Javier Melloni, S.J.: "El cristianismo, si es verdadero, tiene que estar al límite de la transgresión"

Javier dice haber nacido tres veces: de su “reverenda madre”, el día que se hizo jesuita y cuando una estancia en la India transformó su vida como se le da la vuelta a un calcetín. Más bien, dice, dejó de necesitar el calcetín. Entrevista del CIRE publicada en Jesuitas.co

Suele afirmar que la Antropología lo sacó del eurocentrismo y del cristianocentrismo. ¿Tenemos aún esa asignatura pendiente en la sociedad y en la Iglesia?

Todos tenemos la asignatura de salir de nuestro propio centro todavía muy narcisista y defensivo. Y colectivamente también. Nos cuesta mucho vivir con las puertas abiertas. Y que pasen todos los aires, todos los pájaros, todos los visitantes... Nosotros hemos tenido demasiado poder. Y eso ha dañado a los otros. Todas las culturas y las religiones se han de encontrar en un lugar nuevo.

Nueve meses en la India le cambiaron para siempre. ¿Necesitamos despertar?

A mí lo que de la India me fascinó es que la figura del sanyasi sea un modelo ejemplar. El sanyasi es el renunciante, el que va casi desnudo por la calle. Y eso, en lugar de ser un espanto, es un ideal. El ideal de la libertad suprema del despojo, del desprendimiento. Que lo tenemos en casa también: san Francisco de Asís. Pero es más marginal. A ver, yo distingo algo muy importante, para no confundir: la diferencia entre miseria y pobreza. La miseria sí que hay que erradicarla, es inhumana, y sobre todo cuando es fruto de la injusticia es una barbaridad. Pero la pobreza es el punto de partida de una experiencia humana auténtica. La espiritualidad india no tiene miedo a la pobreza.

¿Qué más nos estamos perdiendo de las tradiciones espirituales orientales?

Creo que en Occidente hemos tendido a fijar nuestra mirada en la diferencia. En la distinción, en el análisis. Oriente mira la unidad, lo esencial, lo perenne. Nosotros nos fijamos más en lo caduco y entonces tenemos miedo. En cambio ellos tienen la mirada fija en lo perenne y no tienen miedo a lo caduco.

Algunos de quienes han recorrido antes ese camino para conectar Oriente y Occidente, como Anthony de Mello, se han topado con la censura eclesial. ¿Le asusta ser acusado de heterodoxo, hereje o algo peor?

Sí, la posibilidad de censura está ahí rondando, pero bueno, ¿y qué vamos a hacer? ¿Dejar de ser, de creer en lo que uno cree? Yo creo que el cristianismo, si es verdadero, tiene que estar al límite de la transgresión porque su mismo fundador fue un transgresor. Pero eso se paga, sí. ¿En qué grado me tocará? No lo sé. Atrás ya no puedo volver. Trato de comprender y de respetar pero ese respeto pasa también por la coherencia con uno mismo.

En esto se suele blandir el principio de comunión...

Yo creo en el principio de comunión, en el que deseo moverme. Si en un momento determinado puede haber, no excomunión, sino una desautorización, decir ‘esta persona no responde al pensamiento oficial de la Iglesia’... Bueno, eso ya lo sé. Que no es el pensamiento oficial. Para eso estamos promoviéndolo pero no para contradecirlo sino para dialogarlo, para abrirlo. ¿Que eso despierta otros miedos, fantasmas y agresividad...? Bueno, hay que correr ese riesgo. Lo asumo. Sé que en cualquier momento puede llegar. Incluso a veces me sorprende que no haya llegado ya. Y pido al Señor que me dé amabilidad y fortaleza. Pero sería una pena. Porque el problema de estas cosas es que entonces uno pasa a ser el protagonista en lugar de ser el tema la cuestión.

¿Tiene puestas esperanzas en que el papa Francisco dé pasos firmes en el avance del diálogo interreligioso? ¿Hasta dónde le gustaría llegar a usted en ese camino?

El papa parece que no tiene miedo, que ha dialogado con mucha valentía sobre todo con rabinos, también con algunas comunidades musulmanas de Argentina. Y tuvo un médico taoísta. Eso se sabe poco pero yo creo que es interesante porque ha experimentado en su propio cuerpo que hay otras cosmovisiones relacionadas con otras religiones que a él le han sanado. Cuando uno se abre a otra manera de concebir lo humano y por tanto también lo divino, y ve que eso también es fuente de vida, pues ¿qué va a hacer si no? Acogerlo, celebrarlo. Y eso no significa que uno tenga que cambiar lo que uno cree. Pero sí que está más poroso para dejarse fecundar.

¿Puede nacer algo nuevo de esa fecundación?

¿Que puede haber una súper religión que ahora no podemos imaginar hecha de lo mejor de todas las religiones? ¿Por qué no? A unos les parece una sopa pastosa y confusa, a otros nos parece una posibilidad que si tiene cualidad espiritual de discernimiento, ¿por qué no? ¿Quién va a poner límite al Espíritu si no tenemos la más remota idea de nada? Si hoy día los científicos nos dicen que el 96% de la materia es desconocida, ¿cómo a Dios vamos a pretender encerrarlo en nuestras ideas y nuestras palabras?

Hablando de Dios, usted afirma que el Dios bíblico es demasiado antropomórfico. ¿Tenemos que encontrar en este tiempo nuevos nombres para lo Absoluto?

Ya los hemos encontrado. Las palabras, los nombres nos pueden ayudar mientras no los absoluticemos. Mientras no confundamos el dedo con la luna. Cuantos más dedos señalando a la luna, más coordenadas tenemos para saber dónde está la luna. Pero no confundamos jamás ni siquiera la punta del dedo con la luna.

Usted lo llama Ser, Mar, Fondo, Origen, Gran Todo... ¿Hemos cargado la religión de demasiado discurso teológico?

Como nosotros tenemos una cultura muy mental pensamos que las palabras o los conceptos pueden ir sueltos sin la experiencia espiritual o la experiencia de lo cotidiano. Ahí es donde Oriente también nos enseña. No cae en la trampa de la palabra. Cuando uno pregunta sobre si Dios existe, lo primero que le dicen es “empieza a respirar”. Y cuando respires bien, luego podemos empezar a hablar. Esa experiencia primordial con la vida, porque Dios no está separado de la vida. La vida es una manifestación de Dios. Cuanto más cerca estamos de la vida más cerca estamos de Dios. Y separar eso nos ha hecho mucho daño.

¿Socialmente hemos dejado de buscar ese Fondo que Subyace, como lo llama usted? ¿O en realidad estamos más en búsqueda que nunca aunque estemos más perdidos que nunca?

Las dos cosas. Estamos más perdidos porque hemos abiertos más caminos. Cuando sólo había un camino, ¿cómo te ibas a perder? Hay un tiempo para abrir y perderse, y un tiempo para reencontrarse... Pero ese reencuentro ya no es en un único camino como antes. Hemos de reencontrarnos a través de todos los caminos. Estamos yendo hacia ese elemento que los conjuga a todos.

Con lo cual quizás sería demasiado catastrofista decir que somos enfermos espirituales, ¿no?

Esa es una mirada muy pobre y muy pesimista. No, no. ¿Cómo vamos a ser enfermos? Estamos en crecimiento, en proceso. Somos embriones espirituales. ¡Todavía somos amebas! Y cuando digo ameba me refiero a una distinción muy primaria entre lo de afuera y lo de adentro. Lo de adentro es lo conocido y lo protejo. Y lo de afuera me sirve para huirlo o para devorarlo. En cambio creo que la profunda experiencia espiritual es ir diluyendo esa membrana separadora y comulgar con la profundidad del Todo desde la individuación irreductible que cada uno de nosotros es. Ése es el Misterio. Y donde Oriente y Occidente se necesitan y se complementan maravillosamente el uno al otro.

Hablaba usted del Misterio y le leía que las religiones han secuestrado ese Misterio. ¿Podemos liberarlo aún?

Nosotros pensamos que lo hemos secuestrado pero el Misterio sigue ahí campando a sus anchas (risas). Es como si quisiéramos atrapar el aire en una jaula. O sea, ¿qué hemos atrapado? Nada. Nuestra idea del Misterio. Pero el Misterio, gracias a Dios, sigue más libre que nunca. Es inmanipulable, irreductible, inasible. Por eso es Misterio. El Misterio no es lo indescifrable. Es lo inagotable. Entonces, cuanto más Misterio, más obertura todavía al Misterio. Pero no como el mito de Sísifo que cuando sube arriba vuelve a caer. Al contrario. El Misterio, al mismo tiempo que nos plenifica, él mismo tiene la capacidad de abrir a mayor profundidad.

En sus ejercicios espirituales usted anima a silenciar el ego y contener los deseos. Mensajes a contracorriente. ¿Qué beneficios se obtienen de lograr eso que usted propone?

Si no escuchamos cómo colmamos nuestro deseo lo que estamos es repitiendo permanentemente una compulsión de carencia-saciedad-carencia-saciedad-carencia-saciedad... Y entonces nuestros deseos se multiplican indefinidamente y jamás nos satisfarán si no ponemos en cuestión qué deseamos y desde dónde deseamos. Si descubrimos que ese desde dónde deseamos es, no desde nuestra carencia, sino desde nuestra obertura radical al ser, y esa obertura del ser cambia radicalmente el qué y el cómo colmamos nuestros deseos... Por tanto es escucharse. En lugar de agitarse. Incluso ver en lugar de creer. Creemos demasiadas cosas. Creemos que creemos. Y mientras creemos no estamos viendo. La verdadera experiencia espiritual trata de pasar de creer a ver.

Muchas veces oponemos lo espiritual a lo material. ¿Cómo dejar de estar atrapados por las cosas y pasar a dejar que nos enseñen a ser?

Intentando dar gracias por cada cosa. Si nos detuviéramos cada vez, cada instante que tomamos entre nuestras manos una cosa, o vemos una cosa, le agradecemos a esa cosa ser cosa, automáticamente vas a pasar de una pura utilización a una revelación. Y la revelación está en la misma cosa, en el modo de recibirla. Porque toda cosa es portadora de sí misma y portadora de algo que en mí calma o colma. En ese calmar-colmar de la cosa convertida en agradecimiento entonces la cosa deviene en mensajera de algo mucho más profundo. Estamos llamados a estar permanentemente estremecidos de agradecimiento por todo lo que nos rodea. En lugar de estar agobiados por consumir más, por tener más... Cualquier cosa que tomáramos, la miráramos y agradeciéramos, eso tiene una capacidad de colmar y de calmar infinitamente mayor que si simplemente la devoramos, la depredamos.

¿Diría usted que ha saciado su sed de Ser? ¿Se siente ya ser en el Ser?

Preferiría la palabra colmado. La saciedad tiene un punto egocéntrico todavía. Un punto donde todavía hay sed. Yo diría que sí: he colmado, colmo cada instante mi ser cada vez que me abro al Ser.

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