Homenaje: Ellacuría o la universidad necesaria y Una Iglesia que no es perseguida no puede ser la Iglesia de Jesús

Ellacuría o la universidad necesaria: el padre Ellacuría lideraba la visión de una universidad que se convierte en una fuerza social ineludible a favor del bien y decía que lo único que los llenará es tener un fuerte sentido de proyección y compromiso hacia su comunidad. Por Michael C. McCarthy. Una Iglesia que no es perseguida no puede ser la Iglesia de Jesús: Recopilación ofrecida por Jaume Flaquer para el 25 aniversario del asesinato de Ignacio Ellacuría y de sus compañeros jesuitas en el Salvador. Blog Cristianisme i Justícia.

Ellacuría o la universidad necesaria

Por Michael C. McCarthy?

A los 19 años dejé la Universidad de Stanford para hacerme jesuita. Me gustaba estudiar allí, pero no lo suficiente. En cambio, el colegio de los jesuitas al que iba en San Francisco enfatizaba un objetivo educativo muy claro: formar hombres y mujeres para los otros.

Aprendíamos, entre otras cosas, que la educación no orientada hacia la justicia es una farsa. Aunque Stanford disponía de unos recursos extraordinarios, encontraba menos claridad en este propósito. Por eso me fui y entré en la orden de los jesuitas. Nunca me he arrepentido de la decisión.

Eso fue en 1983. Desde entonces he pasado la mayor parte de mi vida en la educación superior. Pero, a pesar de que la educación y la erudición me apasionan, mi relación con el mundo académico ha sido incómoda. En muchos aspectos me parece que la cultura académica tiene el mismo defecto que la cultura clerical católica: la tendencia a dedicarse a uno mismo y a preservar los propios privilegios en lugar de gastar las energías sirviendo el mundo con humildad.

A veces, sin embargo, los grandes líderes se levantan y nos desafían a ser más de lo que hemos sido hasta aquel momento. La noche del 16 de noviembre del 1989 –hoy se cumplen 25 años– el jesuita y rector de la Universidad Centroamericana de El Salvaldor, el padre Ignacio Ellacuría, fue arrastrado desde la cama hasta el jardín y allí abatido a bocajarro por un escuadron militar de élite. Cinco sacerdotes jesuitas más, juntamente con la mujer que cuidaba de la casa y su hija, fueron obligados a tumbarse boca abajo y fueron asesinados como si se tratase de una ejecución.

El objetivo era silenciar a Ellacuría, que denunciaba abiertamente las atrocidades cometidas por los dos bandos en una guerra civil que duró diez años y que se llevó la vida de 75.000 personas. El problema que había sobre la mesa era que una docena de familias eran virtualmente propietarias del país y trataban a los campesinos como si fuesen siervos de la época feudal.

El ejército de El Salvador, con el apoyo material que caracterizó la política exterior de los EUA en los años de la Guerra Fría, creyó que había que proteger elstatus quo por el procedimiento de desactivar una universidad que se había comprometido a ser una fuerza social positiva. Formado como filósofo, a Ellacuría se le consideraba un pensador riguroso y un líder natural que conseguía que sus compañeros se sumasen a esta concepción de la universidad.

En su primer año como rector, se comprometió que la universidad como institución ofrecería ”una respuesta a la realidad histórica del país”. El estado en que se encontraba el país era considerado ”una realidad injusta e irracional que debía ser transformada”. Así, el propósito de la universidad era ”contribuir al cambio social en el país; lo hace como universidad y con una inspiración cristiana”.

Con frecuencia se ha identificado al padre Ellacuría con la teología de la liberación, y esta expresión se ha entendido como sinónimo de marxismo. Estaba comprometido con aquello que en círculos católicos más amplios se ha llamado ”una opción preferencial por los pobres”. Pero cuando se le comentaba esto, el mismo Ellacuría replicaba: ”No soy comunista. Soy cristiano”.

Los otros académicos jesuitas que fueron asesinados aquella noche también dedicaban su tarea investigadora a problemas del mundo real. El padre Ignacio Martínez-Baró era un psicólogo social centrado en las condiciones psíquicas de la vida en contextos de violencia estructural. El padre Segundo Montes enseñaba antropología y ponía énfasis en los efectos de estratificación social y en las víctimas desplazadas de la guerra civil. El padre Amando López Quintana era catedrático de filosofía y los fines de semana trabajaba como cura de parroquia y lideraba una campaña de alfabetización masiva.

En aquel momento yo era un joven jesuita que estudiaba clásicas en Oxford y se preocupaba por la calidad de los trabajos semanales que escribía para mi tutor. Las muertes de El Salvador me recordaron que había cosas más sustanciales en la vida. Las noticias me dejaron estupefacto y colérico. Pero también me sentí orgulloso de que unos académicos pudiesen ser tan importantes para representar una amenaza al ejército salvadoreño.

Me sentí profundamente conmovido por el ejemplo del padre Ellacuría, que creía que la responsabilidad de la universidad era proporcionar apoyo intelectual a los que no tienen suficientes cualificaciones académicas para legitimar sus propios derechos. Su vida me ha empujado a modular mi mirada no según los patrones convencionales de éxito sino en función de lo que de verdad importa: la contribución que hago al mundo.

Aún más: me ha influido su visión de aquello que la universidad podría llegar a ser, sobretodo ahora que la educación es tratada como una mercancía. Cuando los estudiantes, más que nunca, están preocupados por cuestiones económicas y se preguntan con razón si la educación universitaria les permitirá tener trabajo, les tenemos que decir que una recompensa económica o haber aprendido un conjunto de habilidades competitivas, al fin y al cabo, no les llenará. Lo único que los llenará es tener un fuerte sentido de proyección y compromiso hacia su comunidad.

Ahora que el futuro de la educación superior es tan incierto y que se incrementan las presiones financieras sobre las universidades, hace falta mucho valor para dar a una institución educativa unas directrices que vayan un poco más allá de la economía de mercado. El padre Ellacuría lideraba la visión de una universidad que se convierte en una ”fuerza social ineludible” a favor del bien. Y eso no es menos importante en 2014 de lo que lo fue en 1989. Aún creo que una educación no basada en la justicia es una farsa, y que necesitamos desesperadamente líderes académicos sabios, valientes e incluso heroicos para hacer realidad los más altos propósitos de la educación.

Una Iglesia que no es perseguida no puede ser la Iglesia de Jesús

Por Ignacio Ellacuría [1]

”No es sólo que el mensaje cristiano tenga como término preferido a los pobres, es que sólo los pobres son capaces de sacar de ese mensaje su plenitud. Y esto es lo que afirma la teología de la liberación y esto es lo que condiciona su método de hacer teología”.

”No cualquier lucha por la justicia es la encarnación del amor cristiano, pero no hay amor cristiano sin lucha por la justicia cuando la situación histórica se define en términos de injusticia y de opresión; de ahí que la Iglesia como sacramento de liberación tenga la doble tarea de despertar y acrecentar la lucha por la justicia entre quienes no se han entregado a ella, y la de hacer que quienes se han entregado a ella lo hagan desde lo que es el amor cristiano. También aquí el ejemplo del Jesús histórico es decisorio: en su sociedad contrapuesta y antagónica, Jesús amó a todos, pero se situó al lado de los oprimidos, y desde allí luchó enérgica, pero amorosamente, contra los opresores”.

”Errarían los cristianos si buscaran solamente un tipo de liberación social. La liberación debe abarcar todo aquello que está oprimido por el pecado y por las raíces del pecado, debe abarcar tanto las estructuras injustas como las personas hacedoras de injusticia, tanto lo interior de las personas como lo realizado por ellas”.

”El carácter institucional de la Iglesia, derivado necesariamente de su corporeidad social, tiene exigencias claras que sólo idealismos anarquizantes pueden dejar de ver. Pero ese carácter institucional no tiene por qué configurarse, como a menudo sucede y ha sucedido, conforme a la institucionalidad que necesitan los poderes de este mundo para mantenerse en su condición de poderosos. Ese carácter institucional debe estar subordinado al carácter más profundo de la Iglesia como continuadora de la obra de Jesús”.

”La raíz última de por qué la Iglesia institucional puede convertirse en opresora de sus propios hijos no está en su carácter institucional, sino en su falta de dedicación a los más necesitados en seguimiento de lo que fue y de lo que hizo Jesús. Consiguientemente, sólo una puesta al servicio de los más pobres y necesitados puede desmundanizarla y, ya desmundanizada, dejará de caer en todos los defectos naturales de la organización y del poder cerrado sobre sí mismo”.

”Con las suavizaciones y espiritualizaciones de algunas partes del NT, se pretende no excluir a ninguna persona -todas están llamadas a la salvación, supuesta la debida y real conversión-, pero de ningún modo negar cuál era la preferencia real de Jesús. El peso masivo de la dedicación de Jesús a los pobres, sus ataques no escasos a los ricos y a los dominadores, la elección de sus apóstoles, la condición de sus seguidores, la orientación de su mensaje, dejan pocas dudas de cuál fue el sentir y la voluntad preferente de Jesús. Tanto es así que hay que hacerse pobre como él, aun con toda la historicidad que compete a la pobreza, para entrar en el Reino”.

”Consiguientemente, la Iglesia de los pobres no es aquella Iglesia que, siendo rica y estableciéndose como tal, se preocupa de los pobres; no es aquella Iglesia que, estando fuera del mundo de los pobres, les ofrece generosamente su ayuda. Es, más bien, una Iglesia en la que los pobres son su principal sujeto y su principio de estructuración interna; la unión de Dios con los hombres tal como se da en Jesucristo es históricamente una unión de un Dios vaciado al mundo de los pobres. Así la Iglesia, siendo ella misma pobre y, sobre todo, dedicándose fundamentalmente a la salvación de los pobres, podrá ser lo que es y podrá desarrollar cristianamente su misión de salvación universal. Encarnándose entre los pobres, dedicando últimamente su vida a ellos y muriendo por ellos, es el modo como puede constituirse cristianamente en signo eficaz de salvación para todos los hombres. El norte orientador de la constitución histórica de la misión de la Iglesia, por lo que toca a su destinatario primordial, no puede ser otro. No sólo se trata de que representen los pobres la mayor parte de la humanidad y, en este sentido, son lugar primario de universalidad; se trata, sobre todo, de que en ellos está especialmente la presencia de Jesús, una presencia escondida, pero no por eso menos real. De aquí que sean los pobres el cuerpo histórico de Cristo, el lugar histórico de su presencia y que sean los pobres la ”base” de la comunidad eclesial”.

”Esto sitúa a la Iglesia latinoamericana en una posición difícil. Por un lado, le trae persecución, como le trajo persecución hasta la muerte al propio Jesús: La Iglesia latinoamericana y, más exactamente, una Iglesia de los pobres, debe estar convencida de que en un mundo histórico donde no se encuentre ella misma perseguida por los poderosos, no hay predicación auténtica y completa de la fe cristiana; pues, si no toda persecución es signo y milagro probatorio de la autenticidad de la fe, la falta de persecución por parte de quienes detentan el poder, en situación de injusticia, es signo, a la larga irrefutable, de la falta de temple evangélico en el anuncio de su misión”.

Notas:

[1] Recopilación ofrecida por Jaume Flaquer para el 25 aniversario del asesinato de Ignacio Ellacuría y de sus compañeros jesuitas en el Salvador. Textos extraidos de un artículo suyo editado por la revista Selecciones de Teología: Ignacio Ellacuría, ”La Iglesia de los pobres: sacramento histórico de liberación”en Selecciones de Teología, vol. 70 (1979).

Fuente:

Blog Cristianisme i Justícia.

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