Carrie Lam, la “Dragon Lady” (católica) de Hong Kong

La nueva jefe ejecutiva de la ex colonia británica estudió con las monjas y está convencida de que su nombramiento forma parte del plan de Dios sobre su vida. Algunos ya la han insultado como «sierva de los mandarines rojos». Pero podría ser apreciada por la «mayoría silenciosa» de los 600 mil católicos hongkoneses, todos los que no se muestran hostiles con ella a priori

Carrie Lam parece tener un aspecto reservado y relajado. Sin embargo, desde el domingo pasado, para los periódicos anglófonos locales se trata de la “dragon lady” de Hong Kong, la “señora de hierro” que deberá administrar la ex colonia británica por cuenta del gobierno de Pekín. Algunos comentarios en diferentes sitios católicos la insultan y la definen como «sierva de los mandarines rojos». Pero ella estudió en una escuela de monjas, va a misa los domingos, participa en las actividades de la Caritas y está convencida de que su nuevo encargo forma parte del plan de Dios para su vida (lo reveló en enero de este año, cuando formalizó su candidatura para suceder al impopular Leung Chun-ying).

El comité electoral de 1194 representantes “seleccionados” que elige al jefe ejecutivo (gobernador) de Hong Kong le otorgó 777 votos, en contra de los 365 que obtuvo su principal adversario, John Tsang Chun-wah Ngor. Desde el próximo mes de julio, será ella la que guíe la región administrativa especial. También estará en ese mes el presidente chino Xi Jinping, para celebrar el 20 aniversario del regreso de Hong Kong bajo la autoridad de Pekín.

El nombramiento de Carrie Lam no es ninguna sorpresa. Ella, primera mujer elegida para el puesto, fue la candidata que apoyó la China Popular. El comité electoral, compuesto por los representantes del mundo de los negocios y de las corporativas, sigue a rasgos generales la línea de la política china. La nueva jefe ejecutiva fue antes primera secretaria, es decir la “número 2” de la administración anterior. Pero su larga carrera de “civil servant” en las instituciones públicas hongkonesas comenzó en 1980, en pleno régimen colonial británico, cuando todavía faltaban 17 años para que Hong Kong volviera bajo el control de Pekín. Durante el dominio británico Londres nunca concedió elecciones libres en Hong Kong.

Carrie Lam estaba a la cabeza de la “task force” que en 2014 elaboró el proyecto de reforma electoral que habría extendido el sufragio universal a los hongkoneses a la hora de elegir al jefe ejecutivo. La propuesta no fue aceptada a principios de 2015, después de que Pekín metiera la mano (con el objetivo de poder seleccionar a los posibles candidatos al puesto) y de las protestas que se desencadenaron, descritas por los medios como “la revolución de los paraguas” de otoño de 2014. El 27 de marzo, poco después de la elección de Carrie Lam, la policía incriminó a 9 líderes de aquel movimiento de protesta, con la acusación de haber turbado el orden público.

En la fase de decadencia que está pasando Hong Kong, mientras los grupos inmobiliarios y financieros siguen obteniendo ganancias, se extán extendiendo las desigualdades. La nueva jefa ejecutiva, con la bendición de Pekín, deberá buscar soluciones para el estado de incertidumbre y de sufrimiento socio-económico que perciben principalmente amplias franjas de la población juvenil. Y frente a este escenario, entre las características de su perfil, analizadas por diferentes observadores, destaca su fe y su pertenencia a la Iglesia católica.

Carrie Lam cursó sus primeros estudios (la primaria y la secundaria) en el Saint Francis’ Canossian College, prestigioso instituto femenino del que se ocupan las monjas canosianas, en donde siempre era la primera de la clase. Participó en algunas manifestaciones en contra del gobierno colonial, organizadas por los movimientos democráticos, y desde entonces (según ha revelado en diferentes entrevistas) advirtió que su primera vocación era el trabajo social, el trabajo sobre los problemas y las emergencias sociales. Durante sus años juveniles también participó en manifestaciones para presionar al gobierno de Hong Kong a que se ocupara de la “boat people”, compartiendo su compromiso con muchas comunidades y grupos cristianos.

Antes de su elección, en el programa de Lam apareció la propuesta de crear en Hong Kong un ente específico para coordinar las relaciones con las comunidades y las instituciones religiosas. Frente a las reacciones negativas que expresaron inmediatamente algunas autoridades religiosas (empezando por una carta del cardenal John Tong, obispo católico de Hong Kong), la propuesta fue retirada de su programa, pero se sigue analizando. La diócesis católica de la ex colonia británica indicó que debido a su propuesta se mantendrán las preocupaciones sobre el futuro de la libertad religiosa en Hong Kong. Algunos representantes de la diócesis insistieron en que en Hong Kong las relaciones entre las comunidades de fe y las autoridades civiles son armoniosas y constructivas, por o que no hay ninguna necesidad de crear organismos específicos para ocuparse de la «política religiosa» del gobierno local.

Lam obtuvo 38 de los 60 votos de los representantes de las organizaciones religiosas y sociales. Pero ninguno de los diez potenciales delegados católicos votó por ella. Siete de ellos no expresaron ninguna preferencia por los tres candidatos.

La nueva jefa ejecutiva no le gustará a algunos de los grupos y de los aparatos católicos de Hong Kong más comprometidos en criticar las políticas chinas. En estos sectores, el antagonismo con Pekín se ha convertido en una característica de la propia identidad comunitaria. Su declarada intención de trabajar por la reconciliación de la población de Hong Kong y a favor de las clases más afectadas por la crisis deberá afrontar juegos claramente mucho más grandes que ella. Su designación contiene ya en sí misma algunas señales que no habría que ocultar. Como el dato implícito de que para las autoridades chinas la fe cristiana no representa, en sí misma, una razón para desconfiar o de ostracismo en la selección de funcionarios políticos “de confianza”. Y luego, la creyente practicante y no “militante” Carrie Lam, que reza y va a misa, tal vez no guste entre las esferas de los aparatos, pero podría ser muy apreciada por la «mayoría silenciosa» de los 600 mil católicos de Hong Kong. Todos los que no se manifiestan contra Pekín y que no le demuestran sus hostilidades a priori. Esos (incluida la misma Carrie Lam) que recibieron un bautismo válido (único y no “doble”), justamente como el Papa, los cardenales y los “activistas” y el portavoz oficial de las asociaciones eclesiales.

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