Teología del liderazgo y el gobierno proféticos en la Compañía de Jesús

En este texto, originalmente publicado por el Secretariado para la Justicia Social y la Ecología SJES en su revista Promotio Iustitiae, el jesuita indio Pavulraj Michael, S.J., presenta la relación entre las Constituciones de la Compañía de Jesús y el Liderazgo Profético de la Iglesia.

Memoria y visión

La Congregación General 35 establece tres principios, basados en la experiencia de las últimas décadas y en nuestra misión apostólica, para guiar la reflexión sobre el gobierno en la Compañía de Jesús: “a) Nuestras estructuras de gobierno y nuestros modos de proceder deben ser concebidos desde una mayor universalidad. b) Las estructuras de gobierno se han de agilizar, modernizar y flexibilizar en lo posible. La Compañía está organizada en función de su misión. c) Las circunstancias cambiantes requieren articular mejor los valores ignacianos y los modos de proceder en nuestra vida y nuestro trabajo actuales” (CG 35, D. 5, n. 1). La presente reflexión se centra en este primer número del decreto 5, porque él invita a la Compañía a leer los signos de los tiempos y a responder con sentido a ellos, al igual que procedieron san Ignacio y los primeros compañeros. También nos insta a hacer teología como la hicieron los profetas, cultivando la memoria y la visión, cuando se les pidió que respondieran de manera eficaz a su contexto. De los profetas se espera que respondan a la llamada recibida con conciencia de encontrarse inmersos en la tensión dinámica entre memoria y visión. Por una parte, los profetas tenían una aguda conciencia de lo que Dios había obrado en la vida de la comunidad. Los profetas llaman al pueblo a recordar y a responder en la celebración, la alabanza, la recitación y la proclamación del Dios conocido para Israel en su propia historia de promesa, liberación, establecimiento de la alianza y construcción de la comunidad en la tierra prometida. Esa remembranza posibilitó la afirmación de la fidelidad de Dios y sirvió de base para renovar el compromiso del pueblo con las obligaciones asociadas a la alianza con Dios, compromiso que incluía exigencias de justicia y rectitud. Por otra parte, los profetas también tenían una visión de lo que aún podía llevar a cabo Dios más allá de los retos, limitaciones y circunstancias de su propia época. La fidelidad de Dios en el compromiso con su pueblo no es algo del pasado. Dios es rey soberano sobre la totalidad de la historia, por lo que actúa con el fin de abrir a su pueblo nuevas posibilidades para el futuro. Los profetas se atrevieron a soñar sueños y a ver visiones, y su mensaje aguijonó al pueblo a explorar nuevas posibilidades en su renovada alianza con Dios, quien no habita simplemente en el pasado, sino que precede a los suyos con intención de crear para ellos nuevos futuros. Imágenes ricas y creativas anticipan el futuro de Dios para la humanidad: desde el reino de la paz (cf. Is 7,14) hasta la nueva alianza inscrita en los corazones (cf. Jr 31,31-34), los huesos secos capaces de revivir (cf. Ez 37,1-14) o la reaparición del Ungido de Dios (cf. Is 45,1-8; Jr 23,5–33,15; Zac 3,8). Los profetas enseñan al pueblo que el liderazgo no puede desempeñarse en aras de fines y propósitos individuales, ni siquiera al servicio de los más nobles principios. Tiene que ser ejercido en solidaridad con el conjunto del pueblo y en los contextos concretos de las realidades sociales, históricas, culturales y religiosas que constituyen la vida de la gente. El estilo de liderazgo que Jesús enseñó y del que dio ejemplo no perseguía el mando ni el control, tampoco el estatus ni el poder. No enseñó técnicas, pero maduró el carácter, centrado en un cristiforme corazón servicial. Mostró cómo vivir el servicio con actitud profética e instó a sus discípulos a seguir ese ejemplo, a ser como él. Desde la perspectiva del reino, esto hace que el liderazgo que toma como modelo a Jesús y se centra en su carácter inhabitador sea superior a cualquier estilo secular de liderazgo. Jesús también compartió su visión con un círculo más amplio de discípulos y con la multitud, suscitando confianza y entusiasmo en relación con su visión del venidero reino de Dios (cf. Mt 4,17; Mc 1,15; Lc 4,16-20). En el proceso de plasmar en parábolas su visión del reino y su enseñanza al respecto, Jesús capacitó a las personas a ver su visión por ellas mismas y atrajo a muchos a su visión. Jesús el Mesías creó una comunidad de personas focalizadas en su visión del reino, y lo hizo guiándolas, enseñándolas, motivándolas e inspirándolas.

Características del liderazgo profético en las constituciones

Las Constituciones de la Compañía de Jesús describen al General de la Compañía como un profeta que cultiva la memoria y la visión en la medida en que hereda las verdaderas cualidades de los profetas del Antiguo Testamento y de Jesucristo en el Nuevo. En primer lugar, interesa que el General “sea muy unido con Dios nuestro Señor y familiar en la oración y todas sus operaciones” (Cons. 723). Es importante que el líder sea una persona de oración, como también que tenga la espiritualidad de un contemplativo en la acción. Esta unión con Dios propiciará “que tanto mejor del como de fuente de todo bien impetre a todo el cuerpo de la Compañía mucha participación de sus dones y gracias”. En segundo lugar, el General debe ser “persona cuyo exemplo en todas virtudes ayude a los demás de la Compañía” (Cons. 725). Ha de ser un modelo para toda la Compañía en la práctica de todas las virtudes, en especial en la práctica de la caridad y la humildad genuina. Estas dos virtudes harán al líder profético sumamente amable a Dios nuestro Señor y a los seres humanos. Deberá ser capaz de conjugar la cordialidad con la eficiencia, la amabilidad con la severidad. La magnanimidad, la fortaleza de ánimo y la constancia son cualidades importantes para el General de la Compañía, “para suffrir las flaquezas de muchos” (Cons. 728). Como tercera cualidad, el líder “debría ser dotado de grande entendimiento y juicio” (Cons. 729), de modo que sepa discernir y aconsejar. El líder profético habrá de ser inteligente, cultivado, prudente y discreto. En cuarto lugar, debe ser “vigilante y cuidadoso para comenzar y strenuo para llevar las cosas al fin y perfección suya” (Cons. 730). El líder proactivo tiene que ser dedicado asiduamente al gobierno y debe poseer energía y valor para llevar a cabo sus obligaciones, sin caer nunca en negligencia. La quinta cualidad es, como dice Ignacio, “acerca del cuerpo, en el qual quanto a la sanidad, appariencia [B] y edad, debe tenerse respecto de una parte a la decencia y auctoridad, de otra a las fuerzas corporales que el cargo requiere” (Cons. 731). En sexto lugar, conviene que el gobernante esté dotado de atributos externos tales como “el crédito, buena fama y lo que para la auctoridad con los de fuera y de dentro ayuda de las otras cosas” (Cons. 734). Después de todo lo anterior, Ignacio termina diciendo que el General “finalmente debe ser de los más señalados en toda virtud, y de más méritos en la Compañía, y más a la larga conocido por tal. Y si algunas de las partes arriba dichas faltasen, a lo menos no falte bondad mucha y amor a la Compañía y buen juicio acompañado de buenas letras” (Cons. 735). Ignacio fue muy realista al reconocer que no sería fácil encontrar una persona en quien todas estas cualidades se dieran simultáneamente y de manera equilibrada. Estos rasgos del General de la Compañía de Jesús son la fuente del liderazgo profético en los distintos niveles de gobierno.

El liderazgo profético y el gobierno para la misión

El liderazgo profético impregna y sostiene todas las dimensiones de gobierno en la Compañía de Jesús. Al frente del gobierno central, el Superior General, un hombre de Dios y de oración, es una fuente de unidad en el cuerpo universal de la Compañía (cf. Cons. 666, 719). Puesto que el gobierno en la Compañía se mide siempre en un adecuado equilibrio entre la unión y la diversidad, “el cargo del P. General se debe ejercer de tal modo que respete esa diversidad, a la vez que la pone al servicio de nuestra misión universal y de nuestra identidad” (CG 35, D. 5, n. 7). La Compañía de Jesús es un cuerpo orientado a la misión. Para los jesuitas, la identidad es inseparable de la misión, cuya centralidad configura todas las dimensiones de la vida y las estructuras. Es una acción apostólica de naturaleza distintiva, conformada y determinada, como si dijéramos, por el principio de que el objetivo es siempre la mayor gloria de Dios: ad majorem Dei gloriam. Esta identidad jesuita se concreta en: un comunicador de la Palabra autoimpulsado, guiado por el Espíritu y penetrado por la Palabra, enviado a una misión bajo el estandarte de la cruz; un hombre tan dedicado a nuestra empresa apostólica que se entregue a sí mismo sin reservas al discernimiento apostólico comunitario, del que ha devenido activamente adepto; tan absorbido por el compromiso con Cristo en la misión que valora mucho cualquier apoyo que pueda ofrecer a sus compañeros jesuitas. La misión promovida por el liderazgo jesuita es verdaderamente una estructura de una sola pieza. Nunca cesa, porque es divina. Los jesuitas en misión son “hombres para otros” y “hombres con otros” a la vez (cf. CG 34, D. 14, n. 34). Esta característica básica de nuestro modo de proceder pide una actitud, una disposición a cooperar, a escuchar, a aprender de los demás, a compartir nuestro legado espiritual y apostólico. Aun reconociendo la autoridad del General de la Compañía en lo que atañe a la misión universal, es importante señalar que “hoy es una necesidad insoslayable la colaboración entre las Provincias y Regiones para llevar a cabo la misión apostólica de la Compañía” (CG 35, D. 5, n. 17). Ser “hombres para otros” y “hombres con otros” son los aspectos decisivos de nuestro carisma y hacen más profunda nuestra identificación con Jesús. En nuestro modo de proceder, los principios de unidad de gobierno (cura personalis, cura apostolica), subsidiaridad y autoridad suficiente para el ejercicio del cargo correspondiente deben ser aplicados apropiadamente, como hizo Jessús. Así, el gobierno de la Compañía de Jesús en general y de las comunidades jesuitas en particular tiene como objetivo la misión: “Desde el lugar privilegiado que ocupa en el corazón de la comunidad, el superior es también responsable, junto con el resto de los miembros, de desarrollar su vida apostólica. En concreto, esto compromete al superior local a liderar a su comunidad según una vida comunitaria jesuita, caracterizada por la celebración de la Eucaristía, la oración, el compartir de la fe, el discernimiento apostólico, la sencillez, la hospitalidad, la solidaridad con los pobres y el testimonio que los ‘amigos en el Señor’ pueden dar al mundo” (CG 35, D. 5, n. 4). El cardenal Carlo Maria Martini dice: “Si hay algo por lo que los jesuitas merecen crédito a lo largo de su historia, a pesar de todas las faltas y errores cometidos, eso es, a mi juicio, el hecho de que nunca han buscado acomodarse en lo ya ‘existente’ o lo ‘ya sabido’ y han escuchado constantemente la invitación a descubrir, definir y alcanzar nuevos horizontes de evangelización y de servicio a la cultura y al desarrollo humano. Esta es la razón por la que noción de ‘frontera’... siempre ha atraído a los jesuitas como un obstáculo a superar, una meta a la que llegar y dejar luego atrás”.

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Discernimiento, colaboración y networking en el gobierno jesuita para la misión

Las prioridades apostólicas de la Compañía y los criterios ignacianos de discernimiento para decidir sobre ellas y buscar los medios para hacerlas efectivas son temas entrelazados y, puesto que se refieren precisamente a la concreción de la misión apostólica, centrales en las Constituciones de la Compañía de Jesús. Este gran deseo está presente de manera palpable, más denso y mejor definido en la Parte VII de las Constituciones, pero tiene obvias resonancias en todo el resto del documento. La capacidad de ver la conexión entre lo ideal y lo real, entre lo universal y lo concreto es, como indica el epíteto, verdaderamente divina. Pues esto es lo que Jesús fue capaz de unir: lo divino y lo humano, lo universal y lo particular. Un pequeño ejemplo de ello son las instrucciones dadas por Ignacio a Laínez y Salmerón cuando estos marchaban al concilio de Trento como peritos teológicos. Ignacio les encareció que, al tiempo que desempeñaban ese importante papel, se involucraran en la catequesis infantil. Ambos apostolados, el elevado y el humilde, son caminos auténticos para que la persona humana busque, encuentre y sirva a Dios. Esta es la razón por la que el discernimiento, la colaboración y el networking o trabajo en red únicamente pueden entenderse desde la perspectiva de encontrar caminos innovadores para acometer la misión. Los jesuitas discernimos, colaboramos y trabajamos en red por el bien de la misión como profetas modernos. Nuestra espiritualidad adaptativa y nuestra tradición de diálogo con el mundo nos instan a reajustar las estructuras existentes con el fin de hallar mejores respuestas a los retos globales y problemas internacionales desde un enfoque de colaboración que implique la acción concertada con un alcance más amplio. Nuestro nuevo modo apostólico de proceder requiere un cambio cultural en la Compañía de Jesús con vistas a formar agentes dotados de las nuevas habilidades que se necesitan para aportar visión y liderazgo en una misión universal llevada a cabo en colaboración. El liderazgo en la Compañía de Jesús hoy es un ministerio muy exigente. Cuando consideramos el mundo actual, “la necesidad de colaboración internacional, las nuevas estructuras de asociación con otros y las crecientes expectativas sobre la calidad de la vida comunitaria son solamente algunos de los factores que reclaman nuevas actitudes y habilidades en los superiores y directores de obra en todos los niveles de gobierno. Los jesuitas y los colaboradores en puestos de liderazgo necesitan una formación específica” (CG 35, D 5, n. 30).

El discernimiento, un precioso don de Ignacio, es parte integral de nuestra vida personal y de nuestra vida apostólica como cuerpo. Comienza en la contemplación de la obra de Dios en el mundo (cf. EE 23, 236) y nos permite ser más fecundos uniendo nuestros esfuerzos a los designios divinos. El proceso de discernimiento requiere una continua “dialéctica” entre la palabra existencial de Dios, tal como se manifiesta a través de concretas situaciones actuales, y la palabra profética de Dios revelada en Cristo, en el Evangelio y en la tradición viva. Esta dialéctica consiste en prestar atención a todos los factores planteados en la situación concreta y en reflexionar luego sobre ellos a la luz de la palabra profética de Dios, hasta que el jesuita finalmente pueda evaluar, interpretar y determinar qué es lo que Dios está pidiéndole en realidad como respuesta a la llamada que recibe aquí y ahora. Así pues, el discernimiento de la voluntad de Dios está en el centro del liderazgo y el gobierno proféticos en la Compañía, porque, cuando recorremos el camino del seguimiento, sin cesar nos vemos confrontados con situaciones cambiantes en las que tenemos que descubrir cómo ser fieles al Evangelio y a la guía del Espíritu y, al mismo tiempo, veraces con nosotros mismos. Esto nos obliga a tomar de continuo decisiones en nuestros intentos de integrar la oración y la vida, la contemplación y la acción. El discernimiento es lo que “nos enraíza en la Iglesia, en la que el Espíritu actúa y reparte su diversidad de carismas para el bien común” (Discurso del papa Francisco a la CG 36, 24 de octubre de 2016). El discernimiento es el fundamento para la toma de decisiones por la autoridad legítima en nuestro modo de proceder (CG 36, D 2, n. 4).

La CG 35 afirma que “la colaboración en la misión... expresa nuestra verdadera identidad como miembros de la Iglesia, la complementariedad de nuestras diversas vocaciones a la santidad, nuestra mutua responsabilidad por la misión de Cristo, nuestro deseo de unirnos a las personas de buena voluntad en el servicio de la familia humana y la llegada del Reino de Dios” (CG 35, D 6, n. 30). La comprensión y el respeto mutuos son indispensables en la colaboración con las personas de buena voluntad: una apreciación real de la dignidad, igualdad y diferencia de nuestras vocaciones y una disposición a reconocer los dones, las necesidades y las sensibilidades características de cada grupo. La CG 36 reconoce “el papel decisivo de quienes colaboran en la vitalidad de la misión actual de la Compañía y expresa su gratitud a todos cuantos contribuyen y desempeñan papeles significativos en el servicio de sus obras y ministerios. Nuestra misión se hace más profunda y nuestro servicio se hace más amplio a través de la colaboración entre todas las personas con las que trabajamos, especialmente aquellas inspiradas por la espiritualidad ignaciana” (CG 36, D 2, n. 6).

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Los jesuitas somos impulsados permanentemente a descubrir y redefinir lo “magis” y tender hacia ello (cf. EE 23, 95, 97, 98,149, 151, 152, 155, 167). El trabajo en red tiene que realizarse en todos los niveles, desde lo local hasta lo internacional, pasando por lo regional, con interrelaciones –a veces complejas– atravesando los diferentes niveles de uno y el mismo problema. La CG 34 anima encarecidamente a la cooperación regional y mundial: “Estas redes de personas e instituciones deben poder enfrentarse a problemas globales, por medio de ayuda mutua o de información, planificación y evaluación compartidas, o de la puesta en marcha de proyectos que no se pueden fácilmente realizar dentro de estructuras provinciales. Existe ciertamente un potencial para redes de especialistas, complementarios en especialización y perspectiva, pero con una preocupación común; también para comunicaciones entre departamentos universitarios, centros de investigación, revistas especializadas o grupos regionales de juristas. Hay también potencial suficiente para una colaboración a través de agencias internacionales, organizaciones no gubernamentales, y otras organizaciones en proceso de creación de hombres y mujeres de buena voluntad” (G 34, D 21, n. 14). Para los jesuitas, las fronteras y los límites no son obstáculos o topes, sino nuevos retos que deben ser afrontados, oportunidades que hay que acoger. En efecto, la nuestra es una audacia santa, “una cierta agresividad apostólica (CG 34, D 26, n. 27), característica de nuestro modo de proceder, que solo es posible a través de un trabajo en red apropiado: “La colaboración lleva naturalmente a la cooperación entre redes. Las nuevas tecnologías de la comunicación crean formas de organización que hacen más fácil la colaboración. Hacen posible que se movilicen aquellos recursos humanos y materiales que sostienen la misión y logran superar las fronteras nacionales y los límites de provincias y regiones. El trabajo en red, que tan frecuentemente se menciona en los documentos de nuestras recientes congregaciones generales, se construye cuando se comparte una misma visión y presupone una cultura de la generosidad, abierta a la colaboración con otros y el deseo de celebrar sus logros. Las redes dependen también de personas que sean capaces de aportar su visión y su liderazgo para una misión en colaboración” (CG 36, D 2, n. 8).

Así pues, la teología del liderazgo y el gobierno proféticos en la Compañía de Jesús tiene su fuente en los profetas del Antiguo Testamento y su cima en Jesús, el Profeta de profetas. Los jesuitas del tercer milenio, cultivando la memoria y la visión, retornamos al carisma de Ignacio y salimos al encuentro del mundo contemporáneo con fidelidad creativa. Jesús infunde a los hijos de Ignacio la visión del reino de Dios, una visión que a él le llevó a entrar en conflicto con los reinos de este mundo. Y así, el liderazgo y el gobierno en la Compañía de Jesús son liberadores, redentores, proféticos, trasformadores y salvíficos.

Fuente

  • Promotio Iustitiae No. 125. Secretariado para la Justicia Social y la Ecología, SJES, Curia General de la Compañía de Jesús, Roma.
  • Original inglés Traducción José Lozano.
  • Fotografías: Flickr - Galo Naranjo. Licencia Creative Commons.

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