Un periplo de compasión y solidaridad con seropositivos y enfermos de sida

Compartimos este texto del jesuita Elphège Quenum, director de la Red de Jesuitas Africanos contra el SIDA, en el que relata el alcance del virus en el continente y los avances del trabajo de muchas organizaciones por contenerlo y ofrecer acompañamiento y apoyo a los enfermos.

Mi primer contacto con la atención pastoral a seropositivos y enfermos de sida tuvo lugar en 2003. Para realizar mi magisterio, fui destinado a una nueva organización jesuita, la Red de Jesuitas Africanos contra el Sida (AJAN, African Jesuit AIDS Network), creada por la Conferencia de Superiores Jesuitas de África y Madagascar (JESAM, Jesuit Major Superiors of Africa and Madagascar) y encomendada, como director, al P. Michael Czerny. Participar en la infancia de AJAN se convirtió también en el comienzo de mi viaje a la realidad del VIH y del sida y a las cuestiones relacionadas con ellos.

AJAN es una red de centros e iniciativas jesuitas que apoya y atiende a personas infectadas y afectdas por el VIH y el sida en más de 16 países africanos. Su sede está en Nairobi, Kenia. En junio de 2017, AJAN celebró su décimo quinto aniversario. Fue una celebración de 15 años de compasión, solidaridad, respecto y protección de la dignidad del ser humano como imagen de Dios.

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P. Elphège Quenum, SJ (AOC)

La misión de AJAN surgió de la necesidad de compartir y discernir experiencias dispersas de jesuitas con seropositivos y enfermos de sida y de reflexionar en común sobre ellas. Los jesuitas y colaboradores que estaban ofreciendo respuestas locales al reto del VIH y del sida se percataron de que sería enriquecedor y fecundo juntarse para discernir -y orar sobre- el sufrimiento y la vulnerabilidad que, a causa del VIH y del sida, padecían las personas a las que estaban sirviendo. La magnitud del reto era y sigue siendo tan enorme que una respuesta particular no basta. Entonces se creó AJAN para propiciar la sinergia y enriquecer las respuestas locales de los jesuitas en el plano continental.

Los datos hechos públicos en julio de 2017 por UNAIDS nos informan de que en el mundo 36,7 milliones de personas viven con el VIH. El 70 % de esas personas habitan en el África subsahariana, que reúne solo el 15% de la población mundial. Si tomamos en consideración además los grupos de población infectados y afectados en otros continentes, se evidencia que los negros soportan el 80 % de la carga del VIH y del sida.

En África, el VIH y el sida constituyen una de las más importantes preocupaciones de salud pública global en nuestra época y quizá en toda la historia de la humanidad, además de ser una de las principales causa de muerte. A la vista de esta abrumadora situación, los jesuitas africanos y sus colaboradores, al igual que en la «Contemplación para alcanzar amor» (cf. EE 230-237), entendimos que nuestro amor a Dios y al prójimo no podía expresarse solamente en palabras, sino que debía ser llevado a la práctica. Entendimos que "la compasión es acción y una acción discernida en común" (GC 36, Decreto 1, n. 20). Esto se ha concretado en diversas iniciativas: creación de hospitales y dispensarios, atención y acompañamiento en parroquias y centros sociales, programas de prevención del VIH en colegios y centros juveniles, incidencia, desarrollo de capacidades para jóvenes y empoderamiento económico de las personas más vulnerables y marginadas, como muchachas y mujeres, refugiados, inmigrantes y presos.

Trabajar con personas que vivían con el VIH y con el sida, acompañar a niños afectados por esa situación, huérfanos y vulnerables, me brindó la oportunidad de reflexionar sobre mi vida y mi fe. Como puso de relieve el papa Francisco, «estamos llamados a descubrir a Cristo en ellos, a prestarles nuestra voz en sus causas, pero también a ser sus amigos, a escucharlos, a interpretarlos y a recoger la misteriosa sabiduría que Dios quiere comunicarnos a través de ellos» (Evangelii gaudium 198). Es también para nosotros una obra de justicia, de una justicia discernida y llevada a la práctica con el fin de mejorar las condiciones de vida de los más pobres en las comunidades locales.

El 1 de diciembre celebramos el Día Mundial del Sida. Esta celebración anual tiene lugar en un marco contradictorio. Celebramos los logros obtenidos en la lucha contra el VIH y el sida: reducción de la mortalidad, disminución de la trasmisión maternoinfantil, disponibilidad de un número creciente de materiales, instrumentos y medicinas que alimentan la esperanza y mejoran la vida de los afectados por el VIH y el sida. Pero también sufrimos una mengua del interés y de los recursos económicos que impide que las naciones y grupos de población más pobres se beneficien de un servicio de calidad. En algunas zonas geográficas, el VIH y el sida ya no son un problema; en otras, especialmente en África, siguen representando un lastre para los grupos de población pobres. Muchas organizaciones están redirigiendo sus intervenciones hacia nuevos ámbitos de atención y de recursos, puesto que la lucha contra el VIH y el sida ya no les resulta rentable.

En palabras del P. Orobator Agbonkhianmeghe, presidente de la JESAM, la AJAN "será la última en abandonar el terreno". La AJAN, movida por su fe y su compromiso con la justicia social, sobre con quienes carecen de voz, está dispuesta a mantener este ministerio hasta que el VIH y el sida hayan sido derrotado. Mientras un solo ser humano esté amenazado y sea debilitado por el VIH y el sida, proseguiremos nuestra misión. Persistiremos en la batalla hasta que consigamos una sociedad libre de VIH y sida.

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