•   Stefania Falasca - Avvenire

  •   Educación

  •   Septiembre 23 de 2016

Bauman: “¿Guerras religiosas? Son solo una de las ofertas del mercado”

Compartimos la entrevista realizada a Zygmunt Bauman, el estudioso de la sociedad posmoderna más importante, quien habla de la angustia del ser humano contemporáneo y el desafío del diálogo.

“¿Guerras religiosas? Son solo una de las ofertas del mercado.” Lo encontramos en Assis antes de su discurso: Zygmunt Bauman, el estudioso de la sociedad posmoderna más importante, quien contó en páginas memorables la angustia del ser humano contemporáneo. Y él mismo nos habla sobre el desafío del diálogo.

Profesor, su intuición sobre la posmodernidad líquida sigue ofreciendo una mirada lúcida sobre el presente. Sin embargo, en esa liquidez se registra una explosión de nacionalismos e  identitarismos religiosos. ¿Cómo se pueden explicar?

Comencemos por el problema de la guerra. El mundo contemporáneo no vive una guerra orgánica sino fragmentada. Guerras de interés, por dinero, por recursos, para gobernar las naciones. Yo no la llamo guerra religiosa. Hay quienes quieren que sea una guerra religiosa. Yo no pertenezco a aquellos que quieren hacer creer que es una guerra entre religiones. Es necesario estar atento para no seguir la mentalidad corriente. Especialmente la mentalidad introducida por el científico político de turno, por los medios de comunicación, por aquellos que quieren obtener consenso, diciendo lo que ellos querían oír. Usted sabe muy bien que en un mundo permeado por el miedo, éste penetra la sociedad.

El miedo hunde sus raíces en la ansiedad de las personas y aunque tengamos situaciones de gran bienestar, vivimos con un gran miedo, el miedo de perder posiciones. Las personas tienen miedo a tener miedo, incluso sin darse una explicación del motivo. Y ese miedo tan móvil, inexpresivo, que no explica su origen, es un óptimo capital para todos los que quieran utilizarlo  para fines políticos o comerciales. Así, hablar de guerras y de guerras religiosos es tan solo una de las ofertas del mercado.



Al pánico de las guerras religiosas, se suma el de las migraciones. Hace tan solo unos años, Umberto Eco decía que para quienes querían capitalizar sobre el miedo de las personas, el problema de la emigración había llegado como caído del cielo…

Sí, es cierto. Guerras religiosas e inmigración son nombres diferentes que se dan hoy para explotar ese miedo vago e incierto, mal expresado y mal comprendido. Sin embargo, aquí estamos cometiendo un error existencial, confundiendo dos fenómenos diferentes: uno es el fenómeno de las migraciones, el otro es el fenómeno de la inmigración, como señaló Umberto Eco. No son un solo fenómeno, son dos fenómenos diferentes. La inmigración es la compañera de la historia moderna. El Estado moderno, la formación del Estado también es una historia de inmigración. El capital necesita trabajo, el trabajo necesita capital. Las migraciones, por el contrario, son algo diferente, son un proceso natural que no puede ser controlado, que sigue su propio camino.

¿Usted cómo cree que podemos encontrar un equilibrio para estos fenómenos?

La solución ofrecida por los gobiernos es la de reducir cada vez más las posibilidades para la inmigración. Sin embargo, nuestra sociedad ya es irreversiblemente cosmopolita, multicultural y multirreligiosa. El sociólogo Ulrich Beck dice que vivimos en una condición cosmopolita de interdependencia y de intercambio a nivel planetario, pero ni siquiera hemos comenzado a desarrollar una conciencia al respecto. Y dirigimos este momento con instrumentos de nuestros antepasados… Es una trampa, un desafío para enfrentar. No podemos volver atrás y escaparnos de vivir juntos.

¿Cómo integrarnos sin aumentar la hostilidad, sin separar los pueblos?

Es la pregunta fundamental de nuestra época. Tampoco podemos negar que estamos en un estado de guerra y que probablemente esa guerra también será larga. Pero nuestro futuro no lo construyen aquellos que se presentan como “hombres fuertes”, que ofrecen y sugieren aparentes soluciones instantáneas, tales como la de construir muros por ejemplo, desenvainando el arma milagrosa que resuelve todos los problemas, mientras que el problema mismo permanece. La única personalidad contemporánea que lleva adelante con realismo estas cuestiones y que las hace llegar a cada persona es el Papa Francisco. En su discurso a Europa habla del diálogo para reconstruir el tejido de la sociedad, también de la justa distribución de los frutos de la tierra y del trabajo, que no representan mera caridad, sino una obligación moral. Pasar de la economía líquida hacia una posición que permita el acceso a la tierra con trabajo, a una cultura que privilegie el diálogo como parte de la educación. Pero atención, él repite: diálogo-educación.

En su opinión, por qué el Papa está convencido de que esa es la palabra que no debemos cansarnos de repetir? Finalmente, ¿qué es el diálogo?

Enseñar a aprender. El opuesto de las conversaciones comunes que dividen a las personas: unas en lo correcto, otras equivocadas. Entrar en diálogo significa superar el umbral del espejo, enseñar a aprender, a enriquecerse con la diversidad del otro. Contrario a los seminarios académicos, a los debates públicos o a las discusiones partidarias, en el dialogo no hay perdedores, tan solo vencedores. Se trata de una revolución cultural en relación al mundo en el que se envejece y se muere antes de crecer. Es la verdadera revolución cultural en relación a aquello que estamos acostumbrados a hacer y es lo que permite repensar nuestra época. La adopción de esta cultura no permite recetas o escapatorias fáciles, pues ésta exige y pasa por la educación, la cual requiere inversiones de largo plazo. Debemos concentrarnos en los objetivos a largo plazo. Éste es entonces el pensamiento del Papa Francisco. El diálogo no es un café instantáneo, no da efectos inmediatos porque es la paciencia, la perseverancia, la profundidad. Al camino que él indica, yo agregaría una única palabra: así sea, amén.

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