Francisco De Roux: a un país no se le puede imponer una ética religiosa

Compartimos la entrevista de Sentiido al jesuita colombiano Francisco De Roux, experto en construcción de paz, sobre la creciente mezcla entre religión y política.

Esta es la historia detrás de esta entrevista. Primero, marchas y movilizaciones lideradas por sectores religiosos contra políticas que promueven la no discriminación en la escuela. Segundo, la creación de conceptos como “ideología de género” para desacreditar acuerdos y normas de inclusión. Tercero, la creciente mezcla entre religión y política en espacios políticos de toma de decisiones.

El problema central es la postura condenatoria de algunos líderes religiosos sobre ser –y ejercer– como lesbiana, gay, bisexual o trans (LGBT), sustentada en interpretaciones o traducciones bíblicas particulares. Y lo más preocupante: el objetivo de que sus creencias religiosas sean absorbidas a manera de ley por toda la sociedad.

El tema no es menor. En el fondo, hay dos visiones de mundo opuestas entre sí. Una, convencida de que para disminuir la discriminación por orientación sexual e identidad de género se necesita una educación que aborde la diversidad sexual y de género como parte de la realidad. Otra que considera que ser LGBT es una aberración y un pecado y que a los niños no se les puede enseñar la diversidad sexual y de género como algo “normal”. (Ver: Diversidad sexual y de género: lo que se dice vs. lo que es).

Para aportar al panorama, Sentiido entrevistó al padre Francisco José de Roux Rengifo (Cali, 5 de julio de 1943), una de las personas más respetadas en Colombia en temas de construcción de paz y actual director de la Comisión de la Verdad. El padre De Roux estudió filosofía y letras en la Universidad Javeriana e hizo una maestría en economía en la Universidad de los Andes antes de graduarse en teología y ordenarse como sacerdote en 1975. También cursó un doctorado en economía en La Sorbona en París y otra maestría en economía en el London School of Economics.

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El padre Francisco De Roux es director de la Comisión de la Verdad, órgano creado en Colombia como parte del proceso de paz para contribuir a rescatar la verdad de lo ocurrido en el conflicto armado colombiano. Foto: © PUBLICACIONES SEMANA S.A – Pilar Mejía.

Según el portal La Silla Vacía, De Roux fue investigador, subdirector y director del Centro de Investigación y Educación Popular (Cinep); director del Programa por la Paz de la Compañía de Jesús y del Programa de Desarrollo y Paz del Magdalena Medio. También lideró proyectos de economía campesina y de créditos asociativos como alternativas económicas en medio de la guerra y el retorno a sus territorios de poblaciones desplazadas. Es reconocido por impulsar zonas de reserva campesina y por buscar salidas a los conflictos por la tierra y estuvo a la cabeza de la comunidad jesuita en Colombia. “Su trabajo ha sido tan influyente que hay quienes dicen que el concepto de responsabilidad social empresarial en Colombia se le debe a él”, señala un artículo de la Revista Arcadia.

Según La Silla Vacía, su familia no se queda atrás: su hermano Gustavo fue ministro de Salud del presidente César Gaviria, director del programa de desarme de Cali (Desepaz) y candidato a la alcaldía de Cali en 2003. Su hermano Carlos Vicente fue concejal de Bogotá por la Alianza Verde, después de haber sido consejero de derechos humanos de los presidentes César Gaviria y Ernesto Samper y juez de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CorteIDH?). Otro de sus hermanos, Antonio, fue vicerrector académico de la Universidad Javeriana de Cali y ha sido miembro de juntas directivas de destacadas empresas vallecaucanas.

Sentiido: empecemos por un punto de tensión. ¿Cómo cambiar la idea en sectores progresistas de asociar todo lo religioso con fundamentalismo y retroceso, para reconocer que hay muchas voces religiosas que aportan a la pluralidad y a la inclusión?

Padre Francisco De Roux: en las distintas religiones hay diversidad. Por un lado, están las posiciones fundamentalistas y dogmáticas que fácilmente caen en aberraciones sobre el ser humano. Su objetivo es poner las normas creadas por la religión que sea, por encima del ser humano. Pretenden, incluso, establecer que lo que legitima a una persona ante Dios es el cumplimiento de esas normas.

En otro lado están las posiciones humanas fundamentadas en la convicción de que lo más profundo de la religión es la aceptación del ser humano en su totalidad, en su riqueza y en su vulnerabilidad y en la afirmación de la dignidad humana. Yo comparto esta posición. Lo que pasa con Jesús es una experiencia muy profunda de lo que significa ser humano, una actitud de aceptarlo como es y una invitación expresa de “no juzguen y no serán juzgados”, “no condenen y no serán condenados” y “perdonen y serán perdonados”.

“Jesús no pertenece al mundo de las leyes. su mensaje es directo: ámense los unos a los otros como yo los he amado”

La Última Cena tuvo que ser un episodio muy dramático porque Jesús se daba cuenta de que sus propios compañeros no habían entendido su mensaje y que ahí mismo estaba quien lo traicionaba. De hecho, hasta el último momento los discípulos pensaron que Jesús iba a ser una especie de líder político y que con Él iban a conseguir imponerse en Israel. Pero Jesús les estaba hablando de otro reino: el de la dignidad humana, de la presencia de Dios en esa dignidad y de la grandeza del ser humano en su vulnerabilidad. A pesar de esto, tuvo un gesto muy profundo de comunión con el ser humano. Les dijo sin juzgarlos: tomen este pan como mi cuerpo y este cáliz de vino como mi sangre.

En mi caso, mi espiritualidad se fundamenta en la dignidad humana, en la grandeza de cualquier ser humano –hombre o mujer, heterosexual u homosexual o negro o blanco– en la libertad y en la posibilidad de acceder a la dimensión de los valores o aquello por lo que vale la pena jugarse la vida –la verdad, la justicia o el amor por ejemplo– sin buscar recompensa. La dignidad humana no se la debemos a nada ni a nadie, la tenemos por el hecho de ser humanos. Una persona no es más digna por tener un título universitario o por ser sacerdote o presidente de la República, es la misma para todo el mundo. Y esa dignidad existe en medio de una fragilidad profunda porque somos seres falibles. Todos nos equivocamos.

¿La gran revolución del cristianismo es su mensaje de amor?

Yo siento que en la profundidad de nosotros hay un misterio de amor que se consolida en amanecer a diario en medio de un universo tan bello y de gente tan distinta. Siento que la dignidad humana pende de ese misterio de amor. Yo creo que la gran verdad del cristianismo es la convicción de ese amor en el que no importa si somos o no buenos ni si somos o no católicos. El gran mensaje cristiano es una opción por el ser humano sin condiciones. Por eso entiendo muy bien al papa Francisco cuando dice: “¿quién soy yo para juzgar a los demás?”.

Una idea muy difundida, quizás por la polarización que vive el país, es la de señalar a todo aquel que hable de “derechos humanos”, “justicia” e “igualdad” como “mamerto”, “pro FARC” o “pro lobby LGBT”, ¿por qué?

Uno de los problemas más delicados con las tradiciones religiosas y con la religión en su dimensión más fundamentalista –generalmente la más popular porque la gente no tiene tiempo para hacer teologías– es que son muy manipulables políticamente. Cuando yo actúo como sacerdote, me ubico dentro del pentagrama de la gente o en la manera cómo vive la experiencia de Dios: desde la seguridad que siente de ir a misa y de hacer los sacramentos. Y aunque eso hay que respetarlo, estos sentimientos religiosos elementales son muy manipulables políticamente.

“Si Colombia se diera cuenta del sufrimiento que ha vivido, se dejaba de carajadas”

Así, por ejemplo, el enfoque de género de los acuerdos de paz con las FARC que fue puesto después del paso de las víctimas por La Habana donde la dimensión humana tomó una fuerza importante, dio para que algunas personas dijeran que en los acuerdos había “ideología de género”. Esa creencia llevó al mundo católico fundamentalista y a las grandes confesiones cristianas del país a oponerse al plebiscito desde una posición religiosa. El mensaje fue: “vote ‘No’, vote contra la ideología de género”. (Ver: Es un “No” más profundo).

Trump hizo lo mismo en Estados Unidos: “vote contra el aborto, vote Trump” porque Hillary Clinton está de acuerdo con que cada mujer decida. Fue así como la mayoría de iglesias cristianas y católicas se sumaron a su campaña. Eso ya había pasado en Alemania en 1936. En un momento en el que el comunismo estaba creciendo, la campaña de Hitler fue: “vote contra el comunismo ateo, vote nacional socialismo”. Y los católicos y los protestantes votaron por él. Ya sabemos lo que vino después.

Parte de la tensión que existe es porque algunas creencias religiosas han dejado de ser entendidas como propias de la vida privada y están ganando terreno en lo público y en los espacios políticos de toma de decisiones. ¿Es así?

Vivir seriamente cualquiera de las grandes tradiciones religiosas de la humanidad saca a la persona del ámbito privado y lo lleva al público porque la experiencia religiosa, si se vive con profundidad, da un sentido muy hondo de lo que significa ser humano y de que participamos en una gran comunidad universal en la que tenemos que respetarnos.

Ahora, las éticas religiosas son éticas de la perfección donde la persona está llamada a ser perfecta como Dios, a sabiendas de que somos seres frágiles. Eso hace que las religiones establezcan caminos de perfección a los que la persona es invitada si de manera voluntaria quiere crecer en esa espiritualidad. Pero a un país no se le puede imponer una ética religiosa porque sus éticas son otras.

“Quien quiera vivir una ética religiosa, adelante, pero sin imponerla”.

Estas son sociedades pluralistas que requieren éticas públicas o de los mínimos o aquellos preceptos que todos los colombianos nos comprometemos a cumplir independientemente de nuestras diferencias. Por ejemplo: que no nos vamos a matar por nada, que nos vamos a decir la verdad al menos en los dineros públicos y que nos vamos a respetar. Es ponernos de acuerdo en unos mínimos pero no obligar a otra persona a que se ajuste a mi idea de matrimonio. Las éticas públicas nos permiten vivir como ciudadanos, desnudos de nuestras posiciones religiosas, filosóficas o políticas.

Pero ¿cómo participa una persona creyente en esa ética mínima?

Una persona dentro de su comunidad religiosa vive una ética de manera voluntaria porque quiere intentar ese camino pero también se compromete con la ética pública que reconoce, por ejemplo, los bienes públicos como sagrados y que la dignidad humana se respeta por encima de todo.

“Una persona no tiene que ser cristiana para comprometerse como ciudadana”.

Lo peligroso es cuando a partir de las éticas religiosas se pretende imponerles a todos los colombianos que no pueden divorciarse o que el único matrimonio válido es el católico. Sin embargo, la sociedad se da cuenta de que esto no está bien. Por ejemplo, durante la constituyente de 1991, los obispos colombianos trataron de evitar que se permitiera el divorcio civil y resolvieron recoger firmas a la salida de las iglesias. No consiguieron las necesarias porque los mismos católicos, muchos de los cuales vivían en matrimonio, sabían que esa propuesta no se la podían imponer a todos los colombianos.

En los últimos años, en buena parte del mundo, muchos líderes religiosos han ganado un espacio importante en escenarios políticos de toma de decisiones, ¿por qué?

Es muy fácil manipular la creencia religiosa popular. Hay asuntos absolutamente discutibles como una reforma agraria o el monto de aumento del salario mínimo, pero decirle a una comunidad: “si ustedes no votan por determinada persona se van para el infierno” o “si no hacen tal cosa, Dios se vendrá contra ustedes”, fundamentado además en un discurso religioso para manejar emociones, es lo más manipulador del mundo. ¿De qué otra manera se hicieron las cruzadas o la inquisición?

“La pasión religiosa es manipulable”.

Lo correcto es invitar a la gente a que vote a conciencia, pero no manipularla. Decir honestamente qué piensa uno, pero llamar a la gente al discernimiento con tranquilidad. Y si piensa distinto a mí, no deja de participar en una fe que puede compartirse, porque esos son asuntos civiles, no religiosos. Hay unos líderes que juntan la política con la religión y movilizan los votos de manera masiva. Sin embargo, conozco muchos hombres y mujeres de fe cristina, no católicos, que son grandes trabajadores, que tienen experiencias religiosas muy serias, que no están manipulando a nadie y por quienes siento un profundo respeto. Pero también está la manipulación política.

¿En el auge de algunos líderes religiosos evangélicos o pentecostales, tendrá que ver el hecho de que están llegando a sectores remotos y vulnerables del país, a donde nadie más llega?

Hay líderes religiosos que tienen una manera sencilla de llegarle a la gente, sobre todo, a los sectores populares. En muchos casos lo hacen bien y no para hacer plata a través de la religión. Le hacen ver a la gente que para conectarse con Dios no necesitan mediadores ni hablar con un cura sino que si cometió un error puede pedirle perdón directamente a Él. Es una relación más directa. Me refiero, especialmente, a iglesias tradicionales luteranas, metodistas y menonitas donde uno encuentra gente muy seria. Todo esto nos plantea preguntas de fondo a los católicos. Creo que le están haciendo un llamado a la Iglesia católica para que sus líderes realmente huelan a oveja, se bajen de los templos y se mezclen con el pueblo.

Yo creo que el papa Francisco hizo un aporte importante cuando estuvo en Colombia, les dedicó un día entero a las víctimas y les dijo a los obispos: dejen de ponerles más normas religiosas a las personas creyentes de este país. Si ustedes quieren que esto se arregle pongan sus manos en el cuerpo ensangrentado de su pueblo. En otras palabras: vayan a las víctimas. Vayan al ser humano.

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“La dignidad humana no se la debemos a nada ni a nadie, la tenemos simplemente por ser humanos”, padre Francisco De Roux. Foto: Comisión de la Verdad.

Varios líderes religiosos repiten, cada vez con más fuerza, la idea de que si una persona es lesbiana, gay, bisexual o trans es pecadora según las interpretaciones que hacen de la Biblia. ¿Qué decirles?

La Biblia no puede tomarse como una verdad literal. El texto bíblico siempre invita a captar su sentido profundo. El Antiguo Testamento es un proceso a través de siglos de maduración hasta la llegada de Jesús. Y en ese proceso hay una cantidad de leyes que convocan a los seguidores de Israel. Inicialmente cada pueblo tiene un dios y se asume que el de Israel permite la poligamia y considera a las mujeres como propiedad de los hombres. El Dios de Israel del Antiguo Testamento es guerrero, es el Dios de los ejércitos y su idea es demostrar que es más poderoso que los otros. (Ver: ¿Qué dice la Biblia realmente sobre la homosexualidad?).

Para que los profetas llegaran a la conclusión de que Yahvé es el único Dios pasaron muchas generaciones. Cuando aparece Jesús es un Dios absolutamente desarmado. Leyendo el evangelio no podrían aceptarse las peleas en nombre de Él. El mensaje de Jesús es amar a los demás. Lo que pasa es que algunas religiones cristianas no leen la Biblia ni el Antiguo Testamento como una evolución hacia Jesús. Lo fundamental de la revelación cristiana es que Dios ama a todas las personas independientemente de si son homosexuales o heterosexuales. Dios las ama porque no puede sino amarlas. Esto es lo más profundo del mensaje cristiano: Dios nos ama por el simple hecho de ser humanos.

¿Qué decirles a las personas LGBT que tanto han sufrido escuchando que su orientación sexual o su identidad de género son pecado?

Que Dios nos ama porque le da la gana y le da igual si somos ateos, católicos, protestante, homosexuales o heterosexuales. La pasión de Dios en Jesús es la dignidad humana y esto nos llama a tratar a cada ser humano con dignidad porque Dios nos quiere como somos.

¿Cómo empezar a tender puentes entre religiones y diversidad sexual?

Una espiritualidad basada en la dignidad humana implica un inmenso respeto por el otro. Durante la Última Cena Jesús se da cuenta de que los discípulos no entendieron nada. Hasta el último momento ellos pensaron que Jesús iba a ser una especie de gran líder político de Israel. Pero Jesús estaba hablando de otro reino, el de la dignidad humana. Aun así, en esa Última Cena Jesús toma un platón de agua y se arrodilla delante de cada uno de los discípulos para lavarles los pies. Se arrodilla ante la dignidad humana diciéndoles que si en realidad entendieron su mensaje hagan lo mismo con los demás.

Mucha gente se opone a la idea de “Estado laico” argumentando que Colombia ha sido tradicionalmente un país católico. ¿Qué opina?

El Estado laico es uno que construimos entre toda la ciudadanía para ponernos de acuerdo en unos principios básicos que aplican para todas las personas independiente de si tienen o no una religión. Es un acuerdo moral que se traduce en leyes. Y cada persona desde su tradición religiosa, filosófica o humanística apoya ese acuerdo. Cada quien tiene una motivación distinta pero lo importante es que todas las personas se comprometen a cumplir con unos acuerdos mínimo sin pretender imponerles a las demás una ética religiosa. Se trata de cumplir unos mínimos y no los máximos de las éticas religiosas.

Fuente

  • Sentiido
  • Sentiido es una organización que produce conocimiento e información sobre diversidad sexual y de género (LGBTI) por medio de periodismo, investigación y consultorías. Es un centro de pensamiento que fomenta la lectura crítica, la discusión y el debate.
  • Fotografía principal: Comisión de la Verdad.

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