Ellas luchan: historias de resistencia

Compartimos la serie de 5 reportajes sobre mujeres indígenas en México, Chile, Colombia, Brasil y Perú, que luchan desde sus comunidades contra las muchas pandemia de inequidad en nuestra América Latina. Reportajes de Ojo Público.

Dormir bien, o tan solo dormir, en estos días de encierro obligatorio es un lujo de unos cuantos en esta América Latina acechada por el coronavirus y la desigualdad. Mientras a muchos los mortifica la angustia del aislamiento y el freno intempestivo de las actividades sociales, a otros les quita el sueño no tener dinero para comer al día siguiente. En las alturas de los andes peruanos, Madai Rodríguez, madre soltera que antes vendía quinua caliente en las calles de Apurímac, se endeuda para comprar alimentos en una bodega cerca a su casa. Lleva 32 días fiándose comida que no sabe cómo va a pagar luego. Y eso le quita el sueño. Ha dejado de descansar bien en las noches. \"Cuando no tienes plata no puedes ni dormir\", dice. Ella como otras seis mil mujeres de esta región habitada en gran parte por comunidades quechua, mantiene y educa sola a sus hijos.

En el Perú, una de las regiones con mayor porcentaje de empleo informal es precisamente [ Apurímac (90%)]. La situación es similar en otros países. El trabajo informal afecta más ampliamente a la población indígena. Un reciente estudio de la Organización Internacional del Trabajo concluye que los pueblos originarios tienen pocas oportunidades de conseguir un empleo de calidad y tienen un 31,5% más probabilidades de trabajar en la economía informal que los trabajadores no indígenas. El coronavirus nos golpea en la cara con estas brechas.

Achachaw, dice Madai Rodríguez en quechua cuando habla del miedo a la incertidumbre de estos días. Al otro lado, al norte de Colombia, Irene Jayariyu, mujer Wayuu que ha dejado de vender sus hermosas bolsas de colores a los viajeros, baila la danza de la ‘yonna’ y escucha el mensaje de un sueño que las sabias de su comunidad les han contado como el secreto más preciado para la resistencia. En Chile, Ana Llao, la fuerte lideresa mapuche dice: \"Nosotros tenemos el newen (la fuerza) en la sangre, pero eso no basta para que permanezcamos sanos\". 

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DIFERENCIAS. Situación del empleo entre población indígena y no indígena. Fuente: Organización Internacional del Trabajo

\"Ellas luchan\" es una serie periodística que busca exponer a través de las historias de un grupo de mujeres indígenas de cinco países de América Latina cómo las medidas restrictivas afectan sus economías, sus proyectos y su cotidianidad, y qué están haciendo para enfrentarla. El especial, coordinado por OjoP?úblico, retrata los testimonios y desafíos de mujeres en Perú, Colombia, Chile, Brasil y México, y denuncia cómo los diferentes gobiernos de la región no han diseñado medidas sanitarias y subsidios específicos para los pueblos indígenas.

Los pueblos originarios en la región representan más del 8,5% de la población, el porcentaje más grande en comparación con otras regiones del mundo. Pese a ello, los Estados no han logrado garantizar el acceso a servicios básicos elementales y salud de calidad: el 30%, además, vive en extrema pobreza. En tiempos de pandemia y actividades económicas paralizadas, estas gigantescas inequidades los convierten en uno de los grupos más vulnerables de la región. 

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BRECHAS. Las mujeres indígenas perciben menos salarios que los hombres. Fuente: Organización Internacional del Trabajo

El documento de la OIT destaca que el salario de las personas indígenas con empleo remunerado está un 31% por debajo del de otros trabajadores, la mayor brecha salarial de las personas indígenas en todo el mundo. Las cifras del informe nos revelan que entre estas desigualdades hay aún una más aplastante, la de género: el 7% de las mujeres indígenas vive con menos de 1,90 dólares al día.

En México, antes de que la pandemia aterrizara en México, Ofelia vendía muñecas hechas a mano, de cabellos negros y trajes tradicionales, a los visitantes de la zona turística de León, en Guanajuato. Como a las demás, también a ella las medidas restrictivas amenazan su economía familiar.

La historia de Elizângela da Silva, en Brasil, expone cómo el aislamiento es una contradicción a la vida en comunidad a la que están acostumbrados los pueblos amazónicos. \"No podemos aislarnos, nuestra casa no tiene cuartos, la hamaca es colectiva. Vivimos para el colectivo. La pandemia es algo que nos tomó por sorpresa\", dice la lideresa del Río Negro.

Los invitamos a leer estas historias:


Madai no puede dormir pensando en que se quedó sin empleo

En todo el Perú, 1.483,084 personas viven en comunidades quechua. Apurímac es una de las regiones con más personas que se autoidentifican como miembros de este pueblo. El 87% de los empleos son informales y las medidas restrictivas por la pandemia están afectando la economía familiar de miles. Esta es la historia de Madai, madre como las otras 6.786 mujeres que crían y educan solas a sus hijos menores de edad en esta región. 

Por Alba Rivas Medina

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VULNERABLES. En Apurímac el 87% de la población tiene empleos informales. Ilustración: OjoP?úblico / Amapolay

Achachaw es una interjección quechua que significa ¡qué miedo! 
Esa es la palabra más mencionada por Madai Rodríguez Osorio, una mujer de 40 años, con asma y que todos los días prende el fogón a leña para preparar quinua dulce de desayuno y quinua salada para el almuerzo. Un día sopa, un día segundo, en la noche mazamorra o lo que sobre del mediodía, pero casi siempre quinua desde hace casi un mes.

Sopla el fuego, se cansa, tose, respira y cocina para ella, su hija que ya va a cumplir la mayoría de edad (18) y su otro hijo de 3 años. Unos días antes de que se declarara el Estado de Emergencia por el Covid-19, Madai compró una arroba de quinua (poco más de once kilos) como insumo para preparar los desayunos que vendía desde hace más de diez años en una calle de la provincia de Andahuaylas, en las alturas de Apurímac, una de las regiones con mayor población quechua del Perú.

En el Perú viven actualmente 55 pueblos indígenas, 51 son originarios de la Amazonía y 4 de los Andes. De estos últimos, el más importante por la cantidad de personas que hablan la lengua son los quechua. En todo el Perú, la población de las comunidades del pueblo quechua se estima en 1.483,084 personas, según los resultados del censo nacional del 2017. Son también el sector de la población con menos ingresos y con más desigualdad de acceso a servicios básicos elementales.

En Apurímac, el 87% de la población económicamente activa tiene un empleo informal, según las cifras del Ministerio de Trabajo, y Madai forma parte de esas estadísticas. Desde que se declaró el aislamiento obligatorio ya no sale a vender y ha dejado de recibir los veinte o treinta soles que ganaba a diario. Antes, se acostaba a las ocho de la noche y se levantaba a las dos de la mañana, preparaba los desayunos y a las cuatro ya estaba vendiendo la quinua caliente. \"Iba con mi bebé cargando en la espalda y empujando mi carrito. A veces cuando se dormía lo tapaba, lo acomodaba y lo colocaba debajo de mi carreta\".

Madai trabajaba de pie 6 horas al día. Luego volvía a su casa a cocinar e iba al mercado por la tarde a comprar los insumos para el día siguiente, después cenaba y se iba dormir temprano. La misma rutina todos los días. Pero ahora todo ha cambiado. Dice que ya no duerme a las ocho: \"Cuando no tienes plata no puedes ni dormir\".

Ella vivía en un cuarto alquilado, pero hace ocho años se compró un terreno junto a otras 150 personas de la Asociación de Familiares Víctimas del Terrorismo (AFAVIT). \"Antes no tenía luz ni agua. Andaba de aquí para allá con vela, parecía un alma en pena\". Desde hace tres años ya tiene los servicios y ha construido su vivienda con préstamos bancarios. El silencio del toque de queda de estos días le recuerda su niñez en Pampachiri, cuando la violencia terrorista amenazaba a su distrito ubicado a más de 3 mil metros de altura, cuyo nombre en español se traduce como \"pampa fría\". 

En aquellos años \"la noche entraba y cada vez que el perro ladraba nosotros nos escapábamos con linterna. De eso yo tengo trauma. Achachaw, ya no quiero ni acordarme\", dice Madai.

Madai migró a Andahuaylas para estudiar Cosmetología, pero no pudo terminar su carrera porque se embarazó cuando tenía 23 años y luego se separó. \"Prefiero estar tranquila, sola. Si no hay comprensión qué voy a hacer. No podemos aguantar eso. Cuando te comprendes vives feliz, cuando no, no vives bien pues. Yo puedo sola\".

Como ella, 6.786 mujeres crían y educan solas a sus hijos menores de edad en Apurímac, según información del Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI).

Madai ha escuchado en la radio que las personas con otras patologías tienen más probabilidades de ser hospitalizadas por el Covid-19, y tiene miedo. Además del asma, hace 5 años le diagnosticaron hipertiroidismo.

En ese momento gestionó un préstamo de quinientos soles para viajar a Cusco y hacerse los chequeos médicos porque en la provincia donde vive no existe un endocrinólogo permanente. Ahora toma una pastilla a diario y gasta mensualmente treinta soles en la compra de su medicina.

Otras palabras -más bien preguntas- recurrentes de Madai son \"¿cómo voy a hacer?, ¿qué voy a hacer?, ¿adónde voy a ir? No salgo, más que todo por la enfermedad. Qué voy a hacer pues, tengo que obedecer no más. A la gente que sale les están deteniendo y también por eso tengo miedo\". Aunque la cuarentena la haya \"agarrado en pobreza\", como ella dice, está de acuerdo con las medidas del gobierno porque cree que son necesarias.

Madai no recibió el bono de los S/ 380, ni es beneficiaria de ningún programa del Estado. \"Si ganas a diario, te desesperas cuando no tienes plata. (...) ¿Cuánta gente estará así?\", se pregunta. Es la misma incertidumbre que atraviesan miles de personas que se han quedado sin ingresos desde que comenzó la cuarentena en Perú, hace más de un mes.

A veces, en estos días, Madai se fía productos de una tienda cercana a su casa. Planea trabajar en lo que pueda para pagar esa deuda cuando pase el encierro. Se ríe con ganas cuando recuerda que después de mucho tiempo obtuvo su permiso para vender desayunos por pura insistencia: \"yo iba todos los días a la municipalidad y el señor me dijo \"¡qué horror esta señora ya me tiene cansado!, ya, anda, ve vendiendo allí\". Qué hubiera sido si me hubiera rendido, así en cualquier cosa que hagas tienes que insistir hasta lograrlo. Ahora también, cuando pase todo esto estaré bien. Tengo que sacar adelante a mis hijos\".

En Apurímac, desde que se declaró el Estado de Emergencia 14 comunidades quechuas han cerrado los accesos a sus territorios .


La férrea voluntad de una mujer otomí contra las malas noticias

Antes que la pandemia aterrizara en México, Ofelia vendía muñecas hechas a mano, de cabellos negros y trajes tradicionales, a los visitantes de la zona turística de León, en Guanajuato. Los otomíes son el quinto pueblo indígena más numeroso de México. Ahora las medidas restrictivas amenazan su economía familiar. Esta es su historia como parte de \"Ellas luchan\", serie periodística coordinada por OjoP?úblico en siete países de América Latina.

Por Kennia Velásquez

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IGNORADOS. Ninguna de las medidas de mitigación impulsadas en México en el marco de la pandemia del Covid-19 hace mención a los pueblos indígenas.

Ilustración: OjoP?úblico / Amapolay

La policía le ha pedido a Ofelia que retire su puesto de artesanías ubicado en una de las esquinas de la plaza principal de León, en el estado mexicano de Guanajuato. No es la primera vez que le pasa: el acoso de los oficiales es permanente. Le dicen que deben de irse porque hay que mantener la \"buena imagen\" del lugar, \"sin vendedores ambulantes en los alrededores del Palacio Municipal\". Esta vez, sin embargo, las restricciones son más severas. La expansión del coronavirus amenaza su única fuente de ingresos.

Ofelia vende las muñecas tradicionales de su cultura otomí, el quinto pueblo indígena de México en población. Desde antes de la llegada de los españoles este grupo originario ocupaba territorios que hoy corresponden a los estados de Querétaro, Hidalgo, Michoacán y Guanajuato. Ella sigue ofreciendo a los viandantes las muñecas de cabellos negros y trajes tradicionales hechos a mano, pero la gente que aún transita por las calles del Centro Histórico piensa más estos días en la compra de víveres, mascarillas o alcohol en gel para desinfectarse las manos.

Ha intentado vender semillas de calabaza y dulces tradicionales en el transporte público, pero tampoco ha tenido suerte. Hace unos días, los vigilantes le quitaron su canasta con sus productos, le dieron como excusa las medidas sanitarias, aunque en realidad esta es una práctica frecuente hacia los vendedores ambulantes, en su mayoría migrantes indígenas como Ofelia, que han salido desde sus comunidades hacia León, escapando de la pobreza y la falta de servicios básicos.

Ofelia no sabe a ciencia cierta cuántos años tiene, \"creo que tengo 51\", dice nerviosa. Como el 35% de mujeres indígenas, ella no sabe leer ni escribir y han tramitado tardíamente su documento de identidad. Antes, junto con su marido vendían en el estado de Querétaro, pero hace tres años él murió y para no quedarse sola en el poblado de Higuerillas, se fue a vivir con el menor de sus siete hijos a la ciudad industrial de León. Llegó a buscar alguno de los miles de empleos que escuchó promocionan las fábricas de General Motors, Mazda y Toyota. No consiguió ninguno.

En México hay 68 pueblos indígenas, 25 millones de personas se reconocen como parte de alguno de estos pueblos originarios, pero solo 7 millones de ellos hablan su lengua materna. La explicación expone el trato del Estado: en las escuelas solo se enseña el castellano, muchos no usan el idioma maternos porque consideran que es una desventaja porque son discriminados.

Las muñecas otomís son consideradas Patrimonio Cultural de Querétaro. En las plataformas digitales de compraventa se encuentran entre 20 y 160 dólares, pero Ofelia dice que ella no puede venderlas en más de dos dólares. \"Aquí no pagan más que eso\", dice lamentando que los viajeros no aprecien su trabajo. Para ella un buen día de venta es cuando gana 8 dólares durante una jornada de 10 horas, sin contar las más de tres horas que tarda en trasladarse.

La emergencia sanitaria y el aislamiento obligatorio ha puesto en riesgo su economía familiar. Mientras dure la contingencia no podrá vender más en las calles. Su familia tampoco contará con los 200 dólares mensuales que su hijo ganaba en una fábrica de zapatos. La empresa cerró temporalmente y les informó que no pagará los honorarios completos. Además, le dijeron que no tendrá acceso al servicio médico, porque la compañía había ingresado a un proceso de \"ahorro de costos\".

Aunque todos los mexicanos tienen derecho a recibir atención médica en los centros de salud, Ofelia dice que si ella y su hijo enferman tendrán que buscar un médico particular, porque en los establecimientos públicos \"nunca nos quieren atender\". 

La población indígena de León es minoritaria y un porcentaje importante son migrantes de varios estados de la República Mexicana, que vienen a trabajar de manera temporal, en su mayoría. El gobierno local no cuenta con programas estratégicos para los pueblos originarios. Hace tan solo 9 años que existe el Consejo Consultivo Indígena de León, en el que además de funcionarios públicos hay representantes de las comunidades náhuatl, otomí, purépecha, mazahua y mixteca. Lamentablemente, el Consejo aún ve a los pueblos indígenas como sujetos de asistencia social y no como comunidades con derechos, así que la mayoría de las acciones que emprenden, son sólo paliativas. 

Ninguna de las medidas de mitigación impulsadas en México en el marco de la pandemia del Covid-19 hace mención a los pueblos indígenas. En León, las autoridades dijeron que darán apoyo a los comerciantes de los mercados, pero esto deja fuera a Ofelia, pues ella trabaja en las calles. Para ver qué otras posibilidades de ayuda tiene, tendría que tener acceso a internet, buscar en las páginas gubernamentales las opciones, sólo para descubrir que necesita estar dentro de un padrón de comerciantes, contar con cuenta en el banco, pertenecer a un organización y tener copia del acta constitutiva, entre otros requisitos. Incluso el Consejo Coordinador Empresarial de León se ha quejado de que las ayudas han sido poco difundidas, no son accesibles para todos y la burocracia es lenta para su entrega.

Alertados ante tanta incertidumbre, quince familias otomíes que viven en la colonia Morelos, en León, han creado un grupo de WhatsApp? para estar en contacto durante esta contingencia y apoyarse unos a otros. 

El Centro de Desarrollo Indígena Loyola (CDIL), una organización de la sociedad civil que brinda acompañamiento y asesoría gratuita, les entregó apoyo alimentario a cada una de las familias. Ofelia dice que le alcanzará para unas tres semanas, un alivio mientras encuentra alternativas para su alimentación familiar. A pesar del miedo, Ofelia dice con voz firme, \"yo siempre he salido adelante, siempre salgo a hacer mi lucha y vamos salir bien de esta enfermedad, eso también le digo a mi hijo\".

La pandemia, que está cambiando al mundo y ha encerrado en sus casas a poblaciones urbanas que no cesan de lamentarse en las redes sociales, es para esta mujer un accidente más, otra barrera por la que deberá pasar para seguir, como lo ha hecho toda su vida frente al racismo, el abandono del estado y la pobreza crónica. Y aquí sigue.


Irena lleva la fuerza Wayuu de la resistencia

Desde la Alta Guajira de Colombia, la tejedora indígena Irene Katherine Jayariyu Ipuana, de 27 años, se aferra en sus creencias para protegerse de la emergencia por el coronavirus. Las medidas de confinamiento ha frenado la venta de artesanías. Alza su voz para pedir agua y comida desde una de las regiones más pobres. Esta es su historia como parte de \"Ellas luchan\", una serie periodística coordinada por OjoP?úblico en siete países de América Latina.

Por Elida Prada - Agenda Propia

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RESISTIR. Los Wayuu se aferran a los sueños y consejos de los sabedores y autoridades tradicionales. Ilustración: OjoP?úblico / Amapolay

Al extremo norte de Colombia, en Siapana, una región de la Alta Guajira de tierras áridas, los indígenas del pueblo Wayuu, la etnia más numerosa de Colombia y Venezuela, previenen la pandemia del Covid-19 con el ritual de la danza de la ‘yonna’ (que realizan en ceremonias de celebración, sanación y para alejar a los espíritus malignos) y con baños de plantas medicinales. Siguen el mensaje de un sueño (lapü) que una de las abuelas de la comunidad les comunicó para resistir la emergencia que tiene paralizado al mundo.

En una de las 48 comunidades de Siapana, ubicadas a ocho horas del municipio de Uribia, vive Irene Katherine Jayariyu Ipuana, de 27 años, madre de dos niñas, de 4 y 6 años. Como el 90% de los indígenas Wayuu, ella se sostiene de la venta del tejido de mochilas y hamacas. Ellos representan el pueblo indígena más numeroso de Colombia. Según el censo del 2018, su población alcanza las 380.000 personas. En el país habitan 105 pueblos con una población total de 1,9 millones.

La vida de las Wayuu depende de la artesanía. Los tejidos hacen parte de su cultura y cosmovisión. Desde niñas aprenden a hilar, a tejer. Con agujas y lanas coloridas plasman lo que sienten por la vida, la armonía y sus sueños. Irene lidera la Cooperativa Multiactiva Artesanías Wayuu \"Coarwas\", integrada por 40 mujeres, todas elaboran mochilas y carteras, que comercializan dentro y fuera del país.

Irene Jayariyu vende una mochila -uno de los objetos más conocidos y buscados por los viajeros- a un promedio de 150.000 pesos (38 dólares). Eso apenas le alcanza para comprar comida. Con muchas otras familias, ella vive con lo mínimo, pero ahora, ni siquiera hay dinero para lo esencial. Las ventas se paralizaron desde que el gobierno anunció las medidas de aislamiento preventivo obligatorio, el pasado 24 de marzo.

\"Todo está cerrado, no hay transporte, todo subió de precio. Estamos muy preocupadas, no sabemos cómo nos vamos a alimentar\", dice con angustia.

Irene comenta que sus productos también eran adquiridos por turistas que llegaban a visitar las playas, el desierto y las dunas, sitios exóticos de su territorio ancestral, gran parte bordeado por el mar Caribe. Pero desde que se cerraron las fronteras y se suspendieron los vuelos, \"estamos solos\", dice. Incluso, los productos que ofrecían por Instagram han sido cancelados.

La emergencia por el coronavirus, se suma a la crisis humanitaria que vivía el pueblo Wayuu por la falta de agua y alimentos. Este grupo presenta los índices más altos de extrema pobreza en Colombia. Por ejemplo, en Uribia, el municipio de donde es Irene, la pobreza alcanza al 92%. La situación empeoró con el retorno de miles de personas de la misma etnia asentadas en Venezuela, que desde el 2017 empezaron a migrar a La Guajira, huyendo de la crisis del país vecino.

\"De por sí, antes nuestra vida, ya era difícil. Los niños han muerto de hambre. En este momento los jagüey (pozos de agua) están secos\". Al hambre se suma la sed. Irene asegura que carecen del líquido para lavarse las manos, según las recomendaciones para evitar la enfermedad, tampoco tienen dinero para comprar mascarillas. 

Por ahora, piden que el gobierno no los olvide, reclaman ayudas como alimentación, productos de aseo y sanitarios. \"Lo único que nos queda es exigir que nos envíen alimentos, se le pasó el listado al Ministerior del Interior de las familias, esperamos que llegue algo. Estamos maniatadas, tampoco sabemos cuando acabe esto\".

Entre tanto, los gobiernos Nacional y regionales han enviado subsidios económicos a familias en condiciones de alta vulnerabilidad y mercados o alimentos, sin embargo, Irene asegura que \"a la Alta Guajira no ha llegado nada\". 

Varias comunidades de los Wayuu, en distintas zonas de La Guajira, adelantan campañas por redes sociales por donde piden donaciones. Otras han salido a las principales carreteras reclamando ayudas, y algunas mujeres cambian sus artesanías por comida. 

En Colombia, el Instituto Nacional de Salud informó que al 17 de abril de 2020 hay 3.439 contagiados de Covid-19, y 153 muertos. El Sistema de Monitoreo Territorial de la Organización Nacional Indígena de Colombia, ONIC, reportó que en los pueblos indígenas hay cuatro casos y alertó que 591.000 familias están en riesgo por la pandemia.

Los Wayuu saben que por ahora deben confinarse como lo han hecho los 48,2 millones de colombianos. Se aferran a los sueños y consejos de los sabedores y autoridades tradicionales.

Por ello, las mujeres Wayuu, con sus mantas rojas, danzan la Yonna para buscar protección. Con las plantas vijo (malua) y malanbo (alouka), que crece en la Serranía de La Makuira, se bañan y beben. También ponen sus tallos en la entrada de sus ranchos para alejar la enfermedad. Y desde su árido territorio, con resistencia y dignidad le harán frente a esta nueva crisis.


Elizângela prepara a las mujeres del Amazonas contra la pandemia

En Brasil se han detectado 27 personas con Covid-19 en pueblos indígenas, seis de ellos han fallecido. La lideresa de la etnia Baré, Elizângela da Silva, explica cómo el aislamiento dificulta el acceso a hospitales para los indígenas y ha suspendido programas contra la violencia de género. Pero dice también que es momento de revalorar el trabajo tradicional como el de las “parteras”. Esta es su historia como parte de “Ellas luchan”, una serie periodística coordinada por OjoP?úblico en cinco países de América Latina.

Por Gustavo Faleiros - Infoamazonia

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En São Gabriel da Cachoeira, el municipio con la mayor cantidad de habitantes indígenas del Brasil y ubicado cerca a la frontera con Colombia y Venezuela, todavía no hay casos confirmados de Covid-19. Sin embargo, los impactos a la vida cotidiana y especialmente a las comunidades indígenas, ya están presentes.

En el Alto Río Nego, al noroeste del Estado de Amazonas, que abarca otras ciudades y pueblos, hay 22 grupos étnicos. Aquí se encuentra el mayor mosaico de tierras indígenas del país. Hay nueve territorios, que cubren 12,4 millones de hectáreas con 750 comunidades. En una de esas comunidades vive Elizângela da Silva, lideresa de la etnia Baré.

La crisis sanitaria por el nuevo coronavirus, ha hecho que ella recuerde las dificultades que enfrentó hace seis años cuando tuvo que dejar su pueblo para irse a vivir a la ciudad. Elizângela da Silva, le dijo a Infoamazonía que le costó adaptarse a esa nueva realidad. Sus tres hijos no podían seguir sus clases en portugués, porque habían estado estudiando el nheengatu, la lengua que hablan los indios amazónicos de Brasil. Durante tres años les fue mal. Tuvo que contratar a un profesor particular, incluso con el poco dinero que tenía.

En el estado de Amazonas, donde vive Elizângela da Silva hay 22 grupos étnicos. Aquí se encuentra el mayor mosaico de tierras indígenas de Brasil.

Era el año 2014 y había dejado el pueblo donde vivía en el Territorio Indígena del Alto Río Negro para irse a vivir a un municipio de 45.000 habitantes, cerca de la frontera con Colombia.

Ahora Elizângela da Silva tiene 36 años. Ayuda a otras mujeres indígenas que viven como ella en la zona urbana a prepararse para las restricciones impuestas por la nueva pandemia de coronavirus. "Es hora de pasar más tiempo con los niños", explica, haciendo énfasis en la colectividad como rasgo de resistencia de la cultura indígena.

Una batalla contra la violencia de género

Desde el 2016 Elizângela es la coordinadora del departamento de las mujeres de la Federación de Organizaciones Indígenas del Río Negro (FOIRN). Su camino para convertirse en líder comenzó en las comunidades, cuando se convirtió en maestra el 2008. Desde entonces ha obtenido una licenciatura en sociología y una especialización en educación indígena.

Sus conocimientos la sitúan en la vanguardia de la lucha por los derechos de la mujer y contra la violencia de género en varias aldeas y en la propia ciudad de São Gabriel da Cachoeira. En el municipio, ahora hay más denuncias policiales de mujeres indígenas, pero antes -cuenta- la información era deficiente porque los registros no incluían datos sobre el origen étnico de las víctimas.

La colectividad es un rasgo de resistencia de la cultura indígena. En Brasil se siguen hablando unas 170 lenguas indígenas,

Para mejorar esta situación, la federación logró llevar una mujer a la delegatura de São Gabriel. "Lo que decimos es que la cultura es diferente a la violencia, es diferente al abuso sexual, es diferente al alcoholismo", señala Elizângela. Pero el avance del Covid-19 detuvo los planes y el trabajo de la lideresa.

"Estábamos haciendo grandes progresos en la acción sobre la violencia y la seguridad pública", dice Elizângela, hasta que llegó la pandemia. Se iba a realizar una audiencia pública sobre temas como el abuso y el acoso sexual infantil, pero finalmente fue cancelada. "Ahora estamos en un punto muerto", se lamenta.

Coronavirus en territorio indígena

Esta semana se han detectado 27 personas con Covid-19 en pueblos indígenas de Brasil, y se han reportado seis fallecidos. La mayoría de los casos se han registrado en Amazonas. En la capital de ese Estado, Manaos, se está construyendo un hospital de campaña para los indígenas y a nivel federal se ha anunciado un plan especial de contingencia para la salud de estos pueblos.

Pero lo que más le preocupa a Elisângela da Silva es la interrupción de sus labores y cómo las medidas restrictivas le impiden ahora llevar información a las comunidades en el idioma local. "Esta crisis ha cambiado nuestra rutina diaria", dice. Lamenta no poder reunirse con sus compañeras de trabajo, un equipo sanitario multidisciplinario que realiza las visitas a las diferentes comunidades. Su equipo trabaja y difunde información en cuatro idiomas: tukano, baniwa, nheengatu y yanomami.

Al igual que la salud, las mujeres promueven el debate sobre el cambio climático entre los pueblos indígenas. Por otro lado, para ellas, el problema también pasa porque ahora muchas mujeres de las comunidades no podrán ir a la ciudad y no tendrán acceso a los hospitales. Elizângela dice que este será el momento de valorar, por ejemplo, el trabajo de las parteras. Aunque le preocupa la falta de información.

El equipo trabaja y difunde información contra la violencia de género en cuatro idiomas: tukano, baniwa, nheengatu y yanomami.

En las comunidades no hay conexión a Internet, así que no hay WhatsApp?. En la región hay programas de radio que comparten información en formatos de podcast. Incluso el Boletín Audio Wayuri producido por la propia FOIRN se puede encontrar en plataformas como Spotify. Sin embargo, para acceder a estos programas tienen que descargarlos antes, cuando visitan los centros urbanos.

La dificultad de aislarse

Las medidas de aislamiento en algunas zonas están generando también algunos problemas de suministro de combustible y energía. Como ya no hay un sistema de transporte permanente para los viajes, los barcos que subían el Río Negro y sus afluentes ya no llegan con petróleo o gasolina. Esta escasez puede conducir a una crisis de desinformación, pues con los generadores de electricidad detenidos tampoco hay energía para las radios y los televisores.

A la falta de comunicación en la zona se suma la movilidad de los pueblos indígenas de esta región. Hay gente, por ejemplo, que vive en el lado de Colombia, otros, cerca de la frontera con Venezuela. Elizângela se queja de la falta de acción por parte de los gobiernos de todos los países fronterizos, dice que no tienen en cuenta esta situación territorial de los pueblos indígenas. “Mis parientes”, dice, “siguen llegando. A menudo, sin conocimiento de la gravedad de la situación en los centros urbanos.”

Hay problemas de suministro de combustible y con los generadores de electricidad detenidos no hay radios para que la gente se informe.

Pero los recién llegados no pueden ser aislados fácilmente. "No podemos aislarnos, nuestra casa no tiene cuartos, la hamaca es colectiva. Vivimos para el colectivo. La pandemia es algo que nos tomó por sorpresa", dice la lideresa del Río Negro.

Los expertos advierten de la vulnerabilidad de los indios de la región al Covid-19, ya que el 10% de las aldeas tienen más de 60 años, considerado un grupo de riesgo de la enfermedad

Una medida concreta ya adoptada por los indígenas fue la publicación de folletos informativos sobre el nuevo coronavirus. Las publicaciones se produjeron en alianza con el Instituto Socioambiental en los idiomas baniwa, dâw, nheengatu y tukano para ser llevadas a las tierras indígenas de la región por profesionales de la salud del distrito especial de salud Indígena del Alto Río Negro. También se produjo una versión en portugués específicamente para el pueblo Hupd'ah, de reciente contacto.


Las otras pandemias a las que la mapuche Ana Llao ha sobrevivido

En Chile, la región donde viven la mayoría de mapuches se ha convertido en la segunda zona con más personas contagiadas por coronavirus. La dirigente mapuche Ana Llao teme que el acceso desigual al sistema de salud en Chile sumada a la discriminación permanente desde el Estado los afecte aún más durante la pandemia. Esta es su historia como parte de “Ellas luchan”, una serie periodística coordinada por OjoP?úblico en cinco países de América Latina.

Por: **Alejandra Carmona López

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Antes de que el Covid-19 asolara el mundo, los mapuche extendían sus ceremonias fúnebres por días. Si la despedida era de una autoridad, de un sabio o sabia, como una persona machi, toqui o lonko, el agasajo podía durar incluso una semana en la casa de quien partía. Era la forma de acompañar a ese alma en su tránsito hacia el wenumapu; es decir, el “cielo” en la tradición cristiana, el lugar donde desde la cosmovisión mapuche se encuentran los espíritus de los antepasados.

Pero ahora la muerte no solo amenaza la vida de los winkas, como los mapuche llaman a los chilenos que no pertenecen a su pueblo. Desde que el coronavirus llegó, la orden de las autoridades es que no se deben hacer velorios en casa y en los funerales solo pueden participar 20 personas, como máximo, y no puede asistir nadie del círculo más estrecho o sospechoso de Covid-19. Los mapuche se tuvieron que olvidar de cualquier objeto que pueda multiplicar el contagio, como bebidas o comida; símbolos que eran fundamentales en la forma en que despedían a sus muertos.

“Hay dos mapuche que murieron de coronavirus y en el hospital, prácticamente les pasaron los cuerpos a sus familias y ellos debieron llevarlos directamente al cementerio”, dice Ana Llao (55), dirigente mapuche y werken (vocera) de la organización Ad Mapu.

“Hay dos mapuche que murieron de coronavirus”, dice Ana Llao.

A Ana le preocupa cómo harán para mantener tradiciones como la despedida de sus seres queridos; pero entiende la necesidad del confinamiento, sobre todo porque Temuco, capital de la Región de la Araucanía, una ciudad al sur de Chile y también conocida como la capital mapuche, se ha convertido en la segunda zona con más contagios en el país. Si hasta el 17 de abril existían 9.252 casos en todo Chile, en la Araucanía había 907 y 552 de ellos estaban concentrados en Temuco.

"Va a haber mucha necesidad, especialmente para las mujeres, las madres, porque somos las que estamos permanentemente con nuestros hijos. Las abuelas van a volver a cuidar a sus nietos y eso quizás sea un riesgo", dice Ana, porque las autoridades han insistido en que los niños asintomáticos pueden ser importantes fuentes de contagio para sus abuelos y abuelas.

Ana vive en la comunidad rural de Purén, a dos horas de la ciudad de Temuco, pero cuando la autoridad sanitaria decretó la cuarentena el pasado 27 de marzo, ella decidió encerrarse con parte de su familia extendida en una casa de la ciudad. Tiene un hijo y un nieto, a quienes no ve por la emergencia. Con el resto de su familia compraron víveres para una semana y se sentaron a esperar que la pandemia pase como un tornado antes de abrir la puerta para volver a la calle. Pero ahí, en el sur de Chile, como en el resto del mundo, el virus no se va.

“Nosotros tenemos el newen (la fuerza) en la sangre, pero eso no basta para que permanezcamos sanos”.

Los días de encierro se vuelven interminables para ella, que está acostumbrada a estar en la calle, visitando a su gente de las comunidades, averiguando si enfrentan apuros, hambre o sufrimientos. Estas medidas restrictivas afectan su labor de dirigenta y los trabajos esporádicos que realiza; pero dice que perjudican aún más a las hortaliceras mapuche, que ya habían sufrido el acoso del alcalde local, quien a fines de 2018 adoptó una ordenanza municipal para eliminar el comercio ambulante del centro de Temuco. Al hostigamiento que las hortaliceras han sufrido desde entonces por parte de la policía e inspectores municipales, se suma ahora el aislamiento social que va a impactar aún más su economía, porque ya no podrán vender.

A Ana también le preocupa la situación de las comunidades internadas hacia la Cordillera de Nahuelbuta, un lugar donde no siempre hay buena señal de celular. En el sur ya comenzará a bajar la temperatura, que puede llegar a -3ºC. Pero para los mapuche que viven en Chile, hay algo que muerde más que el frío: el racismo y el clasismo. Ana teme que esta vez eso pueda volverse contra su pueblo.

Temuco, conocida como la capital mapuche, es la segunda zona con más casos de Covid-19 en Chile.

“Nosotros tenemos el newen (la fuerza) en la sangre, pero eso no basta para que permanezcamos sanos. Estoy segura que puede haber discriminación cuando en el hospital haya que elegir quién vive, cuando llegue un winka o un joven que no sea mapuche. ¿Por quién van a decidir? Peor si es un anciano mapuche”, reflexiona Ana.

Ese miedo le provoca desamparo, una sensación de injusticia que siente como certeza. El derecho a la salud de calidad en Chile no es un privilegio del que goce todo el mundo de manera equitativa. Las personas que pueden pagar, se afilian a una Isapre (Instituciones de Salud Previsional); es decir, a una de las 12 aseguradoras privadas de salud que existen y que fueron creadas durante la dictadura de Augusto Pinochet. Para quienes no pueden pagar o no quieren estar en este sistema, existe el Fondo Nacional de Salud, Fonasa, que divide en 4 grupos a las personas según sus ingresos y bonifica en un 100% a aquellos que reciben menos o nada de salario.

Los que están en Isapres se atienden en clínicas privadas; y los segundos, pueden acceder solo a los centros privados en convenio con Fonasa y, además, están destinados a seguir el ritmo de la salud pública, que antes del Covid-19 ya tenía listas de espera y los centros asistenciales se desbordaban de niños y adultos mayores enfermos en invierno.

Los planes de salud privada parten en los US$128 mensuales, y en el sistema de salud pública puede haber indigentes; es decir, quienes no pagan nada. En La Araucanía, cerca del 90% de la población está en Fonasa. Y Ana Llao pertenece al primer tramo, al de los que no pagan nada. Sin embargo, ese mismo estatus, es lo que la atemoriza.

Al igual que mucha de su gente a veces hace frente a las enfermedades con medicina mapuche y solo en algunos casos visitan a un especialista. “No tenemos seguros médicos extra a la salud pública, ni ninguna garantía, vamos a estar desprotegidos”, relata con temor. La semana pasada el gobierno estableció un precio máximo por el cobro en caso de atenciones por coronavirus tanto en la salud privada como pública.

Lo único que a Ana le da esperanza es que está convencida de que esto pasará, como pasa todo, como han pasado y sobrevivido a otras tragedias que también llama pandemias. “Las forestales nos plantaron pinos y eucaliptus y secaron nuestros territorios. Mi madre murió hace 20 años y la tierra que ella nos dejó a mi hermana y a mí era fértil. Ahora vivimos la pandemia de la sequía, pero igual con esperanzas”.

La líder mapuche recuerda que desde muy niña alcanzó a conocer los esteros de agua que ya no existen y que ahora son solamente un sueño.

-Quizás se parezca al sueño que alguna vez contarán nuestros nietos sobre esta pandemia que nos tiene a todos encerrados.


Fuente

  • Ojo Publico
  • Coordinación y edición general: Nelly Luna Amaneció
  • Investigación: Alba Rivas, Karín Chacón, Nelly Luna Amancio (Perú), Kennia Velázquez (México), Alejandra Carmona (Chile), Gustavo Faleiros (Brasil) y Edilma Prada (Colombia)
  • Medios aliados: PopLab?, Infoamazonía, Agenda Propia
  • Ilustraciones: Amapolay

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