“Si los rebeldes arriesgan su vida por una ideología, ¿por qué no puedo arriesgar la mía por una misión de amor?”

El padre Sebastiano D’Ambra dedica su vida al diálogo cristiano-musulmán en Filipinas

Tras 500 años de historia, los cristianos filipinos deben entender que la fe no vive sólo de un legado y de la tradición. Quien hace sonar el despertador es el padre Sebastiano D’Ambra, 75 años, con 51 de sacerdocio a sus espaldas, quien desde hace 40 años está en Mindanao (Filipinas), y en estos días está de paso por Roma.

Ha dedicado su vida a una misión imposible, al menos para algunos: hacer que musulmanes y católicos se encuentren, redescubriendo el nexo que los conduce al único Dios.

El Papa Francisco la define como la ”cultura del encuentro”. “En las Filipinas, nosotros hablamos más bien de una cultura del diálogo, porque lamentablemente la palabra “encuentro” (encounter) representa los encuentros armados entre los grupos rebeldes musulmanes y los militares”.

Palabras y vida. El “nexo” que actualiza la relación espiritual entre cristianos y musulmanes se llama ”Silsilah”, un término tomado de la experiencia de los sufís, los místicos musulmanes. Es el nombre del movimiento surgido en 1984, al cual el padre D’Ambra ha dedicado toda su vida. Con sus dos co-hermanos del PIME: Salvatore Carzedda, que murió mártir en Zamboanga el 20 de mayo de 1992, y Antimo Villano, fallecido en Italia en 2010 tras luchar contra una ELA.

¿Qué le viene a la mente si piensa en cuando comenzó todo?

Me acuerdo de un docente que me preguntó: “Tienes sólo una vida, ¿cómo piensas gastarla?” Palabras que quedaron grabadas en mi memoria. Me acuerdo del debate en torno al Concilio Vaticano II. El compromiso nuestro, de los jóvenes estudiantes, en la evolución del diálogo interreligioso. Un factor importante que empujó a muchos de nosotros a partir, a ir en busca del mundo.

Me acuerdo de mi llegada a las Filipinas y de los prejuicios entre las distintas partes de la sociedad, incluso en relación a nosotros. De allí nació mi voluntad de mediar siempre. Incluso en medio de los atentados. Incluso sufriendo los exilios en Italia.

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Es el movimiento para el diálogo interreligioso más conocido en las Filipinas. Su corazón está representado por el Harmony Village en Zamboanga. Este movimiento apunta al diálogo, partiendo de la espiritualidad, regido por tres pilares: Dios, los otros y la creación.

Para superar las barreras proponemos experimentos de convivencia entre cristianos y musulmanes. Para comenzar, un fin de semana al mes, hasta que surjan amistades. En el último tiempo estamos organizando encuentros entre catequistas católicos y docentes de las madrasas, para reflexionar sobre la importancia de trasmitir el mensaje de la paz a los jóvenes.

El clima actual a nivel internacional no parece ser favorable al diálogo...

El diálogo es un desafío continuo, a pesar de los obstáculos viejos y nuevos. Cuando llegué, conocí el Moro National Liberation Front en Zamboanga City, con su legado de matanzas y 10.000 casas quemadas. Luego vino Abu Sayaf, en Mindanao. Ahora debemos vérnoslas con las revueltas en Marawi, donde, por cierto, con el cese del fuego no se ha resuelto el problema.

Los factores en juego son muchos: la ideología del Estado islámico financiada por mucho dinero, que atrae a los jóvenes; la actitud del gobierno, que no sabe cómo afrontar la emergencia y, sobre todo, el miedo ilógico que conduce a los prejuicios y a la violencia.

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Cuándo se vio en contacto con este tipo de violencia, ¿cómo se comportó?

Soy siciliano, hijo de la guerra. Viví el antes y el después del Vaticano II. El diálogo era visto casi como algo negativo. Muchos misioneros de la historia han sido héroes.

Sentía que debía explorar nuevas vías en la misión. Así, cuando llegué a aquél pueblo musulmán perdido, me ensimismé y me volví parte de ellos. Me gané su respeto. Alcé la voz para protestar por los abusos de los militares contra los pobres y las mujeres. Una actitud que me dio fuerza fue que luego fui llamado para hacer de mediador de los rebeldes. Trataron de corromperme con propuestas indecentes. Incluso trataron de liquidarme. Me decía a mi mismo: “Si los rebeldes arriesgan su vida por una ideología, ¿por qué entonces no puedo arriesgar la mía por una misión de amor?”

¿Cómo terminó todo?

Terminé teniendo que regresar a Italia. En los años 1981-1982 estudié en el Instituto Pontificio de estudios árabes e islámicos de Roma. Allí elaboré la idea del camino espiritual común entre cristianos y musulmanes, que representó la base de lo que luego sería Silsilah.

Su historia personal, entonces, recién estaba en los inicios...

Al volver a las Filipinas, ya no estaba solo. La idea de Silsilah se había transformado en una realidad: estaba creciendo una comunidad de hombres y mujeres que querían vivir en paz.

Por eso el movimiento Abu Sayaff quería que cerráramos las puertas. Hubo una escalada de presiones que culminaron en el asesinato del padre Salvatore. Sobre su ataúd, le hicimos entrega de una especie de “certificado” de pertenencia a Silsilah. Y en esa ocasión surgió una sola voz: “Padayon” (“Sigamos adelante”).

Pero por segunda vez tuve que volver a Italia, entre 1992 y 1995. En esos años, en Catania, justamente donde acabamos de celebrar hace pocos días el 25 aniversario de la muerte del padre Salvatore, emprendí el camino de espiritualidad que había conocido en las Filipinas: “Religiones en diálogo”.

Así como en las Filipinas Silsilah ha generado el grupo “Emmaus dialogue community”, cuyo presidente actual es Aminda Esano, una laica consagrada con una fuerza que arrastra, también está naciendo un grupo similar de musulmanes que se llama “Muslimah”. Podemos decir que estamos en una fase de consolidación de nuestra experiencia, pero también que estamos llamados a hacer más.

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¿Cuáles son hoy los obstáculos más evidentes para una experiencia de diálogo?

A menudo se habla de diálogo, pero no está la convicción profunda de que éste pueda darse. Hay expresiones de los musulmanes en relación a los cristianos, y viceversa, que conforman un background cultural que parece insorteable.

Yo mismo me he encontrado llevando etiquetas y prejuicios adosados. Lo importante es no desanimarse. Nunca. Ni siquiera cuando hoy en la escuela oímos a un muchacho musulmán decirle a la maestra: “¿Sabes que nosotros podemos matar a los cristianos?” Y ha de subrayarse que esto lo ha escuchado en su familia.

¿Qué debieran hacer entonces los cristianos y musulmanes filipinos?

El cristianismo filipino, después de 500 años de historia (que se cumplen en 2021) debiera entender que una devoción que no llega a una profundidad, termina volviéndolo a uno más vulnerable.

Frente al radicalismo islámico, es necesario equiparse. Una fe diluida no es suficiente. Los católicos todavía deben despertarse en relación a esto. Debieran hacer un examen de conciencia para comprender que la fe no vive de la herencia y por tradición. El islam, en cambio, debiera reflexionar sobre cuál es la contribución que de verdad quiere traer al mundo. ¿Acaso el wahabismo? ¿(Acaso) el conflicto entre sunitas y chiitas que atraviesa todas las latitudes y longitudes?

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