Educación y amistad: puentes con los indígenas de Taiwán

Compartimos la nota publicada en el sitio web oficial de la Curia en Roma de la Compañía de Jesús sobre el trabajo de los jesuitas con las comunidades indígenas en Taiwan.

Hacia 1950, cuando numerosos jesuitas tuvieron que abandonar apresuradamente el continente chino ante el avance de las fuerzas de Mao Tse Tung, muchos vinieron a Taiwán. Pronto llegaron a discernir que uno de los desafíos urgentes a los que se veían confrontados era el de consagrarse a los pueblos indígenas. Los indígenas, como se les llama aquí, vivían en las montañas, en condiciones de aislamiento y pobreza. Los jesuitas se comprometieron a mejorar su situación organizando escuelas, proponiéndoles el Evangelio pero, sobre todo, creando lazos de amistad. De hecho, en Taiwán, son las poblaciones indígenas las que han sido más receptivas a la evangelización y, aún hoy, una alta proporción de católicos taiwaneses son indígenas.

Los servicios pastorales y educativos de la Compañía de Jesús se han desarrollado especialmente en las montañas de la diócesis de Hsinchu, donde los jesuitas crearon hasta 50 parroquias y capillas. La mayoría de ellas han sido entregadas a la diócesis. En Zhudong, sin embargo, una ciudad donde muchos jóvenes indígenas vienen para la enseñanza secundaria y a la que otros indígenas se sienten atraídos por el espejismo de la vida urbana, la parroquia jesuita de la Inmaculada Concepción prosigue su muy especial atención a las necesidades de las poblaciones indígenas. Fue aquí donde el Padre General, el domingo 28 de julio, participó en la eucaristía de la fiesta anticipada de San Ignacio de Loyola. Estaba rodeado por sus compañeros taiwaneses en una iglesia desbordante de fieles pertenecientes a las comunidades indígenas de los alrededores.

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También fue aquí donde conocimos a LIN Pao-Kuei, a quien todos llaman por su nombre nativo, Ho-ky. Desde hace más de treinta años es catequista y “animadora pastoral”, especialmente con los jóvenes indígenas. Con generosidad ha compartido con nosotros su testimonio personal.

“Fui educada por los jesuitas. Mi padre y mi madre cuidaron de mi crecimiento físico, pero la Iglesia me permitió desarrollarme espiritualmente. Estoy muy agradecida a la Compañía de Jesús por el precioso regalo que me ha dado.

Y fue en 1985 cuando nuestro sacerdote me invitó a trabajar en la iglesia. Una religiosa que me conocía me advirtió: ‘Mucha gente puede trabajar con los jesuitas, pero pocos son los que pueden hacer trabajo misionero’. Participé en un retiro y decidí hacerme misionera: fue el resultado de un discernimiento ignaciano. Fue un desafío, ya que no había tenido formación de trabajo misionero, me metí en ello con sola mi experiencia. Actualmente, completo mi formación con cursos en el teologado de Fu Jen.

Los jesuitas son creativos, encuentran nuevas formas de predicar el Evangelio. Cada jesuita, de hecho, inventa su propio enfoque particular y no se limita a repetir lo que se ha dicho antes. También están muy atentos a los servicios sociales en su apostolado. Personalmente, me dedico principalmente a la pastoral familiar, es lo que mejor me va, ya que gozo de la experiencia de ser madre. Mis actividades son muy variadas. De vez en cuando acompaño a una familia a la policía o ante un juez cuando hay problemas. A veces, en medio de la noche, tengo que acudir porque una pareja se está peleando y actuar como mediadora.

Para mí, esto no es un trabajo, es una misión. Y así, no me siento cansada. Es el sentido de mi vida.”

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