El golpe y los golpeados

Ante el cambio de gobierno en Brasil, la reconocida periodista y documentalista Elaine Brum se pregunta contra quién en realidad fue "el golpe" y las consecuencias que este hecho tiene en el pueblo brasileño de a pie. El artículo de opinión fue publicado por primera vez en El País el pasado 20 de Junio.

“Ya escribí más de una vez que considero indefendible el gobierno de Dilma Rousseff en aspectos fundamentales, y que el del vice-conspirador Michel Temer es una continuación aún peor. Sin embargo, suspender una presidenta que fue elegida democráticamente sin ninguna base legal, irrespeta el voto de la mayoría y costará caro al país. En este sentido, estoy en contra del Impeachment. Sin embargo, la disputa alrededor de la palabra “golpe” –si el proceso de impeachment es golpe o no- me parece que más bien apunta hacia el vaciamiento de las palabras. Es imperativo preguntar, para evitar el riesgo de las simplificaciones que pueden servir para el pragmatismo de hoy en día pero cobrar un alto precio después: ¿dónde está el golpe? Y ¿quiénes son los golpeados en este país?” Escribe Eliane Brum, escritora, reportera y documentalista, en un artículo publicado por EL País, 20-06-2016

Ella misma responde: “Basta con seguir la sangre. Basta con seguir el rastro de indignidades de aquellos que ven sus casas violentadas por agentes de la ley en la periferia, de a quienes les destruyeron sus hogares primero por las obras del Mundial de Fútbol y después por las de las Olimpiadas, de a quienes los grandes emprendimientos en el Amazonas les robaron la vida, de los que abarrotan las prisiones por el color de su piel, de los que tienen menos sólo por su raza, de a los que el Estado finge enseñar en escuelas cayéndose a pedazos, negándoles todas las posibilidades, de aquellos que son expulsados de sus tierras ancestrales y empujados hacia las favelas de las grandes ciudades, de a quienes les quitan sus cobijas en pleno frio para no “refavelizar” el espacio público. Basta seguir a aquellos que mueren y que son asesinados para saber dónde está el golpe y quienes son los golpeados. Como nos recordó Sheila da Silva, la pietà negra de Brasil, la sangre dice lo que las palabras ya no son capaces de decir”

A continuación, el artículo:

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Sheila Cristina Nogueira da Silva llora la muerte de su hijo Carlos Eduardo, de 20 años, con su sangre en el rostro, el día 10 de junio en Rio de Janeiro. Imagen: Pablo Jacob.

Sheila da Silva bajó el morro do Querosene para comprar tres papas, una zanahoria y pan. Escuchó tiros. No paró. Continuó su camino porque los tiros no le son extraños. Sheila da Silva comenzaba a subir el morro cuando los vecinos le avisaron que una bala perdida había alcanzado la cabeza de su hijo, y así, se había convertido en una bala encontrada. Ella subió las escaleras corriendo, el pecho palpitando, el aire faltando. En la puerta de la casa el cuerpo de su hijo cubierto con una sábana. Ella levantó la sábana. Vio la sangre. La madre hundió los dedos y se pintó el rostro con la sangre de su hijo.

Esta escena ocurrió el 10 de junio en Rio de Janeiro. Con esta, la pietà negra de Brasil, atravesó la vacuidad de las palabras. El rostro donde se mezclan lágrimas y sangre, documentado por el fotógrafo Pablo Jacob, de la Agencia Globo, fue reproducido en los diarios. Por un instante efímero, que ya está quedando atrás, la muerte de un joven negro y pobre en una favela carioca fue noticia. Su madre hizo de esta un acto. Si no fuera la vida misma, sería arte.

Sheila oyó los tiros y siguió adelante. Ella tenía que seguir adelante, rogando que las balas fueran para otros hijos, otras madres. Y volvió con la bolsa con papa, zanahoria y pan. Ella todavía no sabía que, esta vez, la bala había sido para ella. Todavía no había sangre, pero la imagen ya era terrible, porque es cotidiana, invisible. La mujer sigue a pesar de los tiros y vuelve con papas, zanahoria y pan, furiosamente humana, buscando un espacio de rutina, un fragmento de normalidad, en medio de una guerra que ella nunca pudo ganar. Y guerras que no se pueden ganar no son guerras sino masacres. Entonces ella corre, apresurada. Y esta vez la papa, la zanahoria y el pan ya no la pueden salvar.

La Pietà pinta su rostro con la sangre de su hijo para hacerse humana en el horror. Entonces nos alcanza. Pero es una guerrera desde siempre derrotada, porque nos alcanza solo por un instante: será olvidada rápidamente. Y después del suyo, otros hijos ya fueron atravesados por balas. Y su sangre corrió por callejones y escaleras, mezclándose con las aguas residuales de los ríos y riachuelos contaminados que serpentean por la periferia.

La pietà de la favela no ampara el cuerpo muerto de su hijo como en la conocida imagen renacentista. Ella ultrapasa el gesto, porque aquí no hay renacimientos. Hace de la sangre de su hijo su piel, convierte esa sangre en la suya, lo carga en sí misma. Hace un ritual. En este gesto ella denuncia dos tragedias: el genocidio de la juventud negra que, esta vez, alcanzó a su hijo, y el hecho de que “genocidio” es una palabra que en Brasil, ya no dice nada. Si para el dolor de una madre que pierde un hijo no hay nombre, no existe una palabra que de cuenta del otro horror que hoy apunta hacia Brasil. La tragedia brasilera es que las palabras existen, pero ya no dicen nada.

Porque, si no hay escucha, no hay decir. Las palabras se vuelven cartas enviadas que jamás llegan a su destino. Cartas extraviadas, perdidas. Si el otro es una dirección siempre equivocada, una casa ya deshabitada, no hay oídos, no hay respuesta. En un país en que las palabras dejan de decir, lo que resta es la sangre. Las palabras que las madres podrían decir, las palabras que de hecho dicen, no perforan ningún tímpano, no hieren ningún corazón, no mueven ninguna conciencia. Ante el cuerpo de su hijo muerto, la pietà negra necesita vestirse con la sangre, encarnar, porque las palabras se desencarnaron. En Brasil, las palabras son fantasmas.

Cuatro días después de que Sheila da Silva pintó su rostro con la sangre de su hijo, el 14 de junio en el municipio de Caarapó, en Mato Grosso do Sul, cerca de 70 hacendados se montaron en sus camionetas e invadieron el área donde un grupo de indígenas Guarani Kaiowá había retomado Toro Paso, su tierra ancestral. Asesinaron al indígena Clodiodi Aquileu Rodrigues de Souza, Guarani Kaiowá de 26 años y agente de salud, e hirieron a bala a otros cinco indígenas, entre ellos, un niño de 12 años que recibió un tiro en el abdomen. No fue una confrontación, como parte de la prensa insiste en decir. Fue una masacre.

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Fotografía: Fabio Venni - Flickr. Licencia Creative Commons.

Cerca de 70 personas salieron de sus casa con una idea: voy a expulsar esos indios así tenga que matarlos. Y los mataron. Por lo menos desde la víspera, en la región ya se sabía que el ataque estaba planeado, pero las autoridades no tomaron ninguna providencia para impedirlo. Un episodio más de otro genocidio, el de los indígenas. Más de 500 años después de la invasión europea, en la cual se empezó a exterminar a millones de indígenas, esta matanza sigue en curso. Pero la palabra ya no dice nada. Y la sangre manchó Toro Paso una vez más.

Los Guarani Kaiowá saben que la palabra de los no indígenas, en Brasil, no dice nada. Desde 1980 se denuncia que los jóvenes indígenas se ahorcan en ramas de los árboles porque las palabras de los blancos no dicen nada. Sin poder vivir, se matan. Eso llamó alguna atención, al principio del “fenómeno”, después entró en la rutina y ya no era noticia. Los altos índices de desnutrición que ya llevó niños hacia la muerte, también son conocidos. Ni siquiera la conciencia de que los indígenas pasan hambre aceleró el proceso de demarcación de sus tierras.

En 2012, un grupo de 170 hombres, mujeres y niños Guarani Kaiowá escribió una carta. Ellos serían, una vez más, arrancados de su territorio por una decisión de la (in) justicia. Escribieron en la lengua de los blancos que resistirían en su tierra ancestral, de allí solo saldrían muertos: “Pedimos al Gobierno y a la Justicia Federal que no decreten la orden de despejo/expulsión, sino decretar nuestra muerte colectiva y enterrarnos a todos aquí. Pedimos, de una vez por todas, decretar nuestra extinción/diezmado total, además de enviar varios tractores para cavar un hueco grande para lanzar y enterrar ahí nuestros cuerpos”.

La carta los arrancó del silencio mortífero al cual habían sido condenados. Al final, la interpretación de lo que los indígenas decían era clara: asuman el genocidio y decreten nuestra extinción. Sepúltenos a todos de una vez y planten soya, caña y ganado sobre la tierra robada y adobada con nuestros cuerpos. Tengan el coraje de asumir el exterminio en vez de usar sus leyes para matarnos poco a poco. Pronuncien el nombre de lo que de hecho son: asesinos. Era eso y dicho en la lengua de los blancos por aquellos que pertenecen a otra lengua: causó un impacto. Pero el impacto pasó. Y los Guarani Kaiowá siguieron siendo exterminados. También a plomo.

Para los Guaraní la palabra tiene un sentido profundo. Ñeé es palabra y es alma, es palabra-alma. Vale la pena recordar un pedazo del bello texto de la antropóloga Graciela Chamorro:

“La palabra es la unidad más densa que explica cómo se trama la vida para los pueblos llamados Guaraní y cómo ellos imaginan lo trascendente. Las experiencias de la vida son las experiencias de palabra. Dios es palabra. (…) El nacimiento, como el momento en que la palabra se sienta o provee para si un lugar en el cuerpo del niño. La palabra circula por el esqueleto humano. Esta es justamente lo que nos mantiene en pie, lo que nos humaniza. (…) en la ceremonia de asignación de nombre, el chamán revelará el nombre del niño, marcando con esto la recepción oficial de la nueva palabra en la comunidad. (…) Las crisis de la vida –enfermedades, tristezas, enemistades, etc.- son explicadas como un alejamiento de la persona de su palabra divinizadora. Por eso, los rezanderos y rezanderas se esfuerzan por “traer de vuelta” y “volver a sentar” la palabra en la persona, devolviéndole la salud. (…) Cuando la palabra no tiene más lugar o asiento, la persona muere y se vuelve un devenir, un no-ser, una palabra-que-ya-no-es-más. (…)Ñe’ẽ e ayvu pueden ser traducidos tanto como “palabra” como por “alma”, con el mismo significado de “mi palabra soy yo”, o “mi alma soy yo”. (…) Así, alma y palabra se pueden adjetivar mutuamente, pudiendo hablar de palabra-alma o de alma-palabra, siendo el alma no una parte, sino la vida como un todo”.

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Fotografía: Sebástian Freire - Flickr. Licencia Creative Commons.

Como explicó el antropólogo Spensy Pimentel, cuando la carta fue divulgada, “la palabra es el cerne de la existencia, tiene una acción en el mundo, hace que las cosas pasen, hace el futuro”. Para los Guarani Kaiowá, la palabra es “palabra que actúa”. Los indígenas todavía no habían comprendido la profundidad de corrosión de lo que se llama Brasil, esa tierra erguida sobre sus cadáveres por colonizadores que ya fueron colonizados, expropiados, que se volvieron expropiadores, refugiados que expulsan. Esa tierra en permanente ruina porque está construida sobre huesos, vísceras y sangre, uñas y dientes, ruinas humanas. Al invocar la palabra de los no indios, los Guarani Kaiowá no habían comprendido todavía que Brasil se pudre porque la palabra de los blancos ya no actúa.

El genocidio de los Guarani Kaiowá, así como el de otros pueblos indígenas, al ser pronunciado o hasta gritado, no produce acción, no produce movimiento. Que se ahorquen, que se partan del hambre, que sean atravesados por balas, nada de eso mueve. Las palabras se volvieron tan silenciosas como los cuerpos muertos. Las palabras, como los cuerpos, ya no tienen vida. Y así, no pueden decir. No son ni fantasmas, porque para ser fantasma es necesaria un alma, aunque sea en pena. La palabra-alma de los Guarani ilumina, por el lado contrario, que la palabra de sus asesinos ya no está. Ni es.

Si hay un genocidio negro, si hay un genocidio indígena, y conocemos las palabras, y las pronunciamos, y nada pasa, se creó algo nuevo en el Brasil de hoy. Algo que no es censura porque está más allá de la censura. No es que no se puedan decir las palabras, como en el tiempo de la dictadura, es que las palabras que se dicen ya no dicen nada. El silenciamiento de hoy, lleno de sonido y de furia en las calles de asfalto y también en las calles de bytes, está abarrotado de palabras que no dicen nada. Este es el golpe. Y la carne golpeada es negra, es indígena. Este es el golpe fundador de Brasil que se repite. Y se repite. Y se repite. Pero siempre con un poco más de horror, porque el mundo cambia, el pensamiento avanza, pero el golpe se sigue repitiendo. Al punto de hoy callar inclusive a las palabras pronunciadas.

En la película Trago Comigo, de Tata Amaral, que recién se estrenó en los cines de Brasil, lo más potente son las cintas negras. La obra intercala una narrativa de ficción, con declaraciones de personas reales. Un director de teatro, interpretado por Carlos Alberto Ricelli, es un guerrillero de la dictadura preso, torturado y exiliado, que olvidó un capítulo vital de su historia. Para la reinauguración de un teatro que fue abandonado, un teatro lleno de polvo, telarañas y silencios, como ese rincón de su memoria, él escenifica una pieza que es su propia historia, el capítulo borrado de su historia. Para recordar sobre sí mismo, escenifica la realidad como ficción. Pero para que los espectadores nos acordemos de que se trata de la realidad, los torturados por el régimen cívico-militar cuentan su estadía en los sótanos de la represión.

Sin embargo, cuando pronuncian los nombres de los torturadores, su voz es enmudecida y una cinta negra tapa la boca de aquel que habla. Los nombres no se podrían pronunciar incluso hoy en día, cuando se vive formalmente en una democracia, porque los torturadores y asesinos del régimen no fueron juzgados ni condenados. Al usar esta cinta, la directora se protege a sí misma de eventuales procesos judiciales. Pero también denuncia el golpe que continuó y continúa siendo perpetrado.

La cinta apunta lo que es obsceno – o pornográfico: que los torturadores y asesinos no pueden ser nombrados porque no serán juzgados. Y así, no responderán por sus crímenes. Sin poder nombrar a aquellos que los violentaron, los que sobrevivieron siguen siendo violentados. Y los muertos, aquellos que fueron asesinados, seguirán insepultos sin el nombre del asesino. Sin hacer el ajuste de cuentas con la historia, un país condena su presente porque el pasado se sigue repitiendo en el presente. Y nada peor que un pasado que no es superado.

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Fotografía: Mateus Carvalho - Flickr. Licencia Creative Commons.

La cuestión es que fuera del cine, los nombres de los 377 agentes del Estado que actuaron directa o indirectamente en el secuestro, tortura, asesinato y desaparición de cadáveres durante el régimen de excepción (1964-1985) fueron pronunciados. Están documentados y accesibles al público en el informe de la Comisión Nacional de la Verdad, que investigó los crímenes de la dictadura. Pero ni por eso fueron juzgados. El único torturador conocido por la justicia fue el coronel Carlos Alberto Brilhante Ustra (1932-2015). En abril de 2015, sin embargo, una de las acciones contra él fue suspendida por orden de la ministra Rosa Weber, del Supremo Tribunal Federal (STF), basada en el perdón promovido por la Ley de Amnistía. El coronel murió en octubre sin haber recibido ningún castigo. Hay un grande clamor para que la Ley de Amnistía sea revisada, pero en 2010, el Supremo decidió no hacerlo. La Orden de los Abogados de Brasil (OAB) tramitó recursos que años después, todavía no han sido revisados.

Es aún más complicado que una simple censura, es aún más complicado que no poder decir. Porque, una vez más, las palabas existen. Las palabras son dichas. Pero no dicen nada porque no producen el suficiente movimiento para transformar la realidad. En este caso, movimiento suficiente para promover justicia, para que las palabras puedan decir que este país no tolera, ni tolerará, torturadores y asesinos; que este país no tolera, ni tolerará, dictadores y dictaduras.

Sólo en un país donde las palabras fallaron, la elección de colocar una cinta sobre las palabras dichas es una denuncia más potente que decirlas -o destaparlas. La cinta apunta menos a lo que no se puede decir y más a lo que de nada sirve decir. La censura es la represión aplicada a las palabras que actúan, y por actuar, desestabilizan la opresión, se vuelven peligrosas para los opresores. Aquí ya no actúan, lo que hace que el país que había vuelto a la democracia, se hunda ahora en un terror de otra orden.

En la votación de la Cámara de Diputados el 17 de abril, que decidió la apertura del proceso de suspensión de la presidenta Dilma Rousseff (PT), el diputado federal Jair Bolsonaro (PSC) mostró lo que pasa en un país en que las palabras perdieron el alma. Al votar a favor del impeachment, homenajeo a uno de los mayores torturadores de la dictadura cívico-militar: “Por la memoria del coronel Carlos Alberto Brilhante Ustra, el pavor de Dilma Rousseff, por el ejército de Caxias, por las Fuerzas Armadas, por Brasil por encima de todo y Dios por encima de todo, mi voto es sí”.

Bajo el comando de Ustra, fueron asesinadas por lo menos 50 personas y otra centena de personas fue torturada. Una de ellas fue Amélia Teles, más conocida como Amelinha. Después de haber sido bárbaramente torturada, la sentaron en la “silla del dragón”, instrumento en el que la víctima es amarrada con cintas de cuero y cables eléctricos se colocan en varias partes del cuerpo, incluyendo los genitales. Amelinha estaba desnuda, orinada y vomitada. Ustra mandó a llamar a sus dos hijos, de 4 y 5 años para que fueran testigos de la situación de su madre. La niña preguntó, “Mamá, por qué estás azul?”. Amelinha estaba azul por los choques eléctricos. Se llevaron a los niños y la madre siguió siendo torturada.

Ese era el hombre que Bolsonaro homenajeó, y este es apenas un caso entre centenas. Jair Bolsonaro fue aclamado por muchos al homenajear un asesino en serie, sin contar la perversión explícita de lo dicho “el pavor de Dilma Rousseff”. Como se sabe, la presidenta, hoy suspendida, es una de las torturadas por la dictadura.

Cuando el diputado Jean Wyllys (PSOL) votó contra el impeachment, Bolsonaro lo insultó llamándolo de “viado”, “queima-rosca” y “boiola” (insultos homofóbicos) y lo agarró por el brazo. Jean Wyllys lo escupió. El escupitajo fue polémica. Para parte de la sociedad brasilera, escupir se tornó en un acto más grave que el homenajear un torturador asesino que murió impune. Pero ¿qué pudo haber denunciado el escupitajo? La imposibilidad de la palabra, por su vacuidad. Más allá de debatir si el escupitajo es aceptable o no, lo que hay que descifrar es el escupitajo mismo.

Cuando alguien democráticamente electo puede homenajear un asesino en serie de la dictadura y recordar sádicamente que este era el “pavor” de la presidenta que está siendo suspendida y acto seguido, cometer homofobia, y nada se mueve más allá de las palabras; es porque las palabras fueron vaciadas de poder. El escupitajo no acertó solo a Bolsonaro, acertó mucho más. Teniendo a su disposición solo palabras muertas, palabras que no dicen nada, tal vez solo hubiera tenido como opción escupir. Es así que, sin palabras después del 17 de abril, en todo Brasil manifestantes escupieron y vomitaron sobre fotos de parlamentarios.

Ya escribí más de una vez que considero indefendible el gobierno de Dilma Rousseff en aspectos fundamentales, y que el del vice-conspirador Michel Temer es una continuación aún peor. Sin embargo, suspender una presidenta que fue elegida democráticamente sin ninguna base legal, irrespeta el voto de la mayoría y costará caro al país. En este sentido, estoy en contra del Impeachment. Sin embargo, la disputa alrededor de la palabra “golpe” –si el proceso de impeachment es golpe o no- me parece que más bien apunta hacia el vaciamiento de las palabras. Es imperativo preguntar, para evitar el riesgo de las simplificaciones que pueden servir para el pragmatismo hoy en día, pero cobrar un alto precio después: ¿dónde está el golpe? Y ¿quiénes son los golpeados en este país?

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Fotografía: Sebástian Freire - Flickr. Licencia Creative Commons.

Basta con seguir la sangre. Basta con seguir el rastro de indignidades de aquellos que ven sus casas violentadas por agentes de la ley en la periferia, de a quienes les destruyeron sus hogares primero por las obras del Mundial de Fútbol y después por las de las Olimpiadas, de a quienes los grandes emprendimientos en el Amazonas les robaron la vida, de los que abarrotan las prisiones por el color de su piel, de los que tienen menos sólo por su raza, de a los que el Estado finge enseñar en escuelas cayéndose a pedazos, negándoles todas las posibilidades, de aquellos que son expulsados de sus tierras ancestrales y empujados hacia las favelas de las grandes ciudades, de a quienes les quitan sus cobijas en pleno frio para no “refavelizar” el espacio público. Basta seguir a aquellos que mueren y que son asesinados para saber dónde está el golpe y quienes son los golpeados. Como nos recordó Sheila da Silva, la pietà negra de Brasil, la sangre dice lo que las palabras ya no son capaces de decir.

Esta crisis no es solo política y económica. Es una crisis de identidad – y es una crisis de la palabra. Son las palabras las que nos arrancan de la barbarie. Si las palabras no se vuelven a encarnar, si en Brasil las palabras no vuelven a decir algo, el pasado no será superado. Y solo nos quedará pintarnos el rostro con sangre.

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