José M. Tojeira, S.J.: "Resulta indispensable que muchos casos de masacres contra campesinos puedan llegar a los tribunales de El Salvador"

Compartimos la nota del jesuita José María Tojeira, para Religión Digital, sobre el desarrollo del juicio en España a uno de los implicados en el asesinato de los jesuitas en El Salvador, y sus implicaciones en las causas judiciales por los mismos hechos en El Salvador.

Al fin el caso abierto en España contra el asesinato de los jesuitas y sus dos compañeras en El Salvador está llegando a su fase final. La noticia es buena, a pesar de que solamente una persona va a enfrentar la justicia. Desde el inicio de los procesos judiciales en El Salvador los jesuitas estábamos convencidos de que había autores intelectuales que quedaban ocultos. No era posible que sin autorización del Estado Mayor o del Alto Mando salvadoreño, cuarenta soldados entraran en la UCA a las dos de la mañana, a 700 metros del Estado Mayor, mataran a 8 personas, se quedaran posteriormente disparando durante 20 minutos, y finalizaran el operativo asesino y terrorista lanzando dos bengalas que iluminaran la zona en una noche en la que no había luz eléctrica.

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Inocente Montano, durante la primera sesión del juicio Efe

Después de asesinar a los jesuitas y sus dos colaboradoras el nutrido fuego utilizó armas diferentes. Según la investigación del primer proceso judicial se disparó con fusiles AKA-47, M-16, M-60, y se lanzaron tres granadas y un cohete antitanque LAW contra el edificio en el que vivían los sacerdotes. Tras una larga y concienzuda investigación la Comisión de la Verdad, y antes un congresista norteamericano, Joseph Moakley, llegaron a la conclusión de que la orden de matar a Ellacuría y no dejar testigos la dio el entonces Jefe de Estado Mayor (hoy fallecido) y otros 4 militares más que le acompañaban. Entre ellos estaba el coronel Montano.

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El día que mataron a Ellacuría

Una ley de amnistía primero, y el alegato de prescripción después, impidió en El Salvador darle continuidad judicial al informe de la Comisión de la Verdad a pesar del intento de reabrir el caso contra los autores intelectuales que hicimos en el año 2000, tras la recomendación de reapertura de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.

En ese sentido recibimos con esperanza, años después, la apertura del caso en España. Insistimos sin embargo en que el caso abierto en España debía enfocarse en apoyar la reapertura del caso en El Salvador, que es en donde resulta indispensable que muchos casos, en cuenta masacres de campesinos más graves que el crimen contra los jesuitas, puedan llegar a los tribunales. En este contexto la apertura del caso en España influyó positivamente en la Sala de lo Constitucional salvadoreña (Tribunal Constitucional) que declaró en 2016 inconstitucional la amnistía de 1993 en El Salvador y dejó claro que la prescripción no aplicaba en crímenes de lesa humanidad y de guerra.

Hoy el caso está reabierto en El Salvador, pero estancado en el Tribunal Supremo, tras una apelación de los acusados todavía no resuelta. Esperamos que el hecho de que en España llegue el caso a su fase final agilice el proceso que llevamos en El Salvador contra cinco presuntos autores intelectuales del asesinato. Y favorezca que otros casos pendientes, algunos ya abiertos como el de la masacre del Mozote, donde fueron asesinados en torno a los mil campesinos, pueda proceder con menos obstáculos.

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Via Crucis por los mártires de la UCA

El caso abierto en España suele encuadrarse como un éxito de la justicia universal. Y sin quitarle esa dimensión, creo que es muy importante decir que la justicia universal no puede convertirse en un fin en sí misma, sino estar al servicio siempre de la justicia local. Si en El Salvador simplemente nos alegráramos con el relativo éxito tenido en España y nos cruzáramos de brazos frente al terrible horizonte de impunidad de nuestro país, de poco serviría el asunto. La justicia universal además ha sido limitada en España y por esa razón el juicio a Montano es por asesinato terrorista y no por crimen de guerra, a pesar de ser España signataria de los convenios de Ginebra.

Como hemos dicho, eso no le quita su importancia al caso. Pero lo que es importante señalar ante la opinión pública española es que el caso en España solamente cumplirá su cometido si en El Salvador, los que trabajamos en el campo de los Derechos Humanos y de la Justicia Social, logramos que el sistema judicial y la propia legislación salvadoreña enfrente la tendencia a la impunidad de los poderosos y se abra a hacer justicia a los pobres. Con respecto a la sociedad civil española y la Iglesia, también hay que insistir en que no pueden quedar simplemente satisfechos con que en España se hizo algo, sino que tienen que crecer en la solidaridad con los pueblos del tercer mundo.

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Inocente Montano, al fin, en el banquillo

Y no solo en apoyo material, sino sobre todo presionando a quienes dirigen la política española para que colaboren e incidan en los necesarios cambios estructurales de nuestros países en vías de desarrollo, apoyando a quienes están comprometidos con un verdadero cambio social. Sería una contradicción muy fuerte interesarse en la justicia legal y desinteresarse de la injusticia social, que al final es la causa de las guerras, de la pobreza y de la alta criminalidad de nuestros países.

Desde la fe y el seguimiento de Jesucristo, Ellacuría y sus compañeros dieron la vida por la paz con justicia en El Salvador. Fue su defensa de los Derechos Humanos y su participación activa en la construcción del diálogo y en las conversaciones de paz la que produjo el odio militar que los llevó a la muerte. Al final dieron la vida por defender a las víctimas de una guerra cruel, capaz de ver enemigos en las mujeres embarazadas, en los ancianos y en los niños.

Sería absurdo buscar justicia solo para ellos y olvidarse de aquellos por quienes ellos dieron la vida. El éxito de poder sentar en el banquillo de los acusados a un presunto autor intelectual del asesinato de los jesuitas no podemos verlo simplemente como un éxito de la justicia sino, sobre todo, como un escalón hacia una justicia más amplia, más universal, que nos comprometa con desterrar de este mundo la impunidad que padecen especialmente las víctimas con menos recursos. Solamente podremos sentirnos satisfechos de nuestra fe cristiana si impulsamos en el mundo la plenitud de una justicia social, económica y ambiental a la que tienen derecho los numerosos excluidos y marginados de nuestras sociedades. Hoy la hermandad cristiana pasa necesariamente por una solidaridad que no se conforma con un solo paso, aunque lo celebre, sino que se abre a una permanente fraternidad comprometida en la búsqueda de la justicia y de la paz.

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Mártires de la UCA

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