El terrorismo de Estado llega a los templos

Compartimos un texto inédito, de un autor que reúne la voz de protesta de muchos nicaragüenses ante las acciones violentas contra la población civil por parte del régimen en Nicaragua.

En junio, el régimen Ortega-Murillo ha dado un paso más en su decisión de asediar, intimidar y atacar toda expresión de la población azul y blanco que continúa exigiendo un cambio y expresando su repudio al control dictatorial que ejerce por todo el país.

El “paso” resulta escandaloso en una sociedad tan religiosa como es la nicaragüense. Porque los ataques son contra templos católicos y contra la población que en ellos se reúne para hacer memoria de quienes fueron asesinados hace un año.

Desde abril de 2019, al cumplirse el primer aniversario de la rebelión cívica de abril de 2018, casi cada día del año que va transcurriendo trae a la memoria a quienes fueron asesinados en 2018, hasta sumar un saldo de más de 300 muertos en apenas cinco meses.

La mayoría de quienes fueron matados en junio y julio cayeron por disparos de armas de guerra que empuñaban paramilitares, acuerpados por policías, en la “operación limpieza”, con la que el régimen derribó tranques y barricadas por todo el territorio nacional.

El 14 de junio se recordaba en la Catedral de León con una misa el asesinato a sangre fría del niño de 15 años Sandor Dolmus, monaguillo de la catedral, hijo único de doña Ivania Dolmus. A Sandor un paramilitar le disparó al corazón en una calle de León porque llevaba un adoquín en la mano y en la frente un cintillo que decía NICARAGUA.

Para obstaculizar la misa en su memoria, y con la anuencia de la Policía, los fanáticos del régimen instalaron frente a la Catedral una tarima que hacía sonar de forma estridente su canción favorita: “El comandante se queda”. Al término de la misa, y al grito de “Hijosdeputa golpistas” una turba de fanáticos orteguistas apedreó la fachada de la Catedral y a quienes salían de la misa, hiriendo a varias personas. Después persiguieron con cuchillos y tubos a varios de los líderes azul y blanco de León, que habían sido excarcelados unos días antes. La policía asistió a los hechos sin intervenir.

El 18 de junio, se celebraba en la iglesia San Jerónimo de Masaya el primer aniversario del asesinato de Marcelo Mayorga, 40 años. Marcelo fue asesinado por francotiradores cuando iba a ayudar a los jóvenes que defendían uno de los tranques que por decenas se levantaron en Masaya.

Marcelo llevaba la más sencilla y artesanal de las “armas”: una tiradora –una honda- y una bolsa con chibolas. Con un arma de guerra le dispararon certeramente a la cabeza. En la calle, su cadáver con la tiradora en la mano se convirtió en un símbolo de la rebelión cívica y en una prueba de la desigualdad de medios con que la protagonizó una mayoría de la población nicaragüense. La desgarradora escena de su esposa gritando inútilmente por ayuda a los paramilitares que lo mataron para levantar su cuerpo, añadió más horror a la tragedia.

Durante la misa en su memoria, el templo estuvo rodeado de decenas de patrullas de la policía, cargadas de antimotines armados para una guerra. A la salida del templo apresaron con violencia a dos jóvenes.

Los vehículos de paramilitares de la “operación limpieza”, en la que fueron asesinados el niño Sandor y Marcelo “Tiradora” –como hoy le dicen- fueron llamados por el régimen “caravanas de la paz”. Y es esa “paz” la que pregonan a diario los medios de un régimen, que repite los métodos del terrorismo de Estado de los regímenes que asolaron América Latina en los años 60 y 70.

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Fuente

  • Fotografía: Flickr - Sven Hansen. Licencia Creative Commons.

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