Crisis Covid-19: La normalidad era el problema

Una vez que trascendamos la crisis sanitaria, veremos el resurgimiento de los movimientos sociales que estaban emergiendo en todo el mundo. Nota de Ilan Bizberg para Democracia Abierta.

Se ha dicho que las crisis ilustran, que permiten apreciar lo que no parecía evidente, a pesar de que estaba ante nuestros ojos. Hannah Arendt escribió que sólo cuando un instrumento que usamos cotidianamente se descompone lo percibimos y, para repararlo, nos ocupamos de él, de cómo está hecho, de su forma nuevoy estructura.

De igual manera, esta crisis sanitaria evidencia lo que no funciona, no sólo en nuestros sistemas de salud, sino en las sociedades en las que vivimos, en la relación con la naturaleza y con los otros. Resalta las fallas de nuestros sistemas de salud, que han sido abandonados por las políticas de austeridad aplicadas en casi todos los países del mundo y por privilegiar el interés de las finanzas internacionales por encima del bienestar de sus ciudadanos. Muestra los efectos sobre las sociedades de un sistema económico que acentúa las desigualdades y que, por ello, implica riesgos de salud más altos para los más pobres y los migrantes.

Esto ya ha sido discutido ampliamente y se espera que, ante la crisis sanitaria actual, los gobiernos de nuestros países rectifiquen el rumbo, como bien lo ha afirmado Alain Touraine.

Pero hay un aspecto aún más importante que nos muestra esta crisis que es nuestra actitud hacia la naturaleza, que podemos resumir como arrogancia. En las últimas décadas, los más optimistas han creído que la tecnología va a brindarnos las soluciones para enmendar los daños que nuestros estilos de vida están teniendo sobre la naturaleza. Es un pensamiento científico/mágico similar al de los economistas que afirmaban categóricamente, poco antes de la crisis global de 2007-2008, que casi da al traste con el capitalismo y con la economía de varios países, que los mecanismos financieros que se crearon para asegurar las inversiones de riesgo garantizaban que nunca más habría una crisis financiera; conocemos bien el resultado de estas predicciones.

Por su parte, la falta de preparación de casi todos los países del mundo ante la pandemia actual contrasta con las expectativas que ha generado la inteligencia artificial y la promesa de la biogenética de “derrotar a la muerte”, como pretende el trans-humanismo.

¡Qué fracaso tan impresionante ante el ataque de un ente microscópico! ¡Y qué terribles consecuencias para miles de personas afectadas directamente por el virus, y para los millones que sufrirán por la crisis económica! Qué exceso de lo que los antiguos griegos llamaban hubris, una actitud que fue retratada por Esquilo en su obra Agamenón, cuando el rey de Argos regresa a su hogar luego de haber destruido Troya y acepta que se le ofrezca la alfombra púrpura que se desplegaba a los grandes guerreros, sin considerar que había sido ayudado por los dioses. Como sabemos, terminó asesinado por su esposa Clitemnestra y su amante.

El filósofo Emanuele Coccia sugiere que la epidemia está despertando un sentimiento de liberación de nuestra soberbia como resultado de la impotencia que hemos mostrado para lidiar con ella. Propone que no somos lo que creíamos ser: principio y fin del planeta, ni los únicos capaces de destruir a la humanidad.

Si la inteligencia, el poder y el exceso de confianza han originado invenciones y avances espectaculares, también han derivado en desastres y en nuestra vulnerabilidad actual; es posible que la modestia pueda enseñarnos qué tenemos que hacer para salvar nuestro ecosistema. Como lo han mencionado muchos analistas y activistas sociales, el cambio climático tendrá consecuencias mucho más catastróficas que las que está causando el terrible drama humano, social y económico que estamos viviendo, ya que amenazará a la humanidad entera.

Nuestros gobernantes, apoyados por algunos (cada vez menos) científicos, apuestan por las nuevas tecnologías para encontrar una solución, o incluso hallar un planeta alternativo hacia el cual podríamos migrar todos (o más bien algunos), para cuando se concrete la amenaza de la que habla Greta Thunberg, cuando clama que “nuestro mundo está en llamas”.

Algunos especialistas han dicho que la pandemia actual es una consecuencia de la presión de nuestra civilización sobre el medio ambiente y que puede considerarse como la primera epidemia de la crisis ecológica. Se argumenta que el colapso de la diversidad de las especies ha hecho desvanecerse las zonas de amortiguamiento entre nosotros y los animales salvajes.

Lo mismo ha ocurrido cuando las zonas urbanas o las fronteras agrícolas y agropecuarias se acercan a las zonas selváticas por la creciente destrucción de los hábitats naturales. Aunque no todos aceptan que la crisis sanitaria actual es resultado directo de la destrucción de la biosfera, no hay duda que lo es en términos intersubjetivos.

A diferencia de otras epidemias que han azotado a la humanidad en el pasado, desde hace varios años, numerosos científicos y activistas arguyen insistentemente y, cada vez más visiblemente, que nos acercamos a una crisis ecológica de grandes proporciones. En ese sentido, la epidemia es la primera crisis de una nueva era, llega en un momento en el que una parte significativa de la población mundial está convencida de que estamos jugándonos el destino de la humanidad.

Lo que es absolutamente cierto es que, al igual que no estuvimos preparados para la actual crisis sanitaria, estamos aún menos preparados para la crisis ecológica. Y, también que si bien las consecuencias de la crisis sanitaria son aún desconocidas, la climática seguramente será mucho peor. Ante nuestra incapacidad para hacer frente a la presente epidemia, es irrisorio pensar que la humanidad podrá inventar algo para evitar el deterioro de la biosfera.

Muchos consideramos que se requeriría una concertación internacional para afrontar ambas crisis. Y que para frenar el deterioro del medio ambiente se necesita un pacto global, o incluso fundar un gobierno mundial. Aunque es poco probable que esto se materialice en el corto o mediano plazo, en la actualidad hemos visto actitudes de solidaridad entre países: Alemania ha aceptado un numero importante de enfermos de Francia e Italia, Portugal ha legalizado a los migrantes y refugiados para que tengan acceso a su sistema de salud, China ha enviado máscaras y respiradores a varios países afectados, así como médicos; como también lo ha hecho Cuba.

Los científicos de todos los países están colaborando para encontrar una vacuna y una cura para la enfermedad. Pero también hemos visto cómo el gobierno de los Estados Unidos intentó comprar una empresa alemana que avanzaba en la producción de la vacuna y desvió un cargamento de máscaras destinado a Francia, en la pista de aterrizaje de un aeropuerto chino.

También hemos visto el cierre de casi todas las fronteras nacionales. Por otra parte, varios gobiernos han estado más interesados en salvar la economía que en preservar la salud de sus habitantes, especialmente los ancianos y los pobres, y es evidente que el capitalismo es insensible a la ecología porque su único propósito es el crecimiento económico.

Es por ello que es poco probable que el deterioro del medio ambiente sea afrontado de manera directa y seria por los gobiernos nacionales, a pesar de que algunos como el de Nueva Zelanda, Finlandia y Noruega, lo estén haciendo; curiosamente la mayoría de ellos gobernados por mujeres que parecen estar priorizando tanto la salud de sus ciudadanos como la del medio ambiente. La solución, entonces, tendrá que venir de cada uno de nosotros individuos y los movimientos sociales que apoyemos o a los que nos unamos.

Y, en este sentido, la crisis actual puede permitirnos albergar alguna esperanza. Durante el confinamiento hemos podido darnos cuenta de lo que es verdaderamente importante y nos hemos visto obligados a restringir nuestro consumo. Algunos hemos cobrado conciencia de la brecha social: de la precariedad, pobreza, malas condiciones de trabajo y de las condiciones de vida de muchos de nuestros conciudadanos.

También nos hemos dado cuenta de la falta de recursos a los que se enfrentan los médico/as y enfermero/as y de las personas que producen los bienes más esenciales; y el hecho de que trabajan arriesgando sus vidas, para nosotros que tenemos el privilegio de estar confinados en nuestras casas.

También nos hemos dado cuenta de que cada uno de nosotros puede contagiar o ser infectado por el otro. Esto puede dar lugar a una actitud defensiva y de rechazo, pero también es posible que genere una conciencia de que dependemos el uno del otro, y que el comportamiento individual impacta sobre los demás seres humanos.

Que ello se traduzca en un sentimiento de empatía depende de cada uno de nosotros. Puede despertar en cada ser humano la idea de que se requiere abrir los ojos ante los retos que enfrentaríamos si no hacemos caso a la alerta que significa la actual epidemia para el futuro de la humanidad. Y que comencemos a actuar y a consumir de otra manera. Podríamos esperar que esta toma de conciencia fuera la fuente de una mayor solidaridad.

De hecho, ya hemos estado actuando de manera diferente, algo que puede preparar el futuro. Aquellos de nosotros que hemos tenido la suerte de librarnos de vivir guerras, hambrunas y pobreza y que, además, gozamos del privilegio de poder trabajar desde nuestras casas, ya estamos viajando y usando nuestros automóviles menos (o nada), reduciendo nuestro consumo y comprando localmente.

Estamos aprendiendo que podemos vivir más frugalmente que antes, que logramos comunicarnos con otros a través del Internet, tener reuniones sin salir de nuestros hogares, etc. Esto puede tener consecuencias duraderas: limitar los viajes aéreos, reducir el consumo y aumentar la producción local.

La crisis de salud también ha tenido un impacto en nuestra subjetividad y, especialmente en nuestra relación con el tiempo, que muchos filósofos, como Bergson y Heidegger, consideran que es la esencia del hombre.

En primer lugar, el ritmo de nuestras vidas se ha frenado considerablemente. Lo que el sociólogo Hartmut Rosa considera la característica fundamental de nuestra relación contemporánea con el tiempo: la aceleración, ha sido detenida con el confinamiento de la mitad de la población mundial. Subjetivamente, se ha hecho más lento el ritmo de la vida de millones de personas.

Por otro lado, Kim Stanley Robinson escribe que, con la pandemia, las personas mayores han visto reducido su horizonte temporal ya que se han dado cuenta de que están más inmediatamente sujetos a la posibilidad de la muerte. Aunque es cierto, como dice Heidegger, que nuestra esencia está definida por la muerte, generalmente no pensamos en ella. La pandemia ha impuesto esta posibilidad en términos muy reales y cercanos: si alguien de 60 años pensaba que su horizonte de vida era de 20 o 30 años, la situación actual bruscamente acorta este horizonte.

Es posible, como han dicho algunos analistas, que el confinamiento haya dado lugar a una conciencia puramente subjetiva y coyuntural, que una vez que termine la emergencia todo volverá a la normalidad. La experiencia de los últimos cuarenta años que comenzó con los gobiernos de Thatcher y Reagan, quienes consideraron que “…no existe la sociedad. Hay hombres y mujeres individuales y hay familias", puede llevarnos a tal conclusión.

Podemos decir lo mismo si pensamos con Foucault que el poder en el mundo contemporáneo ya no se nos impone desde la centralidad del Estado, sino que se difunde de tal manera que nos controla, por así decirlo, desde el interior de nosotros mismos, el poder ha sido internalizado. Una perspectiva que nos lleva a considerar, erróneamente según Wieviorka, que las estructuras son demasiado fuertes para permitir cualquier cambio.

La transformación de la concepción del tiempo de las personas mayores puede acercarlas a las preocupaciones del movimiento de jóvenes que era tan activo en diferentes partes del mundo justo antes de la epidemia.

Preocupaciones relacionadas con la forma en que la juventud actual experimenta la temporalidad. A partir de las demandas de sus movimientos, se puede observar que los jóvenes sienten que su futuro está cerrado y que, por decirlo así, el tiempo se les escapa de entre las manos. Esta actitud está bien ejemplificada por Greta Thurnberg, a quien Eliane Brum considera como una representante de la primera generación sin esperanza.

Greta ha organizado una huelga escolar desde hace más de un año, argumentando que no vale la pena ir a la escuela si no hay futuro, si "el tiempo se acaba". Ella ha dicho "No quiero tu esperanza, no quiero que tengas esperanza. Quiero que entres en pánico, quiero que sientas el miedo que siento todos los días. Quiero que actúes, que actúes como si tu casa estuviera en llamas, porque así es ". Esta chica es la imagen de jóvenes que, según psicólogos en muchas partes del mundo, buscan ayuda por su profunda preocupación y angustia por el futuro.

En las manifestaciones y huelgas escolares, las pancartas han mostrado esta inquietud: "Más tarde, quiero estar vivo", "Haré mi tarea cuando tú hagas la tuya". En Santiago de Chile vi pintadas en las paredes que apuntan en la misma dirección: "Por un futuro sin miedo", "Gritamos porque esperamos que sea de otra manera”.

Mientras que, en el pasado, los movimientos sociales se basaban en la temporalidad cristiana, y luchaban por un futuro mejor, invocando la idea de que una utopía terrenal era posible a través de la revolución, sustentados en la fe del progreso, de la mejoría (de la clase obrera, de la humanidad), hoy surgen de la desesperación, de la preocupación por el futuro. Paul Mutuku, un joven activista keniano, considera que “los jóvenes son la única generación que ha crecido en esta era del cambio climático. No han visto lo mejor de la naturaleza que otras generaciones han tenido el privilegio de ver".

Un militante de 10 años del movimiento de Hong Kong declaró: "... cada vez hay menos esperanza para Hong Kong. Realmente no importa lo que intentemos hacer al respecto. No hay mucha esperanza para el futuro, lo que significa que tampoco hay mucha esperanza para nosotros. Por eso tenemos que salir y resistir". Otro activista de Hong Kong llega a la misma conclusión: “¿Qué es lo que realmente me hace levantarme y hacer algo? No estoy tan seguro. Tal vez porque ahora es un mal futuro, o no hay futuro en absoluto ".

Una vez que trascendamos la crisis sanitaria, veremos el resurgimiento de los movimientos sociales que estaban emergiendo en todo el mundo: desde Francia, con los gilets jaunes, hasta Chile con los estudiantes, desde Hong Kong hasta Beirut. Estos movimientos tenían reivindicaciones políticas, económicas y sociales, pero también ecológicas. Y como lo mostró el giro feminista de todos ellos, en su centro existían afirmaciones subjetivas.

Es posible que cuando resurjan estos movimientos, reciban un nuevo impulso por la creciente conciencia que muchos individuos adquirieron durante la pandemia. Y de esta manera, cuando superemos la actual crisis de salud, podamos darnos cuenta de que, como estaba escrito en una pared en Santiago de Chile durante las movilizaciones de fines del año pasado, que "la normalidad es el problema".

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