Coronavirus: una sola humanidad, una común vulnerabilidad

Compartimos el análisis del Jaume Flaquer sobre el momento actual, publicado en el suplemento del Cuaderno n. 218 de CJ (Cristianisme i Justícia) de mayo de 2020.

Hacia lo interior y hacia lo esencial

El coronavirus ha cogido a la humanidad a contrapíe. Las preocupaciones antes de la pandemia poco tenían que ver con una crisis epidemiológica de alcance mun­dial. Aunque su posibilidad teórica se conociese por advertencias científicas o por representaciones cinematográfica, su carácter distópico y, en cierta manera, es­catológico nos han hecho reaccionar con demasiada lentitud. Es probable que la prepotencia de Occidente le haya llevado a pensar: «Esto no nos puede suceder a nosotros; las grandes infecciones y pa­rasitosis (malaria, dengue, Chagas, Ébo­la…) acontecen en los países subdesarro­llados». Con la misma autosuficiencia fue Goliat a luchar contra el pequeño David. El mundo entero, que pensaba que domi­naba el curso de la historia, ha sido venci­do por un minúsculo virus, invisible, ante el cual la nueva carrera armamentística se ha demostrado impotente.

La muerte, tan ajena a la experien­cia cotidiana del autoproclamado primer mundo, ha vuelto a ser un acontecimien­to cercano; incluso ha entrado dentro de la conciencia de posibilidad para mucha gente: «¿Y si enfermo?, ¿cómo reaccio­nará mi cuerpo?».

De repente, el virus nos ha replegado hacia el interior, porque el menor contac­to social (aun teniendo infinitos medios electrónicos) nos permite estar más con nosotros mismos y hacia lo esencial por­ que de golpe se ha desplomado el con­sumismo. Nos hemos centrado en sobre­ vivir y hemos tomado conciencia de los elementos esenciales de nuestra vida: la salud, las relaciones, el amor, la comida diaria… Hemos descubierto que los an­tiguos ídolos que aplaudíamos y venerá­bamos en los conciertos o en los campos de fútbol no pueden salvarnos. Ahora hemos encumbrado a los y las profesio­nales de la salud porque a ellos y a ellas confiamos nuestras vidas.
++++ Salvados «por los pelos»

Globalmente, creo que podemos decir que nos hemos salvado como humanidad «por los pelos». No en el sentido de ase­gurar la continuación de la especie, sino porque, a pesar de los titubeos iniciales de algunos países, al final hemos decidi­do poner en el centro de nuestras preocu­paciones a las personas mayores y más vulnerables. Boris Johnson podía con­siderar fríamente la muerte de 400.000 británicos como algo preferible a parar la economía, pero la sociedad que hubiese escogido esa opción no habría salido con vida… humana. Ninguna sociedad po­dría levantar cabeza después de vivir el trauma de dejar morir a tanta gente.

Aun así, el sufrimiento ha sido te­rrible: el de los médicos por ver morir de cerca a tanta gente y por enfrentarse a la posibilidad de tener que priorizar a unos frente a otros en los momentos de colapso sanitario; el de las cuidadoras de ancianos, mayormente mujeres, que han tenido que afrontar el problema en con­diciones de precariedad; el de los enfer­mos que han muerto en la soledad de los hospitales a pesar de la buena voluntad de esos «extraños seres» que por su indu­mentaria parecían venir de otro planeta; el de los familiares que vivían la angustia a distancia; el de las personas mayores con su miedo vital a contagiarse y su­cumbir; el de las trabajadoras de los ser­ vicios esenciales, con miedo a contagiar a sus seres queridos; el de gran parte de la población, con la difícil gestión de la ansiedad; y, finalmente, el gran sufrimiento de tantos millones de personas que han perdido sus medios de subsistencia.

¡Cuán difícil va a ser superar estos sufrimientos pues no habrá un momento cercano en el que se diga que lo hemos superado! No habrá un «final» hasta que no se consiga una vacuna. ¡Cuán difícil es cerrar la herida por la muerte de un ser querido del que no nos hemos podido despedir y al que no hemos podido llorar en un funeral!

Ahora bien, deberíamos encontrar maneras para que en los meses venideros esa solidaridad que parece manifestarse al enfrentarnos juntos a un problema común no se desvanezca, pues no olvidemos que la enorme crisis económica (tanto nacio­nal como mundial) no va a afectarnos a todos por igual. Y nuestra sociedad solo será verdaderamente democrática y justa si asumimos de forma conjunta –y pro­gresiva, según la capacidad económica de cada uno– los enormes costes en salud generados durante estos meses, y si so­mos capaces de «rescatar» a aquellas per­sonas que han perdido todos sus ingresos. Con todo, para conseguirlo, es pre­ciso que los partidos políticos estén a la altura: que busquen el bien común y no la capitalización del descontento general que producirá la pérdida de poder adqui­sitivo. Quizás sería hora de que Europa se tomase en serio la lucha contra esos paraísos fiscales que existen incluso den­tro de la propia Unión Europea. En defi­nitiva, es urgente que todos los partidos políticos pacten una estrategia común de larga duración para superar la crisis; de lo contrario, serán responsables de su propio descrédito ante la opinión pública, con el
consiguiente riesgo para la democracia.

Desplazamiento del eje del mundo hacia Oriente

No es seguro que la humanidad vaya a sacar todas las conclusiones que debiera de esta pandemia. De hecho, sabemos que solemos ser muy olvidadizos y que aquellos propósitos difíciles que se to­ man en las crisis a menudo se dejan de lado cuando vuelve la bonanza.

Pero lo que sí vemos es un desplaza­ miento global hacia Oriente. Si Estados Unidos cae en un agujero económico cuando China ha podido contener la pan­demia con relativa rapidez, podría co­ menzar el sorpasso de China como actor principal mundial. Sumado esto al éxito de la respuesta a la pandemia por parte de Corea del Sur, Singapur o Vietnam, po­dría empezar a situarse el eje del mundo en esta zona geográfica. Paradójicamen­te, si al principio de la pandemia se ha­blaba de un posible efecto Chernóbil en China, ahora parece que esta sale reforza­da. La menor protección de la privacidad de los individuos en estos países podría tentar a ciertos sectores en Occidente. Ante una competencia global, podría pe­dirse aquí que se sacrificara la privacidad y los derechos civiles para competir con esos países en eficacia y desarrollo.

Para evitar caer en el dilema «segu­ridad (y dinero) o libertad», deberíamos observar los ejemplos exitosos de países como Alemania o Portugal, que ni han aglutinado el poder en una sola persona ni han sacrificado la privacidad de los individuos. China, sin embargo, se ha manifestado como un socio no fiable al ser muy poco creíbles sus datos sobre el número de contagios y de muertes. Es decir, la opacidad de su sistema genera grandes suspicacias, por lo que parece muy probable que Occidente se replantee una cierta «repatriación» de la produc­ción, al menos en productos estratégicos. Así, paradójicamente, el replanteamiento de la globalización en la producción va a ir acompañado de una mayor comunica­ción digital, y se iniciará aquí una competencia de ámbito planetario donde los sectores de ocio, cultura y educación van a quedar profundamente afectados.

Compromisos ineludibles

  1. Lo primero que tendremos que hacer será restablecer la confianza entre no­sotros. Ya veremos en qué medida, después de que haya acabado com­pletamente la pandemia, continuamos viendo a los demás como potenciales enemigos de nuestra salud. La des­ confianza que obliga al distancia­ miento social podría enquistarse en nuestra cultura.
  2. Los países de la Unión Europea debe­ rían ser capaces de ser solidarios con los países más afectados por la crisis si no quieren correr el riesgo de romper de manera irreversible la Unión. Cada país tiene sus propios debates internos sobre las ventajas e inconvenientes de pertenecer a la Unión Europea. Hay populismos rompedores en todos ellos, pero, después de la humillación sufrida por diversos países del sur para poder recibir la ayuda de los socios en la última crisis, repetir esa misma po­lítica podría ser fatal, máxime cuando nadie es responsable de la expansión de la pandemia y cuando los recortes en sanidad se hicieron para hacernos «merecedores» de aquella ayuda.
  3. Occidente no debería olvidar su com­promiso de justicia con los países del sur global. La crisis económica mun­dial va a crear emergencias humani­tarias de incalculable calibre. España e Italia tendrán que recibir un rescate económico, probablemente con for­ mas más dignas y no tan hirientes como las de la crisis anterior, pero ¿quién va a ayudar a los países lati­noamericanos y africanos?
  4. Es urgente elaborar una narrativa global sobre las causas de lo sucedido:
  • Es preciso poner de manifiesto las causas ecológicas: el ser huma­no, al ir ganando terreno a la natu­raleza, va entrando cada vez más en contacto con animales portadores de nuevos virus para los que no tenemos protección. Esto es notorio no solo en Extremo Oriente, sino también en el polo Norte con el deshielo o en el Amazonas, cuya deforestación nos va a exponer a una infinitud de nuevos virus y bacterias.
  • Debemos replantearnos el mo­delo de globalización y de consumo: no solo consumimos de una manera no universalizable, sino que debemos consumir más localmente. No solo consumimos demasiado, sino que consumimos productos que vienen de demasiado lejos. Estos son aparente­ mente mucho más baratos porque ni pagamos de manera justa en origen ni repercutimos los gastos ecológicos del transporte.
  • Hay que elaborar protocolos de actuación para otras posibles pande­mias y catástrofes. Y, sobre todo, po­tenciar una sanidad pública de calidad y la investigación en cuestiones clave.
  • Es urgente evaluar nuestro sis­ tema de atención a los más mayores: el número de muertos en las residen­cias de ancianos es tan elevado en Es­paña que es preciso preguntarse por la calidad del servicio y asegurarse de que las reducciones de costes no son para el beneficio de ciertos fondos de inversión que han mercantilizado la ancianidad. De todas formas, sería hipócrita que la sociedad los culpase sin antes evaluar ella misma cuánto le importan los ancianos. Después de todo, es la sociedad la que «exter­naliza» el cuidado de sus mayores. Muchas personas dedicadas a este cuidado sirven con heroica paciencia a aquellos que nosotros somos inca­ paces –¡o no queremos!– cuidar. Ellas han estado también en primera línea de riesgo de contagio, puesto que la atención a los cuerpos desgastados por el tiempo requiere una cercanía y un contacto constantes.

Conclusión

Una especie como la humana, que ocupa todo el planeta, lo explota hasta el límite y está tan interrelacionada, es vulnerable a las pandemias, pero, frente al corona­ virus, hay una esperanza: que nos sinta­mos todos una sola humanidad desde la experiencia de la vulnerabilidad común. Todo mal puede, cristianamente, con­ tener una bienaventuranza: el hecho de que esta pandemia no solo haya afecta­ do a los países del sur nos ha obligado a movilizarnos con urgencia ante un pro­blema que afecta a todos los países, razas y religiones. Muchas veces, para que al­guien tenga más, otro debe tener menos; para ser el primero, alguien debe ser el segundo. Pero ante un virus planetario solo podemos ganar si le ganamos todos. Aun habiendo afectado de maneras muy distintas, es el primer mal que vivimos de manera universal. No son muchas las oportunidades que tiene el ser humano de afrontar un reto común en el que solo nos salvamos si nos salvamos todos.

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Fuente

  • Suplemento del Cuaderno n. 218 de CJ (Cristianisme i Justícia) - (n. 253) - Mayo 2020
  • Fotografías: Flickr - Galo Naranjo. Licencia Creative Commons.

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