Austen Ivereigh: "Francisco nos dio una hoja de ruta para este mundo en crisis"

Compartimos la nota de Virgina Bonard, para Religión Digital, sobre la entrevista exclusiva de Austen Ivereigh, del portal Voces Católicas, al papa Francisco sobre la pandemia; y el texto completo de la entrevista en español, publicada por el portal ABC en España.

"Tener la oportunidad de ser su canal será una de las experiencias más ricas de mi vida. El privilegio de servir. En el fondo la entrevista es sobre eso"

El Papa Francisco habló de la pandemia que azota al mundo todo y lo hizo con el periodista Austen Ivereigh en una entrevista que se conoció a principio de esta semana. Conozco a este prestigioso colega desde que el cardenal Bergoglio fue elegido Papa. Entramos en diálogo en ese 2013 intercambiando impresiones sobre su personalidad, su palabra, sus gestos. Nos unió profesionalmente el mismo Francisco sin saberlo. Y hemos mantenido una amistad a la distancia felizmente interrumpida por algún viaje que él realizó a Argentina y pudimos coincidir.

Ayer por la mañana, como muchos de nosotros, me sorprendí tan gratamente al leer la profunda entrevista que le realizó al Sumo Pontífice sobre el tema coronavirus, sus tan variadas aristas de abordaje. Y claro: naturalmente nació esta conversación que compartimos para RELIGIÓN DIGITAL.

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El Papa y Austen Ivereigh, en foto de archivo

¿Cómo surgió esta entrevista? ¿La tenías pedida pre-pandemia o fue ya durante su expansión?

Fue algo muy impulsivo de mi parte a mediados de marzo en plena crisis coronavirus. Él dio un par de entrevistas cortas a medios italianos y españoles; la crisis estaba empezando a llegar a nuestras tierras, al Reino Unido, y los Estados Unidos. Le hice llegar un mensaje simplemente para decirle que me parecía que sería un momento fantástico para dirigirse al mundo de habla inglesa porque él ha dado muy pocas entrevistas a los medios en esta lengua. Y le pedí si pudiera dirigirse a medios católicos para reflexionar sobre la crisis. Tuve una respuesta muy cálida de él, escrita de su puño y letra, y enviada en PDF por su secretario que decía que en ese momento no le parecía oportuno hacer entrevista pero que no tenía problemas en que yo le enviara las preguntas para que él las meditara. Le mandé 6 temas y cada tema tenía varias preguntas que él podía contestar como quisiera todo dirigido al tema del virus y cómo podemos vivirlo; y no escuché nada más.

Él hizo la bendición “urbi et orbi” [27 de marzo, en la Plaza desierta, bajo la lluvia] que naturalmente seguí con gran atención y me impactó muchísimo. Cuando yo le mandé los 6 temas intuía que él sabía que había una crisis y una oportunidad de conversión y eso fue lo que yo, por instinto, le estaba pidiendo. Él en esa reflexión, en la Plaza de San Pedro, respondió a mi pedido: el Papa como piloto de tormentas guiándonos y haciéndonos ver que hay una oportunidad de conversión aquí. A nivel espiritual él lo hizo.

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Austen y Virginia

Yo le escribí después diciéndole que no se preocupara, le agradecí su liderazgo, y le ofrecí que si le parecía contestar las preguntas yo podía cambiarlas a la luz de lo vivido el 27 de marzo. Él me respondió con un mensaje que me impactó mucho. Sin dar los detalles, percibí que él estaba sufriendo mucho la situación; no solo lo del coronavirus, el confinamiento y el colapso económico sino que a nivel personal seguía recuperándose de una bronquitis muy fuerte que fue muy evidente durante la bendición “urbi et orbi”, y que también tenía mucho trabajo producto de la misma crisis. A lo que yo respondí que no es el momento de hacer la entrevista.

Unos días más tarde, el viernes pasado exactamente, recibí un mensaje de su secretario en el que me preguntaba si me importaba que el Santo Padre grabara las respuestas a mis preguntas. A lo que contesté: “por supuesto, me encantaría”.

El sábado pasado me llegó un archivo de audio de 45 minutos mientras yo estaba en el medio de algunas actividades en el jardín y le había prometido a mi esposa plantar un árbol. Estaba cavando un pozo en la tierra y decidí terminar de plantar escuchando el audio con auriculares. Me di cuenta a los pocos minutos de que se trataba de una reflexión profundísima, una hoja de ruta para un mundo en crisis. Era Bergoglio-Francisco como piloto de tormentas reflexionando a nivel muy profundo qué significa la crisis para la humanidad y la gracia de la conversión contenida en ello, y que hay que aprovechar. Lo hizo suavemente y respondiendo a su manera. Entendí que tenía en las manos una entrevista importantísima de valor para la humanidad entera en este momento.

Escuchándolo, me di cuenta de que dos cosas eran necesarias. Una: que todo el mundo tuviera acceso al texto integral, que no se convirtiera en una noticia periodística. La otra: publicarlo en vísperas del triduo de la Pascua porque tiene un mensaje muy potente para esta fecha.

Decidí publicarlo en dos medios católicos de habla inglesa. Uno en Inglaterra y otro en Estados Unidos; ninguno de los dos había publicado con anterioridad una entrevista papal así que estaban muy felices. Eso también me gustó; eran medios de la Iglesia.

Al mismo tiempo era necesario que el mundo hispanoparlante tuviera acceso a ello. La entrevista fue realizada en español. Contacté a Juan Vicente Boo de ABC y le pedí que ayudara con la desgrabación y edición, así que ambos trabajamos en la edición española. Enviamos el texto al Papa para que lo revisara y aprobara. Luego yo lo traduje al inglés y Antonio Spadaro SJ se ofreció a traducirlo al italiano para su versión oficial y publicarlo en la Civilta Cattolica. No hubo tiempo de ofrecerlo en otros idiomas pero estoy muy contento que está en francés, por ejemplo, ahora mismo en Le Figaro.

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De las columnas conceptuales en las que el Papa apoya su acompañamiento (trabajo, piedad, contemplación, streaming, creatividad, incertidumbre, el después, oración, hacerse cargo del otro, ejemplaridad política, economía, coherencia, hipocresía, los pobres, pastores cercanos…) y nos da herramientas para seguir en marcha, ¿cuál te sorprendió más, en cuál te gustaría seguir ahondando, cuál te resultó más inspirador?

Escuchando el audio original, era evidente que él había pensado mucho en sus respuestas y había tomado apuntes. Se notaba que en algunos tramos él estaba leyendo; en otros momentos sentí la intensidad de su reflexión. Para mí lo central de la entrevista es cuando responde a la posibilidad de una conversión ecológica como resultado de la crisis. Y no solo ecología sino que si fuera posible que surgiera una economía más humana y menos líquida, usando su propia terminología. Entiendo también que es la parte más compleja porque él empieza hablando de la naturaleza, las catástrofes parciales, y en realidad está hablando de la memoria. Él dice que tenemos una memoria selectiva, que queremos editar el pasado y no sacamos provecho de ello. La memoria como un don de conversión.

En una de sus respuestas se refiere a los ejercicios espirituales de San Ignacio de Loyola [fundador de la Compañía de Jesús, en la que el Papa se ordenó como sacerdote jesuita] en su primera semana donde, por un lado, se recuerda el pasado de pecado y de gracia y don por otro; momento de apertura a la acción de Dios. Francisco nos invita a no perder la oportunidad de esta crisis, no la convirtamos en una anécdota, en algo que no tiene efecto a largo plazo. Y da ejemplos. Hay algo en esta crisis que nos quiere dejar una enseñanza, tenemos algo que aprender. En otro momento de audio, su voz se pone muy pausada, lenta al hablar de la contemplación: “este es el momento de ver al pobre” porque ellos y la pobreza están escondidos. Y dice también que se atreve a dar un consejo: es el momento de ir al subterráneo, de ir al encuentro del pobre, personas que normalmente ignoramos, descartamos, no vemos. ¿Estaremos dispuestos a hacer esto? Si no comenzamos ahí, no habrá conversión, dice el Papa.

¿Y qué te quedó luego de este intercambio?

No tuvimos ningún contacto personal así que no hubo intercambio espontáneo, pero lo que sí hubo fue un intercambio de mensajes, de cartas. De toda esta experiencia esto es lo que me ha quedado como uno de los dones recibidos: sus mensajes tan tiernos, tan paternos agradeciéndome lo que hago para la Iglesia. En la última nota, que fue para aprobar el texto final, me felicitó por ayudar a poner sentido a su logorrea, “del caos al cosmos”. Esa capacidad que él tiene de hacernos sentir queridos.

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A nivel personal, algunos en Twitter me han felicitado, me han dicho algo como “qué campeón, obtuviste una entrevista con el Papa” porque para un periodista católico es un enorme logro, pero en realidad no lo veo así. Esos tuits no me han caído bien. Porque esto no tienen nada que ver con un mérito mío. Nos habíamos conocido con Francisco a través de los dos libros que escribí sobre él, para el segundo libro tuvimos un encuentro de 45 minutos, en Casa Santa Marta el junio de 2018. Había una confianza pero no es que nos conozcamos bien. Pienso que yo sugerí algo que a él le pareció importante que era comunicar al mundo en crisis. Fue providencial el hecho de que yo tuviera allí mismo mis preguntas, me las había pedido para ayudarlo con la reflexión sobre el significado de momento actual.

¿Cómo te hace sentir esto como creyente, como ser humano, como periodista?

Humilde privilegiado. Agradecido por la increíble Providencia de momento. Y viviendo este día, que ha sido muy intenso [esta entrevista para RD fue realizada el mismo 8 de abril], viendo cómo el mensaje se está extendiendo por el mundo, cuando la gente la lee y el efecto que tiene sobre ella, lo que me da una satisfacción enorme. Yo soy nada más que un canal. El Papa me ha enseñado que hay una diferencia entre ser mediador e intermediario. Un mediador es alguien que facilita la comunicación y el encuentro en la relación, y luego desaparece en función de esto. El intermediario busca aprovecharse, se pone a sí mismo en el medio de esa relación. Lo que únicamente deseo es que la gente tenga acceso a este pensamiento, a esta reflexión tan profunda en este momento de crisis. Tener la oportunidad de ser su canal será una de las experiencias más ricas de mi vida. El privilegio de servir. En el fondo la entrevista es sobre eso. Yo estoy en mi casa, en el campo, en Inglaterra; no soy médico, no soy enfermero, no estoy ayudando en los supermercados a abastecer a la humanidad en este momento, no estoy arriesgando mi vida en nada, pero tal vez en este pequeño servicio de ayudar a publicar la voz del Papa en este momento tan significativo para la humanidad, me consuela al poder servir

¿Lo más sentido por él, lo que vos percibiste que lo hizo vibrar?

Entiendo que es esta parte, cuando habla de la conversión, sobre la potencia de la memoria: ¿seremos capaces de cambiarnos, de asumir el momento? “Los santos de al lado”, una frase muy querida para él y al heroísmo, los héroes. ¿Quiénes son los héroes de este momento? Son los médicos, los enfermeros, los sacerdotes, las religiosas. Son los que sirven a otros y están dispuestos a arriesgar sus vidas para entregarlas a otros en el servicio. Él se refiere a esto y cita la novela de Manzzoni hablando de que Dios no deja a medio hacer sus milagros. La gracia de este momento es el ejemplo de esos servidores en nuestro entorno que son la señal de cómo deberíamos ser, cómo estamos llamados a ser. Y un futuro alternativo posible si somos capaces de asumir y seguir las huellas de estos héroes.

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Austin

La entrevista

El Papa en confinamiento

Austen Ivereigh - Voces católicas

Hacia finales de marzo le sugerí al Papa Francisco que quizá era un buen momento para dirigirse al mundo de habla inglesa. La pandemia que tanto había afectado Italia y España llegaba también al Reino Unido, los Estados Unidos, y Australia. Sin prometer nada, me pidió que le enviara las preguntas. Elegí seis temas: cada uno incluía una serie de preguntas que él podía contestar (o no) como le pareciera mejor. Después de una semana recibí una comunicación de que había grabado unas reflexiones en torno a mis preguntas. La entrevista fue en español. 

La primera pregunta fue sobre cómo estaba viviendo la pandemia y encierro, tanto él en la Casa Santa Marta como el Vaticano en general, tanto en lo práctico como en lo espiritual.

La Curia trata de sacar adelante el trabajo, de vivir normalmente, organizándose por turnos para que no toda la gente esté junta en el mismo momento. Una cosa bien pensada. Mantenemos las medidas establecidas por las autoridades sanitarias. Aquí en Casa Santa Marta se han hecho dos turnos de comida, que ayudan bastante a aliviar el impacto. Cada uno trabaja en su oficina o desde su habitación con medios digitales. Todo el mundo está trabajando; aquí no hay ociosos.

¿Cómo lo vivo yo espiritualmente? Rezo más, porque creo que debo hacerlo, y pienso en la gente. Es algo que me preocupa: la gente. Pensar en la gente a mi me unge, me hace bien, me saca del egoísmo. Por supuesto tengo mis egoísmos: el martes viene el confesor, o sea que ahí arreglo las otras cosas.

Pienso en mis responsabilidades de ahora y ya para el después. ¿Cuál va a ser mi servicio como obispo de Roma, como cabeza de la iglesia, en el después? Este después ya empezó a mostrar que va a ser un después trágico, un después doloroso, por eso conviene pensar desde ahora. Se ha organizado a través del Dicasterio del Desarrollo Humano Integral una comisión que trabaja en esto y se reúne conmigo.

La gran preocupación mía – al menos la que siento en la oración – es cómo acompañar al pueblo de Dios y estarle más cercano. Este es el significado de la misa de las siete de la mañana en livestreaming, que mucha gente sigue y se siente acompañada; de algunas intervenciones mías, y del acto del 27 de marzo en la plaza de San Pedro. Y de un trabajo bastante intenso a través de la Limosnería Apostólica, de presencia para acompañar las situaciones de hambre y enfermedad.

Estoy viviendo este momento con mucha incertidumbre. Es un momento de mucha inventiva, de creatividad.

En la segunda pregunta, me referí a una novela italiana del siglo XIX muy querida a Francisco, y mencionada por él recientemente: “I Promessi Sposi” (Los novios) de Alessandro Manzoni. El drama de la novela se centra en la peste de Milán de 1630. Hay varios personajes del clero: el cura cobarde Don Abundio, el santo cardenal arzobispo Borromeo, y los frailes capuchinos que sirven en el “lazareto”, una especie de hospital de campaña donde los contagiados son rigurosamente separados de los sanos. A la luz de la novela, ¿cómo veía el Papa la misión de la Iglesia en el contexto de la enfermedad Covid-19?

El cardenal Federico Borromeo realmente es un héroe de esa peste de Milán. Pero en uno de los capítulos se dice que pasó a saludar a un pueblo pero con la ventanilla del carruaje cerrada, quizá para protegerse. A la gente no le cayó muy bien. El pueblo de Dios necesita que el pastor esté cerca, que no se cuide demasiado. Hoy el pueblo de Dios necesita el pastor muy cerca, con la abnegación que tenían los capuchinos, que estaban cerca.
La creatividad del cristiano se tiene que manifestar en abrir horizontes nuevos, en abrir ventanas, abrir trascendencia hacia Dios y hacia los hombres, y redimensionarse en la casa. No es fácil estar encerrado en la casa. Me viene a la mente un verso de la Eneida en medio de la derrota: el consejo de no bajar los brazos. Resérvense para mejores tiempos, porque en esos tiempos recordar esto que ha pasado nos ayudará. Cuídense para un futuro que va a venir. Y cuando llegue ese futuro, recordar lo que ha pasado les va a hacer bien.

Cuidar el ahora, pero para el mañana. Todo esto con la creatividad. Una creatividad sencilla, que todos los días inventa. Dentro del hogar no es difícil descubrirla. Pero no huir, escaparse en alienaciones, que en este momento no sirven.

La tercera pregunta fue sobre las políticas del estado en respuesta a la crisis. Mientras la cuarentena masiva ha sido una señal de que algunos gobiernos están dispuestos a sacrificar el bienestar económico para el beneficio de los vulnerables, igualmente pone al descubierto el nivel de exclusión que antes se consideraba normal y aceptable.

Es cierto, algunos gobiernos han tomado medidas ejemplares con prioridades bien señaladas para defender a la población. Pero nos vamos dando cuenta de que todo nuestro pensamiento, nos guste o no nos guste, está estructurado en torno a la economía. En el mundo de las finanzas parece que es normal sacrificar. Una política de la cultura del descarte. Desde el principio al fin. Pienso, por ejemplo, en la selectividad prenatal. Hoy día es muy difícil encontrar personas con síndrome de Down por la calle. Cuando la tomografía los ve, los mandan al remitente.  Una cultura de la eutanasia, legal o encubierta, en que al anciano se le dan las medicinas hasta un cierto punto.

Me viene a la mente la encíclica del Papa Pablo VI, la Humanae Vitae. La gran queja de los pastoralistas de la época se centraba en la píldora. Y no se dieron cuenta de la fuerza profética de esa encíclica, que era adelantarse al neomaltusianismo que se venía preparando para todo el mundo. Es una alerta de Pablo VI ante esa onda de neomaltusianismo. Lo vemos en la selección de la gente según la posibilidad de producir, de ser útil: la cultura del descarte.

Los sin techo siguen siendo sin techo. Salió una fotografía el otro día de Las Vegas donde eran puestos en cuarentena en una plaza de estacionamiento. Y los hoteles estaban vacíos. Pero un sin techo no puede ir a un hotel. Ahí se ve ya en funcionamiento la teoría del descarte.

La siguiente pregunta suscitó una respuesta larga y meditada. Yo sentía curiosidad por saber si se podía entender la crisis y su impacto económico como una oportunidad de una conversión ecológica, de revisar prioridades y nuestros modos de vivir. Le pregunté concretamente si él veía la posibilidad de una sociedad y economía menos líquidas y más humanas.

Hay un dicho español: Dios perdona siempre, nosotros de vez en cuando, la naturaleza nunca. Las catástrofes parciales no fueron atendidas. Hoy día, ¿quién habla de los incendios de Australia? ¿De que hace un año y medio un barco cruzó el Polo Norte porque se podía navegar porque se habían disuelto los glaciares? ¿Quién habla de las inundaciones? No sé si es la venganza, pero es la respuesta de la naturaleza.

Tenemos una memoria selectiva. Sobre esto quisiera insistir. Me impresionó cuando se celebró el 70 aniversario del desembarco en Normandía. Había gente de primer nivel de la política y la cultura internacional. Y festejaban. Es verdad que fue el comienzo del fin de la dictadura, pero ninguno se acordaba de los 10.000 muchachos que quedaron en esa playa. 

Cuando fui a Redipuglia en el centenario del fin de la Primera Guerra Mundial se veía un bonito monumento y nombres en la piedra, nada más. Yo lloré pensando en Benedicto XV (inutile strage, matanza inútil) y lo mismo en Anzio el día de los difuntos; en todos los soldados norteamericanos allí sepultados. Cada uno tenia una familia, cada uno podía ser yo.

Hoy acá en Europa cuando se comienza a escuchar discursos populistas o decisiones políticas de ese tipo selectivo no es difícil recordar los discursos de Hitler de 1933, que eran más o menos lo mismo que los discursos de algún político europeo de hoy.

Me viene otra vez a la mente un verso de Virgilio: Meminisce iuvavit. Recuperar la memoria, porque la memoria nos va a ayudar.  Este es un tiempo para recuperar memoria. No es la primera peste de la humanidad. Las otras pasaron a ser anécdotas. Debemos recuperar la memoria de las raíces, de la tradición, que es memoriosa. En los Ejercicios de San Ignacio, la primera semana, y la contemplación para alcanzar el amor en la cuarta semana, están totalmente signadas por la memoria. Es una conversión con la memoria.

Esta crisis nos afecta a todos: a ricos y a pobres. Es un llamado de atención contra la hipocresía. A mí me preocupa la hipocresía de ciertos personajes políticos que hablan de sumarse a la crisis, que hablan del hambre en el mundo, y mientras hablan de eso fabrican armas. Es el momento de convertirnos de esa hipocresía funcional. Este es un tiempo de coherencia. O somos coherentes o perdimos todo.

Usted me pregunta sobre la conversión. Toda crisis es un peligro pero también una oportunidad. Y es la oportunidad de salir del peligro. Hoy creo que tenemos que desacelerar un determinado ritmo de consumo y de producción (Laudato si, 191) y aprender a comprender y a contemplar la naturaleza. Y reconectarnos con nuestro entorno real. Esta es una oportunidad de conversión.

Sí, veo signos iniciales de conversión a una economía menos líquida, más humana. Pero que no perdamos la memoria una vez que pasó esto, no archivarlo y volver a donde estábamos. Este es el momento de dar el paso. Es pasar del uso y el mal uso de la naturaleza, a la contemplación. Los hombres hemos perdido la dimensión de la contemplación; tenemos que recuperarla en este momento.

Y hablando de contemplación, quisiera detenerme en un punto: es el momento de ver al pobre. Jesús nos dice que “a los pobres los tendréis siempre con vosotros”. Y es verdad. Es una realidad, no podemos negarlo. Están ocultos, porque la pobreza es pudorosa. En Roma, en medio de esta cuarentena, un policía le dijo a un hombre: “No puede estar en la calle, tiene que ir a su casa”. La respuesta fue: “No tengo casa. Yo vivo en la calle”. Descubrir esa cantidad de gente que se margina… y como la pobreza es pudorosa, no la vemos. Están ahí, pasamos al lado pero no los vemos. Son parte del paisaje, son cosas. Santa Teresa de Calcuta los vio y se animó a empezar un camino de conversión.

Ver a los pobres significa devolverles la humanidad. No son cosas, no son descarte, son personas. No podemos hacer una política asistencialista como hacemos con los animales abandonados. Y muchas veces se trata a los pobres como animales abandonados. No podemos hacer una política asistencialista parcial.

Me atrevo a dar un consejo. Es la hora de descender al subsuelo.  Es muy conocida la novela corta de Dostoievski, “Memorias del subsuelo”. En otro relato más breve, “Memorias de la casa muerta”, los guardias de un hospital carcelario trataban a los presos pobres como cosas. Y viendo cómo trataban a uno que acababa de morir, otro de los presos les dijo: “¡Basta! ¡Ese hombre también tenía madre!”. Decirnos muchas veces: ese pobre tuvo una madre que lo crió con amor. Después, en la vida no sabemos lo que pasó. Pero pensar en ese amor que recibió, en la ilusión de una madre, ayuda.

Nosotros a los pobres los depotenciamos, no les damos derecho a soñar en su madre. No saben lo que es cariño, muchos viven drogados. Y ver eso nos puede ayudar a descubrir la piedad, la pietas que es una dimensión hacia Dios y hacia el prójimo.

Descender al subsuelo, y pasar de la sociedad hipervirtualizada, sin carne, a la carne sufriente del pobre. Es una conversión que tenemos que hacer. Y si no empezamos por ahí, la conversión no va a andar.

Pienso en los santos de la puerta de al lado en este momento difícil. ¡Son héroes! Médicos, voluntarios, religiosas, sacerdotes, operarios que cumplen con los deberes para que la sociedad funcione. ¡Cuántos médicos y enfermeros han muerto! ¡Cuántos sacerdotes han muerto! ¡Cuántas religiosas han muerto! Sirviendo.

Me viene a la mente una frase que decía el sastre, a mi juicio una de las personas mas simples pero coherentes de “I promessi sposi». Decía: “Non ho mai trovato que il Signore abbia cominciato un miracolo senza finirlo bene” (“No he visto nunca que Dios comience un milagro y no lo termine bien”). Si nosotros reconocemos este milagro de los santos de al lado, de estos hombres y mujeres héroes, si sabemos seguir estas huellas, este milagro terminará bien, para bien de todos. Dios no deja las cosas a mitad de camino. Somos nosotros los que las dejamos y nos vamos. 

Es un lugar de metanoia (conversión) lo que estamos viviendo, y es la oportunidad de hacerlo. Así que hagámonos cargo de esto y sigamos adelante.

La quinta pregunta fue sobre la necesidad en estos meses de repensar el modo de ser de la Iglesia: quizás una iglesia más misionera, más creativa, menos aferrada a las instituciones.  ¿Estamos viendo la emergencia de una ´home Church’, una Iglesia también basada en casa?

¿Menos aferrada a las instituciones? Yo diría a los esquemas. Porque la Iglesia es institución. La tentación consiste en soñar en una Iglesia desinstitucionalizada, por ejemplo una Iglesia gnóstica sin instituciones, o sujeta a instituciones fijas, que la protejan, que es una Iglesia pelagiana. Quien hace la Iglesia institución es el Espíritu Santo. Que no es ni gnóstico ni pelagiano. Él institucionaliza la Iglesia. Es una dinámica alternativa y complementaria, porque el Espíritu Santo provoca desorden con los carismas, pero en ese desorden crea armonía. Iglesia libre no quiere decir una Iglesia anárquica, porque la libertad es don de Dios. Iglesia institucionalizada quiere decir Iglesia institucionalizada por el Espíritu Santo.

Una tensión entre desorden y armonía: esa es la Iglesia que debe salir de la crisis. Tenemos que aprender a vivir en una Iglesia tensionante entre el desorden y la armonía que provoca el Espíritu Santo. Si usted me pregunta qué libro de teología más le puede ayudar a entender esto, son los Hechos de los Apóstoles. Ahí va a encontrar la manera en que el Espíritu Santo desinstitucionaliza lo que ya no sirve e institucionaliza el futuro de la Iglesia. Esta es la Iglesia que debe salir de la crisis.

Me llamó por teléfono hace una semana un obispo italiano un poco angustiado que me decía que estaba recorriendo todos los hospitales queriendo dar la absolución a todos los que están adentro, desde el hall del hospital, pero había llamado a unos canonistas que le dijeron que no, que la absolución sólo se permite en un contacto directo. “¿Qué me dice usted, padre?”, me preguntó el obispo. Le dije: “Monseñor, cumpla su deber sacerdotal”. Y el obispo me dice: Grazie, ho capito (“Gracias, he entendido”). Después supe que repartía absoluciones por todos lados.

O sea, es la libertad del Espíritu en ese momento frente a una crisis, y no una Iglesia cerrada en instituciones. Eso no quiere decir que no sea útil el derecho canónico: sí sirve, ayuda, y por favor usémoslo bien, que nos hace bien. Pero el último canon dice que todo el derecho canónico tiene sentido para la salvación de las almas, y es ahí que se nos abre la puerta para salir en los momentos de dificultad a llevar el consuelo de Dios.
Usted me pregunta sobre la “home Church”. Tenemos que enfrentar el encierro con toda nuestra creatividad. O nos deprimimos, o nos alienamos –por ejemplo, con medios de comunicación que nos pueden llevar a realidades que nos sacan del momento–, o creamos. En casa necesitamos creatividad apostólica, creatividad purificada de tantas cosas inútiles, pero con añoranza de poder expresar la fe en comunidad y como pueblo de Dios. O sea: encierro con añoranza, esa memoria que hace añoranza y provoca la esperanza nos tiene que ayudar a salir del encierro nuestro.

Finalmente, le pregunté sobre cómo vivir esta Cuaresma y Pascua tan extraordinarias. Le pregunté si tenía un mensaje particular para los ancianos aislados, los jóvenes encerrados, y los empobrecidos por la crisis.

Usted me habla de ancianos aislados. Soledad y distancia. ¡Cuántos ancianos hay que los hijos no los van a ver en tiempos normales! Recuerdo que en Buenos Aires cuando visitaba los geriátricos yo les preguntaba: ¿Y qué tal la familia? “Ah si, muy bien, muy bien”. ¿Vienen? “Si, ¡vienen siempre!”. Luego la enfermera me decía que hace seis meses que no vienen los hijos a verlos. La soledad y el abandono, la distancia.

Sin embargo los ancianos siguen siendo raíces. Y deben hablar con los jóvenes. Esa tensión entre viejos y jóvenes tiene que resolverse siempre en el encuentro. Porque el joven es brote, follaje, pero necesita la raíz; si no, no puede dar fruto. El anciano es como raíz. Yo les diría a los ancianos de hoy: Sé que sienten la muerte cerca y tienen miedo, pero miren para otro lado, recuerden a los nietos, y no dejen de soñar. Es lo que Dios les pide: soñar (Joel, 3,1).

¿Qué les digo a los jóvenes? Anímense a mirar más adelante y sean profetas. Que el sueño de los ancianos corresponda a la profecía de ustedes. También Joel 3,1.

Los empobrecidos por la crisis son los despojados de hoy, que se suman a tantos despojados de siempre, hombres y mujeres cuyo estado civil es “despojado”. Lo han perdido todo o van a perder todo. ¿Qué sentido tiene hoy el despojo para mí a la luz del Evangelio? Entrar en el mundo de los despojados, entender que aquel que tenía, hoy ya no tiene. Lo que pido a la gente es que se hagan cargo de los ancianos y los jóvenes. Que se hagan cargo de la historia. Que se hagan cargo de los despojados.

Y me viene a la mente otro verso de Virgilio cuando Eneas, derrotado en Troya, había perdido todo, y le quedaban dos caminos. O quedarse allí a llorar y terminar su vida, o aquello que tenía en el corazón de ir más adelante, subir al monte para salir de la guerra. Es un verso precioso: Cessi, et sublato montem genitore petivi. “Cedí a la resistencia, y cargando a mi papá a la espalda, subí al monte”.

Eso es lo que todos tenemos que hacer hoy en día: tomar las raíces de nuestras tradiciones y subir al monte.

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