La construcción de otro camino delante del fin de una forma de hacer política. Entrevista especial con Salvador Schavelzon*

“El fin del ciclo progresista debe situarse fuera de la coyuntura electoral, porque lo que se derrumba es el propio progresismo como espacio político”, dice el antropólogo.

La discusión “de fondo” cuando se trata de analizar la situación de los gobiernos progresistas en América Latina consiste en considerar que “junto con el fin” de estos gobiernos, “o de sus narrativas, asistimos también al fin de una forma de hacer política”, señala Salvador Schavelzon en entrevista a IHU On-Line, concedida por e-mail. En este escenario, no obstante, “la discusión central” no debe limitarse a debatir si es preciso mantener o no el apoyo a un “progresismo en retirada”, sino en discutir “como reconstruir o resistir por otro camino, entendiendo mejor la complejidad del neoliberalismo e los límites de una visión simplista de buenos y malos, o de líderes salvadores y de máquinas políticas en que se apoyaron”.

Entre las alternativas políticas para avanzar frente a la agenda progresista de América Latina, Schavelzon menciona “junio de 2013 en Brasil, la recepción de los manifestantes del TIPNIS en Bolivia, la movilización contra la minería”, como “lo que hoy tenemos para avanzar en luchas por el bien común, en el campo y en la ciudad”. En Brasil, que se arrastra delante de la crisis política, la “dinámica” de junio, por el momento, “está ausente”, constata. Pero en el caso de que el juicio político de la presidente Dilma se concretice, sería bueno que “pudiese abrirse un momento de pensamiento colectivo y de creación política conectada con esta verdadera ruptura del tiempo político y la abertura de posibilidades”, sugiere.

En la entrevista a continuación, Schavelzon analiza la actuación de los gobiernos progresistas latinoamericanos y las razones que llevaron a la ruptura de sus agendas iniciales, y cita que “la radicalización de la democracia no parece algo que será construido a partir de los gobiernos, sino desde una seguridad de que la llegada al gobierno y la institucionalización de las luchas no es suficiente”.

Los gobiernos progresistas latinoamericanos parecen estar en un fin de ciclo. ¿Por qué?
En términos electorales es evidente que el conjunto de gobiernos progresistas está retrocediendo y enfrentándose a algún tipo de fin. El triunfo de la oposición en Venezuela y Argentina, la derrota en referéndum habilitante para la reelección de Evo Morales en Bolivia, el congreso que surge de la elección de 2014 en Brasil, que hoy avanza en la destitución de Dilma Rousseff y la renuncia a disputar la reelección de Rafael Correa en Ecuador muestran que el voto popular ya no los acompaña. Bachelet nunca terminó de sumarse totalmente a este grupo y también en Uruguay el recambio dentro del Frente Amplio marca un cierre de muchas cosas. Aunque la mayoría de partidos de gobierno hoy no está para nada fuera de juego para próximas disputas electorales, lo que se abrió con movilizaciones y un cambio político que hizo posible los triunfos de Chávez, Evo, Lula y otros presidentes se está cerrando. El análisis de lo que se cierra, sin embargo, no debería limitarse a una medición de apoyo electoral. Al final, en ese plano es fácil atribuir derrotas a una situación económica desfavorable o a la influencia de los medios de comunicación y campañas, que es hasta donde llega en su análisis buena parte de los “gobernamos”. Pero la derrota va más allá, y no sólo porque el progresismo también haya invertido mucho en la disputa mediática y porque la forma en que estos países no están preparados para resistir una crisis después de años de bonanza es algo a tener en cuenta. El fin de ciclo debe situarse fuera de la coyuntura electoral porque lo que se derrumba es el propio progresismo como espacio político que cada vez se muestra más indistinguible del resto de la clase política y que después de algunas medidas que le permitieron consolidar un importante apoyo no pudo profundizar transformaciones que le permitan trascender el momento económico positivo. Si miramos lo que estos gobiernos representaban en relación a los años 90, a levantamientos populares que los antecedieron y a las voces de subalternos que apostaron por ellos, el clima de fin de época es también innegable. Veo entonces al fin de ciclo como producto de un viraje conservador que se sitúa desde hace unos años, cuando aún el poder político y electoral de estos gobiernos era incuestionado, aunque debamos hacer distinciones entre líderes que encabezan ajustes ortodoxos como Dilma, Correa y Maduro y los no lo han hecho, como Evo Morales o Cristina, por distintos motivos.

El agotamiento de un modelo que siempre estuvo disputado pero que sirvió para enfrentar algunos intereses o impulsar políticas que otro tipo de gobierno no hubieran impulsado, se refleja en el abandono político, pero también discursivo –excepto en tiempo de elecciones– de los lugares clásicos del progresismo, la izquierda, y las agendas de luchas anteriores. Desde hace un tiempo que los gobiernos progresistas hablan desde la autoridad estatal, el nacionalismo y el desarrollismo, poniendo al aumento del consumo como principal medidor del avance, al mismo tiempo en que atiende a grupos de presión conservadores y hace alianzas con lo peor de la política. Hubo un viraje que anula una ambigüedad inicial y a partir de decisiones bien concretas se traduce en un alejamiento de banderas y movimientos para buscar una gobernabilidad construida con aliados y caminos conservadores. La identidad de izquierda, ciudadana, indígena o popular dio lugar a pactos y concesiones que abrazan agendas religiosas, empresariales y poderes tradicionales en regiones. Esto produce una desconexión evidente entre la conducción de los procesos, con liderazgos centralizadores y cerrados a sus bases, respecto a movimientos y sectores sociales que acompañan o dieron lugar a los nuevos gobiernos. De partidos-movimiento, o de partidos que se integran en procesos de movilización pasamos a líderes que negocian alianzas y buscan electores desde el marketing político. La relación con la sociedad es ahora sólo mediática, en clave de discursos de campaña en los cuales se calcula qué conviene y qué no conviene decir, sin ninguna relación con la política efectiva. La política sudamericana se había reducido a una realidad televisiva de líderes y conductores que “dieron” cosas al pueblo y encabezan grupos políticos de funcionarios estatales que se ven a sí mismos como “soldados”, y un núcleo duro que apoya desde el voto pero se queda en casa con una participación política limitada a las redes sociales. Nada que ver como los movimientos que los antecedieron, donde la autonomía, la autogestión, la movilización eran la clave. Esos grupos atribuyen la caída de los gobiernos a los grandes medios y al imperialismo. Pero esa narrativa no resiste al análisis de hasta qué punto el progresismo asimila las formas y agendas de los viejos poderes, conscientes de que la movilización impugnaría el rumbo decidido desde arriba, y llegando al punto de la criminalización de movimientos y protestas, con líderes sociales presos o exiliados en Bolivia y Ecuador, o con jóvenes violentamente reprimidos y amenazados con causas jurídicas abiertas en Brasil y otros países.

Este viraje conservador, en relación a los impulsos iniciales de estos procesos, o inconstante, en el caso del kirchnerismo, puede describirse como pacto de gobernabilidad con los viejos poderes por el cual se dejaba gobernar al progresismo a cambio de que no haya cambios en el modelo de acumulación y en las políticas que en ningún momento dejaron de beneficiar más que nada al poder tradicional. Un capitalismo local, que el progresismo imaginaba en disputa entre un empresariado nacional productivo y otro financiero y extranjerizante, es en realidad un solo poder que supo muy bien neutralizar los nuevos gobiernos con muy pocas concesiones. Parte de estos poderes nunca aceptó los nuevos poderes, pero otra parte se sumó e hizo negocios con una nueva clase política que abandonó a quienes desde la movilización abrieron este momento político. El encantamiento por las grandes obras de desarrollo fue lo que se vio desde arriba como papel histórico, permitiendo encajar todas las piezas: política desde los medios, empresarios amigos, modelo colonial exportador y recursos para hacer política desde el Estado que iría garantizar para siempre el apoyo electoral. Desde esta lógica, Evo Morales llegó a proponer que en lugar del derecho constitucional a la consulta a pueblos indígenas afectados, grandes proyectos de desarrollo que violaban territorialidad indígena y medioambiental fueran sometidos a referéndum nacional. Buena parte de las luchas actuales que surgen contra gobiernos progresistas tiene que ver con resistencia a mega-obras, minería sumamente destructiva del medio ambiente, alianzas con un agro negocio desforestador, todas impuestas de forma ilegal y violenta. Aunque el financiamiento sea chino o del BNDES brasilero, en obras como Belo Monte, el canal transoceánico de Nicaragua o la carretera por el TIPNIS en Bolivia es muy difícil ver otra cosa que expansión del capitalismo con apoyo y recursos del Estado, sin diferencias con lo que se ve en países sin gobiernos progresistas de la región.

Aun si Evo Morales logra el triunfo de un sucesor en las próximas elecciones, si Cristina o Lula mantienen su popularidad, es muy difícil no ver un fin de ciclo cuando el gobierno del PT suspende la expansión universitaria y se propone aumentar la edad de jubilación; o el gobierno del MAS reprime una marcha indígena y se alía a las elites del Oriente que poco antes buscaban bloquear la Asamblea Constituyente; y se escucha a Rafael Correa adherir al discurso homofóbico y contrario a los derechos de las mujeres de las iglesias. Las derrotas electorales y la apertura de un momento político para la aparición de nuevos y viejos actores conservadores son el resultado de esos cambios, que se suman a una coyuntura económica en que se termina el dinero estatal para hacer política, al mismo tiempo en que el nuevo poder se muestra con los mismos problemas que el viejo, envuelto en tramas de corrupción que no supo romper, y en un panorama donde las políticas progresistas no garantizan una sobrevida sin gobiernos progresistas y bonanza económica. El ciclo que se cierra abre la necesidad de pensar otro camino, cuando queda claro que la política estatal se orientó mucho más a la comunicación mediática que a la búsqueda de cambios apoyados desde la movilización. El fin de ciclo no debe situarse, entonces, en la coyuntura electoral y económica, o en los siempre sobredimensionados “errores políticos” que ahora los progresismos admiten. Y un poder reaccionario debe verse con raíces en esos límites del progresismo como proyecto histórico. La discusión central no es si hay que mantener el apoyo en un progresismo en retirada que al menos garantizaba algo para los más pobres. El tema es como reconstruir o resistir por otro camino, entendiendo mejor la complejidad del neoliberalismo y los límites de una visión simplificada de buenos y malos, o de líderes salvadores y las máquinas políticas en que se sustentaron.

El fin de ciclo se sitúa en el momento en que los poderes tradicionales y la lógica neoliberal conquistan desde adentro a los nuevos gobiernos que, desconectados de las luchas y neutralizados como fuerza de los de abajo, abandonaron el camino del cambio. Si nos preguntamos cómo eso fue posible, el debate es más amplio y necesariamente abre la discusión de una crisis de horizonte y de mirada del que el progresismo es parte, visible en los consensos entre el progresismo y el viejo poder de las oligarquías que hace que hoy veamos nuevas luchas que el progresismo no entiende ni puede responder, comenzando por la falta de cuestionamiento de la idea de “progreso”. Una política de cúpulas, una visión paternalista de lo social, un desarrollismo que se presente como solución pero es más bien parte el problema, exigen oír las voces que el progresismo deja afuera. Luchas de mujeres por igualdad, de indígenas y comunidades por autonomía, de periferias contra la violencia policial o de ciudades por otras formas de participación, otras formas de metrópoli, otras formas de representación son discusiones que hoy se dan necesariamente contra el progresismo, por todo lo que este renunció a representar.

Si el fin de ciclo deja algo positivo, deberá buscarse lejos de partidos que ya no se presentan como herramienta para el cambio, sino en la memoria popular que podrá volver a las calles para combatir un posible retroceso, para exigir más y por la transformación que los progresismos fueron dejando de lado.

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¿Cuáles son los límites que tienen los gobiernos progresistas latinoamericanos para soportar la narrativa del desarrollo?

El progresismo encuentra límites en lo prometido acerca de lo que se conseguiría por el camino del desarrollo. Las imágenes de la clase media, el acceso al consumo como forma de inclusión y ciudadanía y de un crecimiento económico que daría frutos para todos encuentra límites en la realidad, y no sólo en los cuestionamientos sobre si ese debe ser realmente el camino. En la crítica al progresismo también no puede faltar el reconocimiento de la lucha contra la miseria extrema. Pero sería poco para el progresismo y la izquierda limitarse a una lucha contra la pobreza. Si se tratara de esto, los avances en Bolivia deberían matizarse con retrocesos en los gobiernos de Dilma, Cristina y Maduro. Por otra parte los progresismos se muestran en esta discusión con consenso total en relación a las fuerzas conservadoras, las iglesias y los organismos internacionales. El capitalismo sabe que funciona mejor sin miseria, aunque haya expresiones de derecha que apuntan a gobernar con segregación urbana y violencia policial y carcelaria como respuesta a la pobreza. Si en momentos de elecciones vemos una polarización entre campo progresista y conservador, en la gestión cotidiana quedó claro que la izquierda gobiernista adoptaba el desarrollismo de grandes obras y exportación de commodities como camino político. Esto posibilitaba alianzas políticas con la vieja política que representa directamente los intereses de los poderosos y también mostró como el progresismo podía estar rápidamente del lado de la represión de movilizaciones contra contaminación o mega minería y soja, o dejando de denunciar violaciones de derechos ambientales, de poblaciones cercanas a sitios de exploración, y activo en la represión y combate directo contra ONGs críticas y movimientos indígenas y sociales que no se sumaban al consenso desarrollista. Después de una década está claro que en este tema los gobiernos sirvieron para neutralizar resistencias antes que para defender posiciones de bases y movimientos en el Estado. Ni siquiera la industria tuvo incentivo, aunque discursivamente asistimos como el progresismo se convirtió en promotores de la venta de autos y televisores de plasma.

El desarrollo impulsado por el progresismo ni siquiera mostró la posibilidad de una variante que pudiera impulsar una verdadera redistribución, excepto en las políticas sociales que sí es un legado del progresismo aunque hayan tenido origen en gobiernos anteriores y las nuevas derechas puedan mantenerlos porque su costo no es significativo en relación a la brutal inyección de recursos estatales destinados a los sectores empresariales y del mercado financiero.

Por fuera de ese consenso desarrollista progresista-conservador, hay ya toda una serie de investigaciones que con un diálogo directo con luchas que se conectan continentalmente permiten encontrar bases para pensar la política desde otro lugar. Una serie de investigadores como Eduardo Gudynas, Martinez Allier, Maristella Svampa, Alberto Acosta vienen trabajando escenarios de transición post-extractivista y alternativas conectadas con el aporte de los pueblos indígenas a la discusión, desde la comunidad, del vivir bien, la resistencia a la minería más contaminante y la posibilidad de pensar más allá del crecimiento y el desarrollo. En otro plano, esta línea de reflexión se articula con un pensamiento sin Estado, desde la autonomía y que cuestiona no sólo el capitalismo sino también sus instituciones, su concepción de naturaleza y de sociedad, como bases para pensar un afuera posible desde nuestra América, desde los indios, negros y márgenes de una sociedad que excluye todo lo que no se integra a las formas dominantes. Las luchas desde la diferencia y la autonomía se encuentra también con trabajos de autores como Eduardo Viveiros de Castro, Marisol de la Cadena, los teóricos de la modernidad-colonialidad que muestran la continuidad del racismo constitutivo de nuestra sociedad, y de la necesidad de pensar un mundo formado por muchos mundos, como dicen los zapatistas. Las agendas pos desarrollistas, por otra parte, se articulan con discusiones que buscan encontrar nuevas herramientas para entender una política que no se identifica con el Estado nación, los sindicatos y partidos, o la idea de un sujeto político que representa a un sujeto social en una lucha por acumulación y hegemonía que apunta al Estado como espacio exclusivo de la política y a la economía como dimensión exclusiva para la gestión sobre la vida. De forma más dinámica que en el área del pensamiento teórico, quienes realmente se encuentran en este lugar político más allá del progresismo son los jóvenes que ocupan las calles y tienen muy claro la similitud entre los distintos partidos. Junio de 2013 en Brasil, la recepción de marchistas del TIPNIS en Bolivia, la movilización contra la minería es lo que hoy hay para avanzar en luchas por lo común, en el campo y la ciudad.

¿Cómo se entiende la relación de los gobiernos llamados – por sí mismos – progresistas, con los movimientos sociales? Cómo impacta esa relación el proyecto de desarrollista?

En lugares como Ecuador y Bolivia la llegada de nuevos gobiernos se dio en un contexto de movilización popular. Movimientos y corrientes de opinión en posición crítica con el desarrollismo permitieron abrir un momento político nuevo. También había fuertes demandas de un modelo de inclusión social que no cuestionaban los efectos sobre el ambiente y el modelo de desarrollo. Pero había ambigüedad, que se pierde cuando el peor desarrollo se muestra para estos gobiernos como una llave para obtener recursos y gobernabilidad. Aquí encontramos el lado represivo de estos gobiernos hacia todo lo que se oponga a lo que se veía cuestión de interés nacional. La oposición a la construcción de una carretera en el TIPNIS (parque nacional y territorio indígena) se convirtió en Bolivia en punto de quiebre con las organizaciones indígenas históricas, antes aliadas, que fueron reprimidas por la policía y presentadas como intereses extranjeros contra el país. Lo mismo con quienes se opusieron a la abertura del Yasuní-ITT para la explotación petrolera en Ecuador. Había sido el foco, en los primeros años del gobierno Correa, de una propuesta novedosa que buscaba una compensación del mundo para dejar el petróleo bajo la tierra y, así, preservar la selva y pueblos indígenas no contactados. Cuando el gobierno decide interrumpir esa campaña y abrir el parque para la explotación, todo lo que se había hablado de los derechos de la naturaleza introducidos en la nueva constitución, o el Buen Vivir, como filosofía y práctica alternativa al desarrollo se convierte en derechos y conceptos que el gobierno debe sacar del debate público. Se hablaría entonces de intereses de las mayorías, que en realidad eran más bien, en muchos casos, intereses empresarios de nuevos aliados del progresismo. El mismo cuadro puede encontrarse en Brasil cuando quien se oponía a los negocios y violaciones de derechos de las obras de la copa del mundo de 2014 se encontró con doctrinas de seguridad represivas, combate propagandístico por todos los medios estatales contra disidencias y procesos criminalizadores de protesta, desde discursos ufanistas, exaltadores del crecimiento del país por el camino del desarrollo capitalista al que también se presta el fútbol como ejemplo de negocio donde las mayorías asisten por televisión a grandes héroes del deporte, en un régimen bastante común al que en tiempos de elecciones entra la política progresista. Por detrás, el perdón fiscal para la FIFA, la prohibición a vendedores ambulantes de beneficiarse del movimiento cerca de los estadios, corrupción en gran escala, contubernio entre un poder político transversal, progresista y conservador, con lobbies de empresas y capital internacional que no encontraba ningún obstáculo en gobiernos de origen y pasado anticapitalista y de ideales progresistas. Propuestas que se discuten en otros lugares como impuestos a fortunas, régimen tributario más progresivo, o control a la actividad del agro negocio y la mega minería en territorios selváticos son imposibles en un progresismo que no puede mostrarse más como instrumento de lucha contra la desigualdad y las injusticias, que fueron lo que permitieron su acceso a las instituciones.

Junto al deterioro de una experiencia política también se registra hoy un agotamiento de la propia forma con que se pensaba asaltar los cielos y abrir un camino de emancipación. Acciones en red sin liderazgo definido o permanente, confluencias de fuerzas abiertas y participación directa desde repertorios variados y coloridos dejan atrás al viejo partido, el viejo modelo de intelectual y de universitario, además de movimientos centralizados cuyos miembros actúan sólo cuando su participación es decidida desde arriba. La crítica al progresismo es importante en la medida en que se conecta con esta búsqueda, y se diferencia de la caricatura que presentan los medios, siempre cuidando que la corrupción progresista no se asocie a otra del mismo tipo y que compromete a los partidos de la oposición o que buscan beneficiarse de la debacle progresista.

¿Cómo radicalizar la democracia? ¿Qué caminos deberían ser adoptados por los gobiernos progresistas? ¿Qué salidas tiene la izquierda en América Latina?

Hubo avances que no se profundizaron. Elementos que se presentaban en las nuevas constituciones de Ecuador y Bolivia, aunque no desarrollado, eran parte de agendas creadas en muchos años de construcción colectiva fuera del Estado. Era un camino político difícil, de inestabilidad y asedio… pero en el balance de la época los resultados obtenidos por el camino del co-gobierno con las elites desplazadas, está en la base del análisis de la caída. La discusión más de fondo, en lugar de encontrar culpables o imaginar caminos que no se tomaron es el de ver que junto con el fin de gobiernos progresistas o de sus narrativas, se asiste también al fin de una forma de hacer política. Este límite es muy visible en las discusiones que recorren las nuevas luchas, desde plazas, calles, o instrumentos políticos que cuestionan las formas clásicas de participación y representación. Más que cuestionar las decisiones de líderes y cúpulas que centralizaron la agencia política en sus manos, hoy se cuestiona la idea de instrumentos políticos tan dependientes de una discusión que no es socializada, y que se presta fácilmente a la cooptación y neutralización por los peores caminos. La radicalización de la democracia no parece ser algo que se vaya a construir desde gobiernos sino desde una seguridad de que centrarse solamente en la llegada al gobierno y la institucionalización de las luchas no es suficiente. Hubo levantamientos y revueltas antes de cada uno de los gobiernos progresistas: las guerras del agua y del gas en Bolivia, el caracazo en Venezuela, seguido del levantamiento de Chávez antes de ser electo, las asambleas y movilizaciones en Argentina post 2001. Lo que las experiencias de gobierno posteriores mostraron es que ese poder social tiene que permanecer activo si no queremos asistir al regreso de lobbies y familias dueñas del poder regional cuando la ola de movilización desaparece. Junto a eso es necesario pensar la necesidad de proponerse modificar las formas políticas e institucionales a las que se accede, caso contrario posiblemente los instrumentos de cambio terminen modificados por el poder más que el poder alterado por la llegada de fuerzas de renovación y cambio. Una salida a la izquierda hoy, me parece, no puede repetir el modelo que hoy vemos en gobiernos desconectados de los caminos y experiencias de donde nacen.

En contextos conservadores con retrocesos en derechos, como los que se abren en Argentina y Brasil, por ejemplo, debe resistirse y quizás el progresismo desplazado, o algunos de sus sectores y votantes, sean parte necesaria de esa resistencia, al mismo tiempo en que asistimos cómo sus alianzas de gobernabilidad no eran realmente un camino que permitiera avanzar con cambios, ni garantizar estabilidad, cómo se justificaba. Pero junto con el progresismo hoy queda atrás la idea de que se debe emprender un camino de acumulación de fuerza con vistas a la sustitución de un gobierno que se va desprestigiando. Este es el horizonte de parte de la izquierda que reduce su visión de lo social a demandas, reduce su concepción de actores relevantes a los partidos, que tendrán solidaridad de intelectuales y personalidades de la cultura, para que una clase media se incorpore a la movilización de los más pobres, estos sin voz individual, sino solamente como ejércitos desplazados en la calle en movilización conducida desde arriba, en acuerdos y confluencias de las que participan sólo los notables de movimientos y partidos que se preparan para ocupar funciones en el Estado. Ahí vendrán cambios desde arriba, que se agradecerán desde abajo. O no vendrán, si la evaluación estratégica del nuevo poder no encuentra los caminos. Hay mucho que queda afuera de esta imagen con que se vuelve a encontrar la política latinoamericana.
En otra dirección, algunos hablan de una política de cuerpos y afectos, significando la necesidad de una política que no sea la de los grandes líderes, ni de los cuadros preparados, ni de procesos que se limitarían a sistemas cerrados de instituciones abiertas o cerradas a procesos mecánicos de actores y demandas, como muchas veces los movimientos son descritos por las ciencias sociales. América Latina avanza hoy en espacios de experimentación política en ciudades, comunidades alejadas y territorios indígenas, que se articulan en redes anti desarrollistas, o de movimientos en la red, feministas, antirracistas, horizontales e involucrando una discusión sobre formas de vida, sin política de programa y sacrificio militante que busca concientizar a la clase trabajadora con direcciones de movimientos que indican el camino y un plan de intervención. Trabajadores de un mundo con derechos precarios, pero mejor conectados, o quienes se suman a luchas desde los espacios que un progresismo dejó de lado, como el de la lucha contra la violencia policial en periferias, sintonizan con una política que dejó atrás el juego mediático de partidos que fingen oponerse para gobernar por consensos comunes. Estas nuevas luchas tienen claro que en búsquedas por lo común, el cómo de las formas no puede ser dejado de lado a cambio de un objetivo final que se promete que llegará en el futuro. Estas fuerzas que, por otra parte, no tienen duda del agotamiento del progresismo y su cercanía con partidos conservadores, podrán confluir en la abertura de un proceso constituyente, podrán intervenir en las instituciones, o se convertirán en movimientos de opinión y construcción colectiva que cuestione una civilización, un sistema y varios consensos, desde un afuera que desde los bordes permita refrescar también el centro.

¿Es posible afirmar que hay un ciclo de derecha que se impone en América latina? ¿Cómo entender esa “nueva” derecha?

La crisis del progresismo tiene que ver que, en lo esencial o estructural, la derecha nunca se fue. Hubo políticas que no hubiera habido sin el progresismo: de contribuir a la memoria histórica con justicia real en la Argentina, encarcelando represores de la dictadura, ampliación de universidades en Brasil, derechos territoriales y pluralismo jurídico en Bolivia, reversión de latifundios y creación de comunas en Venezuela, entre otros. Pero cuando el crecimiento se interrumpe, el flujo de dinero de China se reduce y los precios internacionales caen, se ve claramente que no se estaban construyendo las bases de una economía más justa. Una nueva derecha ocupa el espacio de un progresismo que se va por su propia dificultad de iniciar un proceso de cambios, y que tampoco tiene éxito en mostrar una forma de gestión del aparato estatal diferente. El Estado, más bien, gobierna al progresismo. Y los nuevos gobiernos conservadores, llegan a hacerse como administradores pos ideológicos y "técnicos", igual que el fascismo en su origen, como mejores gestores de un neoliberalismo que recorre todo el cuerpo social y que el progresismo no pudo atacar desde el estímulo y cercanía hacia lógicas de lo colectivo, a contramano del mercado, las iglesias, pero también el Estado y el horizonte de la clase media donde antes encontrábamos movimientos descolonizadores o vecinos reunidos en asambleas, como gérmenes de una política que perdió espacio cuando líderes progresistas ocuparon todo el espacio. Cuando el progresismo estimula valores ajenos, en el sentido del individualismo y el consumo, es natural que estas nuevas bases electorales, en parte creadas y beneficiadas por las políticas del progresismo, dejen de necesitar a partidos que mantienen una significación de izquierda meramente nostálgica y simbólica. La nueva derecha es entonces, por un lado una que nunca se fue, que el progresismo mantuvo como parte de su armado político. Por otro lado la derecha es nueva en el sentido en que cada vez más hay evidencia de una lógica política que es indistinta de quién ocupe la presidencia, y está en un neoliberalismo que moldea subjetividades y avanza destruyendo un tejido social y formas de vida.

¿Qué relación se puede establecer entre la llegada de Jorge Mario Bergoglio al comando de la iglesia y su pensamiento político y económico como Papa, con la necesidad de una reorientación de la izquierda –y sus gobiernos- en América latina?

No es casual la llegada de Bergoglio y su confluencia con gran parte del progresismo. Es elegido papa días después de la muerte de Chávez, presidente que como cardenal en Argentina, Bergoglio había repudiado vehementemente. Creo que tiene sentido pensar que ese escenario pos chavista que se abría ayudo a Bergoglio a llegar al papado, pensando también la importancia de América Latina para la iglesia, en un contexto de disputa abierta con otras iglesias que avanzan. Después de su elección, hay una reconversión interesante, de un religioso conservador al que el kirchnerismo se opuso, con la figura mediática de discurso social que surge en 2013. En este marco, el acercamiento de los progresismos a Bergoglio puede verse como parte del panorama de agendas conservadoras aumentando su importancia dentro de estos gobiernos. Si bien es verdad que un papa latinoamericano representa un cambio en el contexto del Vaticano, en relación al progresismo vemos un retroceso, cuando presidentes como Correa o Maduro asumen posiciones conservadoras que antes no expresaban sobre minorías, casamiento homoafectivo y aborto. En un nivel más profundo podemos ver una afinidad entre las tradiciones nacional popular, de transformación desde el Estado y una jerarquía disciplinada de los jesuitas, con una visión de preocupación por la pobreza que es auténtica pero sólo puede expresarse como paternalismo que encuadra lo social, no cuestiona las bases de un sistema injusto y está a contramano de las luchas por la diferencia y contra una civilización colonial que no puede dejar de apuntarse a la hora de hablar de las reformas pendientes en nuestra sociedad.

¿Cuál es su análisis de los acontecimientos políticos recientes en Brasil? ¿Qué análisis puede hacer sobre la polarización de las manifestaciones populares en esta coyuntura política?

Algunas polarizaciones pueden ser útiles. Es importante, por ejemplo, identificar tendencias fascistas, integristas, contrarias a derechos presentes en el posible gobierno que surja si se concreta el impeachment, y oponerse a estas sin dudar, aunque gran parte de la izquierda no se identifique con las políticas conservadoras del gobierno de Dilma. Pero el problema de la polarización entre manifestantes verdeamerelos (verde-amarillo) anti-corrupción y vermelhos (colorados) gobiernistas por la democracia del otro, es que se trata de una polarización mediática totalmente ficticia en términos políticos concretos. Los verdes amarillos no pueden hablar con legitimidad de corrupción, de liberalismo, o incluso de Brasil, en la medida en que los que hegemonizan y convocan las movilizaciones representan la violencia colonial, el racismo, el país de una elite que nunca se preocupó por las mayorías que hoy siguen realmente sin participación política e institucional, ni verdadero acceso a derechos universales básicos. Al mismo tiempo, hoy las movilizaciones gobiernistas no pueden atribuirse el lugar de la democracia, cuando el progresismo brasilero decidió gobernar justamente con y para los representantes del esa elite que ahora puede prescindir de quien fue un eficiente administrador de sus intereses. El problema de polarizar en un sentido que preserva al PT como instrumento de los más pobres, como narrativa que permitió en las elecciones de 2014 mantener el gobierno, es la imposibilidad de pensar en un país donde estén contemplados los miles de muertos por la policía en la periferia, con quienes el gobierno del PT nunca se solidariza ni se compromete a defender... o los indígenas con sus territorios invadidos por el agro negocio, o quienes necesitan fuerzas políticas que no rehúyan del debate necesario de pensar otras instituciones, otro desarrollo, otras prioridades. Con la polarización planteada en términos gobiernistas, queda afuera la imaginación política más potente que se vio en Brasil en mucho tiempo. Junio de 2013 era una movilización efervescente que logró frenar un aumento de pasajes que se presentaba como innegociable y revitalizó la política por un camino bien diferente al de los actos actuales contra el golpe, al menos hasta la fecha en que escribo esto, cerca de la votación en la cámara, donde la movilización es bastante nostálgica y estructurada alrededor de los sindicatos y movimientos sociales aliados al gobierno. En la dinámica actual junio está ausente, pero en el aire, sería bueno que en el caso de un impeachment se pueda abrir un momento de pensamiento colectivo y creación política conectada con esa verdadera ruptura del tiempo político y apertura de posibles.

  • Salvador Schavelzon es profesor en la Universidad Federal de San Pablo. Es doctor en Antropología Social por el Museo Nacional de la Universidad Federal de Río de Janeiro –UFRJ, con maestría en Sociología y Antropología por la UFRJ y graduado en Ciencias Antropológicas por la Universidad de Buenos Aires. Su tesis de doctorado, intitulada: La Asamblea Constituyente de Bolivia: Etnografía de un Estado Plurinacional, fue publicada como libro en Bolivia en 2012, con nueva versión editada en 2013.

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