Hacia una economía al servicio de la vida

Compartimos el texto del jesuita Emilio Travieso, publicado por la Revista Raíces, en el que reflexiona sobre una nueva economía necesaria en tiempos de la pandemia del coronavirus.

Introducción

De una economía que mata a economías que dan vida

Desde el comienzo de su servicio, el papa Francisco ha denunciado la lógica económica que predomina hoy en el mundo. La llama “una economía que mata”[2]. Habla con fundamento y en la misma línea que sus antecesores. Todos los papas recientes han expresado sus críticas al sistema capitalista —y su apoyo a los principios que deben guiar otra economía mejor— en diversas encíclicas sociales que hacen parte de la Doctrina Social de la Iglesia.

Lo novedoso de Francisco es que a la hora de pasar de la protesta a la propuesta, este sumo pontífice admite que no tiene todas las respuestas. También reconoce que puede aprender mucho de la gente joven y de la gente que es diferente a él. Por eso, convocó a economistas, emprendedores y activistas jóvenes del mundo entero a juntarse en la ciudad italiana de Asís en marzo de este año, para ayudarle a reflexionar sobre modelos que sean más justos y sostenibles. El encuentro se pospuso, pero la intención es promover una economía que da vida y no mata, que incluya, humanice y cuide[3]. Además, ha invitado a especialistas con más experiencia, que pertenecen a tradiciones cristianas y no-cristianas, para que le ayuden a motivar el diálogo[4].

En comunión con toda esa gente de buena voluntad, este artículo quiere ser una ayuda para quienes se dan cuenta de que algo tiene que cambiar, pero todavía no les queda muy claro “por dónde le entra el agua al coco”. Señalaré tres maneras en las que la economía que predomina hoy está causando muerte y ofreceré pistas de otros modelos posibles, modelos que generan vida. Esas pistas no pretenden ser más que eso; seguimos en búsqueda de algo que todavía está por realizarse. Eso sí, pondré ejemplos concretos, para dar testimonio de que ese otro mundo que deseamos ya está entre nosotros (Lucas 17,21).

1. De la globalización injusta al progreso de los pueblos

Cada vez más, algunos países son extremadamente ricos y otros son extremadamente pobres. Esto tiene su historia. Los países ricos se hicieron ricos mediante una estrategia de industrialización, que requirió aranceles y otras medidas proteccionistas, hasta que llegaron a ser competitivos. Al mismo tiempo, en muchísimos casos, estos países industriales explotaban a otros países (sus colonias) como fuente de materia prima y trabajo esclavo, y como mercado para sus productos transformados.

Después de haber alcanzado una asimetría contundente en las estructuras productivas —y por ende una asimetría de poder que permea todo—, la misma dinámica se mantiene mediante la imposición de políticas de “libre comercio”, la eliminación de aranceles y otras protecciones. La ideología por detrás de estas políticas las pinta como el camino al desarrollo, pero es totalmente hipócrita, porque contradice toda su propia experiencia histórica[5]. En realidad, las políticas neoliberales solo les convienen a los países poderosos, porque sus industrias maduras ahora pueden competir a escala global y necesitan mercados cada vez mayores de consumidores.

De eso se trata la famosa globalización: nos hacen creer que nos va a salir bien el negocio de exportar guineos para importar laptops. O si no, nos integran a las cadenas de valor globales, pero solo en aquellas actividades cuya competitividad depende de quién se atreve a vender su mano de obra por menos dinero —y con menos derechos— que los demás. La mayoría de las zonas francas en República Dominicana son un ejemplo perfecto de esto.

Por supuesto, este sistema no produce riqueza compartida, sino una ola masiva de migrantes, de los países que producen cacao hacia los países que producen carros. Pero, para colmo, la relación injusta que creó esta desigualdad en primer lugar se logró imponer con la ayuda de una ideología racista. Ahora la gente de los países ricos no quiere tener que verles la cara a quienes llevan siglos explotando.

Ante las crisis de pobreza multidimensional, las tragedias migratorias y la desintegración social que resultan de este esquema, no basta con que los países ricos les manden “ayuda” a los países que han empobrecido. Más bien, hace falta restaurar una cierta simetría en las estructuras económicas de los países, de manera que ya no haya una relación de centro y periferia —ganadores y perdedores de la globalización—, sino de muchos centros que se benefician mutuamente cuando intercambian bienes y servicios. Esto implica permitirle a los países que hoy son pobres que hagan lo mismo que han hecho todos los países ricos en su momento: proteger algunas industrias clave, sobre todo las que tienen potencial de innovación tecnológica, esperando que lleguen a cierta madurez antes de abrirse a mercados internacionales.

Un país que ha logrado este cambio fue Corea del Sur. En los años 1950, Corea del Sur era uno de los países más pobres del mundo. Ahora los surcoreanos les hablan a los países ricos de tú a tú.

Lograron este cambio a través de una apuesta por la industrialización y la inversión en nuevas tecnologías[6]. De ahí son Samsung, Hyundai, Kia, LG y otras empresas que han generado un crecimiento extraordinario en unas pocas décadas. Lo mismo han hecho algunos otros países de Asia, que ignoraron por completo los consejos del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, cuando les decían que les iría mejor especializándose en lo que ya sabían hacer cuando eran pobres[7].

2. Los modelos de negocio: del egoísmo al bien común

A quienes queremos un mundo más equitativo a nivel internacional, Corea del Sur nos ofrece una pista muy concreta. Por otro lado, justamente la película surcoreana que acaba de hacer historia este año con su premio Oscar, Parasite, es una crítica a la desigualdad y exclusión social que existe en esa sociedad. Resulta que el crecimiento económico no es lo mismo que el bienestar humano[8]. Las cifras de crecimiento económico, aunque tengan su lado bueno, pueden esconder otras realidades que afectan a las personas.

Una de esas realidades es la desigualdad. En el 2017, la ONG Oxfam se dio a la tarea de sacar las cuentas y concluyó que ocho individuos (todos hombres, por cierto) tienen la misma riqueza que las 3.6 billones de personas más pobres del mundo —es decir, media humanidad—[9]. Y en el 2018, la diferencia entre el salario más alto y el salario medio (ni siquiera el más bajo) de las 500 compañías públicas más importantes de Estados Unidos era de 287:1 en promedio. En muchos casos, la proporción era de más de 1,000:1[10]. Es decir, en el sistema actual, unos pocos están ganando mil veces más que la mayoría, literalmente.

Donde la desigualdad llega a esos niveles —y nótese que ha ido en aumento en República Dominicana durante las últimas décadas—, se desbarata la democracia. Primero, porque nada le impide a los billonarios que se apoderen de las instituciones del Estado y los medios de comunicación, poniéndolos al servicio de sus propios intereses. Y en un nivel más profundo, porque ante tanta desigualdad, ya no hay espacios compartidos donde las personas de todas las clases sociales se encuentran, comparten y aprenden a negociar sus diferencias. Al contrario, los ricos y los pobres acaban existiendo en dos mundos totalmente distintos y, así, no se puede construir el bien común[11].

Ante una economía capitalista que produce “gente desechable” (una frase fuerte, pero que viene del mismo papa Francisco), existe toda una gama de alternativas más humanas. Desde “empresas sociales” —que canalizan la eficiencia empresarial para resolver problemas sociales— hasta iniciativas más radicales —como “bancos de tiempo”, donde la gente intercambia servicios sin mediación de dinero—. Y con inspiración en tradiciones populares, culturas indígenas y teorías feministas, no faltan propuestas interesantes. Para hablar en general de esta visión que trata de poner a las personas por encima del dinero y para articular estos movimientos bajo una misma bandera, la “economía social y solidaria” sirve como término sombrilla[12].

Por supuesto que mientras más la desigualdad se haya instalado en una sociedad, más difícil es lograr la fuerza política para que estas alternativas sean menos “alternativas” y lleguen a ser lo normal. Es muy fácil desanimarse ante el poder descomunal que tiene un grupito de egoístas y ante la debilidad de nuestras instituciones. Y es difícil creer en las propuestas que vamos ensayando, porque todavía son pequeñas y frágiles. Pero, hablando de sombrillas, la campaña del 4% para la Educación en República Dominicana le enseñó al mundo que si nos ponemos de acuerdo acerca de lo que valoramos, el cambio sí se puede lograr.

El aumento de la inversión en la educación pública ha sido un paso importantísimo para el país, aunque solo se comenzarán a cosechar los frutos dentro de un par de décadas. Es un ejemplo, entre otros posibles, de cómo se puede recuperar cierto equilibrio a través de la redistribución de la riqueza para invertirla en educación, salud y otros derechos sociales[13]. Típicamente, el Estado se encarga de esto a través de políticas sociales, financiadas por impuestos —idealmente impuestos progresivos, donde los más ricos pagan proporcionalmente, más no como el ITBIS, que es un impuesto regresivo—.

Sin embargo, podemos hacer mucho más que redistribuir la riqueza. Según cómo diseñamos las empresas, podemos fomentar la predistribución[14]; es decir, hacer negocios de tal manera que la riqueza quede bien distribuida desde el principio[15]. De eso y también de otros valores democráticos, como la participación en la toma de decisiones, se trata el cooperativismo. Por eso, la Iglesia promueve explícitamente las cooperativas como modelo empresarial que coincide con los principios de la Doctrina Social[16].

En República Dominicana hay cooperativas agrícolas y financieras, por ejemplo, que han sido exitosas. En otros países, el enorme potencial de esta manera de hacer negocios se ha manifestado en casi todos los sectores. Por ejemplo, la Corporación Mondragón, en el País Vasco al norte de España, es la cooperativa más grande del mundo. En realidad, es una “cooperativa de cooperativas”. Incluye 257 empresas específicas —desde fábricas de industria pesada hasta una universidad— que hacen parte de la corporación. Fue fundada por un sacerdote con un grupo de jóvenes en el año 1955 y hoy en día es una de las diez compañías más grandes de España, con más de 74,000 empleados[17].

Lo interesante es que los empleados de una cooperativa son al mismo tiempo los condueños de la empresa, con voz y voto en las decisiones estratégicas. No todos hacen lo mismo y no todos ganan igual, pero sí se evita la desigualdad extrema, mediante una regla que establece la proporción máxima que puede haber entre el salario más alto y el salario más bajo. Varía un poco por empresa, pero en promedio, el salario más alto no puede ser más de cinco veces más alto que el salario más bajo.

Recordemos que actualmente en las corporaciones capitalistas de Estados Unidos, a mucha gente le parece normal una proporción de 1,000 a 1. Pero igual podría ser normal, como lo es para mucha gente del País Vasco, una proporción de 5 a 1. Esta diferencia tan enorme es totalmente arbitraria; todo depende de cómo optamos por estructurar nuestras empresas. Sin embargo, según la opción que hagamos, las implicaciones para la sociedad a largo plazo son totalmente distintas: un modelo desemboca en niveles obscenos de desigualdad, mientras que el otro genera vida en abundancia para todas las familias. Un modelo desbarata la democracia, mientras que el otro la fortalece, por su misma naturaleza.

Otro ejemplo, más cercano a la vida cotidiana en Santo Domingo y otras ciudades, es el sector de los taxis. La llegada de Uber ha sido una revolución, porque le ofrece al cliente mayores garantías de seguridad y de comodidad, además de la conveniencia de usar la aplicación en el celular. Sin embargo, para muchos choferes, la llegada de Uber ha representado nuevas formas de explotación y de inseguridad laboral. La empresa dueña de la aplicación se queda con casi todas las ganancias y los choferes no tienen ningún derecho, porque —aunque trabajen a tiempo completo por Uber— no se les considera empleados, sino contratistas independientes.

Ante esta experiencia, un grupo de choferes en Denver, Colorado, en Estados Unidos, decidió formar una cooperativa, la Green Taxi Cooperative[18]. Montaron su propia aplicación, que funciona igualito que la de Uber, ofreciéndole al pasajero las mismas ventajas a precios parecidos. La diferencia está del lado de los choferes: en vez de tener que entregar la mayor parte de sus ganancias a una empresa ajena, la empresa es suya. Se reparten las ganancias equitativamente entre ellos y toman sus propias decisiones.

Otro modelo muy sencillo es el colmado solidario, que es una especie de cooperativa de consumo. Para montar un colmado solidario, un grupo se pone de acuerdo para juntar su dinero y hacer sus compras al por mayor (en PriceSmart?, por ejemplo), en vez de cada uno por su lado, de manera que consiguen mejores precios. Pero más allá de ahorrar dinero, estas iniciativas —por sencillas que sean— dan otros frutos a nivel social, porque fortalecen al mismo tiempo los lazos de confianza que unen a los miembros del grupo.

3. El cuidado de la casa común

Entonces por un lado, hay que volver a poner a las personas en el centro de la economía, por encima del dinero. Pero también tenemos que superar nuestro antropocentrismo —es decir, la mentalidad en la que el ser humano es el centro del universo y que trata al resto de la Creación como si fuera totalmente distinta de él—. Se nos olvida que somos biodegradables; nuestros cuerpos están hechos de la misma materia que el resto del medioambiente (Gn 2,7) y nos estamos reciclando continuamente a través de lo que comemos y bebemos.

Justamente, lo que está en juego en nuestra relación con la naturaleza se ve claramente en el caso de nuestros sistemas alimentarios. Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, está en auge un modelo de agricultura que le impone un modelo industrial a la naturaleza. Por un lado, la tecnología y la eficiencia de este modelo han aumentado mucho la producción. Pero, por otro lado, la agroindustria ha hecho más daño que bien. Es el factor principal detrás del calentamiento global, además de causar la destrucción masiva de la biodiversidad y otros problemas ambientales[19]. También ha creado mayor desigualdad, y ha desalojado a comunidades indígenas y campesinas de sus tierras ancestrales.

A cambio de este desastre social y ecológico, ni siquiera se puede decir que la agroindustria ha resuelto el problema del hambre. Todavía hay 795 millones de personas —1 de cada 9 personas en el mundo— pasando hambre, a pesar de que se produce más del triple de lo que haría falta para darle de comer a toda la humanidad[20]. El sistema alimentario dominante también ha contribuido a problemas de salud relacionados a dietas malsanas, como la obesidad, diabetes e hipertensión[21].

En vez de tratar a los jardines como si fueran fábricas, mucho mejor sería hacer lo contrario: aprender de los ecosistemas e imitarlos a la hora de diseñar nuestros procesos productivos. En la agricultura, esto pasa por una conversión a la agroecología[22]. Pero también se puede aplicar la misma lógica a la industria como tal.

Si nos fijamos en un bosque, es un sistema extremadamente productivo que no necesita nada de fuera, ni genera basura. Lo que sobra de un proceso sirve de insumo para otro, en un ciclo sostenible que se repite infinitamente. Esto ha inspirado un paradigma que se llama “economía circular”.

Un ejemplo muy interesante de este paradigma es el plástico biodegradable. El plástico que conocemos está hecho a base de petróleo y no es biodegradable; está contaminando la tierra y los océanos y, entre otros efectos secundarios, muchos tipos de plástico causan cáncer. La alternativa que está emergiendo es el plástico biodegradable, que se descompone naturalmente, sin contaminar el medioambiente. Lo hacen a base de cualquier almidón vegetal. Aparte de no contaminar, tiene la ventaja de que la materia prima es renovable, a diferencia del petróleo. Esta tecnología todavía está en fase de prototipos, pero promete mucho futuro.

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4. Hacia una economía tridimensional

Los tres elementos que hemos considerado en nuestra búsqueda —lo económico, lo social y lo ecológico— están entrelazados. No se trata, entonces, de un simple “equilibrio” entre valores que están en tensión. Más bien, hay que buscar modelos en los que se generan círculos virtuosos entre estas tres dimensiones esenciales, de manera que se refuercen mutuamente.

Por ejemplo, en Washington, D.C., está una cooperativa de compradores, llamada Community Purchasing Alliance[23]. Son iglesias, sinagogas, mezquitas y otras comunidades de fe, de diferentes zonas de la ciudad, que tienen algo en común: presupuestos apretados a la hora de comprar todos los bienes y servicios que necesitan, como papelería y contratos de electricidad o de recogida de la basura. La solución es juntarse para negociar esos contratos en bloque y así logran mejores precios. Al mismo tiempo que ahorran, a través del proceso de negociar los contratos se va generando confianza entre estas comunidades de religiones y barrios distintos, lo cual fortalece el tejido social de la ciudad. Viene siendo la misma lógica de un “colmado solidario”, pero a otro nivel. Además, en sus contratos de electricidad, optan por hacer la transición a energía renovable con instalación de paneles solares, de manera que lo económico, lo social y lo ecológico coinciden plenamente.

Hay otros modelos todavía más integrales. La Red Comparte, por ejemplo, es una red de iniciativas económicamente productivas en varios países de América Latina vinculada a la Compañía de Jesús. Se concentran en tomar el control de sus cadenas de valor, para superar la asimetría que hasta ahora les ha empobrecido. A la vez, reinventan sus modelos de negocio para cuidar otros valores que van mucho más allá del dinero.

Todas las iniciativas de la Red Comparte tienen una misma filosofía[24]. Se comprometen con toda una serie de principios transversales muy específicos, desde la sostenibilidad ecológica y la construcción colectiva hasta la equidad de género y la apuesta por lo local. Su metodología de trabajo se centra en desarrollar las capacidades humanas que son necesarias para que sus respectivos territorios alcancen su potencial[25].

5. Nadando contra la corriente

Montar una empresa no es fácil. Mucho menos, si se trata de una empresa alternativa que quiere revolucionar todo un sistema económico, mientras tiene que competir en el mundo real, que por ahora está diseñado en función de otro esquema[26]. Esto requiere de mucho esfuerzo y de perseverancia en medio de los fracasos.

Cuando uno se va a arriesgar así, es bueno andar acompañado. Esto es lo que hacen las empresas de la Red Comparte, por ejemplo. Se apoyan y se animan entre sí, y han establecido alianzas con otros actores afines, como la Corporación Mondragón, ya mencionada[27]. Incluso a nivel individual, si creemos en este tipo de iniciativas, podemos apoyar optando por comprarles sus productos o invirtiendo nuestro capital en sus emprendimientos.

A medida que vayamos creando una cultura alrededor de la economía que da vida, se irá convirtiendo en lo normal y ya no en algo “alternativo”. Esto tendrá que pasar también por leyes e instituciones que fomentan modelos económicos más sanos. Una iniciativa que da esperanza es el “Green New Deal”, un paquete de políticas públicas que ha sido presentado en Estados Unidos por una diputada y un senador, que incluye inversión en tecnologías “verdes” para estimular la transición a una economía más sostenible que ayude a contrarrestar el cambio climático.

Mientras tanto, no nos debe de sorprender la resistencia de quienes se benefician del estatu quo. Hay que innovar cosas buenas y luchar contra lo malo al mismo tiempo. Ahí también hay experiencias que dan esperanza. Por ejemplo, la ONG francesa Notre Affair à Tous le ha puesto una demanda a la petrolera más grande del país, Total, en nombre de los catorce municipios franceses que están siendo más afectados por el cambio climático[28]. Es una manera de presionar para que la petrolera asuma su responsabilidad, ya que se está haciendo rica a costas de la humanidad y del mismo planeta. La demanda nos ayuda a tomar conciencia del daño enorme que hace el sistema que vemos como tan “normal” y a darnos cuenta de que hay mucha gente que quiere un cambio.

En conclusión: conversión y esperanza

El papa da en el clavo cuando declara en Laudato si’[29] que, para enfrentar nuestros desafíos económicos, sociales y ecológicos, en el fondo tenemos que replantearnos nuestro concepto de una vida buena y plena[30]. Tenemos que ponerle nombre a lo que no se vende. Tenemos que alimentar un sueño donde quepan todas las personas y toda la persona.

No es sencillo el paso de la conversión a la que nos invita Francisco. Tampoco es evidente que los esfuerzos de los movimientos alternativos vayan a tener un impacto real en el sistema. Pero no hay que perder la esperanza.

Lograr un cambio de sistema es como hervir agua. Por muchísimo tiempo, parece que estamos gastando la energía, porque no se ve ningún resultado. Hasta que de repente, sube una burbujita. Al ratito sube otra, luego otra, y, de buenas a primeras, toda el agua está hirviendo. Estamos ahora en el momento de esas primeras burbujitas.

Una reforma financiera que no ignore la ética requeriría un cambio de actitud enérgico por parte de los dirigentes políticos, a quienes exhorto a afrontar este reto con determinación y visión de futuro, sin ignorar, por supuesto, la especificidad de cada contexto. ¡El dinero debe servir y no gobernar!

–Papa Francisco Evangelii gaudium 58

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Notas

  1. Sobre el autor: Emilio Travieso, sacerdote jesuita, doctor en Desarrollo Internacional; investigador en la Facultad de Ciencias Económicas, Sociales y Políticas, Université Notre Dame d’Haïti, y en Campion Hall, University of Oxford.
  2. Francisco, Exhortación apostólica Evangelii gaudium (24-11-2013) 53.
  3. Vatican News, “Asís, 2020: El Papa convoca a economistas para hacer un pacto común”, en: https://www.vaticannews.va/es/papa/news/2019-05/papa-francisco-asis-2020-economistas-emprendedores-evento-pacto. 
html.
  4. The Economy of Francesco en: https://francescoeconomy.org/.
  5. E. Reinert, Globalización de la pobreza (Crítica, Barcelona 2007).
  6.  H. Chang, “The East Asian Development Experience”, en: Id, Rethinking Development Economics (Anthem, Londres 2003) 107-124.
  7.  Para profundizar en estas ideas económicas a nivel teórico, vale la pena conocer la tradición del estructuralismo latinoamericano. Cf. R. Bielchowsky, “Sesenta años de la CEPAL: estructuralismo y neo- estructuralismo”: Revista CEPAL 97 (2009) 173-194.
  8. A. Sen, Development as Freedom (Knopf, New York 1999).
  9. Oxfam, “Just 8 men own same wealth as half the world” (2017), en https://www.oxfam.org/en/press-releases/ just-8-men-own-same-wealth-half-world.
  10. Inequality.org en https://inequality.org/action/corporate-pay-equity/
  11. M. Sandel, What Money Can’t Buy (Farrar Straus and Giroux, New York 2012).
  12. E. Dacheux, “Les logiques plurielles des mouvements économiques anticapitalistes”, en B. Frere – M. Jacquemain (dir.), Résister au Quotidien? (SciencesPo?, Paris 2013).
  13. Para más sobre esto, cf. D. Sanchez-Ancochea – J. Martinez-Franzoni, The Quest for Universal Social Policy in the South (Cambridge UP, Cambridge 2016).
  14. J. Hacker, “The institutional foundations of middle-class democracy”, en Policy Network, Priorities for a new political economy: Memos to the left (Policy Network, London 2011) 33-37.
  15. S. Jennings – E. Sahan – A. Maitland, “Fair Value: Case studies of business structures for a more equitable distribution of value in food supply chains”, Oxfam Discussion Papers (Oxfam International, Oxford 2018).
  16. Pontificio Consejo “Justicia y Paz”, Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, en http://www.vatican. va/roman_curia/pontifical_councils/justpeace/documents/rc_pc_justpeace_doc_20060526_compendio- dott-soc_sp.html.
  17. L. Altuna Gabilondo (coord.), La experiencia cooperativa de Mondragón: Una síntesis general (Lanki, Eskoriatza 2008).
  18. N. Schneider, “Denver Taxi Drivers Are Turning Uber’s Disruption On Its Head”, The Nation (2016), en https://www.thenation.com/article/archive/denver-taxi-drivers-are-turning-ubers-disruption-on-its-head/.
  19. U. Hoffman, “Agriculture at a crossroads: Assuring food security in developing countries under the challenges of global warming”, en: UNCTAD, Trade and Environment Review 2013. Wake Up Before It Is Too Late (Naciones Unidas, Nueva York 2013) 2-8.
  20. FAO – IFAD – WFP, The State of Food Insecurity in the World 2015. Meeting the 2015 international hunger targets: taking stock of uneven progress (FAO, Roma 2015).
  21. O. De Schutter, “The Specter of Productivism and Food Democracy”, Wisconsin Law Review (2014:2) 199-233.
  22. M. Altieri, Agroecology. The Science of Sustainable Agriculture (Westview, Boulder 1995).
  23. Para conocer sobre Community Purchasing Alliance, cf. https://www.cpa.coop/
  24. Comunidad Comparte, El desarrollo alternativo por el que trabajamos. Aprendizajes desde la experiencia (Alboan, Bilbao 2011).
  25. Id, El desarrollo de capacidades como estrategia de cambio: Una experiencia colectiva de búsqueda de alternativas (Alboan, Bilbao 2015).
  26. D. Fernández Dávalos, “La economía social: El acento latinoamericano”, en: L. Oulhaj – F. Saucedo Pérez (coord.), Miradas sobre la economía social y solidaria en México (Universidad Iberoamericana de Puebla y CIIESS, Puebla 2013) 107-119.
  27. Comunidad Comparte, Planes de Negocio Social en América Latina: Un viaje colectivo de la Red Comparte (Bilbao, ALBOAN y el Instituto de Estudios Cooperativos de Mondragon Unibertsitatea, 2019).
  28. Sobre Notre affaire à Tous, cf. https://notreaffaireatous.org/.
  29. Francisco, Carta encíclica Laudato si’ sobre el cuidado de la casa común (24/5/2015).
  30. Sobre los debates alrededor de este tema, ver P. Mella, Ética del posdesarrollo (Instituto Filosófico Pedro Francisco Bonó – Paulinas – Amigo del Hogar, Santo Domingo 2015).

Fuente

  • Raíces 12. Revista de pensamiento cristiano
  • Fotografías: Artesanos orfebres en Santa Cruz de Mompox, Colombia. Flick - Galo Naranjo. Licencia Creative Commons.

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