El nuevo liberalismo israelí

Luego de la reelección de Benjamin Netanyahú, Shlomo Ben-Ami analiza, para Nueva Sociedad, el panorama político de Israel.

La reelección de Benjamin Netanyahu no deja dudas sobre lo que le espera a Israel en los próximos años. Una camarilla formada por amigos y familiares del primer ministro, colonos racistas mesiánicos y partidos ortodoxos con planes oportunistas para aprovecharse del erario público, arrastrará a Israel hacia una nueva realidad similar a la Sudáfrica del apartheid. Pero hay esperanza: los partidos israelíes de izquierda y centro todavía representan colectivamente a casi la mitad del electorado. Un líder audaz y dispuesto a luchar por el alma de Israel podría prevalecer, pero solo aliándose abiertamente con los árabes israelíes. Eso es lo necesario y lo correcto.

Otra vez Bibi. Tras aliarse abiertamente con un partido supremacista judío y racista, Benjamin Netanyahu consiguió un cuarto período consecutivo como primer ministro de Israel. La Unión de Partidos de Derecha dice que Netanyahu le prometió los ministerios de educación y justicia; ¿y quiénes somos para dudarlo? Junto con los otros aliados de derecha de Netanyahu, la Unión de Partidos de Derecha (UPD) ya que protegería al primer ministro de acusaciones formales por cargos de corrupción pendientes.

La última elección parlamentaria en Israel consolidó el posicionamiento del país dentro de un creciente bloque de democracias iliberales en todo el mundo. Una vez más, Netanyahu ganó movilizando a la gente contra las mismas instituciones del Estado que supuestamente debería sostener y defender. Durante la campaña fustigó desvergonzadamente al sistema judicial y a la policía por hacer su trabajo. Atacó a los medios por revelar conductas impropias de sus familiares y amigos. Puso en la picota a intelectuales públicos por negarse a reconocer su grandeza. Y describió a la vieja «izquierda» sionista como traidores.

En cuanto a los partidos árabes, perdieron cerca del 25% de sus escaños, en parte por la abstención de los votantes. Parece que después de que Netanyahu consiguió la aprobación de una «» que declara que el derecho a la autodeterminación nacional en Israel es exclusivo del pueblo judío, los ciudadanos árabes se cansaron de prestarle credibilidad a una democracia fingida. Durante la campaña se los trató como a leprosos políticos desde prácticamente todo el arco ideológico israelí.

La elección puso particularmente de manifiesto que la izquierda israelí es un proyecto político en bancarrota. De hecho, el Israel de Netanyahu se corrió tanto hacia la derecha que hoy el término «izquierdista» es un insulto. Tanto el principal retador de su partido, la coalición centrista Azul y Blanca, cuanto el Partido Laborista huyeron del rótulo. Y ambos no sólo carecieron del coraje para hacer frente a la demonización que hizo Netanyahu de los árabes israelíes como enemigos del Estado, sino que se negaron incluso a considerar la formación de una alianza parlamentaria con los partidos árabes. En la cuestión árabe, los sionistas liberales cedieron al proyecto de Netanyahu de convertir a Israel en un estado monopartidista y monorracial.

En síntesis, la elección es una fuerte acusación a la democracia israelí. La campaña estuvo dominada por los insultos personales y la desinformación, y no se debatió seriamente ni una sola cuestión sustancial. Fue como si las consecuencias de las crueles políticas neoliberales de Netanyahu (el debilitamiento del Estado de Bienestar y la presión sobre las clases medias) no importaran en lo absoluto. Tampoco se discutió la dependencia de la improductiva comunidad ortodoxa respecto de los subsidios estatales, que han crecido considerablemente durante el gobierno de Netanyahu.

Y luego el tema espinoso que todos esquivan: la cuestión palestina. Por temor a perder votos conservadores, los partidos de izquierda y centro no emitieron ni una declaración convincente (por no hablar de proponer medidas) sobre cómo encarar el mayor desafío existencial y moral que enfrenta el país. Sí, los candidatos de izquierda hicieron las menciones de rigor al problema, y Benny Gantz (el deslucido líder de la coalición Azul y Blanca) algo acerca de la necesidad de una «acción diplomática» en relación con los territorios ocupados; pero eso fue todo.

Pero Gantz y la izquierda no dijeron casi nada cuando Netanyahu alardeó de que podía obtener luz verde del presidente estadounidense Donald Trump para una anexión parcial de Cisjordania. Y tampoco reaccionaron cuando se atribuyó el reconocimiento del gobierno de Trump a Jerusalén como capital de Israel y a la soberanía israelí sobre los Altos del Golán.

De hecho, las relaciones entre Estados Unidos e Israel fueron otro tema clave del que casi no se habló en la campaña electoral. A nadie importó que la alianza de Netanyahu con Trump y los evangélicos estadounidenses le cueste a Israel perder el apoyo de una fracción creciente del establishment del Partido Demócrata, o que su cheque en blanco a los ortodoxos israelíes lo enfrente con la comunidad judía estadounidense (predominantemente liberal). La respuesta de los israelíes a las advertencias de Beto O’Rourke (precandidato presidencial demócrata para 2020) de que Netanyahu es un «racista» que está dañando la alianza especial de Estados Unidos con Israel fue reforzar el poder de ese racista.

Netanyahu se pasó toda la campaña ensalzando su política exterior. Además de su acercamiento a los gobiernos iliberales de Europa del Este y al nuevo presidente derechista brasileño Jair Bolsonaro, afirma que reforzó la influencia económica de Israel en Asia, que hizo grandes avances diplomáticos en África y que negoció acuerdos secretos con países árabes vecinos, en particular Arabia Saudita.

Y aquí también los oponentes de Netanyahu fallaron. Podían señalar que el objetivo de sus nuevas alianzas es anticiparse a la oposición internacional a sus planes de anexión de territorio palestino: en vez de usar la diplomacia israelí para buscar una solución aceptable al principal desafío existencial del país, la explotó al servicio de su propia agenda chauvinista.

Lamentablemente, la elección no deja dudas sobre lo que le espera a Israel en los próximos años. Una camarilla formada por amigos y familiares de Netanyahu, colonos racistas mesiánicos y partidos ortodoxos con planes oportunistas para aprovecharse del erario arrastrará a Israel hacia una nueva realidad similar a la Sudáfrica del apartheid.

Si queda algún consuelo, es que los partidos israelíes de izquierda y centro (de Meretz y el laborismo a los partidos árabes y la coalición Azul y Blanca) todavía representan colectivamente a casi la mitad del electorado. Un líder audaz y dispuesto a luchar por el alma de Israel podría prevalecer, pero sólo aliándose abiertamente con los árabes israelíes. No sólo es la mejor estrategia electoral, sino que también es lo correcto.

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