“Europa es ahora rehén de los bancos y de la austeridad que alimenta populismos”. Entrevista con Gaël Giraud, S.J.

El economista y jesuita francés Gaël Giraud presenta su último libro “Transición Ecológica” y ataca a todo el sistema financiero: “Los gobiernos democráticos deben retomar el poder”. Advierte sobre los riesgos climáticos: “Los daños van a costar centenas de billones de euros”. Y apunta el dedo contra Berlín y Bruselas por el “martirio de Grecia” y la insistencia en la austeridad: “En Alemania, las mismas políticas abrieron el camino del poder para Hitler”.

Reportaje de Giuliano Balestreri, publicado en el diario La Repubblica, 08-05-2016.

Europa es rehén de los bancos. También de la austeridad y de los burócratas anclados “en los absurdos” parámetros de Maastricht. Peor aún, los cortes en los gastos públicos impiden la transición ecológica hacia una sociedad postcarbono: “Los billones ahorrados hoy no serán suficientes para cubrir los daños causados por las catástrofes ambientales que ellos no quieren evitar”.

Pensamientos y palabras de Gaël Giraud, economista francés, consejero personal –“pero poco escuchado” del presidente François Hollande, pero también sacerdote y jesuita. Una vocación que vino después de un brillante comienzo de carrera en un banco de inversión. Una carrera tan veloz hasta el punto de aturdirlo después de haber abierto los ojos sobre el sistema financiero que él define como “el becerro de oro de nuestros tiempos. Él nos fascina pero no nos sacia”.

Para Giraud, la transición ecológica –que da título a su último libro, publicado en italiano por la editora Emi, Transizione ecológica- y el sistema bancario están íntimamente ligados por estar en antítesis, aunque las finanzas podrían ser la llave para un futuro mejor, “pero solamente si los gobiernos democráticos retomaran el poder”.

Nota de IHU On-Line:

Gaël Giraud estará en la Unisinos de los días 12 a 16 de septiembre participando del IV Coloquio Internacional IHU Políticas Públicas, Financierización y Crisis Sistémica, los días 13 y 14 de septiembre. El día 12 dará la conferencia “El pensamiento social de la Iglesia a la luz del pontificado de Francisco”. Y en los días 15 y 16 impartirá un curso en la Escuela de Gestión y Negocios de la Unisinos.

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A continuación, la entrevista:

La caída del petróleo está acelerando la transición, pero las motivaciones son sólo económicas. ¿Qué va a pasar cuando el precio vuelva a subir?

Del lado de la demanda, en realidad, la caída del petróleo desaceleró la transición energética porque desaparecieron los incentivos para reducir su consumo por parte de las empresas. Por lo tanto, este sería el momento ideal para aumentar los impuestos sobre los productos petrolíferos con el fin de incitar a los consumidores a ser mas conscientes. Muy por el contrario, por un triste cálculo político de corto plazo, los gobiernos europeos no se atreven a tomar medidas.

Del lado de la oferta, sin embargo, la debilidad del petróleo acelera la transición, pues muchos yacimientos ya no son rentables: basta pensar en el número de lugares de fracking que cerraron en los Estados Unidos en un año. Y varias decenas de billones de euros en inversiones fueron postergadas sine die: consecuentemente, de los próximos 5 a 10 años, la oferta de petróleo será más baja de lo previsto y no vamos a estar preparados.

Usted piensa en un futuro sombrío…

La miopía de los gobiernos pone en un lugar muy difícil el financiamiento de la transición ecológica y condena la economía mundial al desastre. Si no invertimos hoy en las infraestructuras verdes que necesitamos para dirigirnos hacia una economía postcarbono, si el mundo no invierte rápidamente para adaptarse a las dramáticas consecuencias de la inestabilidad climática (desde la escasez de agua potable a las inundaciones de zonas cultivables), los países del Sur se enfrentarán a desastres humanitarios durante una década. Y las centenas de miles de migrantes que huyen hacia Europa, incluso por la sequía Siria de 2007-2010, se volverán millones.

Con todo, los países del Norte no lograrán salir de la trampa deflacionaria en la cual están cayendo sin hacer inversiones. Los mercados financieros tienen enorme responsabilidad en el sufrimiento de los pobres y de las clases medias, y responsabilidades todavía más grandes por aquello que corremos el riesgo de vivir en las próximas décadas.

¿La culpa es más de los gobiernos o de las instituciones financieras?

Los mercados financieros ocupan un lugar desmedido en nuestras economías: basta pensar que la miopía de corto plazo de los mercados es capaz de destruir un país, haciendo explotar el costo del refinanciamiento de su deuda pública. Es el caso de Grecia –por ejemplo- para el cual la austeridad impuesta para “agradar” a los mercados (de modo que permitiera que Atenas recibiera nuevos préstamos) causó una perdida de 25% del PIB en cinco años, el equivalente a una guerra civil.

Volveremos sobre el tema de los bancos y de la austeridad, pero mientras tanto, en lo referente al ambiente, a COP21 parece demostrar una renovada voluntad de cambiar la situación. ¿Está de acuerdo?

La COP21 es un inmenso éxito diplomático, muestra que la comunidad internacional –poco a poco- toma conciencia de la gravedad que presentan los desafíos climáticos y energéticos. Sin embargo, es necesario implementar las promesas hechas en diciembre en París y por lo tanto, la transición energética debe ser financiada: de la reestructuración de los edificios para reducir la dispersión térmica hasta la movilidad verde, pasando por la reducción de las emisiones por parte de la industria y de la agricultura. Para un país como Italia, este plan costaría decenas de billones de euros por año: una pequeña suma comparada con los beneficios a largo plazo. Los daños de la inercia serían monstruosos.

Con el clima de austeridad que acecha sobre el viejo continente, parece imposible imaginar tales inversiones.

Hoy el drama europeo es el de la deflación. Japón cayó en este drama a mediados de los años 1990, después de la crisis inmobiliaria de 1990, y el país lleva más de 20 años hundido en arena movediza, sin lograr salir. Nosotros caímos en ese drama después de la crisis financiera de 2007-2009, también por culpa del exceso de endeudamiento privado. Los problemas de la zona euro ciertamente no son las deudas: con un promedio de 100% del PIB, todavía estamos en una situación razonable (que no es el caso de Estados Unidos y de Japón), aunque todavía sea evidente que Alemania, Francia e Italia jamás conseguirán llevar a cero sus deudas.

Sin embargo, el error es justamente el de perseguir la austeridad de las cuentas: eso es exactamente lo que no se debe hacer en caso de deflación. En vez de mejorar la salud de una economía, el PIB cae más rápidamente de lo que cae la deuda, de forma que la relación deuda/PIB sigue en aumento. Vimos eso claramente en Grecia, la mártir de Europa. Con todo, la historia debería enseñar alguna cosa, especialmente a los alemanes, que ya experimentaron la austeridad en 1930, cundo la República de Weimar padecía deflación. La política de cortes del canciller Henrich Brunning llevó a Hitler al poder tres años después. Un escenario que podría perfectamente repetirse en Europa: cuando nos ahogamos en deflación, es muy difícil salir. En consecuencia, las clases medias se desesperan y terminan eligiendo cualquier populista que promete un mañana mejor. Miren lo que pasa en Austria y en Francia.

Grecia parece estar condenada por la burocracia europea. En su opinión, ¿quienes son los verdaderos responsables?

La actual situación es el resultado de un bloque ideológico conformado por los burócratas de Frankfurt, Berlín, Bruselas y París - que se contentan con aplicar reglas neoliberales sin interrogarse sobre su pertinencia- y también de los bancos. De manera muy cínica, el sector bancario intenta ganar todavía más dinero antes de la quiebra de Atenas. Por otro lado, no debemos olvidarnos de que el Banco Central Europeo es capaz de poner a un país de rodillas, determinando la liquidez de sus bancos. Y esto es lo que hizo una semana antes del referendo griego, con el objetivo de obtener un voto favorable de las instituciones europeas. Por suerte, el pueblo griego no cedió, pero el gobierno Tsipras se rindió. Y mientras la política continúe bajo el chantaje de los bancos, estos van a seguir impidiendo todo intento de salir de la deflación.

Sin embargo, la deflación es enemiga de los bancos.

Pero para salir de ella el único camino es el de una política económica expansiva y para ponerla en práctica, los gobiernos democráticos deben retomar el poder de las manos de los bancos. Debemos por lo tanto, ir más allá de los absurdos parámetros de Maastricht sobre el tope del gasto público: el límite de 3% del déficit no tiene ningún fundamento científico, y ni en Alemania hay una deuda inferior al 60% del PIB. Es una simple convención arbitraria de la cual debemos librarnos. Pero para librarnos es necesario un verdadero proyecto político que substituya esa utopía de un gobierno burocrático con reglas que hoy se encarnan en la Troika y en los bancos.

Debemos lograr coordinarnos alrededor de un verdadero proyecto de sociedad, teniendo el coraje de llevar a la cárcel a los banqueros fraudulentos y obligando a los otros a trabajar por el interés general. Uno de los pocos que se opusieron a ese sistema fue Matteo Renzi.

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Usted era crítico del primer ministro del Consejo Italiano. ¿Qué cambió?

De hecho, hasta hace poco yo estaba muy decepcionado: él se limitaba a implementar los viejos demonios del neoliberalismo: desde la cancelación del contrato de trabajo por tiempo indefinido hasta el fin del bicameralismo perfecto (tan importante y necesario para la democracia italiana después de la catástrofe fascista.

Sin embargo, debo admitir que me sorprendió gratamente el modo en el cual intenta oponerse al dictado alemán y al presidente de la Comisión, Jean-Claude Juncker. Espero que las acciones de Renzi no sean apenas “spacconate” (fanfarronas) y que continúe contraponiendo el buen sentido a la ideología del eje Bruselas-Berlín. Debemos esperar que Renzi resista hasta el final y no se rinda como Tsipras.

La separación de los bancos comerciales de los de negocio realmente podría resolver todos los problemas, al reducir su peso político?

Los bancos son frágiles y débiles, pero todavía tienen un poder enorme. Cuando el comisario europeo Michel Barnier intentó aprobar una ley de separación a nivel europeo, se chocó con el lobby bancario. Sin embargo, el FMI acaba de reconocer que 40% de los grandes bancos europeos no son sólidos: y por lo tanto, tienen presupuestos tan frágiles que fallarían con el menor choque financiero. Hoy, ellos sobreviven solo gracias a los préstamos con tazas negativas del Banco Central Europeo. Un choque como el de 2008 dejaría en la quiebra a muchos bancos europeos de sistema con un costo de más de un billón de euros de pérdidas en el PIB por 2 o 3 años.

Desde este punto de vista, Matteo Renzi tenía razón al estar enojado cuando Angela Merkel se negó a apoyar el proyecto de garantía europea de los depósitos: es un plan absolutamente necesario, porque ningún país es capaz de garantizar los depósitos de sus ciudadanos. Ni siquiera Alemania. Solamente Europa por completo podría ayudar a un país cuyo sistema bancario explote. Eso pasó en Irlanda e Islandia. Cómo es posible que economías como la alemana, italiana o francesa corran un riesgo de ese tipo?

Desde la eclosión de la crisis se discute la regulación del sector, pero este tema sigue siendo un tabú.

Al contrario de lo que se dice, regular el mundo de las finanzas no es nada difícil. Bastaría alguna fuerte medida para transformar el mercado en algo más razonable: por ejemplo, separar realmente las actividades bancarias comerciales de las de inversión, retirando de estas últimas la garantía implícita del Estado para dejarla sólo sobre los depósitos; vetar las high frequency trading (negociación de alta frecuencia, las operaciones automáticas hechas por los computadores) permitiría evitar los riesgos de deslices irracionales de los mercados (50% de las transacciones financieras en Europa son realizadas por robots); aumentar los impuestos sobre las transacciones financieras frenaría las especulaciones y ayudaría a los cofres de los Estados sin reducir la liquidez de los mercados; regular el shadow banking es fundamental, porque el mundo bancario en la sombra representa la mitad de todo el sector y es todavía más peligroso que la mitad más “clara”.

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¿Cómo concilia usted sus posiciones económicas con las de sacerdote? Usted realmente cree que el mundo de las finanzas se puede arrepentir y encontrar el camino correcto?

El sacerdocio y mi vida de jesuita ayudan a no desesperarme: sigo creyendo que los pueblos europeos son capaces de no ceder a los demonios antidemocráticos y que son capaces de salir de la atracción de los mercados financieros. Por eso, pienso que es necesario dotarse de un nuevo y gran relato colectivo, de un proyecto de sociedad. Desde los años 1970 hace falta un proyecto para Europa. Y consecuentemente, como el pueblo judío en el desierto, yo creo que nuestros padres fueron afectados por el pánico de los años 1980 y pusieron sus esperanzas en el becerro de oro y en los mercados financieros, confiando en que les garantizaría prosperidad.

En el libro Éxodo, Moisés hace derretir el becerro de oro y obliga a los judíos a beber el oro derretido para demostrarles que el oro no sacia. Por eso, nosotros debemos darnos cuenta de que los activos financieros no saciarán a nadie. Cuando salgamos de esta fase, podríamos reconstruir el gran relato escatológico capaz de dar nuevamente a los europeos la fuerza para avanzar rumbo a la tierra prometida de una sociedad postcarbono. La iglesia debe contribuir con la construcción de este relato. Y eso es justamente lo que hace la encíclica Laudato si’.

¿Las finanzas pueden redimirse?
Es una respuesta que pertenece al misterio de la gracia misericordiosa de Dios!

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