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  •   Abril 05 de 2019

Feministas y creyentes: vivas, libres y en resistencia

Compartimos la reciente entrada de Sonia Herrera para el Blog del Centro de Estudios Cristianisme i Justícia.

Virginia Woolf dijo que las mujeres necesitábamos un cuarto propio para escribir, pero –que me perdone la maestra– ella era de clase acomodada y no vivió en la época de la multitarea, ni sabía nada de dobles ni triples jornadas. A mí me ha costado cinco meses escribir este artículo, no porque sea algo especialmente sesudo ni por desidia, sino porque a la falta de tiempo material, se le ha añadido la falta de tiempo para digerir y discernir lo que supuso para mí participar el pasado mes de septiembre en el XXII Encuentro de Mujeres y Teología y el V Foro de la Red Miriam que tuvo lugar en Zaragoza cuyo lema fue el que reza en el título del presente artículo. Me invitaron para impartir un taller sobre ciberfeminismo, violencia machista y activismo político y lo hice, pero sobre todo fui allí a aprender y a aprehender.

A finales de febrero tuve también el privilegio de participar en las jornadas “Mujeres y cambio social” organizadas por la Conferencia Española de Religiosos [y Religiosas] (CONFER), donde se abordaron diversos puntos de la agenda del movimiento feminista como la alianza entre patriarcado y capitalismo, la feminización de la pobreza, las violencias machistas dentro y fuera de la Iglesia o la necesidad de un cambio eclesial promovido desde abajo por las mujeres para llevar a cabo una “okupación del espacio eclesial” –en palabras de la teóloga Montse Escribano– que nos ha sido vetado.

Estas dos experiencias me han resultado profundamente movilizadoras porque, ciertamente, ser feminista en la Iglesia y creyente en una sociedad fuertemente secularizada son dos aspectos de mi compromiso e identidad que a menudo tengo que confrontar dentro y fuera de mí misma. Dentro, recordando, como bien escribía en este mismo espacio hace pocos días Bernardo Pérez Andreo, que no existe “nada más que un orden dentro de la Iglesia, el que establece el bautismo”. Y fuera, porque la equiparación –simplista, pero extendida– entre catolicismo, jerarquía eclesial y conservadurismo hace que el binomio “feminista y creyente” se tope con frecuencia con una gran incomprensión, no solamente en el caso de las católicas. Todo ello nos exige una doble resistencia para no renunciar a nuestra dimensión espiritual –a pesar de los pesares– ni a nuestro compromiso social y político.

En una entrevista concedida a Religión Digital hace algunos meses, Ivone Gebara, una de las grandes referentes de la teología feminista, advertía lo siguiente: “La Iglesia ya perdió a los obreros, ya perdió al campesinado, y va a perder a las mujeres que piensan. Las mujeres que piensan y las líderes de movimientos populares. La Iglesia católica ya no les dice casi nada. En el mundo indígena, esta manera de la Iglesia con el feminismo comunitario, no les dice nada. Sí que van a quedar algunas, pero van a perder a muchas”.

Mañana, 8 de marzo, somos muchas las compañeras de la pastoral obrera (ACO, HOAC, JOC…), de asociaciones como la de Teólogas Españolas o Católicas por el derecho a decidir y de grupos de reflexión como el de género y feminismos de Cristianisme i Justícia, entre otros muchos espacios de base, las que nos sumaremos a la huelga y a las movilizaciones en todo el mundo. Religiosas y laicas convencidas de que el movimiento de Jesús y el Evangelio nos exigen un posicionamiento inequívoco en pro de la igualdad de derechos y de la defensa de la diversidad, una posición que pasa por el feminismo, pero también por el antirracismo, el movimiento LGTBIQ, el ecologismo, los pensamientos decoloniales…, y por todos aquellos movimientos sociales y culturales que construyen, en definitiva, un mundo más justo y habitable, donde la dignidad no sea solamente el privilegio de unos pocos.

Nos sabemos herederas de María de Magdala, la apóstol de los apóstoles; llamadas a seguir actuando y reflexionando desde el diálogo entre fe y justicia, poniendo en el centro la idea de que la justicia global no se puede lograr sin una perspectiva feminista e interseccional que nos permita analizar la realidad que nos rodea en toda su complejidad, visibilizando todos los ejes de opresión que nos atraviesan. Una relfexión-oración-acción que nos dote de herramientas propias para subvertir el orden patriarcal dentro y fuera de la Iglesia y que nos permita encarnar disidencias y acuerparnos las unas a las otras, porque tal como escribe Silvia Martínez Cano en el libro Caín, ¿dónde está tu hermana? (Ed. Verbo Divino, 2017), la salvación de las mujeres llega “a través del pan compartido, de la curación de las heridas, del hambre saciada o de la injusticia reivindicada. Llega a través de los cuerpos que resisten y adquieren sabiduría a pesar de las contradicciones, las culpabilizaciones y las miserias. Cuerpos que han dejado de ser ‘no lugares’ para ser ‘lugares de resurrección’”. Así sea.

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