Izquierda y derecha delante de la ética contemporánea

‘A nadie le gusta pensarse poco ético. Y nuestras defensas son fuertes’, Escribe Ladislau Dowbor, profesor de la PUC-SP, graduado en Economía Política de la Université de Lausanne (Suiza), maestro en Economía Social y doctor en Ciencias Económicas; en un artículo publicado por el sitio Outras Palavras, 06-05-2014.

Mentimos, engañamos, y justificamos tan bien que pasamos honestamente a creer que somos honestos (Jonathan Haidt)

Es difícil traducir la expresión inglesa self-righteousness. Expresa la profunda convicción de una persona de que domina a los demás desde la altura de su elevada postura ética. En general lleva a comportamientos estrictamente moralistas e intolerantes. Y frecuentemente vemos actos violentos justificados con fines altamente morales. No hay barbarie que no se proteja con argumentos de elevada nobleza. Sentimiento que permite soltar las riendas del odio, aquel sentimiento agradable de odiar con buenas razones. La Marcha de la Familia con Dios por la Libertad representó un marco histórico de la hipocresía en la defensa de ciertos privilegios. Vienen más marchas por ahí, la hipocresía tiene piernas largas. Las invasiones de países se dan en general para proteger a las poblaciones indefensas, las dictaduras para salvar la democracia, los ataques sexuales son hechos desde la altura moral de quien usa los agujeros como se debe.

Jonathan Haidt, En su libro The Righteous Mind, que traduciremos aquí como ”la mente moralizante”, para distinguir de la persona meramente ”moral”, parte de un problema relativamente simple: ¿Cómo la sociedad estadounidense se divide, de manera razonablemente equilibrada, en demócratas y republicanos, creyendo cada uno firmemente ocupar la esfera superior en la batalla ética, y considerando al adversario como hipócrita, mentiroso, en fin, desprovisto de cualquier sentimiento de moralidad? El inmoral es el otro. Y sin embargo, de cada lado hay personas inteligentes, sensibles, por veces brillantes pero profundamente divididas. En nombre de la ética, el odio impera.

Evidentemente, el tema no es nuevo. Uno de los libros de mayor influencia, hasta ahora, en los Estados Unidos, es El Dilema Americano (An American Dilemma), de Gunnar Myrdal, de los años 1940, que le valió el premio Nobel. Es uno de los análisis más finos no de los Estados Unidos, sino del buen estadounidense promedio, y de ¿cómo caben en la misma cabeza la actitud compenetrada con el servicio religioso de su ciudad, la profunda convicción de la importancia de la libertad y de los derechos humanos, y prácticas como la persecución de los negros? El libro es muy inteligente y correcto. Myrdal advierte que desautoriza cualquier uso de su análisis para un antiamericanismo barato. Su objetivo no es defender o atacar sino entender. Pero concluye que ”el problema negro”, en los Estados Unidos, ”Es un problema de los blancos”. Naturalmente, el análisis podría extenderse mucho más allá de la mente estadounidense.

El campo de trabajo de Haidt es la disciplina llamada psicología moral, moral psychology. Estudia justamente cómo se articulan, en términos psicológicos, las construcciones de nuestros valores, y en particular los valores que podemos calificar de políticos. ¿Con qué base real comenzamos a pensar que lo que hacemos es moralmente acertado, o correcto? ¿A través de qué mecanismos lo que era razón se transforma en mera racionalización de emociones subyacentes?

Están las leyes, naturalmente, pero éstas definen lo que es legal, y frecuentemente las leyes fueron elaboradas por quien las manipula, tornando legal lo que es moralmente indefendible. Los paraísos fiscales permiten a las corporaciones pagar pocos impuestos, cosa que no es viable para la pequeña empresa. No es ilegal declarar su sede en un paraíso fiscal y evitar así el pago de impuestos en el país donde funciona la empresa; mientras que, naturalmente, sus empleados pagamos impuestos normalmente, incluso porque son deducidos del sueldo. ¿Pero basta ser legal para ser ético?

Edward Snowden, al revelar la magnitud de la invasión de la privacidad y del uso invasivo de las tecnologías de rastreo de la NSA, cometió un acto ilegal, desde el punto de vista de la justicia americana (y esto es controversial), pero lo hizo, bajo su propio riesgo, por razones éticas. Los que luchaban contra la esclavitud eran presos y condenados. Mandela pagó 30 años de su vida por combatir un régimen legal, pero medieval. Los republicanos califican a Snowden de traidor, como la Mafia considera traidor a quién no se solidariza con el grupo, aunque eso implique cometer crímenes. La ética puede llegar a ser muy elástica.

¿Existe un referente confiable, un valor absoluto? Durkheim escribió que ”es moral todo lo que es fuente de solidaridad, todo lo que lleva al hombre a regular sus acciones por algo más de que su propio egoísmo”. Haidt busca ”los mecanismos que contribuyen a suprimir o a regular el autointerés y vuelven a las sociedades cooperativistas” (270). Paulo Freire, que era un hombre simple, pero no simplista, resumía la cuestión diciendo que quería ”una sociedad menos malvada”. ¿Con qué mecanismos psicológicos grupos sociales logran justificar en términos éticos lo que claramente trae daños a los otros, y ventajas para ellos mismos? Llamemos a esto racionalizaciones, cosa que Haidt llama raciocinio motivado (motivated reasoning). (159)

Haidt entra en el corazón de las racionalizaciones. El punto es que buscamos más parecer buenos que ser buenos. ”Mentimos, engañamos y manipulamos reglas éticas frecuentemente, cuando pensamos que podemos salir impunes; y entonces usamos nuestro raciocinio moral para dirigir nuestras reputaciones y justificarnos ante los demás. Creemos en nuestro raciocinio a posteriori tan profundamente que terminamos moralísticamente (self-righteously) convencidos de nuestra propia virtud”. Somos tan buenos en esto, que conseguimos engañarnos hasta a nosotros mismos. (190,xv)

La perspectiva general de Haidt es que el raciocinio sirve esencialmente para justificar lo que ya fue decidido por otros mecanismos que son intuitivos: ”Es el primer principio: las intuiciones llegan en primer lugar, el raciocinio estratégico en segundo” (xiv). Lo que resulta es un raciocinio de confirmación y no de análisis y comprensión: ”¿Qué posibilidad existe de que las personas piensen con la mente abierta, de forma exploratoria, cuando el autointerés, la identidad social y las emociones fuertes las hacen querer o hasta necesitar llegar a una conclusión pre-ordenada?” (81)

Probablemente el mayor interés del libro de Haidt es que nos permita entender un poco mejor este pozo oscuro nuestro de odios e identificaciones políticas, al detallar, basado en investigaciones, la diversidad de los motivos. Él trabaja con una ”matriz moral” de seis ejes, que están detrás de nuestras actitudes de solidaridad o de indignación, de aprobación o de odio.

El primero es el ”cuidar” (care), que nos hace evitar causar daños a los demás, querer reducir sufrimientos. Está dentro de todos nosotros. Al ver maltratar un perrito, nos indignamos, aunque no nos guste éste animal. Es un motor poderoso, que exige, incluso, que las personas que masacran o torturan a otras necesiten ”deshumanizar” a su víctima, transformarla en objeto ficticio: Es un terrorista, un comunista, un marginal, un gay, una puta, cualquier cosa que la rebaje del estatus de persona, permitiendo así el tratamiento deshumano. El muchachote de clase media que enciende fuego al mendigo se siente, incluso más ”persona”. Está ”por encima”. El mendigo no es persona, es mendigo. Vaya a trabajar, vagabundo.

La libertad (liberty) constituye otro vector de valores, con el correspondiente repudio a la opresión. Naturalmente, para muchos, la libertad significa también la libertad de oprimir, pero para eso necesitan también reducir la dimensión humana de quien oprimen. Los doctores del derecho canónico resolvieron así el dilema de defender la libertad de tener y de cazar esclavos: el negro no tendría alma. Los vietnamitas fueron masacrados para proteger su derecho a la libertad. Así, todo valor necesita crear sus hipocresías para ser violentado. Fue en nombre de la libertad que en los Estados Unidos y aquí en Brasil rechazamos la limitación de las armas de fuego personales, aunque se sepa que los dueños son las primeras víctimas. Y sin embargo, sí reconocemos la aspiración a la libertad como un valor fundamental que orienta nuestras opciones éticas.

Un tercer vector de valores está en lo que consideramos tratamiento justo, o no desigual. En inglés, el concepto utilizado, fairness, queda mucho más claro. Millones de brasileros se indignan cada fin de semana, cuando el árbitro saca la tarjeta amarilla por una falta, y no saca la misma tarjeta en una falta semejante del otro equipo. Si la tarjeta fue merecida o no, es hasta secundario, genera indignación el tratamiento desigual. Criterio ético perfectamente válido, y tienen razón los millones que ven como escandaloso el tratamiento desigual en la justicia, que ostenta en su símbolo de la balanza, la imparcialidad. El sentimiento está muy enraizado. Investigaciones con primates muestran que si un mono recibe una comida más rica, los demás que recibieron la misma comida que siempre les gustó, se rehúsan a comerla.

Un cuarto vector es el de la lealtad (loyalty) que nos hace procurar adoptar los valores de nuestro grupo, considerando un traidor a quien no los adopta. Muy utilizado en las fuerzas armadas, el sprit de corps, hace que, por ejemplo, militares juren con toda tranquilidad que sus colegas no torturaron, o no violaron, porque se sienten leales a sus compañeros, esta lealtad supera incluso la consideración ética sobre el crimen cometido. Genera inclusive un agradable sentimiento de pertenencia heroica al grupo. Una película famosa, con Al Pacino, Perfume de Mujer, está centrada en este tema: un joven universitario que constató una pequeña fechoría de sus compañeros, se rehúsa a denunciarlos, aunque lo amenacen con perjudicar su futuro universitario. Su sufrimiento permea toda la película justamente porque es un muchacho profundamente ético.

Un quinto conjunto de valores está centrado en la autoridad (authority) que nos hace considerar ético lo que los líderes deciden, y llamar subversivos a quienes se revelan. Esta identificación a priori con la autoridad es profundamente resbalosa, en particular porque nos permite hacer cualquier cosa con la justificación de que estábamos cumpliendo órdenes. Aquí, el maravilloso texto de Hannah Arendt nos ayuda mucho, pues permite entender que no se trata apenas de criminalizar a quién se esconde detrás del argumento de la autoridad, se trata de profundizar cómo funciona la banalización del mal, y el tipo de odio que mucha gente tiene contra quien los priva de lo que consideran odio legítimo. [2] Dígale a personas de derecha que el juicio del STF fue preconceptuoso: se quedan apopléjicos, los estamos privando del gusto de su odio, aunque sólo un ciego no vería las distorsiones, pero observarlas exige el uso de la razón, la capacidad de debate objetivo. Hay una experiencia muy conocida con estudiantes universitarios, convocados para dar choques eléctricos a personas desconocidas, a pedido de funcionarios con batas de médico, que justificaban que se trataba de una experiencia científica. La mayoría de los estudiantes no se hizo rogar.

El último vector de justificaciones éticas levantado por Haidt es el de la santidad (sanctity), ligada a valores sagrados como tradiciones o razones religiosas, que nos hacen condenar al fuego del infierno a quien cree en otras visiones del mundo (297). Aquí tenemos un plato lleno . Una lectura básica es el famoso manual de instrucciones de la inquisición, que enseñaba, por ejemplo, que las mujeres sospechosas de brujería o de ser poseídas debían ser torturadas desnudas, pues esto las debilitaría, y de espaldas, pues las expresiones de desespero y dolor causados por la tortura –naturalmente obra del propio demonio- podían ser tan fuertes al punto de conmover al inquisidor. Todo en nombre de Jesús, de la caridad, del amor al prójimo. Las mutilaciones de niñas a quienes se corta (sin anestesia) los labios externos de la vagina (clitoridectomía o ablación del clítoris) alcanza a millones de niñas. Estamos en el siglo 21.

Al comparar, en innumerables entrevistas, las perspectivas de personas del espectro político completo, desde la izquierda hasta los más conservadores, Haidt constata que hay una jerarquía muy clara en lo que se refiere a cuáles elementos de la matriz se da más importancia. Así, la izquierda da mucha más importancia a los tres primeros ejes, ligados a no hacer daño, a no lastimar, a reducir el sufrimiento y a asegurar el cuidado; a la lucha contra la opresión y por la libertad; a las reglas limpias del juego, con igualdad de tratamiento, la llamada justicia social. Inversamente, la derecha da menos valor a los primeros, y concentra sus enfoques en la lealtad de grupo (véase al Ku Klux Klan por ejemplo), en la autoridad y a su correspondiente obediencia, y el respeto de valores considerados sagrados en buena parte con sentido religioso, en donde muchas veces lo sagrado mezcla lo político y lo religioso, como en Gott mit Uns de los nazis, acompañado del símbolo de la swastika. El hecho de que millones se fanatizaran en un país que no podía ser considerado de bajo nivel educacional es significativo. No se trata de educación, y si de instituciones, de cultura política.

La interesante conclusión de Haidt, que es un liberal confeso en el sentido americano, por lo tanto correspondiente a lo que sería un progresista entre nosotros, es que la derecha usa argumentos y sentimientos que calan en el fondo de las personas, pues están fuertemente ancladas en las emociones, en los sentimientos de grupo, cohesión, bandera, religiosidad, autoridad y obediencia. Son mensajes que hacen eco de manera más fuerte en lo emocional que en el raciocinio, y que en particular permiten dar una apariencia de legitimidad ética al odio. La derecha estadounidense, por ejemplo, siempre agitó un demonio – externo, naturalmente- para justificar todo y cualquier cosa: fueron utilizados Khadafi, Saddam Hussein, Osama Bin Laden y hasta Fidel Castro, y hoy en día el terrorismo en general. En Brasil tenemos el óptimo ejemplo de la revista Veja, que vive de agitar odio contra demonios que explicarían todos los males. Funciona. Pero no resuelve nada.

Explicar el drama de personas que pasan hambre (harm) y las estadísticas de mortalidad infantil apela mucho más al raciocinio, y no tiene el mismo efecto movilizador de los argumentos que atacan el fondo emocional. Apelar a lo emocional, incluso cuando se utilizan los primeros ejes que son más característicos de la izquierda –por ejemplo en los movimientos antiabortistas- da a la derecha ventajas de un discurso simplificado que pega más en el hígado que en la razón, como por ejemplo la campaña contra los marajás de Collor, o la escoba de Jânio Quadros.

Haidt busca un mundo más equilibrado. No desaparecerán las motivaciones más valorizadas en la derecha. Pero lo esencial del libro es que nos hace entender mejor las raíces emocionales de la razón, la facilidad con la que se construyen pseudorazones y fanatismos. Nos ayuda, por ejemplo, a entender cómo se construye una campaña contra la presencia de médicos cubanos en regiones dónde médicos nuestros no quieren ir, un proyecto inacatable desde el punto de vista humanista. Innumerables razones son presentadas encubriendo mal un odio ideológico que es la verdadera razón. El odio, como fenómeno de masas, es contagioso. Explicar racionalmente un proyecto es mucho menos contagioso.

Haidt se preocupa particularmente por el poder que simplemente no tiene cuentas morales para pagar, el universo de las grandes corporaciones. ”Si el pasado sirve para iluminarnos, las corporaciones crecerán y con su evolución serán cada vez más poderosas, y ellas cambian los sistemas legales y políticos en los países en donde se instalan para generar un ambiente más favorable para ellas. La única fuerza que resta en la Tierra para enfrentar las mayores corporaciones son los gobiernos nacionales, algunos de los cuales todavía mantienen el poder de cobrar impuestos, regular y dividir las corporaciones en segmentos menores cuando se vuelven demasiado poderosas” (297). Nos viene a la mente la frase de Milton Friedman, de la Escuela de Chicago, de que las empresas, como las paredes, no tienen sentimientos morales. O la visión proclamada en Wall Street: Greed is Good, la ganancia es buena. Parece que una parte del universo escapa de cualquier ética. La película El Lobo de Wall Street viene naturalmente a la memoria. El personaje real de la historia dio entrevistas diciendo que la película no exageró en nada. Llega el denominador común que asegura la absolución al por mayor: Todos hacen, no hicimos nada que todo Wall Street no haga.

Aquí la dimensión es otra, pues se trata de la dilución de las responsabilidades en las instituciones. Joseph Stiglitz, ex-economista jefe del Banco Mundial, ”Nobel” de Economía, e insospechado de izquierdismo, resumía la cuestión en un pronunciamiento en la ONU sobre derechos humanos y corporaciones: ”Pero infelizmente, la acción colectiva que es central en las corporaciones mina (undermines) la responsabilidad individual. Se ha notado repetidamente cómo ninguno de los que estaban encargados de los grandes bancos que empujaron la economía mundial por la borda de la ruina fue responsabilizado (held accountable) por sus fechorías. ¿Cómo puede ser que nadie sea responsable? ¿Especialmente cuando hubo delitos (misdeeds) de la magnitud de los que ocurrieron en años recientes?” Cuando somos una masa, en que todos hacen más o menos lo mismo lo que puede ser el linchamiento de un muchacho en la favela, o masacres en una guerra, pero mucho más prosaicamente en una gigantesca corporación en donde todo se diluye, la ética se torna tan diluida que desaparece.

A nadie le gusta pensarse poco ético. Y nuestras defensas son fuertes. No puedo dejar de citar aquí el genial texto de John Stuart Mill, de 1861, escribiendo sobre la sumisión de las mujeres en la Gran Bretaña de la época, cuando eran reducidas a payasitas decorativas y se les prohibía cualquier participación adulta en la sociedad y en la construcción de sus destinos. Al ver la dificultad de penetrar en la mente preconceptuosa, Mill escribe: ”Mientras una opinión esté sólidamente enraizada en los sentimientos (feelings), ella gana más estabilidad de lo que pierde cuando encuentra un peso preponderante de argumentos en contra de ella. Pues si ella hubiese sido construida como resultado de una argumentación, la refutación del argumento podría sacudir la solidez de la convicción; pero cuando reposa apenas en sentimientos, es cuando peor se encuentra en términos de argumentos, más persuadidos quedan sus defensores de que lo que sienten debe tener un fundamento más profundo, que los argumentos no alcanzan; y mientras el sentimiento persiste, estará siempre trayendo nuevas barreras de argumentación para arreglar cualquier brecha hecha a lo antiguo”.

El mensaje de Haidt no es el de defender a la izquierda o a la derecha, y si de sugerir que intentemos entender mejor cómo se generan las agrupaciones políticas, las identificaciones con determinadas banderas, los eventuales fanatismos, y las formas primarias como dividimos la sociedad en buenos y malos. El maniqueísmo es peligroso. Cuando vemos que los mismos hombres pueden ser autores de actos abominables y heroicos, lo que de verdad interesa es construir instituciones que permitan que se valoricen nuestras dimensiones más positivas. En las palabras de Haidt, crear ”los contextos y sistemas sociales que permitan a las personas pensar y actuar bien.” (92)

Traducción de CONSTANZA SOLÓRZANO, para www.cpalsocia.org
Tomado de http://outraspalavras.net/posts/esquerda-e-direita-frente-a-etica-contemporanea/

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