El deseo como fuente de energía solidaria.

De la misma forma que el agua de un río fluye naturalmente hacia el mar, el deseo tiende a concentrarse en una satisfacción inaplazable del “aquí y ahora”. Pero la duración del placer o del uso de la posesión se acota cada vez más, revelándose inversamente proporcional al volumen de cosas que el mercado ofrece. Por Alfredo J. Gonçalves, para ADITAL.

El deseo es el motor de la vida. Sin embargo, abandonado a sí mismo, acostumbra a ser ciego, imperativo e insaciable. Toma posesión de algo o alguien, pero enseguida se cansa, banaliza la conquista, y salta fácilmente en dirección a otra forma de posesión. Pero ésta en poco tiempo también lo satura y el deseo pasa a la próxima... Y así en adelante, saltando sucesivamente de novedad en novedad. Se trata de un proceso que no tiene principio ni fin, no tiene tregua ni límite. Tampoco conoce patria, frontera, lengua, credo o nación.

Por eso es que la ”sociedad del espectáculo” (Guy Debord) se revela igualmente como sociedad de las trampas. Éstas se disimulan y esconden, una en cada curva y en cada paso del camino, una en cada nuevo lanzamiento mercadológico. Verdaderas ratoneras que, en lo cotidiano de nuestra travesía, nos sorprenden con las más diversas facetas y encantos. De varios modos manifiestan su humareda ilusoria y pasajera: en el éxito engañoso, que es hermano gemelo del fracaso que se le sobrepone; en las oscilantes olas de la moda, unas inexorablemente devoradas por las otras; en la fórmula mágica de los productos que prometen eliminar la caída del cabello, la grasa acumulada o los efectos del tiempo, prometiendo como aditivo un rejuvenecimiento continuo; en el placer inmediato y egocéntrico que, a largo plazo, deja un gusto amargo en el alma; en los dispositivos cada vez más sofisticados e innovadores de los aparatos electrónicos, que caducan en el acto mismo de adquirirlos; en el brillo que envuelve las mercancías de los centros comerciales y tiendas, profusamente iluminadas y estratégicamente expuestas por los magos e ilusionistas del marketing; en las crecientes promesas del progreso tecnológico, aparentemente ilimitado; en la sed imparable de títulos, honras, gloria, fama, poder y riqueza, concentrada sobre el tener, el saber o simplemente el aparentar; en la fascinación y seducción de los objetos que parecen tomar el lugar de las personas y de las personas que se convierten en objetos…

De la misma forma que el agua de un río fluye naturalmente hacia el mar, el deseo tiende a concentrarse en una satisfacción inaplazable del ”aquí y ahora”. Pero la duración del placer o del uso de la posesión se acota cada vez más, revelándose inversamente proporcional al volumen de cosas que el mercado ofrece. La cantidad de productos es tal, y tan grande es su avalancha casi diaria, que fácilmente queda en segundo plano la calidad de los mismos, acelerando así el tiempo entre su surgimiento y desaparición. Se reduce considerablemente el ”tiempo de vida útil” o el ”sello de validez”. No pocas mercancías se vuelven descartables incluso antes de ver la luz, alcanzan el ocaso sin haber agotado la intensidad del propio brillo, llegan al otoño o al inverno sin haber conocido la primavera y el verano, envejecen pasando por encima de la adolescencia y de la juventud. Resulta impresionante el número de productos ”inútiles” que vamos acumulando en depósitos, armarios, cajones… Lujo que se vuelve basura antes de cualquier uso objetivo, cuando no antes de que deshagamos la envoltura de la tienda.

Cuando todo se vuelve espectáculo, igualmente todo puede convertirse en escombros y ruinas. La pirotecnia cae y se reduce a cenizas con la misma rapidez con la que sube y explota en luces, colores y diseños. En la sociedad moderna o posmoderna, el ritmo biológico del deseo sufrió una aceleración sin precedentes. Nace, crece, se debilita y muere ya no en periodos de años o décadas, sino de meses, semanas o días. Objetos, personas y relaciones se saturan, parecen desgastarse con mayor rapidez, y son sustituidas de forma nunca antes imaginada. Ejemplo de eso son los amigos de las redes sociales en internet: En muchos casos, se hacen, se deshacen y se rehacen con la velocidad de un toque en la tecla del computador.

La clásica frase de Marx y Engels, del manifiesto comunista (1848) – ”todo lo que es sólido se desvanece en el aire”- se entrelaza con uno de los adjetivos más importantes que postulara el sociólogo polaco Zygmunt Bauman en una de sus obras sobre la modernidad: ”líquida”. En lugar de transformarse en proyectos de largo plazo y alcance, los deseos tienden a privilegiar programas con resultados inmediatos e inmediatamente concretos. ¡Los experimentos sustituyen las experiencias de vida! De allí resulta que las ideas como amor, amistad, matrimonio, familia, justicia, derecho, solidaridad, vida consagrada, entre tantas otras, con frecuencia se disuelvan, se pulvericen, se derritan, se licuen. Relaciones superficiales, transitorias y descartables prevalecen sobre relaciones sólidas, dispuestas sobre cimientos igualmente sólidos.

Esto no quiere decir que los contactos virtuales sean necesariamente volátiles, superficiales y desprovistos de compromisos serios. Numerosos ejemplos muestran que se pueden volver duraderos y concretos, pero estamos lejos de una nueva ”globalización de la solidaridad” para contrastar con la ”globalización de la indiferencia” (Papa Francisco). En este sentido, es necesario reconocer que lazos y comportamientos altruistas y dirigidos al bien común todavía constituyen la excepción. ¡Excepción y desafío al mismo tiempo! Tal vez es el mayor desafío de la sociedad contemporánea, global, pluralizada e informatizada: convertir reales y solidarias las relaciones virtuales, hacer bajar de las nubes a la tierra el mundo cibernético, volver próximos los lazos de la distancia.

Semejante tarea requiere una dirección de las fuerzas desencadenadas por el deseo para la construcción de una nueva sociedad: justa, fraterna, social y ecológicamente sustentable. Tanto desde el punto de vista interpersonal, familiar y comunitario, como desde el punto de vista socioeconómico y político-cultural, la tarea es larga y laboriosa. La mejor imagen es aquella de canalizar las aguas inquietas y tormentosas hacia la generación de energía eléctrica. También las corrientes inconscientes y subterráneas del deseo pueden ser canalizadas, generando nuevas e inesperadas energías solidarias. En la cultura del ”yo/mío”, del individualismo y del hedonismo, las personas parecen formar una sociedad de átomos, donde las partículas giran en torno del propio núcleo. Instintos, pasiones, deseos e intereses giran en torno de un ego cristalizado, ciego, sordo y mudo ante los clamores y las exigencias que lo circundan.

Conforta darse cuenta que también ese fósil del ”yo empedernido” se licua, se desvanece en el aire. Desde esa perspectiva, todas las innovaciones tecnológicas a lo largo de la historia fueron y continúan siendo susceptibles de doble función: pueden servir tanto para la acumulación de pocos como para la solidaridad y el bienestar de la mayoría. Y aquí entramos en el campo de la ética y de las opciones personales, comunitarias, económicas, sociales, políticas y culturales. El desafío –y no es pequeño- reside en el acto de superar el egocentrismo exacerbado de la sociedad actual, en su economía de mercado globalizada, por una red de relaciones alternativas, en el sentido de superar, simultánea y dialécticamente, la injusticia y los desequilibrios socioeconómicos. Construir nuevas referencias en un mundo destituido de referencias estables y poblado de seres humanos huérfanos, solitarios y perdidos. En una palabra, sustituir las referencias egocéntricas y corporativistas por referencias solidarias.

Solothurn, Suiza, 21 de junio de 2014
Traducción de Constanza Solórzano, paa www.cpalsocial.org
Tomado del sitio ADITAL http://site.adital.com.br/site/noticia.php?lang=PT&cod=81289

Comentarios