Retos para un enfoque basado en los derechos humanos en el camino hacia la reconciliación

Aproximadamente un mes antes de su asesinato, el padre jesuita Rutilio Grande dijo en un sermón: “Me doy perfecta cuenta que muy pronto la Biblia y el Evangelio no podrán cruzar las fronteras. Solo nos llegarán las cubiertas, ya que todas las páginas son subversivas..."

Continuaba el padre Grande en su homilía: "De manera que si Jesús cruza la frontera cerca de Chalatenango, no lo dejarán entrar. Le acusarían al Hombre-Dios... de agitador, de forastero judío, que confunde al pueblo con ideas exóticas y foráneas, ideas contra la democracia, esto es, contra las minorías. Ideas contra Dios, porque es un clan de Caínes. Hermanos, no hay duda que lo volverían a crucificar”.

Grande tenía muy clara su misión. Estaba profundamente influido por el espíritu del Vaticano II y por la articulación de la misión jesuita en el Decreto 4 de la CG 32: “el servicio de la fe y la promoción de la justicia”. No albergaba dudas sobre el “por qué” y el “cómo” de este mandato. Si le correspondía desempeñar un papel en sanar el quebrantamiento de los pobres y marginados de su país, tenía que ponerse de su parte, tenía que ser su voz en contra de un sistema que les negaba los derechos. Al gobierno de El Salvador, que fue su bestia negra, no le agradaba lo que Grande estaba diciendo y haciendo. Lo mataron brutalmente el 12 de marzo de 1977.

El arzobispo Óscar Romero era un buen amigo de Rutilio. Fue nombrado arzobispo de San Salvador solo tres semanas antes de que Grande fuera asesinado. Sobre Grande, Romero dijo: “El gobierno no debe tomar al sacerdote que se pronuncia a favor de la justicia social como un político o un elemento subversivo, cuando este está cumpliendo su misión en la política de bien común”. También dijo sin ambages: “El que toca a uno de mis sacerdotes a mí me toca. Si mataron a Rutilio por hacer lo que hacía, me toca a mí andar por su mismo camino”. La muerte de su amigo fue también un punto de inflexión en la vida de Romero. A partir de aquel día, trabajó por los derechos de los pobres hasta que también él fue asesinado por los soldados del régimen en 24 de marzo de 1980.

Tanto Grande como Romero son hoy símbolos de reconciliación, pero ambos tuvieron la audacia de percatarse de –y llevar a la práctica– que la verdadera reconciliación solo acontece en el marco de los derechos humanos: cuando se reconocen y respetan los derechos de los pobres y marginados, los vulnerables y los excluidos. El 10 de diciembre de 1948 pasará en “letras rojas” a los anales de la historia del mundo. Fue ese día cuando la Asamblea General de Naciones Unidas aprobó la Declaración Universal de Derechos Humanos (en adelante, DUDH), quizá el documento más definitivo e innovador del mundo centrado en la persona humana: la dignidad y los derechos de todos y cada uno de los ciudadanos del mundo. Al final de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), los líderes mundiales decidieron completar la Carta de las Naciones Unidas con una hoja de ruta para garantizar los derechos de todos los individuos en cualquier parte del mundo. En 1948, la DUDH se convirtió tanto en el marco como en la dirección, que las naciones se sintieron obligadas a interiorizar e incorporar.

La cuestión es si “reconciliación” y “derechos humanos” con compatibles entre sí. Para muchos, la reconciliación tiene que ver con “perdonar y olvidar”, y esto va dirigido invariablemente a las víctimas. Sacerdotes y religiosos a menudo repiten por comodidad tópicos como: “No te preocupes; Dios comprende tu sufrimiento”, o: “Él te envía el sufrimiento para ponerte a prueba o purificarte”, cuando las personas son explotadas o ven negados sus derechos humanos básicos. No se hacen esfuerzos por interpelar a los perpetradores de atrocidades. Luego, por otra parte, si algunos sacerdotes y religiones se comprometen en favor de los derechos humanos, se envían mensaje directos y sutiles como: “Esto no es trabajo de los sacerdotes”, o: “La tarea de un sacerdote ha de estar en la Iglesia”.

La DUDH resuena con valores consagrados en los evangelios. La Congregación General 35 (CG 35, decreto 3, nº 57) nos recuerda la proclamación mesiánica. Durante su ministerio público, Jesús se pone del lado de los pobres y los excluidos de la sociedad. Alza la voz en defensa de los derechos de las mujeres. No le duelen prendas en condenar a los grandes y poderosos por echar pesadas cargas sobre sus hermanos y hermanas menos afortunados.

Todos luchamos por una sociedad más justa, equitativa y pacífica; por eso, nuestro trabajo en la India a lo largo de los años se ha centrado en asegurar los derechos de los pobres y vulnerables, de las mujeres y niños, de los desplazados y excluidos, de los dalits (los considerados “sin-casta” o miembros de la “casta inferior”, los parias) y adivasis (indígenas), de las minorías y los marginados. Hemos desplegado nuestros esfuerzos en tres dimensiones interrelacionadas:

  • para poner de relieve una situación en la que se violan los derechos de cualquiera de los grupos anteriormente mencionados,
  • para hacer todos los esfuerzos por remediar esa injusticia: a través del diálogo, a través de tácticas de presión y, finalmente, como un último recurso, a través del mecanismo de la ley y el orden (policía, sistema jurídico, etc.),
  • para trabajar en pro de la sanación y la reconciliación, proceso que a nuestro juicio debe acontecer de continuo. (Aceptar la verdad: el hecho de una realidad no negociable, por muy doloroso que resulte, representa un importante paso en esta dirección).

Ciertamente, no ha sido fácil. Me gustaría encuadrar nuestro trabajo en pro de los derechos humanos en la India en una realidad que nos tiene agarrados desde hace más de quince años. El estado de Gujerat está ubicado en la India noroccidental y es conocido sobre todo por Mahatma Gandhi, quien dio al mundo las doctrina de ahimsa (no violencia) y de satyagraha (la fuerza de la verdad), que siempre van de la mano.
La matanza acaecida en Gujerat en 2002 puede caracterizarse perfectamente como uno de los capítulos más sangrientos de la historia de la India independiente. El incendio del compartimento S-6 del tren expreso Sabarmati (que cubría la ruta de Faizabad a Ahmedabad) a cierta distancia de la estación de Godhra el 27 de febrero de 2002 (causando la muerte de 59 personas inocentes) fue duramente reprobado. Varias personas han sido condenadas ya por este acto, si bien todavía existe un vehemente debate sobre cuál fue la causa del fuego. La triste realidad es que cualquier muerte, en particular la de índole trágica, 24 Secretariado para la Justicia Social y la Ecología no puede sino dejar un gran vacío en las vidas y los corazones de quienes han perdido a un ser querido.

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Rutilio Grande.

Lo que siguió a esto fue, sin embargo, una matanza que escapa a toda comprensión y resulta de todo punto injustificable. Aparentemente (según los relatos de testigos presenciales), el entonces ministro principal del estado de Gujerat convocó una reunión de algunos miembros de alto rango del Partido Popular Indio (BJP, Bharatiya Janata Party) y del gobierno a última hora de la tarde de aquel 27 de febrero. Hay dos diferentes versiones de lo que ocurrió en esta reunión, pero las acciones resultantes no dejan lugar a duda: musulmanes de todo Gujerat fueron maltratados, violados, desposeídos de sus tierras y casas, asesinados. La intensidad de la violencia durante días puede perfectamente ser caracterizada como un crimen contra la humanidad. ¡En todo Gujerat miles de musulmanes se vieron afectados! Las cifras devienen insignificantes cuando se rememora la brutalidad que se desencadenó. Durante semanas e incluso meses, muchedumbres desmandadas se permitieron algunos de los actos más deleznables. Además, el mecanismo de ley y orden no solo había abdicado de su responsabilidad, sino que a algunos de sus representantes se les vio participar activamente en la matanza.

El 21 de noviembre de 2002, el Concerned Citizens’ Tribunal (que algunos de nosotros habíamos creado), compuesto por varios ciudadanos prominentes y presidido por el juez V. Krishna Iyer (antiguo magistrado del Tribunal Supremo de la India), hizo público un informe titulado “Crimen contra la humanidad” sobre la matanza de Gujerat. Este informe se elaboró sobre la base de más de 2.000 testimonios orales y escritos –tanto individuales como colectivos– de víctimas supervivientes, grupos de derechos humanos, grupos de mujeres, oenegés, profesores universitarios, etc. independientes. El Tribunal, en sus conclusiones y recomendaciones, acusó abiertamente al gobierno de Gujerat considerándolo responsable de la violencia desenfrenada –asesinatos, incendios intencionados, pillaje– que se vivió aquel año en Gujerat.

Las conclusiones de este tribunal ciudadano coinciden con las de varios otros grupos; entre ellas están las siguientes:

  • Lo que ocurrió en Gujerat no fue solo violencia o disturbios comunitarios; fue un genocidio, una matanza, una limpieza étnica, diseñada para aniquilar o al menos marginar a una comunidad minoritaria.
  • Estuvo bien planeado y ejecutado. No fue una “reacción espontánea”, como algunas personas querían hacer creer. Los preparativos debieron de durar meses. En 1999 se había realizado un meticuloso censo de los musulmanes y cristianos de Gujerat. Estos datos ayudaron a las turbas saqueadoras a saber exactamente a quiénes atacar y dónde.
  • La clase media (incluidas varias mujeres adineradas y educadas) participó ostensiblemente en la violencia; hubo muy pocas personas dispuestas a significarse e intentar impedir lo que estaba ocurriendo.

Se trató claramente de un genocidio auspiciado por el estado. El tribunal ciudadano ha acusado no solo a quien a la sazón era el ministro principal y a otros políticos, sino también a varios burócratas y oficiales de policía de alto rango. A los miembros del Sangh Parivar (un conglomerado de grupos extremistas hindúes) se les dio rienda suelta para hacer lo que quisieran. Aparentemente, a la policía se le trasmitieron instrucciones claras de no intervenir. Hay también pruebas de que algunas personas fueron alentadas a sumarse a la violencia, cosa que hicieron con despiadada astucia. Ministros estatales y líderes del “Parivar” fueron vistos capitaneando a las multitudes (un par de ellos incluso se encontraban en la sala de control policial durante los momentos de violencia).

A lo largo de los años, nuestros esfuerzos se han dirigido a asegurar que se hace justicia a las víctimas supervivientes. Nuestro deseo último es que haya sanación, reconciliación y paz; esto, sin embargo, tiene que darse en el marco de la justicia. La reconciliación con sentido no puede acontecer si los responsables de la matanza no reconocen lo ocurrido, por no hablar de que sientan remordimiento por ello. Tristemente, algunos de los responsables de lo que sucedió en 2002 ocupan ahora las más altas posiciones de poder y privilegio en el país. Gozan de inmunidad y están envueltos en un aura de invencibilidad. La mayoría de las víctimas supervivientes quieren seguir adelante con sus vidas, comenzar un nuevo capítulo. La pérdida de un ser querido nunca puede olvidarse. No hay deseo de venganza ni de retribución; sin embargo, en un vacío no puede llevarse a cabo reconciliación alguna. Esto es lo que creían Rutilio y Romero y lo que realizaron, aquello por lo que abogaron hasta el final mismo.

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Rutilio Grande.

El enfoque de los derechos humanos, a diferencia de otros, acentúa tres condiciones: la verdad, su aceptación por todos y la justicia restaurativa. El gran reto para nosotros ha consistido en defender los derechos humanos y servir a un tiempo de puentes entre los victimarios y las víctimas. En aquellos casos en los que las violaciones de los derechos humanos son perpetradas por un grupo de personas situado en un plano social similar al de las víctimas, la reconciliación tiene lugar con mayor rapidez. Cuando se culpabiliza al sistema, cuando el gobierno (que se supone que ha de proteger los derechos de sus ciudadanos) es responsable de los crímenes, la reconciliación, en caso de que alguna vez se produzca, requiere mucho más tiempo.

El papa Francisco nos brinda una pista cuando, en la “Evangelii Gaudium” (EG), afirma sin ambages: “La paz social no puede entenderse como un irenismo o como una mera ausencia de violencia lograda por la imposición de un sector sobre los otros. También sería una falsa paz aquella que sirva como excusa para justificar una organización social que silencie o tranquilice a los más pobres, de manera que aquellos que gozan de los mayores beneficios puedan sostener su estilo de vida sin sobresaltos mientras los demás sobreviven como pueden. Las reivindicaciones sociales, que tienen que ver con la distribución del ingreso, la inclusión social de los pobres y los derechos humanos, no pueden ser sofocadas con el pretexto de construir un consenso de escritorio o una efímera paz para una minoría feliz. La dignidad de la persona humana y el bien común están por encima de la tranquilidad de algunos que no quieren renunciar a sus privilegios. Cuando estos valores se ven afectados, es necesaria una voz profética” (EG 218).

En último término, estamos convencidos de que, por lento que resulte, el enfoque de los derechos humanos es una vía segura hacia una reconciliación duradera y con sentido. Hasta que la meta se alcance tendremos que seguir alzando, como hicieron Grande y Romero, nuestras voces.

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