•   Alberto Pradilla, Alejandro García - Plaza Pública

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  •   Diciembre 02 de 2018

Gas estadounidense contra los que tratan de escalar el muro en Tijuana

Compartimos dos artículos del equipo de Plaza Púbica de Guatemala sobre la situación de los migrantes que se encuentran en Tijuana, México, y su primer encuentro con la frontera con los Estados Unidos.

“Corrimos todos. Algunos cruzaron. No los agarraron. No los vimos salir. Luego llegaron y nos dispararon. A mi me alcanzó en la pierna. Nos pusimos a correr, regresamos, pero eran muchas las balas de salva y de gas que nos estaban tirando”. Liz Ramírez es guatemalteca, de Retalhuleu. Puso un pie en Estados Unidos. O en territorio considerado estadounidense. Logró pasar por un agujero que algunas personas abrieron en una de las vallas, cerca de la antigua estación de tren de Tijuana. Le obligaron a dar la vuelta a base de disparos de bala de goma y botes de humo. Muestra la herida, un rasguño, y un agujero en el pantalón. Huele a gas. A un kilómetro, decenas de personas están siendo gaseadas por la Border Patrol. Otra vez. Todo es caos alrededor de la frontera.

Liz Ramírez volverá a intentarlo, aunque no sabe cómo. Ahora, por el momento, duerme en el albergue, preparando el próximo intento. A eso ha venido, a cruzar a Estados Unidos y un disparo de bala de goma no le va a echar atrás.

Las leyes migratorias no permiten que la caravana cruce. No, al menos, del modo en el que ellos quieren. Esto también fue así al entrar en México, pero la militarización de esta frontera no tiene nada que ver con Chiapas.

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Madre e hijo toman parte en la marcha organizada por los migrantes, por la mañana / Simone Dalmasso

La caravana de los desesperados choca con el muro que divide México y Estados Unidos y con la realidad: llegar hasta aquí en grupo fue un éxito, continuar como contingente es imposible. No hay salida colectiva viable. Se abre un escenario incierto. Algunos intentarán pedir asilo siguiendo las normas, conscientes de que es un proceso largo, difícil y con el riesgo de terminar deportados. Otros se quedarán en Tijuana, trabajando o esperando una oportunidad para cruzar irregularmente. Y muchos harán como ya hicieron sus padres, tíos, hermanos, primos: contratar a un coyote, endeudarse por muchísimo tiempo y tratar de dar el salto cuando la frontera se enfríe.

Esta es la crónica de la jornada en la que la caravana chocó con la valla, con Estados Unidos, con las leyes migratorias y con su propia capacidad de éxito. Han comprobado que no habrá compasión, que, al otro lado, en la tierra de la opulencia, no importa a cuántos familiares te han matado, si temes que la Mara Salvatrucha o el Barrio 18 te peguen un tiro o si solo comes uno de los tres tiempos. No habrá piedad para los hambrientos.

La historia de la caravana no ha terminado, pero es posible que los sucesos de este domingo hayan marcado un antes y un después para todos.

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Después de haber cruzado el río Tijuana, los migrantes invadieron el espacio colindante con el pasillo fronterizo peatonal, rechazados por los Policías Federales / Simone Dalmasso

“Primero Dios”

9:12 de la mañana. El campamento se despereza. Toca marcha, pero primero, como siempre, filas para desayunar y asearse. Los desplazados y los pobres tienen que hacer fila para todo.

El jueves, en asamblea, tomaron la decisión de manifestarse. Escogieron el domingo para evitar molestias a los trabajadores tijuanenses que cruzan a Estados Unidos. San Ysidro, de 22 carriles, es la frontera más transitada del mundo. Que se cierre, aunque sea unos minutos, son pérdidas para Tijuana y el gran miedo de sus vecinos. Más argumentos para la campaña mediática que un pequeño sector xenófobo está desarrollando contra los migrantes.

Al momento de comenzar la marcha no había plan. Únicamente recordaban la experiencia del jueves, cuando una avanzadilla se concentró durante horas en el espacio entre la frontera terrestre de El Chaparral y la de San Ysidro. Pasaron casi un día frente a una barrera de policías que protegía un callejón sin salida, el acceso a un parqueo. Pero ellos no lo sabían. Creían que al otro lado de los uniformados había algún paso fronterizo. Hay momentos en los que la candidez de los hambrientos produce ternura y dolor al mismo tiempo.
Durmieron en la calle y regresaron al albergue.

Ahora, el grupo ha decidido que va a marchar. Pero hay gente que carga con sus mochilas, con sleeping y todo. Esa gente cree que hoy va a dormir en Estados Unidos y no hay nadie que pueda hacerle cambiar de opinión.

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Un niño es jalado de las espaldas del padre para subir la cuesta de acceso al área de estacionamiento de los trenes, al lado de la garita vehicular del Chaparral / Simone Dalmasso

Antes de las diez de la mañana se inicia la caminata. Son unos 500. La mayoría, por lo tanto, ha optado por quedarse en el albergue y evitar lo que pueda ocurrir en la frontera.

Muchas de las pancartas llevan mensajes religiosos, algunos con versículo y todo. “Dios hizo el mundo sin fronteras. Exo2. Dios es bueno”. “Si Dios con nosotros, quién contra nosotros”. “Jesús dijo yo soy el camino y la verdad y la vida y nadie viene al padre sino por mí”. Si alguien pregunta a los caminantes qué harán cuando Estados Unidos cierre a cal y canto, todos mencionan al santísimo.
“Primero Dios, Donald Trump nos permitirá cruzar”. La épica del camino los lleva a considerarse una especie de Moisés en nueva travesía por el desierto. La fe mueve montañas, pero no abre puertas. Estamos a un par de horas de comprobarlo.

Hormigas por el canal

10:29. La Policía Federal mexicana interpone un retén de antimotines al paso de los migrantes, al inicio del puente que conecta con el paso de El Chaparral. A la izquierda, el canal de Tijuana. Al otro lado, el muro, la barrera, la valla. Ese monstruo de metal que divide a ricos y pobres.

Durante una hora, el grupo se mantiene ante los policías, obediente. Cantan el himno hondureño (lo intentan con el mexicano, pero nadie se lo sabe), dan vivas a Guatemala, Honduras, El Salvador y Nicaragua, agradecen el apoyo mexicano y se impacientan. Quieren cruzar y los uniformados se lo impiden. “Queremos pasar de forma pacífica”, dice un tipo con megáfono. “Pasar de forma pacífica” es un modo de decir que su voluntad es cruzar de todos modos, que por favor se aparten, que no quieren confrontación pero que tampoco se van a dar por vencidos porque un destacamento de uniformados les corte el paso.

Aquí se produce uno de esos momentos épicos, de inteligencia colectiva, de la imparable rebeldía de este enorme ejercicio de desobediencia civil que es la caravana. Como en Aguascalientes, entre Honduras y Guatemala, cuando se instaló un retén policial y los caminantes se tiraron a los cafetales. Como en el puente Rodolfo Robles, entre Guatemala y México, cuando los agentes mexicanos cerraron el paso y la marcha se convirtió en el abordaje del río Suchiate.

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Migrantes subidos a los vagones de un tren observan el movimiento de la masa hacia el muro fronterizo / Simone Dalmasso

Encuentran un punto ciego. Un lateral menos vigilado. Rompen el cordón.

Los policías protegían el puente. Los migrantes caminaron bajo el puente.

Hasta ahora, siempre han encontrado un punto ciego por el que cruzar.
Desde lo alto se les observa. Son un reguero de hormigas corriendo hacia el puesto fronterizo. Se concentran en el medio, en un pequeño puentecito dentro del canal, y luego se expanden, corriendo, siempre corriendo. La frontera de Estados Unidos está a unos pasos y han logrado sortear la enésima barrera policial. No saben que lo verdaderamente difícil, el muro infranqueable, está todavía delante. Por eso, corren felices, esperanzados, entusiastas. Estamos ante uno de esos momentos en los que el éxodo de los hambrientos parece el desfile de los héroes más derrotados del mundo.

El grupo cruza bajo el paso peatonal de El Chaparral. Ya están casi. Un tipo, de la mano con su pareja, da saltos de alegría. Ya estamos, muy cerca. Hay mujeres que cargan con sus hijos, jóvenes con la mochila al hombro, tipos entrados en años, adolescentes imberbes. Corremos hacia la frontera como alma que lleva el diablo, como si nos fuera la vida en ello. Es un hecho. Nos va la vida en ello.

Ahí llega la primera frustración. Los antimotines mexicanos, que minutos antes habían sido desbordados, se recomponen. Y forman una barrera y expulsan a la avanzadilla, la que estaba cerca de alcanzar Estados Unidos.
El grupo da la vuelta.

Y sigue corriendo.

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Un migrante observa el desplazamiento de militares estadounidenses del otro lado del muro fronterizo / Simone Dalmasso

Llegamos al parqueo, al lugar en el que cuatro días antes habían permanecido durmiendo. Ahora no hay tanta policía. “Son muy pocos, avancemos”, grita alguien. Dicho y hecho. Cerca de cien personas desbordan a los agentes. Avanzan hacia ningún lado. “¡Esto es México!”, grita un antimotines. Tiene razón. Llegamos a un lugar en el que hay una gran verja y, detrás, todavía territorio mexicano. Era un callejón a ninguna parte y el grupo ha tenido que desbordar a los policías para comprobarlo.

Todo está desparramado. Ya no hay marcha sino un intento desesperado de encontrar un punto ciego en el muro.

El pequeño grupo avanza y luego se ve obligado a retroceder. Estamos en el acceso al parqueo, entre los cruces de El Chaparral y San Ysidro. Tierra de nadie que no lleva a ningún lado. Algo ocurre. Policías y migrantes se enfrentan, cuerpo a cuerpo. Unos, golpeando con sus escudos. Otros, tratando de escapar. Todo es confuso. Cuando la bola de gente se dispersa, nos encontramos con una familia deshecha. No han sido golpeados, pero están aterrorizados. El marido mira con miedo a los policías. La esposa llora, abrazada a una de sus hijas, que también llora. La otra hija, que tendrá dos o tres años, también llora. A su lado, varios hombres y mujeres con casco, chaleco y armas. Ellos no lloran.

Entre los golpeados está Eduardo Antonio Ávila Escoto, de 40 años, de Tegucigalpa. Cuenta que él mismo fue policía. “El enfrentamiento se dio porque me empezaron a golpear a mí. Me agarraron a patadas, y yo le decía al policía que no me pegara más, pero el siguió hasta que me tiró al suelo”, dice horas después, expulsado por otros policías de las inmediaciones del muro.

Un policía hondureño que huye de su país golpeado por policías mexicanos y gaseado por policías estadounidenses.

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Elementos de la Policía Federal se desplaza para resguardar el límite del muro fronterizo / Simone Dalmasso

La zona fronteriza ubicada junto a San Ysidro es un lugar caótico. Pasan unos minutos del mediodía. Hay gente junto a la valla. Otros, subidos a unos trenes antiguos. Pasan varios helicópteros, vuelan muy bajo. Al otro lado de la verja, policías y militares estadounidenses. Han lanzado gas contra territorio mexicano y volverán a hacerlo. Aferrados a la verja, un grupo de centroamericanos repite sus argumentos, inagotables ante la adversidad: “no somos delincuentes. Queremos trabajar. Por favor, abran el paso”. La política fronteriza no entiende de sentimientos ni de nobles razones. Está la valla que separa a ricos de pobres y las leyes que refuerzan esa separación. Ante uniformados, barrera y helicópteros, no hay lugar que simbolice mejor cómo esa gran potencia que es Estados Unidos se blinda, temerosa, de este ejército de los derrotados, de hombres, mujeres y niños que suplican un trabajo.

En varias ocasiones caen gases lacrimógenos. Algunos migrantes, pocos, responden con piedras. Son una minoría y se llevan la reprimenda de sus compañeros.

A pesar de la fe y la voluntad del intento no lograrán cruzar. Quizás alguno. Según una periodista de Buzzfeed, unos 30. Ya hay 30 migrantes más en Estados Unidos que podrán solicitar asilo. El resto seguirá intentándolo.  

Finalmente, la policía mexicana evacúa la zona.

Warning, this is a federal restricted area—, decía una voz robótica desde las bocinas del paso de San Ysidro, y luego en español. —La entrada o movimiento no autorizado más allá de este punto resultará en un arresto, procesamiento y posible aplicación de fuerza.

El cruce fronterizo era la imagen de la desproporción.

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Una bandera guatemalteca destaca encima de un vagón, entre decenas de migrantes / Simone Dalmasso

A esa misma hora estaba prevista una marcha en California de apoyo a los migrantes. No fue muy concurrida. Agentes de Customs and Border Protection (CBP) cerraron el paso hacia Estados Unidos  y exigieron a las personas que manifestaban en Larsen Field que se retiraran. “For your own safety, you should go”, decían. La escena era como la de un tiroteo: calles vacías, sirenas, luces parpadeantes, silencio. A cierto punto, antes del mediodía, hasta cuatro helicópteros rodeaban el área. Dos de CBP y, por primera vez, dos militares.

Armas de guerra para los que huyen de una guerra no declarada. 

Entre las personas que son obligadas a abandonar la frontera se encuentra José Hernández, de San Pedro Sula, en Honduras. Es joven, apenas llegará a la veintena. Lleva una venda en la mano. Relata que estaba de los primeros, que logró pisar territorio americano, pero que le obligaron a darse la vuelta. “Regresen para México. Les voy a disparar”, dice que le amenazó el agente. “Hablaba en español. Nos disparó. A una persona le dio en una pierna”, afirma, mientras es empujado por policías mexicanos.

Son las 13:00 horas y parece que el intento colectivo ha fracasado.

Todavía volveremos a respirar el gas lanzado por Estados Unidos.

El último ataque

“Soy mexicano. Ustedes están invadiendo nuestro espacio aéreo, están lanzando bombas de humo en nuestro territorio. Ellos no están violentos. Por favor, déjennos convencerlos de que se retiren. Pero eso que están haciendo está muy mal. No deben hacerlo”. Sergio Camal es activista de Ángeles Sin Fronteras, un grupo de apoyo a los migrantes. Avanza hacia los miembros de la Border Patrol que le apuntan con sus armas. A su espalda, un grupo de centroamericanos. Todos hombres. Todos jóvenes. Todos enfadados.

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De regreso al albergue, una mujer es ayudada por elementos de la Policía Nacional para bajar de la cuesta de acceso al estacionamiento de trenes / Simone Dalmasso

Son las 13:43 y los uniformados han gaseado una y otra vez el canal que atraviesa Tijuana. Tiran sus proyectiles directamente a territorio mexicano. Pregunto a varios policías pero me dicen que es el aire, que hay margen, que no pueden hacer nada. Así que agentes estadounidenses tienen derecho a disparar armas no letales contra territorio mexicano.

Camal ha logrado tranquilizar los ánimos. Ya ninguno de los jóvenes lleva piedras en sus manos. Cubren su rostro, pero por el gas. Huele mucho a gas. Es posible que alguno de estos jóvenes estuviese, hace un año, huyendo de los proyectiles de la policía hondureña. El 26 de noviembre se cumple un año de la reelección de Juan Orlando Hernández y las protestas contra lo que buena parte de la sociedad hondureña consideró un fraude.

Ahora, sin embargo, estamos en el canal, y ya no hay intentos que valgan. La mayoría de personas se ha retirado y enfila el camino de regreso al albergue. Derrotados, gaseados, algunos golpeados y, sobre todo, decepcionados.

Otros, sin embargo, siguen ahí. Se ha corrido el rumor, otra vez los rumores, de que una niña ha muerto en la embestida policial. Así que hay un pequeño sector que se quiere cobrar venganza. Son 15, 20 jóvenes. No llegarán a lanzar una piedra. De repente, a las 13:44, los agentes de la Border Patrol comienzan a disparar balas de goma, bombas aturdidoras y gases lacrimógenos. Son 15 segundos de disparos. Frente a ellos había, al menos, una decena de periodistas. Todos corremos y, una vez que aspiras esos gases, es casi imposible respirar. El gas te ciega y tienes ganas de vomitar, mientras peleas contigo mismo por una miserable bocanada. Rubén Figueroa, del Movimiento Migrante Mesoamericano, resulta herido. Un proyectil le alcanza en la cabeza y él sangra, aunque se mantiene consciente.

Mientras esto ocurría, un grupo de mexicanos manifiesta contra los migrantes. Son pocos, muy pocos, según reconoce Deyanira Meléndez, una de las organizadoras, que se encuentra junto a un grupo de centroamericanos explicándoles por qué deben abandonar Tijuana. Sin embargo, son los suficientes para lanzar un ataque contra un grupo de migrantes. El Ayuntamiento de Tijuana asegura que la Policía Municipal arresta por una riña a 36 migrantes, todos ellos hondureños. También a otros 16 mexicanos.

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Varios casquillos de gases lacrimógenos lanzados por los Border Patrols en contra de los migrantes yacen al suelo, en territorio mexicano / Simone Dalmasso

Brian Oquelín Nuñez, de 26 años y de Tegucigalpa, es uno de los arrestados. Llama, asustado, desde el interior de la celda. Dice que los policías les dijeron que iban a protegerles, a escoltarles. Que ellos les creyeron. Asegura, promete, jura que no atacó a nadie. Está previsto que se abra un proceso judicial. La acción de acercarse a la valla y los intentos de cruzar a la vista de todos pueden tener sus consecuencias.

Esta es una lección importante: tal parece que México quiere migrantes clandestinos, que crucen con coyote, a escondidas, como cruzan los mismos mexicanos.

El éxodo centroamericano no termina por los gases o el muro. No hay gases ni muro que ponga fin a la voluntad de estos seres humanos que, cuando saltan una barrera policial, parecen indestructibles. Está por ver cómo evoluciona la dinámica de la caravana.

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Sergio Canal, miembro del grupo Ángeles sin Fronteras, yace tirado al suelo, protegiéndose de los disparos de los Border Patrols, en el medio de gases lacrimógenos / Simone Dalmasso

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A cien metros de Estados Unidos, retornar

Alejandro García - Plaza Pública

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El viernes 23 de noviembre apareció una pequeña caceta de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) frente al albergue situado en la Unidad Deportiva Benito Juárez, en Tijuana, Baja California. La OIM estaba ofreciendo un retorno seguro y, sobre todo, voluntario, a los centroamericanos que integran la caravana migrante. Pronto, desde la mañana, varias personas se acercaron a preguntar cómo era el asunto, qué tan pronto estarían de vuelta.

No es de sorprender. En cada etapa de la caminata, algunos se han dado la vuelta.

La OIM, fundada en 1951, es la división de la Organización de las Naciones Unidas que brinda acompañamiento a problemáticas de migración. Actualmente tiene presencia en 165 países, incluyendo toda Centroamérica.

Según Juan de Dios Chovarín, representante de la OIM, el proceso inicia tras llenar una hoja de registro con sus datos personales y firmar un documento de voluntariedad. Luego la OIM gestiona con el consulado del país para darle un pasaporte temporal a quienes no tengan uno.

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En la tarde, el grupo de migrantes que regresará a Honduras se concentra frente a la carpa de la Organización Internacional para las Migraciones - OIM / Simone Dalmasso

Hasta no obtener la aprobación de los consulados, la OIM, con fondos proporcionados por ONU, no pueden comprar los boletos de avión. Una vez recibida se gestiona el transporte. Es decir, la fecha de retorno depende más de una pronta respuesta de los consulados que de la gestión de la OIM. Ivana Guerra, coordinadora de OIM, añadió que esperan juntar un grupo grande para así retornarlos juntos, en un solo avión.

Mientras se espera la acreditación de los consulados, añadió Guerra, los migrantes que buscan su retorno serán trasladados a un albergue, siempre en Tijuana. “La idea es sacarlos de este ambiente, que estén más cómodos y vean que esto es en serio”, dice.

Para el sábado 24, caída la noche, la OIM había recibido apenas 10 solicitudes. Sin embargo, el encontronazo del domingo pareció motivar a más gente a regresar. Es casi como si la acidez de los gases convenciera a los migrantes de que el paso hacia Estados Unidos es, después de todo, imposible. Al menos ahora. “Se dieron cuenta que no es tan fácil cruzar y que el asilo político es complicado”, señala César Palencia, director municipal de la Atención del Migrante en Tijuana. 

—No, yo me regreso porque ya no aguanto —dijo alguien por ahí, en la fila— Pero yo vuelvo a intentar. En tres meses me van a volver a ver por acá.

—¿Vos también te vas pa’ atrás? —pregunta otro.

—¡Ja! ¡No! Yo me voy pa’ allá, pa’l otro lado —responde un tipo regordete, con un vaso de ramen en mano, que señala hacia donde está el muro. 

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Dilsia Patricia, 36, originaria de Copán, espera su turno para tramitar la solicitud de repatriación / Simone Dalmasso

Para Jonathan Canal, 28 años, de Choluteca, Honduras, todo depende de qué tan rápido sea el procedimiento. “Llevo acá ocho días”, dice. “Si en unos dos o tres días ya puedo estar de vuelta, pues me voy. Pero si son unas dos semanas, a lo mejor para ese tiempo ya cambiaron las cosas, entonces me quedo”. En Choluteca, Jonathan trabajaba como pintor de casas. Ganaba 300 lempiras (unos 95 quetzales) al día. Sin embargo, pagaba 6,600 de renta. Para sobrevivir, además, realizaba trabajos de mecánica.

Por esa escasez Jonathan decidió salir. Dejó atrás a su esposa y a una niña de dos años. Dice que durante el viaje le daba tristeza estar lejos de su familia, pero siempre trataba de sonreír y seguir adelante pues sabía que su esfuerzo era para darles una mejor vida. Durante el viaje su esposa le pedía que regresara, pero él decía que no. Pero ahora, todo parece más urgente. Antes de salir, Jonathan dejó pagado dos meses de renta, octubre y noviembre. “Imaginé que para diciembre yo ya estaría trabajando, mandándoles dinero”, confiesa. “Así que mejor me voy y regreso a mi trabajo. A mi esposa ya la están amenazando que la van a correr de la casa”.

Jonathan admite que el resultado obtenido por la marcha del domingo 26 también lo desanima, cuando fueron repelidos por gases lacrimógenos. “Así no vamos a pasar”, reclama. Después de entrevistarlo Jonathan pasó a recibir información en la caceta de la OIM, regresó minutos después. “Me dijeron que el proceso toma unos tres días, pero todavía la voy a pensar”, dice.

También están los que ya tuvieron suficiente. “Ya, ya estoy cansada y se me ha enfermado mi nena”, reclama Rosa González, 36 años, meciendo a su hija de tres. Rosa es parte de la caravana de El Salvador que inició su trayecto el 31 de octubre y cruzó por el puesto fronterizo de Pedro de Alvarado. Rosa es tajante, seria. “Ya ni yo sé qué voy a hacer”, contesta hastiada, sobre las oportunidades de vuelta a San Salvador donde realizaba trabajo doméstico. “Solo quiero descansar”, remata.

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Los migrantes, por la noche, esperan los buses que los llevarán a otro albergue, donde permanecerán hasta ser repatriados / Simone Dalmasso

“Todo es esperar en la caravana”

A las dos de la tarde, Chovarín anunció que “pronto” llegarían los buses para trasladar a los retornados a otros albergues, donde esperarían la acreditación de sus respectivos consulados.

“Allá vamos a llegar, muchachos, vamos a descansar,” continuó Guerra. “Nos vamos a bañar, a cambiar, nos vamos a poner todos guapos”, añadió con una mueca.

El domingo 25, después de que un grupo de migrantes fuera reprimido por la Border Patrol, desde territorio estadounidense, con gases lacrimógenos y balas de goma, la moral de algunos miembros de la caravana parece haber bajado. Se enteraron de la rudeza de la frontera.

Dilsia Patricia de 36 años, y su marido Carlos Alberto Flores de 32, llevan ya dos semanas en Tijuana, esperando. La pareja salió de Copán, Honduras, junto a la primera caravana. Dice Dilsia que, a veces, tras pagar la renta, no tenían para comer y había días que solo tenían para un tiempo de comida. Carlos trabajaba en el campo, “juntar la milpa, chapear potreros, ordeñar las vacas; lo que sea”, describe. Carlos ganaba 300 lempiras (95 quetzales) a la semana y pagaban mil de renta al mes. Tienen dos hijos, y uno más en el camino. Dilsia tiene dos meses de embarazo. Carlos admite que tenía la ilusión de llegar a Estados Unidos para trabajar, ayudar a que sus hijos terminen la escuela y, posiblemente, construir una casita. “Mi hijo me acompaña a veces a trabajar, es bueno con el azadón. En Dios primero él va a ser mejor que yo en todo”, sonríe Carlos. 

Pero después de 15 días empezaron a impacientarse. Se unieron el domingo a la marcha. “A lo mejor pasábamos”, dice Dilsia; sus ojos son ovalados y llenos de lágrimas y su rostro, desinflado por el tedio, la tristeza.

El domingo en la frontera, Dilsia y Carlos corrieron emocionados. Iban de la mano. Siguieron al río de gente. Pasaron por el canal. Vieron Estados Unidos, ahí no más. Pero luego llegaron los policías. Tragaron gas. Huyeron. Tosieron. Lloraron. “Mi mujer casi se me desmaya”, dice Carlos, abrazándola, mientras Dilsia descansa las manos en su estómago apenas cambiado por el embarazo. Y así, llevados por el humo regresaron al albergue. Esa misma noche decidieron volver a casa.

“Pensábamos que ya a estas fechas íbamos a estar allá, que íbamos a pasar las navidades en Estados Unidos”, dice Dilsia. “Y ya los habíamos visto”, sigue, en mención de los trabajadores de la OIM. “Pero ni siquiera lo habíamos pensado, no habíamos pasado ningún problema”.

Carlos admite que durante el ataque de Border Patrol, temieron por sus vidas. “Traían ellos pistolas; a qué horas nos disparan”, dice. “Mejor irnos a pasar hambre allá a que nos maten aquí”.

También está María del Carmen Mejía, 28 años, madre soltera de dos niñas, de siete y tres años. Las tres vinieron desde Copán, “por la necesidad, por el hambre”, dice molesta. María del Carmen realizaba trabajo doméstico y tenía suerte si recibía 1,500 lempiras (475 quetzales) al mes. “Cuando escuché de la caravana y que iban a buscar trabajo a Estados Unidos, me enloquecí”, admite, “con mis hijas salimos a la carrera. ‘Vámonos, mami, para ir a hacer nuestra casa’, me dijo la más grande”.

A pesar del cansancio, María del Carmen señala que en el viaje iba emocionada. En Mexicali, ya podía sentirse del otro lado. Pero ahora se dio cuenta de lo difícil que es cruzar. “Ya no hay emoción”, cuenta, mientras su hija mayor empuja a la otra en el carruaje, jugando. “Ya queremos ir a descansar. Ya pasamos muchas cosas”.

Pronto dieron las 4:30 y los buses no llegaban. Bajó el frío. Las personas sacaban sus frazadas. Rosa abrazaba a su hija, la cubría con un suéter. A las 5:30, seguían ahí, en la calle, esperando. Fue hasta las 6:00 que Ivana Guerra se pronunció. “Muchachos, necesito de su paciencia”, dijo. “El trabajo logístico y administrativo lleva tiempo. Les pedimos paciencia. Estamos trabajando lo más rápido posible. Ya pronto nos vamos, pero necesitamos de su colaboración. ¿Okey, muchachos? ¿Chicas? Falta esperar un poco más”.

—Todo en la caravana es esperar —dijo alguien atrás, impaciente.

Mientras, unos 30 hombres, de la caravana salvadoreña, recién llegaban al albergue Benito Juárez. Iban rápido, emocionados, preguntaban si hay lugar, que cómo se hace, que a dónde hay que ir.

—Ahí —le contestó uno de los pronto retornados, señalando la entrada

—.Te dan un brazalete y entras.

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Walter Cruz, 26, se despide con un beso de su esposa, María Granados, 22, antes de separarse. El hombre se queda en Tijuana, mientras la mujer alcanzará a las dos hijas, de regreso a Nacaome Valle / Simone Dalmasso

Según Chovarín, tenían ya el transporte listo, pero como debían transportar menores, 13 menores, necesitaban una autorización escrita por la Procuraduría General, lo que estaba atrasando todo.

Una separación innecesaria y el duelo

A las 6:30, los representantes de la OIM dijeron que no tenían un albergue, sino dos disponibles. Eso, sin embargo, significaba enviar a los hombres a uno y a las mujeres a otro. Es decir, separar parejas. Rápido varios se quejaron.

—Pero ¿es seguro? —preguntó uno.

—Es muy seguro, muchachos —contestó Ivana, con megáfono en mano. 

—Pero mire, es que mi mujer no quiere que nos separemos —dijo otro.

—Ay, las mujeres. Tan sentimentales. Dile que no se preocupe —contestó Ivana con una media sonrisa vacía de empatía.

Varios hombres buscaron razonar con las autoridades de la OIM. Que iban juntos. Que son familia. Que no se quería separar. Los funcionarios de la OIM respondían que todo era un procedimiento habitual y que pronto se volverían a ver, en el vuelo de vuelta a casa.

A un lado Dilsia Patricia veía todo con temor. Empezaba a llorar.

—Desde que nos casamos, con mi marido no nos hemos separado ni un solo día —señaló, limpiándose las mejillas—. Ni siquiera en el viaje. Si nos daban ride y solo aceptaban mujeres, lo dejábamos pasar. Nos subíamos hasta que alguien nos llevara a los dos. Esto no es justo.

Carlos, más sereno, seguía insistiendo. Preguntaba. Pero mientras los maridos alegaban, mientras Dilsia se secaba las lágrimas, llegó la autorización de la Procuraduría General. Los de la OIM, apurados, empezaron a llamar nombres, a alinear a los hombres de un lado, a las mujeres del otro, y a ignorar las preguntas. La orden fue, hombres de un lado, mujeres del otro. Separación familiar, irónicamente, en tierras mexicanas. Carlos y Dilsia decidieron no salir el lunes. Esperar al martes, para ver si cambiaban las reglas. Si podían mantenerse juntos.

A las siete de la noche empezaron a abordar los buses proporcionados por la Secretaría de Gobernación, del Instituto Nacional de Migración. Los primeros en abordar fueron los hombres. Y tan pronto avanzó el primer grupo empezó un intenso intercambio.

—¡Ahí le llevan saludos a Juan Orlando! —gritan los que se quedan.

—¡Quédense aquí comiendo pues, coches! —responden los retornados.

—¡Culeros, culeros!

—¡Nos vemos allá en unos días!

—¡Vayan a morirse de hambre!

—¡A ver cuánto aguantan ustedes, perros!

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El grupo de menores de edad no acompañados fueron los primeros en agarrar bus / Simone Dalmasso

Hasta una hora después, cuando la temperatura bajó a los 14 grados centígrados, empezaron a llamar a las mujeres y niños. A un lado una pareja se despedía, llorando.

“Solo ella se va; yo me quedo”, dijo Walter Cruz, soldador, 26 años, de Nacaome Valle, al sur de Honduras, viendo a su esposa, María Granados, de 22.

Ya habíamos visto a Walter y María, cerca de la caceta de la OIM. Parecían solo estar pasando el rato. Durante la tarde permanecieron sentados en la banqueta. Comían. Le aplaudieron a una señora que, a media tarde, empezó a cantar rancheras, con una bocina a cuestas. Mientras se ponía el sol Walter, de gorra roja, empezó a cantar burlón la canción de JOH, es pa’ fuera que vas. “Ya me voy de mi país”, decía Walter. “Aquí no puedo vivir”, respondía María, y se reían, jocosos.

Pero caída la noche se abrazaron. Lloraban.

Walter tenía un pequeño taller en Nacaome Valle. Sin embargo, tenía que pagar la extorsión de las pandillas. Hasta 1,200 lempiras (380 quetzales) a la semana, asegura. Pero a veces no le alcanzaba. Apenas tenían para comer. Un día lo intentaron matar. “A machetazos”, añade. En la sien derecha tiene una pequeña cicatriz, de unos tres centímetros. Y en sus manos, otras líneas blancuzcas de cuando se defendió del asedio. “Por eso decidimos salir”, dice. “Le dejamos mis hijas a una prima de mi esposa. Pero les está pegando. Un día hablamos con ellos y nos dijeron eso. Por eso…”

Su esposa haciendo fila lo llama para darle un último beso. Walter corre, se quita la gorra en reverencia y toma el cuerpo de su esposa. Sus labios no se separan por casi un minuto. Regresa sin aliento.

“Pues sí. Por eso ella va de vuelta, a cuidarlos”, dice, ahogando la tembladera de sus labios. “Yo me quedo. Quiero ver cómo me tiro para allá. No le dije nada a ella. Se va a preocupar”.

A las nueve todos habían salido, de vuelta a Honduras, ante los aullidos de los que se quedan y la mirada dudosa de Jonathan Canal, de Choluteca. “Todavía no sé si irme”, dice, apenado.

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