De la pobreza al poder. Como pueden cambiar el mundo ciudadanos activos y estados eficaces

El presente libro de Oxfam explora los numerosos y distintos caminos que se están recorriendo para luchar contra la pobreza dando el poder a aquellos cuyas penurias se deben en última instancia a la impotencia en un mundo mal organizado. Guiado por la maestría de Duncan Green, el libro aborda distintos tipos de iniciativas en todo el mundo que han mejorado y aumentado el poder de los que no tienen poder y, de ese modo, han reducido la falta de libertad que caracteriza la pobreza de los oprimidos. Lógicamente, el Estado puede desempeñar un papel importante –y, de hecho, es así– en la consecución de dichos cambios. Sin embargo, no es el único organismo que puede contribuir de manera decisiva en ese proceso ni el único instrumento para hacer frente al mal general que la sociedad tiende a tolerar y aceptar. Si el mal de la pobreza y el crimen asociado a ella pueden ser consecuencia de las acciones y las inacciones de una gran multitud de personas, el remedio también puede provenir de un esfuerzo conjunto de la sociedad.

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Prólogo

George Bernard Shaw afirmaba hace más de 100 años (en el prefacio de su obra teatral La comandante Bárbara, de 1907) que «el peor de los males y el peor de los crímenes es la pobreza». La afirmación es mucho más que una mera constatación de que la pobreza es una enorme tragedia que echa a perder la vida de mucha gente en todo el mundo. La inmensa tragedia que representa la pobreza es más que evidente: destroza vidas, ahoga la felicidad, destruye la creatividad y erradica la libertad. Pero Bernard Shaw no se refería en aquella ocasión a las penurias de la pobreza o a los infortunios que provoca. Hablaba de las causas y las consecuencias de la pobreza, que nace del mal y termina siendo un crimen. ¿Y eso por qué? ¿Y cómo nace ese mal?

Seguramente tenemos muy interiorizada la idea clásica según la cual la pobreza no es más que la falta de ingresos, pero en última instancia debemos considerar la pobreza como falta de varios tipos de libertad: la falta de libertad para obtener como mínimo unas condiciones de vida satisfactorias. Los bajos ingresos son, sin duda alguna, un factor importante, pero también lo son la falta de escuelas, la ausencia de instalaciones sanitarias, la ausencia de medicamentos, la subordinación de la mujer, situaciones medioambientales peligrosas o la falta de empleo (que afecta a algo más que los ingresos).

Reducir la pobreza implica ampliar estas prestaciones, y para ello hay que aumentar el poder de las personas, especialmente de las personas con problemas, y garantizar que las prestaciones se amplían y que las deficiencias se eliminan.

Las personas siguen sin tener acceso al poder como consecuencia de muchos y variados procesos. La situación en la que viven los pobres no se debe necesariamente a una asimetría intencionada del poder diseñada por perversos ideólogos claramente identificables.

Sin embargo, aunque las privaciones evolucionen, las grandes asimetrías no se corrigen. La aceptación sumisa –por parte, entre otros, de las víctimas– de la imposibilidad que una gran multitud de personas siente por dotarse de un mínimo de capacidades eficaces y de gozar de libertades básicas fundamentales supone una enorme barrera para el cambio social. También lo es la ausencia de protestas públicas ante la impotencia de millones de personas. De ese modo, el mal que asalta a la sociedad no sólo se alimenta gracias a aquellos que contribuyen de manera intencionada a mantener subyugadas a las personas, sino también a todos aquellos que están dispuestos a tolerar las inaceptables penurias de millones de seres humanos. La naturaleza de dicho mal no guarda relación con el diagnóstico de determinados generadores de mal. Debemos pensar cómo las acciones y las inacciones de muchas personas desembocan en este mal social, y cómo un cambio de nuestras prioridades –nuestras políticas, nuestras instituciones, nuestras acciones individuales y colectivas–puede ayudar a eliminar la atrocidad de la pobreza.

El presente libro de Oxfam explora los numerosos y distintos caminos que se están recorriendo para luchar contra la pobreza dando el poder a aquellos cuyas penurias se deben en última instancia a la impotencia en un mundo mal organizado. Guiado por la maestría de Duncan Green, el libro aborda distintos tipos de iniciativas en todo el mundo que han mejorado y aumentado el poder de los que no tienen poder y, de ese modo, han reducido la falta de libertad que caracteriza la pobreza de los oprimidos. Lógicamente, el Estado puede desempeñar un papel importante –y, de hecho, es así– en la consecución de dichos cambios. Sin embargo, no es el único organismo que puede contribuir de manera decisiva en ese proceso ni el único instrumento para hacer frente al mal general que la sociedad tiende a tolerar y aceptar. Si el mal de la pobreza y el crimen asociado a ella pueden ser consecuencia de las acciones y las inacciones de una gran multitud de personas, el remedio también puede provenir de un esfuerzo conjunto de la sociedad.

Lo que el libro denomina «ciudadanía activa» puede ser una forma eficaz de encontrar y garantizar soluciones a estos eternos problemas de impotencia y falta de libertad. El lector verá distintas iniciativas para aumentar el poder de los que no tienen poder, iniciativas que van desde la defensa de los derechos de la mujer en Marruecos hasta campañas internacionales para prohibir minas terrestres en todo el mundo. Todas las iniciativas mostradas son de una importancia determinante en la lucha contra situaciones inaceptables e intolerables de privación. Uno tras otro, se presentan, se desarrollan y se estudian los distintos estudios de caso que demuestran cómo se pueden cambiar determinadas situaciones mediante esfuerzos organizados.

Espero que muchas personas lean este libro, que es importante, al menos, por tres motivos. En primer lugar, al tratar los modos y los medios de reducir y eliminar las privaciones, los estudios de caso muestran hasta qué punto la impotencia genera privación y hasta qué punto dar poder es eficaz en los casos de privaciones muy extendidas.

En segundo lugar, estudios como éste son un severo correctivo de la tendencia cada vez más popular de relacionar la lucha contra la pobreza principalmente con el crecimiento económico. Es cierto que en muchos países se ha reducido el número de personas con ingresos muy bajos mediante un crecimiento económico, reducción que es importante, si bien sus repercusiones suelen exagerarse. Sin embargo, la atracción –e incluso la intoxicación– de estos resultados ha llevado a la errónea conclusión de que (1) aumentar los ingresos es un modo excepcionalmente privilegiado –de hecho, el único modo seguro– de acabar con la falta de libertad de la pobreza (idea que minimiza la importancia de las mejoras generales en las oportunidades económicas, sociales y políticas) y (2) un elevado crecimiento económico debe ser necesariamente un método infalible para aumentar los ingresos de los pobres (idea que subestima los cambios sociales necesarios para ampliar la libertad de los más necesitados de modo que puedan gozar de una cuota aceptable del crecimiento económico basado en el mercado). Para cumplir la función correctiva a la que aludíamos antes, es fundamental mostrar con ejemplos reales que la pobreza tiene muchas dimensiones, y que para superar una situación de privación hace falta mucho más que un crecimiento económico (igualmente importante).

En tercer lugar, el hecho de explicar iniciativas que, gracias a la delegación de poder, han logrado eliminar situaciones de privación también ayuda a contrarrestar el extendido pesimismo tan típico de nuestros días que niega que sea posible generar deliberadamente los cambios necesarios. Una creencia desmesurada en la fragilidad de las actuaciones públicas –tanto si las llevan a cabo Estados como si lo hacen ciudadanos activos– genera un clima de cinismo y prepara el terreno para la inacción y el sopor, aunque sean bien conocidas las situaciones de privación y sufrimiento. Explicar los logros alcanzados –y cómo se han alcanzado– puede ser un antídoto muy importante de la inactividad debida al pesimismo.

Tal vez Bernard Shaw eligió palabras poco habituales cuando definió la pobreza como «mal» y «crimen», pero tras aquella elección léxica subyace un llamamiento a la acción mediante un análisis social más contundente de la naturaleza y las causas de la pobreza, que puede desembocar en actuaciones más firmes en la lucha contra la desigualdad y la pobreza. Al contarnos qué es lo que se puede conseguir a través de la acción organizada de la gente corriente, este libro genera esperanzas, incluso cuando nos hace comprender lo que hace falta para erradicar la pobreza. El mundo necesita esperanza, además de conocimientos, y tenemos razones para agradecer la aportación que hace este importante análisis de una amplia muestra de la acción social colectiva.

Amartya Sen,
Asesor honorífico, Oxfam,
marzo de 2008

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