, en la reconstrucción de su convento en la ciudad de Teleskuf.

Esta es la vitalidad de la Iglesia peregrina en el mundo, que predica con sus actos la Palabra de Jesucristo: "Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recibisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a verme".

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